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domingo, 1 de junio de 2014

Mis Ocho apellidos vascos





Número de ejemplares que hasta ahora me han sido solicitados durante la presente Feria del Libro:    0

   A menudo, sobre el cine, personas no muy avisadas, que asocian PELICULÓN sólo a MELODRAMÓN, menosprecian las extraordinarias cualidades artísticas que se requieren en un autor para ser capaz de levantar una gran comedia, acaso el más difícil y completo de los géneros, como los sagrados nombres de Lubitsch, Wilder o Hawks, por decirte tres, basten para demostrar. “Te pasas unas risas”, así suelen aquellos ajusticiar incluso a las mejores. Por supuesto, existen un humor zafio y facilón,  y un humor depurado e inteligente al alcance sólo de muy sabios orfebres, y es a éste al que aquí nos referimos. Ningún género mejor que la gran comedia para indagar y, poniéndolas en solfa, desentrañar, las patéticas contradicciones y fragilidades sobre las que los humanos nos montamos supuestas y trascendentales “identidades”, sean estas individuales o colectivas.
       
   Al grano ya: “Ocho apellidos vascos”, divertidísima y torrencial película, me parece en muchos momentos al nivel de las más grandes comedias clásicas, de las screwball americanas. La gracia de las situaciones, la dosificación de los malentendidos, el diestro manejo de los enredos, los aceradísimos y vertiginosos diálogos, la disparatada intromisión de lo íntimo en lo público, con los viajeros de autobús a modo de silencioso pero muy expresivo coro, es decir, las fuentes de la mejor y más conseguida comicidad, por momentos desatada, brillan por todo lo alto, haciendo de la peli toda una gozosa experiencia… que en segunda instancia mueve también a reflexionar.
   
   Resulta así decisivo el fabuloso arranque –vasca disfrazada de andaluza, andaluz haciendo de vasco, inversión de identidades- en el que se dan de bruces los protagonistas enamorados, por mor de las teóricas idiosincrasias colectivas tan distintos… y gracias al amor que entre ellos al verse incontenible les brota, a la vez tan cercanos. Debe partir el prota, desde su Aldea, en busca de su enamorada hacia la opuesta Aldea, intrincado escenario en el que habrán de sortear cuantas mutuas incomprensiones “globales” les salgan al paso. Si las escenas –muy memorables muchas, la de los calabozos, los equívocos y entuertos en el autobús, la de la herriko taberna, la manifa, las cenas a tres y a cuatro, la confesión ante el cura-  y los diálogos, ingeniosísimos y  envenenados, que guionistas y director pergeñaron, eran a priori ya excelentes, la chisporroteante interpretación de Dani Rovira, todo un recital a lo Hepburn en La fiera de mi niña, conviértelos luego en inolvidables.  
     
   Se las apañan también director y guionistas para a veces ralentizar la acción, y que la memoria de lo reído se asiente en el espectador, así como para más que esbozar la sugestiva historia de esa difícil relación padre-hija, al cabo recuperada. Nunca hasta ahora como aquí el entorno abertzale ha aparecido retratado tan obtuso, bodoque y ridículo como es, con hilarantes momentos que recuerdan al To be or not to be de Lubitsch, sin que por ello el otro “lado”, reflejado por los amigos del novio, sea del todo ajeno a la mentecatez. Magníficos Elejalde y Machi, que llenan cada plano con su enorme actuar, y que proporcionan hondura y densidad a la obra. Espinoso y problemático, eso sí, el personaje de Machi, que sin aludir alude a un guardia civil posiblemente asesinado, sobre el que el guión prefiere pasar de puntillas. 
     
   Lo que impide, a mi juicio, redondear como obra maestra a estos Ocho apellidos vascos estriba en que, siendo una comedia romántica, de la que dimana la idea esencial de que el amor todo lo puede, no acabamos de ver del todo a los protagonistas “de verdad” enamorados. Hubiéramos necesitado ver más expreso y “trabajado” en la pantalla ese delicado “enamoramiento” de dos personajes tan distintos, a veces tan empeñados en darse el uno al otro réplicas ocurrentes, propias de sit-com televisiva, en auto-defensa de su “mundo”, que –pensamos- les falta bajar la guardia, ceder las defensas y demostrarse con mínimos gestos el amor que se profesan, que en efecto vencerá todas las distancias y que incluso, como sí vemos, personalmente les transformará, pues del amoroso acercamiento salen ambos diferentes, mezclados el uno y el otro, y más sabios, pues incluso autoironizan al cabo sobre sus anteriores “preconceptos” mentales.
    
   Ella decide al final regresar en busca del amado, presentársele como él había soñado, para conseguirle… y a la postre arrastrarle a vivir en su aldea, donde se suponen ya otros, -simbólico puente que en último fotograma cruzan- felices, y comiendo perdices… y lo que a Elejalde se le tercie. 

     
   Maravillosa película, pues, repleta del Buen Humor. La ausencia de atentados etarras ahora, en el fuera de campo que nos da la realidad presente, nos permite además –quizás eso explique su éxito arrollador entre el público- poder disfrutarla desde su misma perspectiva superadora, -humor más amor-, alejados por el momento de la angustia del drama, ay, tan real también.   

4 comentarios:

@PalomaFeri dijo...

En efecto, así interpreté la película.
Divertida, algun gag suelto facilón.
Los estupendos secundarios, en los que no sé porqué me fijo casi siempre, me encantaron.

José Antonio del Pozo dijo...

Gracias, Paloma.
¿Cuál te pareció facilón?

Elena dijo...

Magnífica crítica José Antonio.
La vi, tenía unas ganas locas de verla desde que la promoción telecinquera nos bombardeaba desde la pantalla; algo me decía que tenía que estar bien divertida.

La sala llena, risa desde el principio.
Yo no buscaba un peliculón, pero las risas que me provocó la película bien merecieron los euros que pagué por ella.

La he recomendado a quien quisiera reírse en el cine y hay quien ha discutido conmigo por esperar más de la cinta, "está sobrevalorada, es un ramillete de chistes sin más" me decían.
He entendido entonces que mucha gente no se alegra de que el cine español triunfe cuando no se trata el monotema "república-guerra civil-postguerra". Gente que sólo entiende que una película es buena si rezuma tristeza, dolor y muerte. Creen que un peliculón sólo lo es si aburre a las piedras y harta por monotemática.

A mí me gusta el cine español, y me alegro de sus éxitos, pero mucho más cuando se tratan temas diferentes, me gustó "Celda 211", "Los otros", "El orfanato", "Tesis", "Grupo 7",... y por supuesto "Ocho apellidos vascos". Me parecen magníficas, y una prueba de que en nuestro cine hay mucho talento que se desaprovecha cuando se empeña en "el monotema".

Saludos José Antonio.

José Antonio del Pozo dijo...

-Hola, Elena, pues coincido en esencia contigo. Muchas gracias por tu estupenda y personal aportación. Saludos