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domingo, 19 de septiembre de 2010

La otra noche

    La noche del jueves salía yo de un antrazo de la capital del Reino que a veces, sólo por airearme un poco, frecuento, y escuché al hombre que aparca los coches decirle a un cliente, "apúrese, Señor, que en poco tiempo va a caer  la Intemerata". Y como si el aparcacoches aquél tuviera mano con los elementos de la Naturaleza, al instante, en efecto, un viento antipático comenzó a azacanear las copas de los árboles y a remover un poco la hojarasca sobre las aceras, oscureciendo de golpe la noche con más noche. Bah, pensé, serán cuatro gotas, aunque me apresuré hacia el coche, izándome, como un Bogart venido a menos, las imaginarias solapas de la chaqueta que no llevaba.
    
     Cuando llegué hasta el coche aún no llovía, aunque en la esquina de un cruce sin soportales una prostituta rolliza y con minifalda roja había abierto ya su paraguas también rojo. Por el retrovisor vi como se detuvo a su lado un coche oscuro. Se bajó la ventanilla, quien fuera el que lo condujera cruzó con ella dos frases y se largó. Se ve que no hubo ni trato ni truco. Ella taconeó el asfalto con rabia, como si aquel anónimo bastardo encima le hubiese soltado alguna inconveniencia. Arranqué y entonces empezó a llover.
     Muy pronto llovía con furia. Los noctámbulos de la Gran Vía se apresuraban a recogerse bajo los edificios y otras gentes, con plásticos negros de bolsas de basura ensartados por la cabeza al cuello, como mosqueteros de la Orden Canalla, recogían a toda prisa sus dudosas mercaderías. La acera, el asfalto, los rostros, todo estaba mojado y reluciente, salpicado de destellos, y  aquella tropa agitándose en un palmo de la calle, unos de chunga y otros contariados, bajo la lluvia y a la luz artificial de farolas y neones, componían un cuadro de una extraña y a la vez tópica belleza. Me acordé entonces, claro, de Taxi Driver, de Robert de Niro haciendo a aquel zumbado, enfermo de soledad y de ignorancia, trastornado en psicópata justiciero de la noche. 
     
     Bajaba hacia la Plaza de España y ya diluviaba de lo lindo, y los limpiaparabrisas apenas daban abasto. Los coches avanzábamos un poco a tientas. Jodido Chamán-aparcacoches, pensé. Oh, Manitú, Manitú, y con lo que me gusta a mí conducir. Empezó a atronar y de pronto el resplandor cenital de un turbión de rayos y centellas que descargaran su ira al unísono bañó todo lo que nos envolvía en un colosal electroshock de una claridad quirúrgica. Uff, me alegré entonces de alcanzar al fin uno de los célebres subterráneos de la M-30 que te meten y te sacan de los madriles. Sin acelerar lo más mínimo, suspiré, puse música al tún-tún y como de un baúl viejísimo me salieron los sones de By the rivers of Babylone de los Boney M, fíjate tú. Me adelantaban algunos coches por la derecha y sin miramientos. Admiré entonces un momento la fábrica encofrada de los muros soterrados de mi ciudad y le di  una calada imaginaria al cigarro que no fumaba, otra vez como un Bogart de pacotilla. El tormentón se había esfumado allí abajo, aunque la claridad espectral -como si hubiera allí mucha más luz fluorescente de la habitual- era muy parecida a la de arriba. Yo tarareaba los míticos ríos de Babilonia, aunque no las tenía todas conmigo, la verdad.
    
     Primero fueron sólo unas filtraciones chorreando agua en varios tramos desde el techo del túnel. Pero cuando me acongojé de veras fue al observar -lo vi unos cien metros antes de llegar allí- que de un boquete en el lateral del muro izquierdo al lado del que yo circulaba, no es que manara, es que irrumpía a través del mismo -sería un colector desbordado, yo que sé- un violentísimo caudal de agua. El túnel, en mi ignorancia supina, en mi imaginería peliculera y de cultureta,  se me antojó entonces una presa presta a derrumbarse por la crecida salvaje del río Manzanares, que por allí habría discurrido siempre. La venganza de la Naturaleza, recelé. Dudé entonces, rehén de un indecible canguelo, entre acelerar el coche a toda leche o interrumpir los ríos babilónicos y pararme en seco allí mismo, antes de la implosión, y poner una queja en el libro de reclamaciones de la constructora.
    
     Ninguna hecatombe se produjo, claro, aunque lo que entonces me ocurrió allí fue mucho más… pónle tú mejor el adjetivo, paciente lector mío, cuando leas lo que ahora viene, que es, lo sé de sobra, un desenlace desinflado y caprichoso, no el que convendría al relato notable de un escritor sobresaliente, quizás sí el propio de la vida real , que es, creo yo, de naturaleza mucho más mediocre y azarosa, similar en eso a la endeble consistencia del blog de un don nadie.
    
     Porque, justo al pasar a medio gas por el boquete de agua en el muro, que tendría medio metro de diámetro y lanzaba agua turbia a propulsión contra la carretera, en mi cabeza, como el relámpago que antes les conté –ahórrense pensar, por favor, la  chanza barata de que yo había bebido, no era en absoluto así- se abrió paso hasta inundarme el cerebro, sin explicación posible a mano, como una pantalla que se despliega de pronto sin venir a cuento en nuestro ordenador, la imagen radiante de la pobre Marta del Castillo,su cara, sus ojos serios, su melena algo rubia y partida en dos, su juventud.

     Y en esos instantes tan sólo anhelé, con todas las fuerzas que yo entonces podía reunir, que Marta, aun empapada, aunque fuera muy desmejorada, emergiera  por entre aquella extraña riada y pudiera yo prestarle mis pobres ropas y secarle un poco el pelo.        


          

3 comentarios:

Neo... dijo...

El relato no es muy adecuado para soltar alguna chanza, pero aún así me arriesgo, con la petición de que si alguno se siente incómodo, sepa perdonar.

El principio del relato me ha recordado a nuestro admirado y nombrado, sobre todo en juramentos varios, presidente.
Ya le avisaron los aparcacoches más de una vez: " Va a caer la intemerata". Y él, cual sodomiano o gomorriano, o como órgano genital femenino se diga exclamó: Serán cuatro gotas.
Y aquí estamos, con el agua hasta donde se nos suelen poner de corbata, y sin visos de que el tormentón amaine. En pelota picada por que al Mariano Medina del socialismo del siglo XXI, se le ocurrió vender los paraguas, los chubasqueros, hasta el equipo de submarinismo de su abuelo, para obtener votos con regalos de todo a cien.

PD:
¡ Ojalá se cumpla su relato!

Un saludo.

Tasmania dijo...

Cierto Neo... iba a decirle al patrón que no importaba si hubiera bebido o no... ahora ya no voy a hacerlo.

Mil entradas al cielo, a la luz, a la vida de Marta...

Zorro dijo...

Una pega, que creo es importante para este relato: tienes que presentar antes el motivo de tu conflicto, o si juegas con la metáfora situacional de la lluvia, que sea más expresivo. Tocas un tema delicado y comprometido, pero creo que no sacas todo el jugo que podrías sacar.

Por lo demás, en tu línea. Me gusta la ausencia del protagonista, que fuma sin fumar, que se alza las solapas de algo que no tiene. Un papel de personaje que no es el que le corresponde. Buen juego.