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domingo, 21 de noviembre de 2010

Una farola en el camino

    
     Iba yo la otra mañana, antes de entrar al tajo, con las manos en los bolsillos y haciéndole a pie cara al relente con muy arduas cavilaciones, que al cabo algo le encienden a uno, acerca, claro, de Juan José Millás, ganador del Premio Planeta, y a su teatral interrogación en el periódico más importante de España, acerca de si no deberíamos todos TOMAR LAS ARMAS contra los responsables de la crisis: imaginábame pistolas, metralletas, bombas, que imagino que de cositas como esas había de estar el insigne Escritor y no menos ilustre Intelectual hablando. Por supuesto que con un gobierno “facha” (que dirían Bardem et altri) bajo cuya administración hubiera casi cinco millones de parados, y los estándares de miseria y de angustia crecientes que se conocen en nuestro país, las barricadas y la sangre dominarían las calles hasta derribar al gobierno, hasta tal punto teledirige y controla los resortes últimos del Poder y la fuerza bruta la izquierda hegemónica. La famosa “Huelga general” es sólo el periódico recordatorio de ello, y de entre sus defensores principales salen, como vemos, los Ministros posteriores.
    
     Con un gobierno “progresista”, en cambio, como veíamos hace poco, los sindicalistas liberados dánse con gozo… a las mariscadas, que fotos y todo del sarao se hacen. De esta manera, el marasmo del descontento y del rencor sordo de tantos se diluye, se disipa, se fracciona y no hace masa, sin nadie que lo aglutine y catapulte, cuestión ésta que a los Ricoshombres de siempre, que podrían ver sus muchísimas riquezas en peligro, debe tranquilizar sobremanera. Y nada tiene uno, claro, contra el que de forma legítima gana pasta a espuertas y crea de paso riqueza, como, entre otros, face el adorable sobrinito del señor Polanco q.e.p.d.  Ese machihembrado perfecto de oligarquías económicas e ideológicas, contrarias ambas a las virtudes de una sociedad abierta y en competencia,  que consiguen que el rebaño entero nos apacentemos tan entretenidos con La Noria es un mecanismo diabólicamente eficaz.
    
     Y claro, atribulado como iba uno por tan peregrinas cogitaciones, que hacían la pesadez de las mismas cabizbajo el mío caminar, al final con notable estruendo acabé por toparme de frente contra la vertical gris de una farola, que podía al menos la graciosa haber encendido su luz en lo alto, como lúcida respuesta a mi frontal embestida, y haberme así dado al menos pie  para haber escrito yo luego con el castañazo un relatillo molón, con guiño simbólico y todo. Pues no. Hube, como pude, de disimular allí mismo, con gestos apaciguadores hacia los viandantes que por mí al momento se interesaron, el picante escozor que laceraba sin piedad mi melón ya casi de invierno. “Nada, nada,  no es nada”, decíales yo a todos, muy suelto de una risa floja, mientras por dentro querría allí mismo haberme rascado y rascado hasta el trigémino mismo en busca de apaciguamiento, tal era la mortificante picazón que sentía.
    
      Entre quienes por mí inquirieron, estaba León, el cristalero de mi barrio, que era de quien yo hoy venía a hablarte, lector mío, pero ahora creo que con tantas disquisiciones he abusado ya bastante por hoy de tu cortesía, lector, que en el internete lo extenso nefando pecado es que por nada se perdona, que hasta espantará dentro de poco todo lo que por más allá de dos frases transcurra, y va todo lo que de un vistazo no se abarca contraindicado a las prisas que llevamos hoy todos y al fugaz parpadeo que dedicamos a las cosas, y así de ralo me luce a mí el pelo cibernético, achichonado encima ahora, y por nada del mundo querría yo que por mi culpa te dieras tú, nobilísimo lector que ahí sigues, un coscorrón de hartura mía,  y que por latoso me mandaras a vacilarle a las farolas esas que tanto atraen las quimeras de mi frente ardiente, así que, carísimo lector, no te robo ya un segundo más, y mañana sin falta te hablo de León, esto es, como dicen los modelnos, mañana de León te cuento, o te comento, como tú prefieras.
    

sábado, 20 de noviembre de 2010

Sostres, mentiras y cintas de video

    
     Sostres y su olor a ácido úrico, Wyoming y sus masturbitos, Jordi G y el Kamasutra, Izaguirre y sus gayumbos, la Nebreda y sus gemidos, Montilla y la nocilla de sus orgasmos, los orgasmos de Zerolo, Laporta y sus estrellas porno, Alicia y sus videojuegos, los videos del chiquilicuatre de la Ugeté, Ridao (capitoste de la Ezquerra) y sus morreos con la redactora de la Sexta, la Milá y los suyos, el “Espe, si no nos das el cinco…” y lo que sigue de los metreros en huelga, Dragó y sus lolitas, Almudena y sus monjitas,  en fin para qué seguir con el mefítico aroma de estos tiempos detestables, l´air du temps indiscutible en el Reinado de la Mugre.
     
     Y estas toneladas de zafiedad incalculable (dice el del Sálvame, no en vano Premio Ondas, que es que hay que tener sentido del humor, hombre) que cada vez con más asiduidad vierten sobre la audiencia, hasta que nos hayan del todo pervertido el gusto a todo el mundo, hasta que borren de las memorias cualquier atisbo de un mínimo refinamiento, hasta que seamos nosotros mismos los que sintamos vergüenza de siquiera imaginar algo noble,  les hacen a ellos de oro, son la palanca de su ubicuo y lujosísimo caché. Sabe Sostres de sobra, como lo sabía Izaguirre, que los artículos serios nada valen, que la enjundia de los razonamientos o la pulcritud de la escritura no sólo ninguna puerta abren, sino que la cierran más y más a quien sin padrinos la enarbola, como si  su sola presencia levantara acta y fuera espejo de la inmundicia de los podridos cancerberos del Sistema que deciden lo que sale y lo que no,  y que sólo montando numeritos cada vez necesariamente más  chabacanos y estrambóticos arriban a la popularidad, es decir, acceden a los medios y a su suculenta pitanza.
    
     No son por tanto los rijosetes chufleteros de turno los responsables últimos de este hediondo estado de las cosas, sino la sistemática degradación de la instrucción que los políticos (algunos más que otros, of course) permiten, la decidida participación en dichos engranajes basurientos de los lideres de opinión sociales que “legitima” y prestigia  esos escatológicos circuitos que cada vez abarcan más espacio, y los directivos de los medios de comunicación que, como sabemos, tienen  doce meses y doce causas, sí, doce causas para algún día ser ellos encausados como destructores sumos de la sociedad.  
    
     En la, para mí, magnífica “Sexo, mentiras y cintas de video”, la angustiada y reprimida protagonista le confiesa a su psicólogo: ¿cómo pensar en hacer el amor con tantas toneladas de basura por el mundo? A ver, Sostres, majete, dále tu la solución a la Macdowell. 

viernes, 19 de noviembre de 2010

Ken Follet, Juan José Millás, yo mismo


       
       Abramos de nuevo de par en par la cibernética Gran Ventana, asomémonos otra vez un instante a la interespacial Eternidad, llenémonos de estelar oxígeno los pulmones y lancemos entonces de nuevo a esta inmensidad nuestra voz desesperada… ¡KEN! … ¡KEEEN! … ¡KEEEEEN!, por si diérase el caso de que una extraña conjunción de astros obrara el prodigio y llegara mi reclamo a los egregios oídos de Mr Follet just a minute, el tiempo necesario sólo para decirle que gratis et amore le acarreo yo nuevo material sobre la intelectualité hispana, mucho más morbosa y fabulosa que la interminable trilogía por Usted proyectada.
    
     Tráigole yo hoy relación del muy insigne Juan José Millás, galardonado y afamado escritor donde los haya, que casi sonrojo da el recitar las credenciales interminables de sus éxitos: Premio Nadal, Premio Primavera, Premio Nacional de Narrativa, y, claro, Premio Planeta también,  por citar sólo algunos y no abrumar a las mismas estrellas con el lustre de sus prestigiosos entorchados. Es un galáctico de nuestras letras, Señor. Acaso habrá que ir pensando también en levantarle en vida alta estatua también a él, y emplazarla en la misma calle de Ferraz esquina con Gobelas, por razones que pronto habrá usted de entender.
    
     Con no ser moco de pavo todo esto, tengo para mí que el verdadero triunfo, la distinción que a uno de verdad ha de ensancharle de veras por dentro, y hasta llenarle de paz y de música celestial el hondón del corazón, debe hallarse sin duda en que pongan de uno, como es el caso de Millás, en la biografía de la Wikipedia –la Enciclopedia de estos días aciagos-  estas sin duda más que divinas palabras en las que cífranse la clave de su Gloria enorme: “ Empezó a colaborar en la prensa con gran éxito, nacido de su imaginación y de su insobornable compromiso con los desfavorecidos, de suerte que dejó el empleo en el gabinete de prensa de Iberia y ahora vive del periodismo y de la literatura”. Ahh, lo que debe a uno estallarle por dentro, sr Follet, al de sí mismo leer cosa así. El insobornable compromiso con los desfavorecidos, ahh.  
    
     Columnista habitual además en el más principal de los diarios españoles, asiduo colaborador de las más prestigiosas emisoras de radio, reportero y entrevistador de muy alto postín de los humildes –si hemos de creer a Millás- gobernantes socialistas,  ante los que él un poco se derrite para a cambio extraerles un muy preciado jugo que redunda en siempre renombradas declaraciones. Repasemos su mérito indudable: a De la Vega le sonsacó la increíble historia de su padre perseguido; de Rubalcaba, ministro todavía, le fascinaron los movimientos “un poco hipnóticos de sus manos”, y, quizás por eso un poco hipnotizado, le preguntó (junio de este año):
-¿No aspira a ser Vicepresidente?
Y respondió entonces Rubalcaba, con la Verdad siempre en los labios, que es él incapaz de mentir, que se lo prohíbe su código genético, si de sobra lo sabemos:
-Me hace mucha gracia cuando dicen eso. ¡Dios mío, volver a la Moncloa! Ya estuve allí y NO quiero volver.
  Ante Felipe G en el propio texto reconoce Millás que el exponerse a su plática le provocó “un estado hipnótico que anula casi todas tus capacidades”, pues debe, a lo que se ve, tener mucho el socialismo CINCO ESTRELLAS de suspensión del juicio… y de insobornable compromiso con los desfavorecidos, claro.
   Zapatero, en cambio, se adelantó a Millás y fue el Presidente quien al Escritor preguntó… “que si es muy difícil escribir un reportaje… con un gesto (en la pregunta) de estar a la escucha que me conmueve, de modo que empiezo a mostrarle mi cocina… con una sensación insoportable de cazador cazado” (así lo transcribe el Escritor, como al despertar del sueño conmovedor).  
    
     Convendrá conmigo, sr Follet, en la apasionante peripecia de Millás frente a los Grandes Hombres, y Mujeres, claro, de la Monclovita gobernanza. Es de todas ellas quizás la interviú a González en la que Millás, sólo preguntando, y eso lo hace con arte, más nos habla de sí mismo, porque le encasqueta (en realidad NOS encasqueta, que González las da la vuelta y se queda tan pancho) tres preguntas que son tres puñales a las conciencias, que son como un estruendoso do de pecho en tres actos con el que el Escritor se planta frente al mundo: ¿cree usted que hay alguna posibilidad de que los seres humanos se puedan relacionar en una estructura distinta de la del mercado? ¿estamos viviendo un totalitarismo del mercado? Se está pagando con nuestros impuestos una crisis que no hemos provocado nosotros ¿No es como para TOMAR LAS ARMAS?
    
     Dígame, sr Follet, si no debería al menos darle un poquito de vergüenza el arrojar esos dramáticos aspavientos (enalteciendo casi el terrorismo, hace falta valor) un tan insigne miembro del establishment y de la multinacional prisaica. ¡Un ganador del Planeta, que cien kilos se llama el invento, más lo que en sí significa el premio ése, llamando a “tomar las armas! Pero luego, sr Follet, recapacité. Recordé la magnitud enorme del éxito en Millás, el orden refulgente de su nombre. Este es, me dije aquiescente, el air du temps: el de los heroicos millonarios progres que odian el Sistema que a ellos por encima de la Humanidad entera encumbra.
     De forma que, Ken, please, hágale caso a este don nadie, y si quiere en su nueva novela reflejar el espíritu cierto de este tiempo, abandone su letárgico proyecto y escríbale a Millás, a Almudena, a Dragó, a tutti quanti, la novela ejemplar que ellos, insobornables a más no poder, se merecen.  
    

jueves, 18 de noviembre de 2010

Millás tampoco se contiene, pero Felipe G se mantiene


    
     Millás le duró a Felipe G apenas dos asaltos. Al segundo párrafo de la jugosísima entrevista ya el inteligentísimo escritor habíase rendido con letras y bagajes al resplandor filipino. Asistamos estupefactos a la tan pronta licuefacción de Millás ante Mister Equis: “Con la suavidad de un péndulo, se desliza del pistolero (¿eh?) de las palabras (ah) al hombre cansado, o del señor mayor al chacal joven (bravo, Millás, qué habilidad para sin decir decirlo todo, Chacal, el asesino de la mercenaria OAS que tuvo a De Gaulle en la mirilla de su telescópica), o del pragmático al utopista, lo que provoca en quien lo escucha un estado hipnótico que anula casi  todas tus capacidades (¿casi todas? ahí mismo pónese ya Millás de rodillas). No importa la cantidad de prejuicios con que te acerques a él, de todos acabas desprendiéndote al cuarto de hora de iniciada la conversación. Durante la plática… (ahí si que se sale Millás, que nada más exacto que catalogar como plática al ex-cursus felipista, cada vez más próximo al de Fidel Castro en la dilación inmisericorde del mismo, que dijo también el vicepresidente Chaves después de siete horas con Castro que resultaba el Tiranosaurus Rex…¡fascinante!).
    
     A partir de esos presupuestos… epistemológicos (diríamos), aborda el Escritor el muy pantanoso manglar del vil metal. Aunque ya  lo había declarado hace bien poco a Mª Antonia Iglesias debió creer justo y necesario Mister Equis, con ocasión ahora de la monumental interviú en El País, como queriendo de un nuevo plumazo borrar los más insidiosos rumores,  proclamarlo de nuevo a los cuatro vientos: que anda el hombre un poco tieso, que no tiene dinero, vaya, que no querría él morirse “sin al menos tener una casa”.
    
     Y al abordar tan suculento territorio la entrevista es que se torna antológica, merecedora de periodístico premio. Díganme si no:
-Pero ya se está haciendo una en Marruecos.
-No, allí compramos una parcela y está parada  (y un ¡Aahh! como el de la Macarena de los del Río le sale a uno sin querer al leerlo)
-¿No se va a hacer una casa por fin?
-No, porque no tengo dinero para hacérmela… (el pobre, como de Berlanga, sí)… Cuando me preguntan por la corrupción, he pensado en mí mismo… no corromperme por el dinero no tiene mucho mérito, porque nunca me interesó. Sé cuales son todos los mecanismos para obtener dinero, pero jamás se me ha ocurrido. (Santo varón, piensa uno, ni Ghandi, ni Slim, ni Flick, ni Flock, aunque a continuación reconoce tan suelto de cuerpo as usual que en la Argentina es que HASTA LE REGALAN LAS FINCAS de tanto cómo lo quieren).
-Realmente, si usted quisiera, podría ganar mucho dinero en poco tiempo (apunta el sagaz Millás, quizás ya entonces un poco en trance ante el narcotizante penduleo filipino).
-Sí… sí podría ganar bastante dinero.
-¿Por qué se contiene? (pregunta, entre contrariado y estupefacto, Millás, que sí mordió, incontenible él, la manzana podrida del Premio Planeta).
-Porque tengo mucho trabajo y prefiero elegir yo dónde doy una conferencia (chúpate esa, Millás, a los etarras no sé, pero casi vuélate a ti ahora el tenderete, con las fenicias transacciones que ha de tragarse todo escritor que se precie, qué crack el tío de las cloacas reservadas, qué chacal, sí, oyes).
     Por qué se contiene, Millas dixit. Ay, lector, que esto, como Dominguín cuando Ava, he de contárselo yo mañana mismo a Ken, a Mr Follet, quiero decir.


miércoles, 17 de noviembre de 2010

Eguiguren, su mujer y los caníbales de Felipe G


    
     Le dijo ahora Felipe G a Millás, junto a lo de que pudo volar a la cúpula etarra y que no lo hizo, y que no sabía él si se arrepentía, que calculaba él también que ser hijo suyo debía ser “una putada sangrienta” (¡) . Dijo luego Millás que estaba él convencidísimo de que había hecho Mister Equis lo correcto, que sería lo contrario “como comerse a los caníbales”. Y a la misma vez el presidente de los socialistas vascos, Eguiguren, con firme sentencia en su currículum como maltratador de su esposa –que se dice pronto el morrazo que se precisa para mantener con tan honorífico título probado a las espaldas como presidente a una persona así, para timbre y gloria supremas del superfeminista gobierno zetapeico, al tiempo que se le monta crudelísima inquisición al bobo alcalde vallisoletano por lo de los morritos pajinianos- ufánase, como el cuervo de la fábula, nada menos que de “haber comido bastantes veces juntos” ,mano a mano con Josu Ternera,  cuya sanguinaria mano es responsable de alguno de los más atroces y multitudinarios asesinatos etarras. Vamos, que Eguiguen compartía mesa y mantel con los caníbales esos. ¡Con los que ordenaron despedazar sin compasión a sus propios camaradas de la fé socialista, como Fernando Buesa, por sólo citar a uno!
    
     En la desmesura de la bárbara pintura del cuadro resultante a los ojos de cualquier observador imparcial se quintaesencia el drama de nuestra nación. Qué cerebros tan alambicados y trastornados a la vez los de los mandamases del socialismo español. Quisieran presentarse y parecernos atormentadísimos personajes de Sófocles, de Shakespeare, o de Coppola, siendo en realidad muy pobres hombres más bien dignos de lástima, de no ser por el muchísimo Poder que sobre vidas y haciendas de todos a su capricho acaparan. Ocultan bajo toneladas de palabras ampulosas su compulsiva necesidad de ocupar siempre el escenario entero, cuanto más embarrado mejor, copando en su abanico siniestro todos los roles y planos de la situación, cortocircuitándole de raíz a la sociedad con sus calculadas esquizofrenias todo sosegado debate público posible.
    
     Y si Mister Equis dice que el general Galindo, condenado por ordenar extrañas manicuras a Lasa y Zabala, era “un gran tipo”, no se queda a la zaga Eguiguren ponderando su proximidad al psicópata etarra: “me entendía bien (con él) porque sabía exactamente como era… somos de la misma edad, tiene hijos, enseguida conectas con ciertas reflexiones”.
    
     Cómo ha entonces de extrañarnos que Zp, hijo político del Viento que a su paso arrasó Felipe G, gracioso patrocinador él mismo de Otegui como Hombre de Paz, severísimo admonitor de todo el mundo él también al señalarnos con flamígero índice que no nos pasáramos, que es que De Juana “está en el Proceso”, y de recordarnos que tenía él un abuelito y tal, cómo extrañarnos, digo, que a la vista de los soberbios cogotes de los dos prendas que a él con todo le anulan, pille unos leotardos y se ponga, como leopardo renco, a hacer como que corre por las calles de Seúl.
      
    

martes, 16 de noviembre de 2010

La esposa de D. Jesús Eguiguren no se contiene

    
     La actual esposa del excelentísimo presidente del Partido Socialista Vasco, Doña Rafaela Moreno, importante cargo político también ella allí, no pudo por más contenerse. Al término de la sesión del juicio que por enaltecimiento del terrorismo llevó al Hombre de Paz (zp dixit) al banquillo, y en la que, como testigo de cargo del Pluspacífico Hombre acusado, compareció su marido, creyó verse en la obligación de encimar a la presidenta de la AVT y nada menos que espetarla: “El día que nos maten, no lloréis”. Y si el gran Felipe G, que sostuvo tener una vez en la mirilla a toda la cúpula etarra, si hemos de creerle, decíalo todo “sin acritud”, los testigos de la tremebunda frase de doña Rafaela coinciden en verificar la mucha aspereza con que la misma fue arrojada a la representante de las víctimas del Terror etarra.
    
     Y son detalles espontáneos como éste -como el de su rozagante marido en compartir, y jactarse encima de hacerlo, mesa y mantel en repetidas ocasiones más ancho que pancho con uno de los más sanguinarios jefes etarras en busca y captura, que para vergüenza imborrable de todos presidió además la comisión de derechos humanos en el parlamento vasco- muchísimo más reveladores que cien mil retóricas condenas del atentado de turno del sideral abismo vivencial, simbólico, referencial, de valores, de la más básica orientación, de piel diríamos, que separa a los contemporizadores de los cafres batasunos de cuantos sentimos como propia la causa de los miles de perseguidos, extorsionados, secuestrados, torturados y asesinados por los criminales de la Eta, muchos de ellos, para mayor pasmo, del mismo partido que doña Rafaela. Que es precisamente quien señala y apuntala con su frase la magnitud de esa distancia y el calado de ese foso al proscribir incluso el más natural de los sentimientos humanos ante todo asesinato injusto. 
    
     Resulta así delirante e inconcebible que en esos términos se produzca la esposa de Eguiguren nada menos que contra la presidenta de la asociación de víctimas, que es sobre todo la viva memoria de los cientos de asesinados y mutilados por el furor criminal de la banda armada de la izquierda abertzale. No ve doña Rafaela en esa mujer nada de todo lo que con nitidez en su persona se resume, sino un adversario al que increpar, echándole incluso en cara una posible muerte suya -¿amenazados ellos por quién?- precisamente a quien sobre todo ha experimentado en propia carne el muy real y bárbaro asesinato de sus deudos. Hay que hallarse en otro muy impensable universo mental, sin contacto axiológico alguno con el de los millones de españoles restantes que aborrecen hasta la médula a los filoetarras,  para atreverse a incordiar así. Recuerda, claro, el escupitajo de doña Rafaela a la abracadabrante sentencia que Zp en su día endiñóle a la madre de Irene Villa. Para ajustarse los leotardos y salir pitando, vamos.    

domingo, 14 de noviembre de 2010

¿Zp en mallas? No, Berlanga para siempre


    
     Iba, lector, a dejar aquí, en este rincón solo tuyo y mío, reflejo de la apolínea visión de zp en mallas, correteante por Seúl, verdadero cervatillo ahora lost in traslation tras el bosque en llamas que dejaron los perjúmenes de Trini, como maniatado de remos el pobre en medio de la conflagración, un poco también con algo de pato mareado en el desenlace del Lago de los Cisnes batasunos, como si quisiera él como sea recabar las miradas del personal, que entre Mr Equis y Txusito, esos soberbios cogotes,  tenemos olvidada su presidencial apostura. Pero no.
    
     Ha fallecido Luis García Berlanga y algo le pide a uno, no por rutina, desde luego, ni por afición a la necrofilia cultural, sino como natural expresión de pena y de gratitud a un tiempo, rendir tributo, aunque sea en esta miserable covachuela que apenas a algún sitio llega y con los medios de que sea uno capaz, a uno de los creadores más excepcionales y singulares del panorama artístico español. Era Berlanga sobre todo un genuino ESPÍRITU LIBRE, en la plenitud del elevado sentido que estos vocablos contienen, y que muy pocos más que él, si es que los hay, merecen.
    
     Admiraba uno en él su casta insobornable, sin sacar nunca pecho por ello, rebajada siempre por un humor caústico inclemente, atento sólo a su obra y a su arte, y no a  posar calculadamente para la Historia de hombre bueno y “enrrollao”. No comulgaba en la cofradía fetén de la Ceja, mancomunado sindicato del Autobombo que mandarinea con mano de hierro la industria de la “Cultura” desde hace treinta años, y acaso por lo mismo, como le ocurrió a José Luis López Vázquez, no ha recibido el reconocimiento social que una nación en verdad culta debería prestar a los mejores de sus creadores.
    
     Ojalá por mucho tiempo sobreviva su extensa obra, deslumbrante de inspirado ingenio muy a menudo, magistral casi siempre en el depurado manejo de los dificilísimos códigos expresivos que la comedia exige, esa peculiar mezcla de ritmos y de tonos ante la que tantos “encumbrados” se estrellan y  que dominaba él con oficio de virtuoso, y que le permitía, y sin subrayarlo, so capa de un aparente desenfado, dejarnos entrever un penetrante punto de vista sobre la condición humana, en la que se conjugan, entremezclados con arte, cinismo y ternura, bondad y maldad, amargura e ironía, desengañada corrosión y latente esperanza. Es sencillamente monumental la extraordinaria galería de tipos humanos a los que llenaba de vida con apenas dos mágicas pinceladas en sus mejores películas y se hacen inolvidables las endiabladas situaciones caóticas a los que les enfrentaba y en las que Berlanga entraba y salía con una desenvoltura prodigiosa e ingrata a la vez, porque la misma desarmante fluidez con que ante nuestros ojos la peripecia berlanguiana transcurre –igual que un trozo arrancado a la misma vida, diríamos, aunque siempre, de forma apenas visible, estilizada- enmascara la propia y gigantesca dificultad que conseguir esa fenomenal verosimilitud entraña.
    
     Así, las legendarias cacerías franquistas le sirvieron, a través de su vitriolo único, para hacernos sonreír –y cavilar sobre esa amalgama de ocio y negocio- en las impagables secuencias de “Patrimonio Nacional”, que más tarde, oh, sublime magia berlanguiana, tendrían continuidad real, -la Realidad imitando ahora al Arte-, en las famosas cacerías garzonitas, con ministros, fiscales y superpolicías añadidos, que Berlanga supo asimismo anticipar en la ya decididamente disolvente y escéptica “Todos a la cárcel”.  
    
     Sólo por haber rodado una obra de la envergadura artística de “Plácido” (1961) tendríamos ya razón de sobra para admirar a Berlanga para siempre: brillan ahí en todo lo alto, para mí, las portentosas cualidades berlanguianas: crítica social acerada y humor compasivo a la vez, escarnio de la hipocresía pero también muestrario de humanidad, diálogos afilados y certeros, riqueza de tipos y de situaciones, máximo potencial narrativo y descriptivo a un mismo tiempo, estallido de una creatividad en aluvión genial, apoteosis del ritmo expositivo, superior en pericia, en mi opinión, al tan celebrado de los hermanos Marx, y que luego hemos visto superpremiadas, siendo sólo pálidos reflejos de la obra berlanguiana, en Scorsese (Jó que Noche) o (también con cadáver a cuestas, tipos extravagantes, y curiosa furgoneta, motocarro en Plácido) en Pequeña Miss Sunshine.
    
     Así, sin darse ninguna importancia, deja tras de sí Berlanga una obra inconfundible, colmada de logros artísticos espléndidos, que de haber nacido francés, harían de él sin duda materia de obligado conocimiento para las generaciones venideras, si es que  conservan éstas aún en sus cabezas entonces el aprecio por la excelencia artística .  

    

viernes, 12 de noviembre de 2010

Son tus perjúmenes, Trini



    
     Ay, mi ministra, que ya yo se lo advertí ayer aquí nomás, y no quiso su prudencia hacerme caso ni echarme cuenta, que son los de aquellas tierras de allá gentes bien melosas y hasta empalagosas, que son sus líderes Sietemachos a cual  más de  todos, que no iban a pasar allí desapercibidas las ternuras por vos prodigadas, sólo en sagrada defensa de los intereses de España, quede bien claro, al hombrote Evo, que ya el Primate Chávez muy serio le inquirió particularidades suyas al descendiente de Incas, ya lo puede ver, que lo es él también del gran Bolívar, que también luce él fulminante y afilada espada, y que en éstas el señorito Correa del Ecuador, por la mano le ganó, fogoso como un verraco, no me vea los arrumacos que le regala, que parece esto, yo se lo advertí ayer mismito, ministra mía, una epidemia d´amour, del amor en los tiempos del cólera, que diría el Otro, sólo que el cólera reina ahora de verdad en el Sáhara, el cólera y la cólera del ejército marroquí, de su ministro del Interior alahuí, ese sí que es un tío, ése si que los tiene pero que bien puestos, que por eso acaso recién le condecoramos, que hay saharauis asesinados y montones de desaparecidos, qué risa, verdad ministra, qué risa desdentada la de esos niños saharauis, y el Aiún en llamas, que Evo también quedó en llamas a su paso, y es que cómo les enciende usted de veras a los mejores Hombres de Hispanoamérica, y qué de la política para con los pobres del mundo, si parece Usted, ministra mía, estar haciendo las Américas, una Massiel que hubiera ganado no sé que festival de la Oti, -ah, la dignidad suprema de ese lugareño andino mirando al suelo a su paso, que hay bellezas insoportables de mirar- y mientras, los sayones marroquíes repartiendo ostias de verdad, que hasta Moratinos sollozante ha sido repescado para la Paz en la zona por zp, así que cuídese ministra mía, que no pueden más mis ojos soportar el ver cómo el tarugo Correa la encima, como me la estruja, me la achucha, me la acapara, la rodea entre sus hombros el muy gorilón, cómo me la abraza y me la besa, y como reclináis Vos, sólo en defensa de España, claro, la cabeza entre la embocadura selvática de su pecho, que no, que no quiero verlo, si es que se llega usted a Venezuela, madre mía, que ya se lo advertí, que es como si hubiéramos pasado de la democracia mendicante a la democracia insinuante, que ya los bravos mandatarios latinos, rijosos como son, que la sangre se les rebota al verla, se pasan recaditos secretos confesándose sus excelencias, refiéranse en discretas notas sus maravillas, que son sus perjúmenes, mujer, los que les suliveyan, los que les suliveyan, que ya deliran todos en ansias de acogerla, del sandinista Ortega mejor ni hablar, que ya tuvo el muy gocho lo suyo indignísimo con una ahijada suya, que la abusó el muy, a él ni se acerque, mejor a Cuba, que Fidel no creo que ya, ni Raúl creo ya que…, aunque nunca eso del todo se sabe, que hay ahora mágicos remedios azules que levantan espíritus requetemuertos, hágame caso, ministra mía, ponga proa rumbo a Cuba, por favor… que esto es una plaga, que del roce nace el cariño, y tal, que se lo predije yo aquí ayer nomás, ministra mía, que, la verdad estoy loco de celos en viéndola en los brazos de otro que no sea yo, que me parezco yo hoy, tan serio como voy, a aquel inolvidable Clodomiro el ñajo de Carlos Mejía y los de tal.  


jueves, 11 de noviembre de 2010

Trinidad Jiménez con Evo Morales (Caperucita en Cochabamba)

    
     Ay Trinidad, ministra mía, sonrisa sin igual del Régimen zetapeico, que yo creo que no sabes tú del todo el peligro grandísimo que has corrido al ladito mismo del Inca, que es tan puro tu idealismo internacionalista que no repara en afrontar los más temerarios peligros, en las mismas fauces del lobo tú, arrojada Caperucita Roja de mis entretelas, qué valor, acércándole bombones a la vera misma de la camita al lobo Evo, que acaso habíase ventilado ya antes él a la abuelita del cuento de la Vega. ¿O era acaso que el Cazador Mister X, desde algún secreto lugar que en la imagen no vemos, tenía bien encuadrada en la mirilla al garañón, por si con súbita patada osaba él mandar bien lejos la sábanas y allí mismo ponderarte el Machu Pichu y acaso luego de golpe sobre ti abalanzarse? ¡Qué ojos más grandes tienes, Evito! Son para verte mejor, ministrita mía. (Y casi al mismo tiempo, como en esas películas que abordan realidades simultáneas en distintas partes de la aldea global, en otra cama televisiva que patronea la superprogresista Milá, veíase el estertor del concursante a la concursante dirigido, en el clímax del edredoning, que le pedía él por Dios que con urgencia ella se apartase, que es que se vertía él de sí mismo, y en seminal modo, habiendo de aliviarse pero ya).
    
     Puede que fuera quizás esto, ministra, lo que ofuscara de podredumbre mi juicio. Pero te digo, ministra mía, y a la legión de mis treinta y siete pongo por testigos de la alta ley que yo te tengo, que fue ver la foto y sacudirse en violento tumbo el mío corazón. Claro, el monstruo de los celos me desgarró las entrañas. “No podía marcharme de Bolivia sin visitar al presidente”, dijiste tú, alimentando el espesor de mi tiniebla. Y que para afán tal, ni el vuelo, ni la distancia kilométrica de La Paz a Cochabamba, ni el que fuera una intervención de rutina, fueron obstáculo alguno. Y ahí estás, a medio metro escaso de su piltra, contagiándole la medicinal sonrisa tuya, que desmiente por sí sola la circunspección de los brazos, al descendiente del Inca, todo un tigre sólo por un instante domado. Será mi imaginación, que está sin duda por el resquemor muy corrompida, y ve gigantes donde solo hay molinos de diplomacia, pero paréceme a mí que el Evo descansa los brazos suyos sobre bendita parte quizás por que no se le descubra así del todo la alegría de verte, que hasta convaleciente se puso camisita limpia y todo el muy ladino para impresionarte con su indesmayable hombría, en altas cimas cuzqueñas afianzada.
    
     Y es que, perdóname ministra, pero todo cuanto sobre el asunto cae entre mis manos no hace sino cebar más y más mi resquemor, que no hace mucho el boliviano clamó a los cielos muy alto por la trágica degeneración del género Macho, corrupción atribuida por él a la ingesta de pollos transgénicos, de lo que se deduce indudable autoridad en la materia (si llega a presentarse en Cochabamba Zerolo, el de los democráticos orgasmos, pollo en mano a cumplimentar al adorador de la Pacha Mama, ahórrame explicarte cómo hubiera podido acabar aquello), y poco después comprobamos todos algo pasmados el volumen indudable de sus futboleras gónadas en el lance ese en el que con duro rodillazo al oponente, por amistosa que fuese la lid, impuso su incalculable hombría. Si de resultas del topetazo aquel ha debido la rodilla de don Evo ser intervenida, adónde andarán, ministra, házte cargo, las aovadas criadillas del pollo aquel que se le enfrentó, tan contundentemente vapuleado.
    
     Si a más a más sostiene el diario Público que es que existe “feeling” entrambos, si vos misma, querida ministra, has reconocido encontrar a don Evo… “MUY ANIMADO Y CON GANAS” (¡) -y con ganas de qué, Dios mío, que decía Umbral que entre hombre y mujer la amistad es imposible, que siempre está el androide que a los varones nos habita por alrededor mascullando “qué, cuándo empezamos”-, comprenderá entonces, ministra, el alcance de mi desesperación, como saharaui por vos ninguneado, que en nada menguaba el de sobra saber que la defensa de los intereses españoles era nada más que la causa verdadera de vuestro ritual sacrificio.
    
     Cuentan las agencias que intercambiáronse y todo presentes la parejita, que un chal de vicuña –espero, ministra, que no empapado de andino trasudor como acaso gustara a la Grandes- dióle el galán a la galana, y que… con ¡un jamón de jabugo! le obsequió a cambio ella, que en colmo del recelo imagínase uno a Evo abrazado en el camastro a ese jamón y desecho en suspiros a la vez, como fabricándose para sí muy deleitosas y turbadoras imágenes.
     Y con ser desazonante la estampa, peor resulta el ejemplo, ministra mía, que se propagará como epidemia el caso, y pronto hemos de ver al primate Chávez –que al parecer jactábase en su televisivo chou de darle lo suyo a la parienta, superlativo machote también él- operándose puede que de una hernia, sólo por que Vos le rindáis visita e impar sonrisa. ¡Qué dientes más grandes tienes, coronelito! Son para… para eso mejor.   

miércoles, 10 de noviembre de 2010

Toy Story 3, la lealtad, idiotas, la lealtad


    
     No me gustan las películas de dibujos animados: vi muy pocas durante la infancia y, acaso por eso, algo me impide “conectar” con ellas. Déficit de imaginación en lo sucesivo lo mío, como otros niños sufrieron la falta vitamina C, qué le vamos a hacer. No suelo, por lo mismo, nunca elegirlas. Hice una excepción en su día para ver, rodeada de la laudatoria leyenda que la rodeaba, UP: diez minutos a tempo lento primorosos y el resto, para mí, decepcionante carrousel de ruidos y eyaculación incesante de planos apta sólo para epilépticos. No había visto además las previas del Toy Story, aunque sabía más o menos de qué iban.
    
      Por si lo anterior fuera pequeña contraindicación, te confesaré solo a ti, lector mío, que iba a verla con mi hijo, que tiene quince añazos, y que ese día, por motivo de las infaustas Matemáticas que amenazaban el inminente septiembre, andaba yo encabronado con él. Trata de imaginarlo, lector: un padrazo y su hijo, más alto ya el descendiente que el ascendiente, -habría que cambiarles entonces los nombres a las cosas, qué lío-, malhumorados Uno con  Otro y Otro con  Uno, por lo mismo casi sin hablarse y como a un metro de distancia los pasos del Uno de los del Otro, metiéndose en pleno agosto madrileño a ver una de dibus.
    
      Yo creo que la multitudinaria guardería que llenaba la sala debió imaginar, silenciosa sólo por un instante al vernos tan contrariados entrar, que formábamos parte del corto de terror que ponían antes de la peli, porque, pasado el susto inicial por nuestra “triunfal entrada”, siguieron gritando como posesos. Y por si toda esa anterior escocedura fuera poca, había  además que por narices colocarse, a riesgo, de lo contrario, de quedarte bisojo, sobre las propias gafotas esas otras tridimensionales que en la sala te adjudican, como si alguien en la cabina de proyección, hasta los mismísimos de tanto griterío, se dispusiera a propulsar a toda aquella escandalosa Disneylandia –más el Uno, más el Otro, sí, lector-, al mismo estelar Infinito, o más allá incluso… hasta el Infierno mismo. La ocasión, pues, se las prometía felices. En fin.
        
     He querido desde entonces adrede dejar pasar el tiempo, a ver si se me pasaba la fiebre, dar tiempo a que se posase en mi cabeza el terremoto de sensaciones deleitosas y enaltecedoras que la película levantó en mí después de verla. Dejarla como en la punta de la lengua… del cerebro, dejarla ahí, no archivarla, no pasar a otra cosa, no llenar ese espacio sagrado con cualquier otra inmundicia. Ponerla a prueba ahí también. Y en ese sitio, desde finales de este agosto, la película en mi memoria no ha hecho más que crecer. Hablo, claro, de Toy Story 3.
       
     Coincido con todos los que han catalogado a Toy Story 3 como auténtica obra maestra, con la condición de que reservemos este marchamo -para no devaluarlo- como oro en paño a solo muy escogidas películas, no más allá de dos por año. Y es que en Toy Stoy 3 hay una muy acabada y pensada historia, hay personajes maravillosos con conflictos hermosísimamente recreados en los que todos nos reconocemos, -la alegría, la tristeza, la soledad, la amistad, la angustia por lo incierto del porvenir, el amor, la vida a chorros, la despedida, el abandono, el miedo, los celos, la ternura, la imparable corriente de la vida , la aceptación de la misma- hay, pues, un caudal jubiloso de sentimientos universales, hay una prodigiosa mutación de ritmos y de músicas y de géneros acompasados con perfección al hilo de una historia trepidante que sabe también remansarse cuando conviene; hay, en estos tiempos de cochambre, una  emocionantísima exaltación de la lealtad.
    
     Y además, creo que es de esas películas en las que vuelve a llenarse de  sentido el ver cine alrededor de una gran pantalla y al lado de muchas personas, -sí, aquella turbamulta de canijos alborotadores habíase tornado, de la mano de la magia única de la película, en adorabilísimos infantes de grandioso corazón- a las que sientes a tú lado, sacudidas y agitadas por un mismo sentir, estremecidas o dichosas por unas idénticas emociones -qué gozada el ver pulsadas con inteligencia suma dentro de uno, por una vez, las más nobles y altas aspiraciones de los humanos al compás de la historia, sin calzador de moralina postiza alguno- arte, pues, conmoción engrandecedora en medio de la que suspiras, piensas, ríes y lloras junto a quien tienes en la butaca de al lado, sin que haya necesidad siquiera de decirlo, reconociéndote así igual a ellos.
    
     Terminó la peli. Terminaron de pasar títulos y títulos de verdaderos créditos. Terminó aquella música deliciosa. Encendiéronse unas luces como si a algún sitio habitual aterrizáramos Nos miramos entonces mi hijo y yo, lector mío: parecíamos ahora dos astronautas con las respectivas viseras de la escafandra empañadas. Le brindé a mi hijo, un poco a tientas,  la palma de la mano abierta en alto, como los de la NBA. Sin quitarse las tridimensionales, él me la chocó con ganas. Toy Story 3 reconcilia con el cine y con las personas de buen corazón, sin ser en absoluto una película naif o tontorrona. Bravo por ella.
    (Ah, y te iba ya a confesar, lector mío,  que, en septiembre, regalo último de Toy Story 3, aprobamos las jodidas mates. Pero no sé si esto no será ya innecesaria moraleja. Bórralo entonces, si crees tú que sobra).

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