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martes, 17 de septiembre de 2013

¿Escritor de culto, yo?



   El otro día una buena amiga cibernética, Sonja, que escribe un blog literario (Las reminiscencias) que es una delicia, acaso por ser poseedora ella de una sabiduría tan fina como irónica, a propósito de mis penosas cuitas librescas, me arreó quizás el soplomocos definitivo:
    
   “A la gente no le gustan los lloricas. Si vendes poco no digas que eres un fracasado sino un escritor de culto”.

   ¡Es verdad! Cómo de repente se vuelca todo el panorama personal y profesional ante ti si logras, antes que a nadie a ti mismo primero, convencerte de arriba abajo cuando te pones ante el espejo de ser un escritor de culto. No sé si las nuevas generaciones lectoras conocerán la expresión: son esos escritores de minorías que, precisamente por la acendrada calidad de lo que escriben, por la altura del listón de los saberes que exige su degustación, están condenados a ser por las masas rechazados, pero en vilo seguidos por un reducido número de muy competentes admiradores.
    
   
Qué vitola de íntima respetabilidad, qué aureola de verdadera valía, qué secreto prestigio de golpe debe investirte si consigues verte así. Pero además, el profundo realce de tu íntima valorización, de la consecución al fin de una digna auto-imagen, esa especie de capa mágica, a la vez se extiende también a las poquitas nobles almas que te siguen, que pasan de ser los dudosos y grisáceos partidarios de un “llorica” a un compacto grupo se sensibles conocedores y degustadores de un arte en verdad valioso. ¡Cuánto debe reforzar con hondos lazos de afecto entre sí a todos los que componen ese invisible grupúsculo, en lo sucesivo ya una comunidad! Es seguro que así, tras ese primer eslabón, muchos “escritores de culto” han llegado luego a ser escritores de éxito.
    
   En serio, Sonja, sin la más mínima reticencia te lo digo, ojalá consiguiera verme y pensarme, que me vieran y me pensaran como un escritor de culto. Gracias por la idea, gracias también por en su día pedirme el libro y más gracias por haberme encima dedicado en tu fantástico blog la inteligente reseña que me dedicaste:  


Antes de ayer cuando recibí el aviso de Correos pensé "debe ser de Hacienda o algo malo" porque había encargado un libro pero ni en sueños lo esperaba tan rápido, así es que allí me encaminé y 26 números más tarde y otros diez minutos de desesperado deambular por parte de la estresadísima funcionaria me entregaron a la criatura:

                                                 

Descripción: https://blogger.googleusercontent.com/img/b/R29vZ2xl/AVvXsEhlZBLO9GqdW_iyE89H5JINElFtp4M83vwqb2-XeliUzKU_4neP5xGtUH_J5MRjiPEhmZfb1TaJcY_c86mxJ_GErgyLAWldPsKmEIploRsBAp1aPEFWQGa-Lps1-pz0fsQbwQa_jrC4FhmZ/s320/cache_2429594001.jpg


"Las historias de un bobo con ínfulas"
 de José Antonio del Pozo es un libro autoeditado que merece una promoción bloguera.

Siempre me sorprendió que alguien con ese mandoble se limitase a escribir entradas en su blog, así se lo expresé en una ocasión, por eso el nacimiento de este libro me alegra especialmente. 

Al cabo de tres horas lo había terminado, en parte porque practico la lectura rápida desde mis años mozos en que me trincaba los libros de pie en el Pryca mientras mis padres hacían la compra semanal, pero sobretodo y ante todo porque es una lectura divertida y chispeante donde se narran no tanto las aventuras como las desventuras del joven Armando en clave un tanto surrealista.


El lenguaje es rico, vivo y abundante en metáforas (como no cabía esperar otra cosa a los habituales del blog del autor) todo lo cual, curiosamente, no le resta ni un ápice de agilidad a la lectura, esa me parece una grandísima habilidad. También aviso a las distinguidas damas que me leen de que contiene algunos pasajes ruborizantes, si es que tan extraña capacidad pervive aún hoy en día.

En un momento dado me dió por pensar que si Bridget Jones hubiera sido hombre y hubiera leído a Dostoyevski y  a Proust seguramente se habría llamado Armando, no se si el autor me perdonará semejante comparación pero esos son los riesgos de que te lea cualquiera, pero sobretodo de que te comente cualquiera.

En conclusión, una lectura de calidad, irónica y amena.


Pero dejémonos de cháchara, 
aquí mismo podéis leer un fragmento del libro
.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Echar mis versos del alma

    

  


   Caminaba hacia el trabajo meditabundo y ofuscado, para variar. El Otoño en puertas, la estación favorita, con la primicia ocre de su mano afelpada y tostada sobre las ramas de los árboles y la hierba ya, pugnaba en vano por reclamar su atención mañanera. Nada, sólo el cansino runrún del chasco carrasco del Libro de las ínfulas percutiéndole por dentro de la chola. Ombligo del blog, ombligo del mundo, olvido hormigos, hormigas del olvido y del ombligo,  dale que que te pego y vuelta a empezar. Y de repente, desde dentro de alguna de aquellas agrietadas ventanas, de par en par abiertas  al sereno clamor de la mañana preotoñal, aquella música viejuna y pegadiza, una caricia, sí. Y más, la revelación suprema que aquellos sencillos pero tan sentidos y maravillosos versos traían consigo, que le estallaron contra toda la frente, so bobo, escucha:
   
 Yo soy un hombre sincero… de donde crece la palma… y antes de morirme quiero… echar mis versos del alma…

    
 Eso es todo, melón, antes que la Muerte como a todos te alcance, acaso hay algo para ti mejor y más emocionante a hacer que esparcir a los cuatro vientos eso que en tus adentros vibra con vocación de música verdadera. Pues escríbelo, recítalo, cántalo, merluzo, no dejes que se malade y avinagre dentro de ti. Házlo sobre todo por ti, por tu más egoísta cuidado, por ti el primero… y por todos tus compañeros.  Canta, chavalín, que siempre alguien con generosidad cantará contigo… y que luego salga el Otoño milagroso por Antequera.


 LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

domingo, 15 de septiembre de 2013

En el Antro

   


   En el Antro. Una música que retumba: I gotta feeling. Una luces que parpadean, psicóticas. Una masa sudorosa de danzantes farsantes. Un gin tonic que lentamente se apura a distancia, que se lleva un poco consigo los posos de la amargura. Y la chica, ni guapa ni fea, una melena azafranada, que levanta las cejas ante él:

 -¿Y tú, a qué te dedicas?
 -Tengo una empresa.

 Levanta ella las cejas un poco más, en señal de sorna más que de admiración.

 -Ya. ¿Y de qué es tu empresa?
 -Es una empresa de poesías. Las escribo de noche y las vendo por el día.
 -¿Y eso da pasta?
 -Ínfulas, me reporta dividendos mensuales en ínfulas.
 -Uff, demasiado profundo. Sorry.
 

   Gira ella sobre sus talones. Se esfuma. Allí que le deja, igual que se deja un verso de pie quebrado. Esas ancas, un poco a lo Serena Williams, la melena azafranada, ya en lontananza. Un sorbito al gin-tonic. La música que atrona: that tonight´s gonna be a good good night. Lo mismo otra vez. Luces que acuchillan la realidad. Coro de espectrales danzantes. In the Antroooo.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

sábado, 14 de septiembre de 2013

Redes sociales y libros con ínfulas




   Para los escribanos que somos nadie, para los que no tenemos contactos ni contamos con Padrino alguno que vele y afiance los pasos de nuestras literarias criaturas, con sus pros y sus contras es el Internete cuanto tenemos. A ese río revuelto acudimos ilusionados cada mañana, a echar a los vientos cibernéticos las noticias de lo nuestro, a proclamar bien alto en esa Plaza Mayor la candidatura de nuestro libro… para casi siempre volver cabizbajos y taciturnos, con la nada relajante  taza de un amargo café, esa purga que es el fracaso, encima. 
    
   Entonces, cuando leemos severas admoniciones contra el Internete un poco nos sentimos, por compensación, aliviados y resarcidos en nuestra libresca desdicha. Hay muy serios autores que sostienen que el vértigo del internet y de las redes sociales están modificando para mal la estructura del cerebro: ese picoteo incesante estaría detrás de la pérdida de la capacidad de concentración y de la extrema y burda simplificación del lenguaje que cada vez más se observa en las nuevas generaciones.
     
   Y la bomba: “millones de personas han perdido la capacidad y el interés por leer algo más que un pantallazo que vaya más allá de diez líneas”. Ese ininterrumpido y ávido escaneo, además altamente adictivo, que con la mirada lleva a cabo como estricto hábito el internetero puede causar el desinterés por los libros, esos mochos tochos, no digamos si hablamos de títulos y de autores que no conoce ni Perry, de los que qué y con quién comentar en esas mismas redes sociales después, si ni a la hora de cenar en su casa a esos escribanos les celebran.
   
   Por supuesto casi todos los bodriosos best-sellers de esa misma onda expansiva que las redes sociales procuran se benefician, como esas profecías que de tanto nombrarlas unos y otros se autocumplen, y más y más clientes, deseosos de comentar, signo éste de estar en la “onda”, lo que los Trending Topics difunden, en sus redes caen.
   
  Así es que, lector, leemos y rumiamos cosas así sobre las modernas redes sociales y quizás, como te digo, algo más reconfortados nos volvemos a nuestro fracaso… quién sabe si con ganas de asomarnos de nuevo mañana en la mañana a ese turbión de aguas bravas que es el  Internete nuestro de cada día, que es cuánto tenemos quienes nada somos, excepto un atisbo ilusionado de literarias ínfulas, apenas una vela encendida en medio del vendaval.





… La estricta realidad es que desde luego muchas personas observan, pero no valoran lo que hago. ¿Es mucho pedir a quien con regularidad todo el año lee tu blog que te solicite el libro? Mi libro además vale mucho más que quince euros, estoy seguro.

Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:

         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.

viernes, 13 de septiembre de 2013

Hamlet in blog

     



   Debe producirles uno muy grande lástima, eso debe ser. Me aseguran, con la mejor intención, gentes que parecen entender mucho de esto del internete que así, de esta manera penosa y tambaleante con que yo por la ciberesfera deambulo, nada salvo la más absoluta y obscura nada me espera.  Que si quiero que a mí y al mío libro de verdad nos cambie la suerte, en vez de reconocer que apenas me lo piden, todo lo contrario, es proclamar eufórico que he agotado ya la primera edición lo que he de hacer, que no doy abasto para despachar libros tantos, que ya les atenderé cuando pueda, y estrategias así.
   
   Y me aconsejan esto porque están convencidos ellos de que el personal corre hoy tras el libro de éxito, como si fuera éste un rutilante fetiche que, al adquirirlo, de refilón a uno se le pega, perfumándole un poco del mismo aroma de triunfo que consigo el adminículo transporta. Vendría entonces a ser la propia confesión del fracaso como una especie de cenizo añadido al maleficio, que más aún perjudicara de paso la ya desdichada obra, que quedaría así la pobre por todas partes perdida ya de un previo fracaso indumentario redundante, que encima malhuele a derrota
   
   ¿Quién hoy, cuando  se huye del fracaso como de la peste,  y mucho más en medio tan etéreo y fugitivo, tan falso y desmemoriado como el Internete, va a atreverse a pedirle el libro a un don nadie que encima admite a las claras lo mal que con el mismo le va? Eso es lo que vienen a cuestionarme.  
     
   Te da que pensar, desde luego,  si no estará uno, en efecto, haciendo las cosas rematadamente mal. Equivocándose de parte a parte al reconocer su desvalimiento y su descalabro. Si acaso no le resultará contraproducente a uno el ir por aquí con su escueta y modesta verdad por delante, como si a toda costa hubiera que  impostar, falsificar y embaucar hoy al personal.

   
   No lo sé, lector.  Yo no valgo para eso. Aunque quisiera, no me saldrían esos números pintureros y timadores. Para las exigencias de ese falso guión este protagonista no da ni el físico ni el psíquico requeridos, ni el haz ni el envés necesarios para esa fraudulenta kermesse. ¿Tan a la baja cotiza hoy en día la sencilla verdad de las personas? ¿Tan poco vale ya la palabra dada, no digamos la palabra escrita? Estoy bien seguro de lo que vale mi libro, de eso sí. Y de que a la mayoría de quienes me lo pidieron y lo han leído les ha gustado y lo aprecian, que no es el caso de estas estupendas gentes que con tan buena intención me aconsejan. Lector, ¿cómo tú lo ves? 



Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:
         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.

jueves, 12 de septiembre de 2013

Tumbos del blog




   Profesar y defender abiertamente las ideas liberales, es decir, comprometerse políticamente, si pretendes luego abrirte camino con una obra literaria, te resta de entrada, y parece lógico que así sea, al menos la ojeriza de la mitad de los posibles destinatarios. Es muy posible que si uno, como muchos escritores de renombre hacen, por estricto cálculo mercantil hubiera autocensurado esta parte de su sensibilidad, al pobre libro mío bastante mejor le hubiera ido
   
   Que los escritores izquierdistas tienen en general mejor prensa entre el gran público que compra libros parece evidente: repásese si no la lista de los 25 últimos ganadores del Premio Planeta, fenicio laboratorio del ultramárketing literario por excelencia. Cójase si no el repertorio de los últimos 25 Premios Nacionales de Literatura.
   
   Opera además, creo,  una relevante diferencia sociológica entre lo que podríamos llamar, algo groseramente la verdad, públicos de izquierdas y públicos liberal-conservadores a la hora de comprar libros. Mientras que en líneas generales los primeros conforman un universo homogéneo y relativamente cerrado, una comunidad vivencial de afecto en permanente retroalimentación (una amplia lista de autores –entre sí cómplices la mayoría de las veces- muy seguidos y sentimentalmente admirados, que no dejan de publicar “cosas”, y un colectivo de fieles que una y otra vez les adquieren la mercancía de turno, porque altamente estiman esa cultura y los valores formalmente asociados a la misma), del otro lado, el universo imaginario del mundo liberal-conservador entre las clases medias –no hablo de las élites- alrededor de los libros más pareciera el Ejército de Pancho Villa: un escaso número de autores, a menudo descomprometidos políticamente, y un universo de clientes potenciales caracterizado por el individualismo y por la desconfianza, cuando no el recelo, hacia el producto intelectual. No apoyan ni valoran en la misma medida, creo, a sus autores. Y es posible que también eso haya en alguna medida lastrado al pobre mío libro, qué se le puede hacer.



Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”

Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
  
Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
  
Mati:
         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.


miércoles, 11 de septiembre de 2013

El blog, varado



   Escribir de política es relativamente sencillo. Escribir bien de política es ya otro cantar, otra melodía diferente. Así vemos a glamourosos periodistas, encumbrados y admiradísimos, con físico deseo incluso, por las masas, que en escritura andan afónicos y sordos hasta el colmo. Qué pifias cometen. Y qué más dará eso hoy, si la palabra escrita vale nada. 
   Y ya el escribir literatura, contar historias, engrandecer la realidad, demanda a su vez un talento y una dedicación, un cuidado y un esfuerzo superiores. Si dichas creaciones, en un tiempo prudencial, no son en un mínimo apreciadas, para qué quemar en ellas las ilusiones y las fuerzas. A veces, algo ofuscado porque las cosas no me salen, a modo de escapatoria me digo: eh, que no tienes que demostrarte ya nada. De sobra, como el vencido don Quijote, sé yo quien soy.  Aunque tampoco del todo lo sepa, la verdad.




   En siete de septiembre fue, sí. Tres años de blog. Más de novecientos textos míos ya. A la manera en que yo los hago. Todo ese trabajo. Ahí están. ¿Y? Me siento como si hubiera escrito entera la Enciclopedia Británica… en vano, la verdad. En octubre del año pasado, sin contactos, harto del silencio y del desprecio editoriales, me autoedité LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS. Añadí además en el frente lateral del blog: “Si lo que lees aquí juzgas que debe ser agradecido, para animar también a que siga siendo posible, pídeme este libro, pues con el mismo además te entrego un trozo vivo de mí”.
   Bueno, los resultados del emplazamiento han sido pero que muy discretos. No hablo de vender mil ejemplares. Ni la mitad. Ni la mitad de la mitad. Ni la mitad de la mitad de la mitad siquiera. Ni a eso he llegado. Aún no he conseguido recuperar del todo los dineros que arriesgué. Es el caso que no dejo de recibir encendidos elogios. Muchos, muchísimos. Y qué palabras tan bonitas.
   El caso es también que el número de visitas diarias al blog es para mí más que considerable. 731 seguidores en el blog, 3600 en Twitter. No sé. La estricta realidad es que desde luego muchas personas observan, pero no valoran lo que hago. ¿Es mucho pedir a quien con regularidad todo el año lee tu blog que te solicite el libro? Mi libro además vale mucho más que quince euros, estoy seguro.
   Es desalentador. Es amargo. Es descorazonador. Es lo que hay. El chasco te obliga a reflexionar. A pensar esta desolación. Y, la verdad, lector, no tengo ni idea de lo que voy a hacer.

   Por supuesto permanece y permanecerá siempre indeleble en lo más hondo de mi ser la gratitud inmensa a cada uno de ese puñado de valientes que, sin conocerme de nada, han apreciado e impulsado mi escritura pidiéndome el libro. Si cierro los ojos, creo que podría decir el nombre de cada uno de ellos. Alguno se ha molestado incluso –y pongo aquí sólo unas cuantas, pues otras, maldición, las extravié, agradeciéndoselo por igual a todos- en escribirme cosas tan preciosas como éstas:

Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:

         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.

martes, 10 de septiembre de 2013

El blog, groggy




   Puedo, sí, escribir los textos más tristes esta noche. Escribir por ejemplo: el blog está estrellado y tiemblan, azules, mis pulsos a lo lejos. Confieso que he bebido: sueño con entrar en el DISCO DURO de tu sensibilidad… y sueño que nunca jamás de allí me borras.



     En siete de septiembre fue, sí. Tres años de blog. Más de novecientos textos míos ya. A la manera en que yo los hago. Todo ese trabajo. Ahí están. ¿Y? Me siento como si hubiera escrito entera la Enciclopedia Británica… en vano, la verdad. En octubre del año pasado, sin contactos, harto del silencio y del desprecio editoriales, me autoedité LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS. Añadí además en el frente lateral del blog: “Si lo que lees aquí juzgas que debe ser agradecido, para animar también a que siga siendo posible, pídeme este libro, pues con el mismo además te entrego un trozo vivo de mí”.
  
   Bueno, los resultados del emplazamiento han sido pero que muy discretos. No hablo de vender mil ejemplares. Ni la mitad. Ni la mitad de la mitad. Ni la mitad de la mitad de la mitad siquiera. Ni a eso he llegado. Aún no he conseguido recuperar del todo los dineros que arriesgué. Es el caso que no dejo de recibir encendidos elogios. Muchos, muchísimos. Y qué palabras tan bonitas.
   
   El caso es también que el número de visitas diarias al blog es para mí más que considerable. 731 seguidores en el blog, 3600 en Twitter. No sé. La estricta realidad es que desde luego muchas personas observan, pero no valoran lo que hago. ¿Es mucho pedir a quien con regularidad todo el año lee tu blog que te solicite el libro? Mi libro además vale mucho más que quince euros, estoy seguro.
   
   Es desalentador. Es amargo. Es descorazonador. Es lo que hay. El chasco te obliga a reflexionar. A pensar esta desolación. Y, la verdad, lector, no tengo ni idea de lo que voy a hacer.

   Por supuesto permanece y permanecerá siempre indeleble en lo más hondo de mi ser la gratitud inmensa a cada uno de ese puñado de valientes que, sin conocerme de nada, han apreciado e impulsado mi escritura pidiéndome el libro. Si cierro los ojos, creo que podría decir el nombre de cada uno de ellos. Alguno se ha molestado incluso –y pongo aquí sólo unas cuantas, pues otras, maldición, las extravié, agradeciéndoselo por igual a todos- en escribirme cosas tan preciosas como éstas:

Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:

         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.

lunes, 9 de septiembre de 2013

Oh balansé, balansé del blog

  




  “En esta ciudad hay que partirse la espalda para poder ver una estrella”, exclamaba desolado Willy Loman en La muerte de un viajante,  la sombría obra de Artur Miller. No nos salen las cosas, eso es lo que nos pasa. ¿Entonces? Aquella amargura sólo un punto cínica del gran Adolfo Suárez, a la vuelta de sus penúltimos fracasos electorales con el CDS, cuando todas las encuestas de opinión, una tras otras, le daban como el líder más apreciado por los españoles:
   
 “Queredme un poco menos y votadme un poco más”



   En siete de septiembre fue, sí. Tres años de blog. Más de novecientos textos míos ya. A la manera en que yo los hago. Todo ese trabajo. Ahí están. ¿Y? Me siento como si hubiera escrito entera la Enciclopedia Británica… en vano, la verdad. En octubre del año pasado, sin contactos, harto del silencio y del desprecio editoriales, me autoedité LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS. Añadí además en el frente lateral del blog: “Si lo que lees aquí juzgas que debe ser agradecido, para animar también a que siga siendo posible, pídeme este libro, pues con el mismo además te entrego un trozo vivo de mí”.
   Bueno, los resultados del emplazamiento han sido pero que muy discretos. No hablo de vender mil ejemplares. Ni la mitad. Ni la mitad de la mitad. Ni la mitad de la mitad de la mitad siquiera. Ni a eso he llegado. Aún no he conseguido recuperar del todo los dineros que arriesgué. Es el caso que no dejo de recibir encendidos elogios. Muchos, muchísimos. Y qué palabras tan bonitas.
   El caso es también que el número de visitas diarias al blog es para mí más que considerable. 731 seguidores en el blog, 3600 en Twitter. No sé. La estricta realidad es que desde luego muchas personas observan, pero no valoran lo que hago. ¿Es mucho pedir a quien con regularidad todo el año lee tu blog que te solicite el libro? Mi libro además vale mucho más que quince euros, estoy seguro.
   
   Es desalentador. Es amargo. Es descorazonador. Es lo que hay. El chasco te obliga a reflexionar. A pensar esta desolación. Y, la verdad, lector, no tengo ni idea de lo que voy a hacer.

   Por supuesto permanece y permanecerá siempre indeleble en lo más hondo de mi ser la gratitud inmensa a cada uno de ese puñado de valientes que, sin conocerme de nada, han apreciado e impulsado mi escritura pidiéndome el libro. Si cierro los ojos, creo que podría decir el nombre de cada uno de ellos. Alguno se ha molestado incluso –y pongo aquí sólo unas cuantas, pues otras, maldición, las extravié, agradeciéndoselo por igual a todos- en escribirme cosas tan preciosas como éstas:
Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:

         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Tres años y un día de blog

    


   Deberíamos, bloggero con ínfulas, hacernos fuertes y olímpicamente decirnos en el día de hoy: ¡Basta! Madrid, con Juegos o sin Juegos, sigue siendo… Madrid, de la misma manera que tu libro, más o menos solicitado, sigue siendo, so bobo, tu libro. Deberíamos, sí… pero no reunimos fuerzas suficientes para ello. Pues el estrepitoso descalabro de las más íntimas ilusiones, de los más creadores y dorados sueños, nos rompe también un poco por dentro, como a ese niño que sin motivo de buenas a primeras y para una buena temporada le han castigado… sin juegos.  


     
   En siete de septiembre fue, sí. Tres años de blog. Más de novecientos textos míos ya. A la manera en que yo los hago. Todo ese trabajo. Ahí están. ¿Y? Me siento como si hubiera escrito entera la Enciclopedia Británica… en vano, la verdad. En octubre del año pasado, sin contactos, harto del silencio y del desprecio editoriales, me autoedité LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS. Añadí además en el frente lateral del blog: “Si lo que lees aquí juzgas que debe ser agradecido, para animar también a que siga siendo posible, pídeme este libro, pues con el mismo además te entrego un trozo vivo de mí”.
   Bueno, los resultados del emplazamiento han sido pero que muy discretos. No hablo de vender mil ejemplares. Ni la mitad. Ni la mitad de la mitad. Ni la mitad de la mitad de la mitad siquiera. Ni a eso he llegado. Aún no he conseguido recuperar del todo los dineros que arriesgué. Es el caso que no dejo de recibir encendidos elogios. Muchos, muchísimos. Y qué palabras tan bonitas.
   El caso es también que el número de visitas diarias al blog es para mí más que considerable. 731 seguidores en el blog, 3600 en Twitter. No sé. La estricta realidad es que desde luego muchas personas observan, pero no valoran lo que hago. ¿Es mucho pedir a quien con regularidad todo el año lee tu blog que te solicite el libro? Mi libro además vale mucho más que quince euros, estoy seguro.
   Es desalentador. Es amargo. Es descorazonador. Es lo que hay. El chasco te obliga a reflexionar. A pensar esta desolación. Y, la verdad, lector, no tengo ni idea de lo que voy a hacer.

   Por supuesto permanece y permanecerá siempre indeleble en lo más hondo de mi ser la gratitud inmensa a cada uno de ese puñado de valientes que, sin conocerme de nada, han apreciado e impulsado mi escritura pidiéndome el libro. Si cierro los ojos, creo que podría decir el nombre de cada uno de ellos. Alguno se ha molestado incluso –y pongo aquí sólo unas cuantas, pues otras, maldición, las extravié, agradeciéndoselo por igual a todos- en escribirme cosas tan preciosas como éstas:
Encarni:
   “Jose, llevo el Bobo con Ínfulas por la mitad, y me tiene entusiasmada. A veces no sé si reírme o llorar… me encanta!”
Gaby:
    “Ya terminé tu libro, Jose. Lo leí dos veces al final. Me encantó. No dejes de escribir. Aunque, pobre prota, joer, qué vida.”
   Toñy:
        “Leyendo la realidad de un libro por 2ª vez para evadirme de la ficción de la realidad. (las Historias de un bobo con ínfulas)”.
   Mati:

         “Jose Antonio, estoy volviendo a leer tu libro. Cada vez le descubro cosas nuevas. Me sienta bien… Gracias”.