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miércoles, 8 de septiembre de 2010

Moratinos y Castro, las afinidades electivas


¿Dónde estabas el día en que el hombre pisó por primera vez la Luna? ¿Al lado de quien te hallabas cuando los terroristas embistieron las Torres Gemelas? ¿Con quien compartiste la inolvidable final del Mundial de fútbol que por vez primera en la vida habría de ganar la selección española? Existen, qué duda cable, fechas señaladas, muy concretos días destinados a perdurar por siempre en el imaginario colectivo como rotundos quicios de inesquivable presencia.

La playa inacabable de este verano abrasador nos deja, como la picadura de una medusa rabiosa, como un pecio de arrebujadas algas viscosas en torno nuestro, la sensacional revelación de que el ministro Moratinos, de entre todos los posibles, fue a elegir como ideal partenaire junto al que compartir la histórica final al cubano dictador. Elegir, sí, porque a esa final se llegó tras una ardua clasificación, y por tanto, el vivir tan especialísimo momento al lado de quien uno quiso tuvo para casi todos –no digamos para un señor ministro- mucho de personal opción. De la opción preferencial por el Tirano, en este caso. ¿Qué habrán pensado al enterarse de la francachela moratina con el dictador los miles de cubanos que luchan y sufren por la democracia?

Le preguntaron hace unos años a A Guerra que con quién le gustaría a él compartir una cena muy íntima. Estuvo esa vez el sevillano a la altura de la leyenda del gracejo que le adorna y con mucha guasa contestó… que no estaba ya él para esos trotes. El caso es que Moratinos, a la vista está, anda sobrado de ánimos para el trote, y se inclinó así por el dictador cubano como la persona junto a la que respirar y agitarse en tan excepcional ocasión. ¿Es temerario entonces deducir de ello que el ministro de exteriores español y el dictador cubano son íntimos?

Cuesta mucho imaginarse la escena. ¿Vestían el rollizo Moratinos y el asténico Raúl C pantalones cortos y calcetinitos blancos para la ocasión? Y es que experimentar el cúmulo de sentimientos que como un ciclón desatado a todos nos atravesaron el ánimo durante aquellas horas mano a mano con la tiránica momia no sé qué debió resultar más, si extravagante o estomagante. Y dado el triunfal desarrollo de la final, ¿se abrazarían y se palmotearían los dos hasta casi fundirse en uno, como hicimos todos con nuestros más próximos en aquel momento? ¿Se les caería a ambos la baba al unísono cuando Iniesta fusiló al arquero de los tulipanes? ¿Y no sobrevolaría al fondo de aquella estancia, sobre la menguada excitación de ambos, la entrecortada respiración asistida del Tiranosaurus Rex, el Gran Enmano de Raúl, puede que desplomado sobre algún camastro? Fidel C, sabido es, apostó por la Argentina de Maradona, ese castrista enjoyado a quien Alemania puso en su sitio.

Parece en todo caso indudable que lo que sí revela el asunto que nos ocupa son las nítidas afinidades electivas del ministro Moratinos, como decía Goethe, la misteriosa e irresistible atracción que igual que los metales los hombres entre sí conocen. Y puede que por eso -él mismo se ha encargado de revelar la peripecia- de entre las innúmeras flores del jardín, para vivir y morir en la inolvidable final, Moratinos a Raúl Castro ha escogido.



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