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miércoles, 23 de mayo de 2018

El desorden amoroso: Contratos para hacer el amor


     


   La creciente juridificación –la sumisión a cláusulas contractuales escritas y pre-determinadas- de la totalidad de los comportamientos, incluso en los dominios más íntimos e intransferibles de las personas, si bien salvaguarda derechos, también amenaza la espontaneidad, la naturalidad, la ingenuidad, la improvisación, la frescura que hasta ahora podían caracterizar el humano desenvolverse. Diríase que necesitaremos pronto un abogado on line continuamente. Así, las relaciones entre hombres y mujeres atraviesan ahora tal cúmulo de pantanosos malentendidos que, en el contexto de las numerosas demandas por causa de acosos sexuales, de la propia crisis de la pareja y sus respectivos roles también, comienza a ser frecuente en ciudades como Nueva York o Los Ángeles –en tantos usos pioneras- que cuando un hombre, o una mujer, acaso a lo tonto empiezan a rascarse hasta de pronto hallarse en situación de frenesí libidinal con su respectiva pareja -o trío, o docena, si así va ese día la cosa-, tanto, que desean pasar a mayores, es decir, a tener sexo coital, oral o anal y tal y tal, para evitar reclamaciones posteriores, justo en ese instante se detenga y allí descargue del móvil y les haga rubricar un CONTRATO que muestre su indubitable asentimiento a lo que viene. Viene a ser en realidad esta práctica –como tantas veces en la Historia ocurre- una extensión de una costumbre o prerrogativa adquirida antes entre las capas más elitistas de la sociedad: así las Mujeres Poderosas en USA (Jennifer López, Madonna, Mariah Carey…), quienes, hartas del chuleo marichulo de sus respectivos partenaires, exigieron en sus Capitulaciones Matrimoniales implacables y detalladísimas condiciones a su favor que regulaban con pelos y señales –nunca mejor dicho- los días y la forma y frecuencia exacta de las relaciones sexuales, la penalización monetaria en caso de infidelidad, en fin, todas y cada una de las eventualidades plausibles durante el ejercicio del fornicio. Igual que hacemos en cada trabajo o negocio, antes de proceder a estos otros gozosos trabajos de lomos y caderas, que decía Cervantes, habrá que firmar un contrato. Hacer el amor, entonces, pasará de ser una más o menos súbita y lírica explosión del temblor y del deseo mutuos,  a consistir, cada vez,  en el cálculo premeditado y expresado en un contrato… precario, naturalmente. 

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