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jueves, 21 de enero de 2016

Asesinato de Isabel Carrasco: una PISTOLERA de 60 años

     


   En medio del morbo sobre los lodos todos que trajeron aquellos polvos, una vez más también en este caso se distraerá de lo esencial a la Opinión Pública, esto es, a la actitud que ante los hechos debería mostrar y guardar la mayoría de los ciudadanos de una sociedad que merezca ese nombre: una mujer brutal y fríamente asesinada por la espalda, y luego, a cañón tocante –como los más sanguinarios etarras- en la nuca rematada… ¡por otra mujer de esa misma alta sociedad provinciana que frisaba ya las sesenta castañas!
     Así de espeluznante es la nuez principal de los hechos, que a cualquiera debería desbordar de espanto el ánimo… de no ser por toda una producción cultural filopsicópata que, llenando las pantallas y los principales escenarios de representación social, de sobra nos inmuniza contra estos horrores casi ya cotidianos. Obsérvese que a estos efectos narcotizantes, el tradicional abismo que separaba grandes urbes y sesteantes capitales de provincia háse por completo difuminado, niqueladas y homogeneizadas unas y otras bajo la misma pasta mugrienta de la Telebasura y la susodicha cultura filopsicópata, que hacen de los malotes unos muy atractivos e hipnóticos tipos, mil y una veces retratados, es decir, alimentados en su Ego.
     Porque no nos detenemos a pensarlo, claro: que en ella brotara la flor negro del odio, bueno, vale, pero cómo germinó en ella, sin antecedentes de violencia en su haber, la fija idea nada menos que de asesinar a otra persona, cómo pudo esa mujer a los sesenta, siendo la esposa –separada- del Comisario de la Nacional allí, conseguir el arma, familiarizarse con ella, con su uso, dónde pudo adiestrarse en su manejo y quién en ello la acompañó, que no es obra todo esto de cuatro días, cómo se preparó psicológicamente para afrontar la terrible ejecución de un crimen, cómo implacablamente lo planificó, cómo fue luego en efecto capaz de con impresionante frialdad de auténtica killer profesional llevarlo a cabo, de huir de allí sin descomponerse, cuestiones todas ellas, en contra de lo que en las pelis parece, nada sencillas, cómo, en fin,  pudo en ella albergarse tanto Mal y en persona desarrollarlo y ejecutarlo sin piedad ni trauma alguno siendo de apariencia tan finolis, cómo puede además esa mujer no demostrar el más mínimo arrepentimiento de su bárbaro asesinato… a los sesenta años.

     Y que de no ser por el innato instinto profesional y del Bien de un policía jubilado –de quien significativamente ni su nombre ni su imagen conocemos- que por azar allí se halló, y que, con su pericia y a riesgo de su vida, siguiéndola hizo posible su detención, lo más probable es que la Señora Asesina de rositas hubiera escapado.   



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