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domingo, 31 de enero de 2016

El valor del portero de balonmano

     


   Ellos sí que están solos ante el peligro. A cuerpo gentil y predispuestos a ser una y otra vez, infinitas veces, bombardeados. Se queda uno boquiabierto ante las agallas que encuentro tras encuentro demuestran y proclaman. Ves enfrente de ellos a tiarracos, tan forzudos todos como los legendarios del circo, de esos que levantan un tractor entre los brazos fabulosos sin inmutarse, dispuestos a como sea, con violentísimos lanzamientos de mano que sin piedad y en desatada carrera a velocidades supersónicas desde cualquier lado ejecutan, alojar el balón en el estrecho marco… que sólo el carnal cuerpo del portero de balonmano defiende. ¡Precisamente interponiendo sólo cualquier miembro de su cuerpo –sean manos, piernas… estómago, rostro, partes altas o bajas partes- han de detener esos endemoniados pepinazos, esos crueles misiles de los jugadores rivales que sin duda matarían a una vaca, que a los mismos cancerberos amenazan con arrancarles la cabeza o cualquier otro miembro de cuajo!
      Oh, cruel destino el del portero de balonmano, tan directamente impelido a recibir contra el cuerpo vivo y serrano –que ellos por milésimas convierten en hierro- los más tremebundos zambombazos. Cómo no maravillarse ante tan temeraria valentía. Tras la semicircular línea que en principio señalaría su exclusivo territorio, allí están ellos, en radical soledad confinados, prestos a exponer el cuerpo a las furiosas andanadas rivales. A menudo éstos, sorteando las defensas contrarias, se catapultan en carrera y vuelan como posesos en pos del brutal latigazo que con el balón horade la meta rival. ¡Allí, cara a cara frente al armado y enloquecido invasor, en tan desigual postura, ha de enfrentarles el portero de balonmano, y a quemarropa y con reflejos felinos ofrecer sólo su entero físico para mantener inviolada la casa propia!

   Con su caso, el del portero de balonmano, con la insólita vocación y el intrépido arrojo, tan desarmantes,  que en ellos crepitan, con la extraordinaria aleación de fortaleza y alada agilidad que en ellos brilla, sin duda compondría Píndaro poemas tan celebrados como los que se le conocen.   




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