
El Encuentro entrambos cracks, para intercambiar ideas acerca del Futuro, con la que está cayendo, la verdad es que prometía. Hay que reconocerle a Guardiola, en medio de una sociedad como la nuestra, que suele, a lo Balzac, ver detrás de cada gran fortuna un crimen, una habilidad especial para, con ciertos quiebros de nacionalismo contestatario que de vez en cuando él prodiga, saber hacerse perdonar su plutocrático privilegio ante el Pueblo. El arte de Fernando Trueba, un gran director, en esos menesteres es aún mayor, pues le hace posible despotricar contra la industria americana del cine y a la vez arramplarse un Oscar. Las últimas perlas nominalistas de Trueba en El Mundo, en febrero de este año (“Todas las dictaduras para mí son de derechas. Nadie que diga que es de izquierdas o revolucionario tiene a la gente sojuzgada. Lo revolucionario es considerar a los seres humanos libres y capaces de dirigir sus vidas”), además de hacerle removerse en su tumba a Guillermo de Ockham, no añadían sino más emoción preliminar al Encuentro.
Y sin embargo, la decepción en el espectador, leído y releído el texto, como cuando en el futbol se espera un partidazo y sale un pestiño, es espantosa. De la misma manera que los cronistas del fútbol acumulan tópico tras tópico, lo mismo se amontonan aquí los lugares comunes sobre el Futuro, en un tono además deliberadamente nebuloso y como de postal de plexiglás. Valga de prueba el único titular que del texto se entresaca: “El Futuro –asegura Trueba- es el único sitio al que puedes ir”. Tócate los pies al biés, Jean Paul Sartre, que la náusea me da ahora a mí.
El arranque filosofal es portentoso: “¿Sabes que hemos nacido el mismo día?”, interroga Pep. Efectivamente, el 18 de enero, responde Trueba. “Y me hace mucha ilusión, Fernando. Siempre le digo a tu hermano que te felicite, pero seguro que nunca lo hace”, incide Pep. “Sí, me lo ha dicho… yo siempre he sido el chalado de mi casa. Dime una cosa sinceramente, Pep, ¿tú te veías llegando a ser entrenador?”… inquiere Trueba. “Yo con 25 ya quería entrenar, siempre he considerado que tenía un físico patético para jugar al fútbol, no sé cómo subsistí.”, le aclara Pep. Es fantástico, reconozcámoslo: “el chalado” y el del “físico patético”, ¿pillas, lector, el truco?
Pintemos primero la pared de los lugares comunes: “La única cosa por la que rezo es por no perder la pasión… si perdiese la pasión dejaría el cine”. “Completamente de acuerdo. Siempre he pensado que todo parte de buscar lo que realmente te gusta. La gran fortuna que uno puede tener es hacer lo que le gusta hacer”. “Me gustaría tener 14 vidas para poder hacer otras cosas maravillosas. Y quizá equivocarme, que en definitiva es ir hacia el futuro, que es el único sitio donde se puede ir”. “Una cosa que tienen en común tu profesión y la mía es que debemos sacar lo mejor de la gente que tenemos. Eso es bonito”. “Deberíamos tener más culto a nuestros viejos porque son los que transmiten las cosas, son la experiencia en el buen sentido de la palabra”. “Entiendo lo que dices, aunque yo pienso que el joven de todas las generaciones siempre es el mismo”. “Sí, en eso no te falta razón. Pienso que todos tenemos nuestros tiempos”. Esas cosas, señores cracks, mejor las dice hasta un jorobado bloguero.
Al fin va la conversación tomando pie por los alrededores de la tremebunda realidad. Dice Pep: “Mira, por ejemplo, la economía. No podemos pensar que los políticos o los economistas nos arreglarán las cosas. Quizá haya que dar el paso y decir: “O lo hacemos nosotros o nada”. El espectador se pregunta: alto, ¿quién es ese “nos” que como un pase magistral nos cuela entre las piernas, en el que se embosca el multimillonario Guardiola? ¿Y de dónde se saca esa drástica disyuntiva entre el nosotros o la existencial Nada? ¿No estará posando ahora, encima que le patrocina un Banco, también él de Indignado? ¡Impresionante!
Claro, temblaba uno, conociendo las lineas maestras de su dolorido pensar, ante la respuesta que a esta incitación podía brindar Trueba. Pensé, ahora verás, lanza Trueba su furiosa diatriba anticapitalista, se interrumpe el spot, corten, mandan al productor y al banco a la PM y se lía parda allí mismo. Pues agarra Trueba el turno y, al loro, que va y dice: “Yo con toda esta crisis económica he llegado a la conclusión de que los gobiernos deberían… (tachán, tachán)… convertir la economía en asignatura obligatoria. No vale sólo con unas nociones básicas cuando tienes 7 u 8 años. Hay que enseñar a los chicos a entender la jungla en la que van a vivir y a que no tomen otros las decisiones por ellos”. Y aquí si que el espectador le bate palmas de arte a Trueba, por cuanto su curiosa opinión puede pasar tanto por inofensiva bagatela –no reclama ahí la nacionalización de la banca, con lo que el productor bancario respiraría por allí aliviado- como por radical propuesta –basta con añadirle “para el socialismo” a esa economía obligatoria demandada-.
Pero Pep, que sigue con la marcha Indignada puesta, no ha debido pisparse, pues vuelve a ponerle la muleta en los morros a Trueba: “Sí, porque los que en teoría sabían de economía nos han llevado a donde nos han llevado, por las razones que sea”. ¿Por dónde escapará ahora su comprometido interlocutor?, piensa uno “Yo no creo ni que las sepan. En cualquier caso, todos debemos hacer CURSILLOS ACELERADOS para entender la NUEVA realidad”. ¿Es o no magistal, lector, la larga cambiada de Trueba? El del Banco debió otra vez suspirar. Cursillos acelerados para entender la nueva realidad, tócate los gabilondos hondos de la crispación.
Nos falta sólo ya la revolera de las despedidas. Planes para el futuro: “…Si no me quieren, me echarán y haré lo que salga”, se barrunta el dickensiano Pep. “Seguir contando películas a los amigos en la calle de mi barrio, charlar con ellos y salir a cenar, que es una cosa cada vez más difícil”, aventura Trueba. Calle-barrio-difícil, capicci, ok. “¿Nos vamos a comer que tengo un hambre que me muero?”, dice Pep. “Por supuesto, Señor, ha sido un placer”. “Ahora nos tenemos que levantar y darnos el abrazo del siglo”, remata a gol Guardiola. Que se besen, entonces, que se besen.