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jueves, 21 de octubre de 2010

Furtivas lágrimas de Moratinos

    
     Cuentan los cronistas de la cosa que ayer en el Palacio del Congreso, cuando cercioróse al cabo de que se confirmaban los más aciagos rumores en torno suyo, de que no se trataba entonces ya de simples infundios propalados por la Derechona, -que siempre/siempre desea el mal y la perdición de las más altruistas almas-, y que por tanto su destitución por obra y gracia –y qué gracia- del Señor de los Vientos era ya una realidad inapelable, cuentan que en ese momento al canciller Moratinos de súbito se le humedecieron mucho los ojos, que comenzaron a destellarle con un muy sentimental fulgor.  Cómo no sería la cosa que un condottiero del grupo socialista, en viendo el muy triste drama gestándose en el tembloroso semblante, normalmente facundo, jocundo y hasta rubicundo, del ya ex-canciller, por tratar sin duda sólo de aliviarle el trago, ordenó ipso facto que un subalterno del grupo se encaramara al atril y en sede soberana proclamara desde allí bien alto y claro que por jamás de los jamases habíase visto un más logrado ministro español de los Exteriores Asuntos que el que en aquel mismo momento cesaba en su cargo.
    
     Mas ocurrió entonces que el lenitivo de urgencia ideado, como era por otro lado  previsible, lejos de amainar nada, sólo sirvió para arreciar la tempestad ya desatada sobre el rictus soliviantado del ex-ministro. Al ver su altísimo mérito tan aquilatado, al escuchar en la más principal tribuna de la Nación sus gestas tan parangonadas, sin duda vencido por la emoción de hallarse delante de su propia y mayúscula exaltación, y acaso también por la rabia de cavilar a la misma vez que, si eran sus logros tan enormes, cómo era entonces posible que el Señor de los malos Vientos así se los pagase, mandándole ahora precisamente a tomar vientos, y a tomarlos por do más amargan los pepinillos. Cuán desatinado talante era ése, debió acaso Moratinos en ese minuto fatal maliciarse.
     El caso es que entonces, tal era la agitación que en su fuero interno se revolvía, mezclados allí los aplausos unánimes de sus conmilitones con la pena indecible del cargo cesante, la emoción no pudo ya por más tiempo contenerse. De pronto llenáronsele a Moratinos, y hasta el desbordamiento, las cuencas de sus ojos de muy abundantes y copiosas lágrimas, y hasta en un tris hallóse incluso de ver escapársele de la suya boca, ajeno al propio control, algún hipido y todo. Se le vió a Moratinos a duras penas enjugar unas muy amargas lágrimas.
     
     Y también en ese momento, al contemplar al ex-canciller en tan grande tribulación, el ver a un hombre de humanidad tan inmensa ganado por la derrota y el fracaso, de repente poco más que un jubilado cesante atravesado por el desconcierto y el llanto, qué quieres que te diga, lector mío, toda la animosidad que a uno le pudiera indisponer contra Moratinos y sus hazañas, también al punto cesaron, y algo parecido a la compasión noté brotar en mí hacia él. Un hombre capaz de verter lágrimas verdaderas meréceme a mí respeto y afecto. ¿No dice  algo bueno de él el ser capaz de expresar con esa civilidad un sentimiento? ¿No es acaso mucho mejor, en la sima misma de la derrota, una furtiva lágrima que un rodillazo, como el que el otro día Evo Morales propinó a un rival futbolístico que le ganaba? ¿Qué hubiera sido del garboso ZP, y de su partes, si al conocer su defenestración, hubiera Moratinos reaccionado igual que el rabioso adorador de la Pacha Mama?
    
     Así es que, lector mío, al contemplar al ex-canciller Moratinos allí, tan abatido, como un viejo junco tronchado por la corriente, de haber  tenido uno verdaderos poderes, con el mismo Viento habría salido disparado hasta Shanghai, en volandas me hubiera traido al bebé gigante de la Expo, que hasta en la foto de aquel día la propia expresión de la criatura y el círculo que coronaba la chola del canciller eran ya muy fúnebres augurios,  y con gusto le hubiese ofrecido el muñecote a nuestro ex-canciller, para que por largo rato a Miguelín se hubiese abrazado y  entre esos brazotes hallado alivio seguro, que  debe una cosa así cauterizar mucho las puñaladas traperas que las ventoleras de la vida deparan. Tanta era su aflicción.

miércoles, 20 de octubre de 2010

Angelitos del Planeta

    
     Es el Cardenal Rubalcaba el hombre del día. Tiempo tendremos de cumplimentar como se  merece al Faisán triunfador, de cantarle, como cumple, a los reflejos irisados de su plumaje reluciente. Dejémosle a solas por el momento, amancebado de gozo con su propio vuelo hacia la cumbre, para él todo el Poder y la Gloria enteritos, como el Golum del Señor de los Anillos zetapeicos, su tesooooro, que vaya tesoro.  
    
     Permíteme, antes, lector mío, dejarte unas palabras en mi blog, que es también un poco el tuyo, sobre una muy singular especie de literarios fracasati, por quienes uno, aunque sólo fuera por estrictas razones de cosanguinidad, no puede evitar sentir una  apabullante debilidad. Este año no lo he visto, pero en la edición anterior del Planeta repicaban las agencias el estricto dato de que habíanse presentado al certamen, además del ganador, otros cuatrocientos noventa y dos concursantes. Cada año un número mayor, al parecer.
    
     A menudo piensa uno, ya digo, con honda admiración, con indecible ternura, en esos cuatrocientos noventa y dos postulantes anuales, qué vidas secretas y apasionantes en su dorada mediocridad no llevarán consigo, qué ilusiones inmensurables no albergarán esos purísimos corazones, qué humildes y a la vez vibrantes novelas no encerrarán en sus cándidas existencias las biografías de esos seres tan inocentes. Se mofan a menudo los bienpensantes de la dorada ilusión con que muchos niños siguen creyendo en la existencia de los Magos de Oriente. Cree uno, sin embargo, que para misterio insondable, para ingenuidad en verdad candorosa, para simple y ardiente fé, ninguna comparable a  la de esos cuatrocientos noventa y dos angelicales tíos hechos y derechos, con más moral todos ellos que los archifamosos trescientos de Troya.
    
     Les puede casi ver uno a solas, aferrados a la mesa, con su gripe a cuestas, su bufanda raída, el dolor de muelas, su oficina gris, su coche a plazos, un poco incomprendidos de cuantos les rodean, y sin embargo, dale que te pego al manubrio de sus cuatrocientos folios, inquebrantables en su esperanza férrea, por qué no va a ser este año, por qué no me va a tocar esta vez a mí, por qué. Seguirán esperando en vilo el fallo año tras año, conocerán de nuevo la bofetada áspera del desprecio editorial, volverán sus pasos, acaso algo más renqueantes ese día hacia la mesa en la que levantan ellos su mundo, hasta que, digerida la derrota, vuelvan para sí a decirse, como dicen los que de esto saben, lo que cuenta es intentarlo, quizás el próximo año, y de nuevo la ilusión recobrada, los miles de fotocopias, el secreto sueño de que, como en las películas, alguna vez a ellos corresponda una porción, aunque sea algo mohosa, en la tarta del Paraíso. No se sienten, es decir, no son fracasatis. Son angélicos seres. Sólo merecen respeto en su limbo ilusionado. 
    
     No estaría de más que algún día el heroico sindicato de la Ceja, ese ministerio de Cultura a la sombra del Poder, que tanto dice admirar y velar por quienes quedan en los márgenes del Sistema, bien de justicia sería, digo, que les montaran una hermosa obra,  a la mayor memoria de estos otros cuatrocientos noventa y dos en verdad que santos inocentes escribidores. Sí, porque de repartir los seiscientos mil del ala entre ellos, va a ser que no, ¿no?  


martes, 19 de octubre de 2010

¿La verdad sobre el caso Planeta?


    
     Este año el Planeta ha señalado con su extraño Dedazo multimillonario a D. Eduardo Mendoza. Enhorabuenísima, sr Mendoza. Ha triunfado con una novela ambientada… en  1936, para variar. Ojalá merezca la obra en cuestión la pena, aunque bien mirado, a quién importa ya eso. Qué imbécil osa señalar hoy en día que el Planeta es un concurso literario, y que en tanto que tal, debería regirse por unas mismas normas de igualdad para todos los que al mismo concurran. Es extraño: tanto progre de guardarropía, tanto intelectual anticapitalista, prestos además a soltarte a la cara su rebeldía de diseño, venga o no a cuento, tantísimos ellos en número y cada con a cual más dramático golpe de pecho incluido, que, como decía el otro, somos la reserva espiritual de Occidente, y a ninguno le incomoda la estafa colectiva que es el Premio Planeta. Como que buena parte de ellos se encuentra entre la nómina de sus selectos ganadores. Qué cretino reclama hoy justicia para el Planeta.
     
     Pasa con el Planeta algo similar a lo de la Telebasura, “vamos, a mí me ponen cien kilos delante y es que, vamos, firmo lo que sea, no te jode”, porque no en vano una misma glamourosa Mugre homogeneiza y engrasa muy similares engranajes. Han envilecido tanto las conciencias que la gente comulga ya con ruedas enteras de Planeta. Habrá piquetes contra el tendero de la esquina, arrasarán los antisistema por horas las tienduchas de la Ciudad Condal, no lo dudes, lector mío, pero la  fastuosa velada anual del Planeta, toda esa buena sociedad literaria de los negocios raros, transcurrirá un año más con insólitos brillos de flamante jade. Cómo era, sí, “…Y un año más, fieles a su cita con los lectores, la tradicional ceremonia que dará a conocer el ganador del concurso de más elevada cuantía de cuantos se celebran…”.  Sí, muy edificante todo. Por supuesto, es que Eduardo Mendoza también es “moooi bueno”.
    La ganadora del año pasado (Contra el viento), que me la tragué, -una amiga me la pasó gratis et amore- , no era una novela: era una calamidad. Daba risa, sí, pero daba también mucha rabia leer aquello. Con el puñado de buenas obras de caridad que pueden hacerse con CIEN MILLONES de calas, y aliviar así tantas angustias inaplazables en personas de carne y hueso, el soltarle un pastizal tan colosal a una cosa como aquella, sólo puede considerarse, para quien aun tenga de verdad algo de corazón, un crimen de lesa humanidad. Eso sí, por supuesto, la escritora agraciada, el inequívoco mensaje que su laureado libro destilaba, relucían por la tierra, el mar y el aire de todos los “media”, que encantadísimos de sí mismos –premiaban a uno de los suyos- con enormes ditirambos acogieron el “fallo”, como insuperablemente supersolidarios ambos.
    
      No se ha cortado un pelo el mismísimo autor –muy propio también de estos tiempos más que cínicos- en escenificar, calentita aún la tela marinera, la tenebrosa trastienda de la cosa: “Hace muchos años recibí una llamada del señor Lara en la que me animaba a presentarme al Planeta (claro, claro, le animaba, igual que el público a los ciclistas destacados) … le dije, hombre, ahora no tengo nada… posteriormente, cuando ya estaba en Seix Barral, volvió a telefonearme y le dí la misma respuesta. Justo antes de que él muriera, por tercera vez me telefoneó e insistió… (qué bonito, la inminente cercanía de la muerte, la tentación del más vivo, a la tercera que va la vencida, ¿o sería la tercera negación como la de San Pedro in illo témpore) …le respondí que no tenía nada que se pudiera publicar. Él me contestó que lo que yo no tenía era lo que hay que tener para presentarse... (impresionante la testicular apelación, no entre militarotes facciosos, no, sino entre sagrados clérigos de la Cultura esta vez, que a la postre conmovería al renombrado autor, que vean con qué arte remata la peripecia, “creo que he saldado mi deuda con el señor Lara; él siempre me empujó hacia el Premio Planeta”. Bravo, sr Mendoza: la culpa fue del cha-cha-chá. Será difícil que su novela de ahora supere este vibrante tejemaneje de pasión, dinero y muerte.
    Y más, en reciente visita a Cádiz declaró Mendoza, tan campante: “los escritores tenemos nuestro tiempo, como los futbolistas (y como las starlettes de la Mugre). Mi temporada ya pasó (visto lo visto, no del todo, Mr Mendoza, qué portentoso dribling de despiste sin árbitro que sancione el fuera de juego, es más, con aplausos y cena de gala y todo). “Literariamente el cuerpo me pide ya poco. La que me pide es la cuenta corriente, que va adelgazando”. Magistral revelación: ¿hay o no, paciente lector mío, materiales para un novelón en verdad planetario?
      No deja de sorprenderle a uno la extraordinaria afición que le tienen algunos muy consagrados autores a la acumulación de premios –con lo refractarios que dicen ser a todas las leyes de la competitividad-, de dignidades, en fin, está feo decirlo, también a la de cuantiosos metales viles. Amachambrarán para sí el multimillonario cheque, posarán, fieros de dientes –como la Pantoja y su Cachuli- para la prensa mundial –por ver así de amejorar su caché- y luego, eso sí, dejarán para la posteridad un par de frases redundantes sobre la injustísima distribución de las riquezas en el mundo en que vivimos, en que cada vez los más ricos tienen más y los más pobres  bla, bla, blá. ¿Tenía poco reconocimiento acaso D. Eduardo Mendoza?   ¿Qué le aporta a su trayectoria el Planeta? Qué preguntas tan estúpidas se me ocurren a mí hoy. Ya puede, eso sí, celebrado el Planeta, empezar un nuevo Gran Hermano, que la Milá, otra que tal, está que lo tira.  

domingo, 17 de octubre de 2010

Match Point (el mío, claro)


    
     El viernes en la noche estaba yo padeleando un rato, (la otra afición que, junto a la del Antro, le sirven de oreo a mi confundida sensibilidad), y al final, como dicen jóvenes y jóvenas, se me fue la Pinza, la verdad. Es cierto que, tras ardua batalla, éramos nosotros quienes habíamos por fin ganado. Es verdad que los de enfrente eran dos yogurines, más peripuestos en complementos deportivos a la última que sendos maniquíes del Corte, por lo que yo, -no, mi compi, Javier, un tío normal-, con algo de zarrapastroso carcamal de otra época siempre encima, -y cómo, entonces, ser fan de mí- experimenté de golpe en todo mi fuero interno esa sádica satisfacción que el darle una buena lección a dos chulitos con ínfulas siempre proporciona a los ya talluditos. A mí con ínfulas, que me sobran todas.
    
     Todo eso es verdad, pero, por el amor de Kafka, José Antonio, a qué venía hacerlo, y mas a aquellas deshoras –noche cerrada y sin estrellas entre las alambradas algo mohosas de la pista de un polígono industrial perdido entre los suburbios madrileños, rabiosísimo match por conseguir el puesto ciento cuarenta (de entre doscientos) en un ránking B de quinta regional- a qué venía, José Antonio, dime, aquel gesto tan innecesario. Eran de verse las trazas mías allí: calzonazos blancos que, claro, me venían grandes, roja camiseta algo justa y condecorada de manchurrones de sudor, calcetinitos grises de lana áspera, mis canillas, flacas y peludas, mis seis dedos de frente perladísimos,  tanto como el futuro de Ana Rosa Q, y el resto de los pelos pegoteados al coco como si me hubiese lamido el careto un rumiante, en fin, cómo ser fan de mí. Además, es que yo no había tenido gran cosa que ver en la victoria, -y cómo podría haber tenido algo que ver con la misma, si sobre la cancha soy más malo que la droga-, que fue Javier el que sobre todo había desmochado a aquel par de gallitos corraleros. Entonces a qué, José Antonio.
     
     No lo sé. Quizás me arrastrara la luna nueva, tan nueva que por allí ni se la veía a la pobre, como a otros en licántropos transtorna la luna llena, no sé. El caso es que estrellaron ellos por último la bola contra la red, estallaba ya, pues, la nostra Victoria, y al punto, se me escapó la pala hacia el suelo e igualito que el brasileiro Kaká, transido de abstracto y cósmico agradecimiento, cerré los ojos y elevé, en uve mayúscula también, los brazos y el rostro sudoroso hacia arriba, hacia el hexágono inmenso de aquellos cielos industriales, también con los índices  apuntándolos, como ungido en el completo silencio de la noche tan serena. En esa postura mía debió transcurrir un tiempo eterno.
     Entonces no, porque estaba un poco ido, pero más tarde pensé que por alguna razón las celebrities lo son, que mientras cuanto de ellos sale de forma natural resulta como adobado de gracia, por fuerza mi burdo sucedáneo debió parecer allí muy desgraciada patanería. Quedaron los tres testigos de mi éxtasis suburbial paralizados un instante interminable, rehenes de mi impresionante pose, qué cuatro, qué cuadro, aunque pude muy pronto a la vez escuchar, entremezclados y sueltos al tiempo, la dramática interrogación de Javier (¿tío, te pasa algo?) y el áspero murmurar de los contrincantes doblegados (“será TONTO el tío éste”).
    
     No le faltaba razón a ninguno, y como en realidad uno bien poca cosa es, rápido aterricé y  toda suerte de disculpas y de ademanes reparadores, por si acaso husmeasen ellos su dignidad ofendida, allí mismo con extremada modestia les ofrecí. “Perdón, perdón, de verdad, no quise ofenderos, es sólo que tengo el codo fatal y así, con estos estiramientos, lo alivio un poco, de verdad, en ningún modo, quise yo…”.  El dúo de maniquíes algo masculló entonces entre dientes, aunque, por suerte, pronto chocamos todos las manos, como si de nobilísimos nadales y federeres en wimbledónicos lances estuviéramos hablando, y algo doblados ahora por el peso amargo de la derrota  rápido se perdieron, como principitos destronados, más allá de los reflectores de la pista, entre la negrura espesa de la noche.
     
     Luego, aunque eran ya las mil, dentro del coche, el único vehículo en medio de aquel desértico y descomunal paraje lunar, celebrando con alegría desbordante el triunfo con Javier, el verdadero Héroe de la noche poligonal, algo más consciente ya de lo que me había ocurrido, le expliqué: “verás, Javier, es que esta mañana en el blog de Santiago González salía una foto de la Cospedal con tacones dándole al pádel, que ya le vale a la tía, que a mi plin, pero es que en un lateral de la misma foto, a la izquierda y en segundo plano, junto a la alambrada,  como una Sirena serenísima y homérica, como izada sobre el pedestal de una sonrisa clamorosa en sí como un sol de octubre,  comparecía una rubia en verdad interesante… bueno, pues todo el santo día he llevado en la chola la imagen de la rubia esa, asesora, periodista, lo que fuera en la comitiva de la Cospe, y en la bola última, me tocaba sacar a mí y entonces hasta me temblaba la paletilla, así que, mientras la botaba unas trescientas veces, acuérdate, que incluso tú me miraste raro, con  las fuerzas que me quedaban me concentré  en ella, como invocando mentalmente su intercesión y… bueno, por fin saqué, y el par de toláis esos la cagaron, ¡hemos ganado, colega! y me salió entonces eso, agradecérselo con los ojos cerrados a la rubia anónima, y por un instante, te lo juro, Javi, hasta creí sentir sobre los párpados el calor mismo de su risa que desde las alturas me diera como su bendición… ¿tu crees que debería averiguar quién es ella, a qué dedica el tiempo libre y tal, escribirle algo y tal?... eh, qué, qué me dices, Javier”.
     Y Javier, mi compi, con algo de impasible John Wayne en las maneras, me dio entonces todo serio -el Héroe Circunspecto mirándome muy preocupado a los ojos dentro del coche-, la respuesta del millón: “oye, Jose, de verdad…¿te pasa algo?”. Y justo entonces rompió a carcajearse como un poseso el muy.

sábado, 16 de octubre de 2010

Illa, Illa, Illa, Montilla maravilla (Queda también terminantemente prohibido reirse)


     Para mí que las juventudes socialistas de Cataluña quieren "matar al padre". Primero, que si la Nocilla de Montilla, el Montilla dream, vamos, ahora que si Supermontilla, (ah, cómo degeneran las juventudes,dónde han quedado aquellos sesudos tochos progres que  entreveían siempre el fascista perfecto tras los superhéroes yanquis del cómic), en fin, que la lluvia amarilla sobre Montilla es una maravilla. Se ve que los yogurines del PSC intuyen serios problemas de personalidad en su balbuciente líder. Se les ha ido la mano en el bálsamo de Fierabrás, en el ungüento amarillo. Tanto la caricatura como la hipérbole favorecedora, para que funcionen algo, han de mantener cierta referencia al modelo en que se inspiran. Hay que tener muy poco sentido del ridículo para querer hacer pasar como un Titán a un señor que, con todos los respetos, a lo que más recuerda es al insulso perfil del más grisáceo cobrador de pompas fúnebres imaginable, con carterita en mano y todo. Se le ocurre al PP presentar así a Montilla y tiempo le falta a Rubalcaba para ordenar sotto voce a sus condecorados superpolicías esposadas detenciones de cargos del PP en prime time. Ahora que quiere Chacón prohibir hasta los abucheos que flotan en el Viento, como si incluso éste por derecho natural fuese suyo y solo suyo, habrá de prohibirnos también la risa, que se nos desfigura mucho el rostro por la chunga de ver así de idealizado/desfigurado/ridiculizado  al muy Honorable presidente de la Generalitat. Mírenlo, paladeen esa mezcla de marmóreo rostro de héroe del trabajo soviético sobre el gesto macarrónico. Recuerda sobre todo a Ruiz Mateos cuando caponeó a Boyer por haberle quitado todo lo suyo. ¿Acaso va Montilla a darle lo suyo ahora al que deseaba a gritos en público la muerte al Borbón? Si es su aliado. Como en las novelas malas: cualquier parecido con Montilla, pura coincidencia. Queda, por Machacón Edicto, también terminantemente prohibido reírse. Pásalo.


viernes, 15 de octubre de 2010

Queda terminantemente prohibido abuchear a ZP

    
     Desde el momento mismo en que el indiscutido e indiscutible Presidente bajóse del coche oficial y pisó con su galanura habitual el suelo del paseo de la Castellana, el inmenso gentío allí presente estalló en  atronadores aplausos solo a su graciosa persona dirigidos. De nada sirvieron las artimañas protocolarias, incapaces los barrotes y la distancia kilométrica de contener el clamor multitudinario: parados oficiales y parados en cursillos lost in Oslo, oferentes y diferentes, jóvenes y jóvenas, sindicalistas y comerciantes, funcionarios y pensionistas, una espesa marabunta ciudadana ovacionaba sin cesar a su admirado presidente. Hasta la oficial televisión comprendió la necesidad –por no incomodar en demasía a la oposición- de maquillar un poco tan extraordinario fervor. Eran todos ellos, todos los que a rabiar aplaudían, supiéranlo ellos mismos o no, de la extrema izquierda, claro. Rebrincaban las ovaciones y los cánticos enfervorizados como olas rugientes de un mar inmenso  que rompieran a la vez en la cara misma del susodicho Presidente, que por jamás de los jamases habría nunca de fallarles. Eran de tal estruendo el júbilo y las aclamaciones que el Pueblo en la calle tributaba a su presidente que ni siquiera el momento sagrado del himno nacional se respetó, ahogado por los ensordecedores vítores. El Rey y los Príncipes, claro, no pudieron por menos que mostrar en su círculo íntimo el hondo desagrado que esa falta de consideración les causó.
    
     Y el Gobierno entonces, ante la inconmensurable deferencia, ante la emocionada devoción que siempre en el ejecutivo socialista palpita hacia el Ejército español y hacia los caídos en combate por España, determinó ordenar que quedaba a partir de ese instante terminantemente prohibido (sólo la penúltima prohibición, en la larga letanía de proscripciones en que el socialismo, so capa de libertades sin fin y optimismos antropológicos sin tasa, siempre consiste)  aplaudir al presidente en el Día de la Fiesta Nacional. Que mucha pose guay con que la Tierra pertenece al Viento, pero hasta al Viento, incluso a los ecos que flotan en el mismo quieren ellos ponerle su mordaza censora. Cómo si no iba Rubalcaba a contarles a los embajadores la bárbara afrenta recién vivida, tanto entusiasmo chivato.  

miércoles, 13 de octubre de 2010

Contador y un camarero que era marido de la Princesa del Pueblo


     Admiro muchísimo a Alberto Contador. Su férreo coraje le ha llevado a protagonizar sobre la bicicleta, y contra las más empinadas rampas, extraordinarias proezas sobrehumanas sólo al alcance de los elegidos por los dioses. Brotó el escándalo de su dopaje. Ofreció aquella rueda de prensa. Creí en él a ciegas. Y sin embargo, cuando la otra noche le vi aparecer en La Noria, el más celebrado de los lujosos escaparates de la Mugre, algo dentro de mí me susurró: no, no, no… NO.
    
     A los pocos días, como un medicamento homeopático, el más elevado gesto imaginable, que nadie –que yo sepa- ha ponderado en lo que verdaderamente tiene de irreprochable lección ética a tanto “bienpensante caviar”, a todos esos  líderes de opinión que por la pasta untan en la perola mugrienta pringándose los dedos sin cortarse un pelo, a la misma vez que claman contra “esta podrida sociedad”. Vino de la mano el alto ejemplo de un chiquilicuatre de verdad –como el del anónimo redactor de Onda Cero en la real visita que ya comentamos aquí; habrá que ir pensando, como chamarileros de la Virtud ignorada, en reunir  cosas así, rosas de verdad en medio del desierto, y hacer con ellas un libro,  sólo para que los mandamases de las editoriales lo tiren asqueados y horrorizados al cubo de la basura- : Fran Álvarez, sólo un camarero, nada más, pero nada menos, ha rechazado QUINIENTOS MIL euros que le puso en los morros Antena 3 por contar sus intimidades con la llamada Princesa del Pueblo. Lo hizo público Fran sin cobrar nada en Sálvame de Luxe, también otro de los más aparatosos de los chorreantes mostradores de la Mugre entronizada.
    
     Ni siquiera los jefazos de Antena 3 se han molestado en desmentir la inmoral propuesta, que tanto dice en sí misma del estado de las cosas. Qué parábola, lectores míos, si fuese uno un evangelista verdadero y supiese contarla bien, y abrirle así los ojos primero a mil, que la contarían después a otros diez mil, y que acabarían llevándola  luego éstos a los oídos de un millón: todo un señero medio de comunicación social, plagado de respetabilísimos ejecutivos, atiborrados todos de premios y dignidades,  pugnando oro en mano por envilecer la conciencia de su millonaria audiencia, a través de una muy diabólica tentación, de esas que-no-podrás-rechazar, a un simple camarero. ¡Y va éste y les manda a los insignes mercaderes de la basura y a todo su dinero sucio a la misma playa!   
    
     Piensen, lectores míos, en todo ese pastón tintineando delante de los ojos del chaval. Está por demostrar que Fran Alvarez, un camarero nada más, pero nada menos, haya cobrado algo de Tele 5. En el fondo estamos deseando todos que se demuestre que también él ha arrebañado su parte en la rebatiña del mefítico perol. Nos quedaríamos mucho más tranquilos todos. Y es que el rechazo del golosísimo pastizal por parte de un simple camarero atenta con gravedad máxima contra el supremo mandamiento que todos compartimos en estos tiempos: todo por la pasta. Si me lo ofrecen a mí, vamos, es que le dan por… no otra cosa es lo que espontáneamente expelemos todos al escuchar la noticia, con ese tonillo petulante que da por segura la complicidad del que tienes delante. Necesitamos, como sea, que Fran Álvarez sea un impostor.
    
     Pues bien, Antisistemas del mundo, Liberadísimos sindicalistas, Intelectuales tan anticapitalistas, Chiquilicuatres de Cinco estrellas, supuestos aborrecedores del Sistema todos: Fran Álvarez, he ahí el Hombre. Fran Álvarez, Juan Nadie. Seguidle. ¿O acaso el meollo de su gesto también os desnuda a vosotros?  

martes, 12 de octubre de 2010

And the winner is... Vargas Llosa

     
     Vale, yo también me alegro de que a Vargas Llosa le hayan dado el Nobel. No tanto por el Premio, que a mí plín, como por hacerme rememorar de nuevo todo lo que uno disfrutó en tiempos leyéndole. La ciudad y los perros, La Tía Julia y el escribidor, Pantaleón y las visitadoras, Conversación en la Catedral me contagiaron el gusto y la querencia que en mí pueda haber hacia las palabras. No deseaba uno nunca terminar del todo esos libros. Hicieron mi escueto mundo mucho más amplio e intenso. Nada más lógico, pues, que sentirse agradecido hacia él, aun cuando el expresarlo sea ya en sí un poco ocioso. No se va a encontrar uno a don Mario mañana caminando por Berlín Park, que es el parque de mi barrio, para en persona decírselo. Las diminutas hormiguitas les somos perfectamente ajenos –salvo como números en su grandiosa contabilidad- a los Dioses y a sus olímpicas alturas. Quizás deba ser así. Por eso sostengo yo –con un énfasis digno de que el meollo que contiene mi approach revelara algo verdadero- que los fracasati únicamente debemos elogiar, con derroche caníbal de adjetivos encomiásticos, a anónimos fracasati como nosotros mismos.   
    
     ¿Qué le gustaría al muá que Vargas Llosa hiciera ahora –mantengamos la ficción, mon amis, de que el mundo entero estuviera en vilo ante lo que ahora voy yo a decir- y que ni de coña el ya (como si antes no lo fuera) Peruano Universal va a hacer? Mandar el premio  de las narices a tomar por retambufa, que se lo metieran por do les entre. La ceremonia esa debería resultarle vomitiva a todo escritor que se considere digno de portar sobre su persona el nombre de esa profesión. Era grotesco ver a García Márquez con el liqui-liqui y a Don Camilo y su frac, a San José Saramago tan entorchado, cada uno con su trouppe, (perfectamente absurdo recordar entonces lo maravillosos que algunos libros suyos son), que no cabían en sus EGOS infladísimos de gozo, venga a dar cabezadas y reverencias y genuflexiones sin fin, como endomingadas cortesanas, ¿ante quién?  Pero, en todo caso, ¿no debería precisamente ser al revés?
    
     Pero la ensalivada aceptación de los Premios –y más ensalivada cuanto más supuestamente críticos dice el premiado de turno ser con esta “injustísima sociedad- es una de las señas de identidad de estos tiempos que sobrevivimos: el Reinado de la Mugre.
     No hace tantos años, por ejemplo, Woody Allen seguía tocando el clarinete en su antro de siempre, con su cutre banda de siempre, la misma noche que debía recibir el gran Premio, o Marlon Brando mandaba a una linda apache a recoger el suyo. No, no me imagino yo a Vargas Llosa enviando al pobre Guillermo Fariñas a leer el discurso de celebración en Estocolmo.

    

sábado, 9 de octubre de 2010

Trini, Guerra, Lissavetzsky, está todo PERFECTO

     A los socialistas de la Federal una Piedra Gómez que se les atravesó en el camino les mostró que su destino era rodar y rodar. Rodó y rodó la pobre Trini, que no le pudo al rudo vaquero Tomás y quedó de su chupa maltrecha, que ni el mismo ZP, que fue quien en verdad la estrelló, en el Senado quiso ya ni reconocerla –el Señorito es que las gasta así, no otro es su talante, lo dijo ya Jordi Sevilla-. Casi peor era ver la cara de viudo demudado que, sobre la bien triste que ya tenía, al mohíno Lissavetzky le ha quedado, que daban ganas y todo de ponerle ahora a él alguna medalla de esas que él tanto dio por ahí, sólo por ver si así se le subían un poco la color y la moral del Alcoyano. Tendrá ahora que abrazarse la pena que le consume a las farolas. Colocó entonces ZP otra más de sus logradas reflexiones, esas cosmovisiones penetrantes que tan merecida fama en todo el orbe como preclaro filósofo/poeta (no se sabé si más de uno que de otro, tal es su brillo en ambas categorías) le han reputado: “el que gana es el mejor, el que gana se lo merece”. Vaya, pensé, entonces, como antes de la drea había sostenido Él (el Señor que con solo sus palabritas derrite los relojes de todas las mundiales puertas del sol) que Trini era la mejor, reconocerá ahora que estaba equivocado, que la contestación interna crece, y acaso perdiéndose entre el Viento, dejará el puesto a otro... Ni hablar del gótico gato encerrado.

     En éstas llegó Alfonso G, que como un Oscar Wilde de pega pasado por el puño en alto de Rodiezmo, es que no pudo resistir la tentación de dejar muestra de su sorna: “la señorita Trini ha perdido”, graznó por lo bajini el en tiempos bígamo, conteniéndose además, como el cuervo de la fábula, el queso de la guasa en el pico mismo. Se ve que los aguerridos guerristas, que en su momento auparon a ZP contra Bono, se tronchan ahora navajeando a ZP a través de la pobre chupa, por el fango arrastrada, de Trini. Son los guerristas, como en el anuncio ese del metro, los que cada mañana abren las flores, las flores de la venganza, claro.

     Mas las Mujeres de la Federal, egregias matronas de decenas de organizaciones feministas, heridas en lo más propio de su amor y acusando de esta forma la estocada, tronaron sus malos humos y sus peores humores contra el histriónico lider internacionalista. Al mítico A Guerra cayóle encima la mundial: “sexismo, clasismo, misoginia, antiguo, rancio”. A las señoronas del PP se les puede poner de vuelta y media, ahora, haz un cuarto de ironía sobre una de nuestras heroínas y te verás de vuelta y media en todos los papeles.

     Parecía la cosa como la escenificación de aquella remota canción infantil que la niña de la Rayuela jamás ha dejado de canturrear para mí, aérea y radiante, saltando a la comba en el barrio de mi memoria -quien de vosotros,oh, amados lectores la recuerda, Javir seguro-, esa que decía: "el señorito Guerra me echa el humo... y yo le digo Guerra, eres un chulo, eres un chulo Guerra, eres un chulo, mi novio cuando fuma me echa el humo".( Será mejor no entrar ahora a escarbarle la trastienda psicoanalítica a la cancioncita de marras) A lo que íbamos: y entonces, para pasmo de todos, Bronco Guerra se la envainó y musitó: “bueno, bueno, retiro la palabra y ya está”. Moraleja de la sit-com: el alcalde de Madrid, como el niño ese del anuncio del metro, echó un ojo al panorama en derredor y, en los brazos de papá Rajoy, apenas se puede contener: “está todo PERFECTO”.

viernes, 8 de octubre de 2010

Sebastian y Montoro se lucen de nuevo

    
      Los políticos –algunos más que otros, cierto- se chotean del personal sin cortarse un pelo. Ahora Sebastián nos vuelve a subir el recibo de la luz y Montoro, su partenaire en el PP, es que ni pía. Pero… ¿y el superferolítico acuerdo anunciado por ambos a la ciudadanía ¡a finales de julio! y ante cientos de  cámaras por el que se congelaba la subida? Se le avisó a Montoro de la estupidez intrínseca en esperar cierto respeto a lo acordado con según quién. La clientela progre no sanciona la mentira, lo sabemos de sobra, pero que no pretendan también hacernos comulgar con ruedas de iberdrolas a quienes no pastamos por esas dehesas. No espabilan nada los dirigentes pepeicos. O espabilan demasiado, según como se vea. Seguro que de haber sido a la inversa, el Señor de las Dos Bombillas, cual sumisa geisha zetapeica, hubiérase callado, seguro. ¿Cómo se puede despreciar tanto al respetable? Es difícil encontrar una prueba de mayor descaro gubernamental, refrendado como en este caso, por la propia y estólida oposición.
      
     Lo más grave es la falta de pudor, el mínimo sentido del ridículo y de la decencia propia ante la reiterada escenificación de los más aparatosos embustes. Eso es lo que en ellos vale la palabra dada. No se respetan a sí mismos, cómo habrán de respetar a nadie. Venderían a su abuelita moribunda con tal de seguir en el candelabro. Deberían pagar políticamente el par de figurantes que hoy nos ocupa por ello, que hasta casi da vergüenza ya el decirlo. Merecerían que una plataforma ciudadana les vituperara en público, que unos piquetes “convencitivos” de ciudadanos libres les soltaran cuatro frescas a la cara. Es inenarrable y bochornoso el espectáculo ofrecido a los paganos ciudadanos, más cruel todavía el timo en el contexto de la miseria creciente en familias y pequeñas empresas. Es escupirnos en la cara a todos sin excusarse siquiera.
    
      No me gustaba mucho el señor Labordeta –algún programa de la mochila, sí-, ni sus formas insultonas –es bien sabido, las palabrotas faltonas, en un progre, son siempre “entrañables”, en alguien de derechas son indudablemente “fascistas”, que es que les encanta el vocablo, lo cortan/pegan para todo-,  pero lo que a uno le pide el blog, ante Sebastián y Montoro, Montoro y Sebastián, que mandan y mienten tanto uno y otro, como los Reyes aquellos, ante su odiosa estafa, es mandarles a… adónde amargan los pepinillos, vamos.
     Nos atropellan, nos engañan, nos humillan.