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domingo, 6 de enero de 2013

Rosco de masa buena




    

       Sí, pienso también mi libro como una suerte de rosco que no conoce del todo su masa buena, como un bollo recién horneado, preñado de ínfulas, que en mí son solo presuntas ilusiones, del que te convidara yo a tomar un pedacito sin prisas y que en paz saborearas sobre todo en tu boca su aroma más dulce que amargo al cabo, pues, hecho como está de panes y azúcares elementales, tu fantasía y la lumbre de mi fe lo elevarán a bocado eterno, a perpetua eucarístía tuya y mía. Sea, Magos Reyes. Sea, chica guapa.   


   Me preguntaban ayer, “bueno, vale, ¿pero tu libro de qué va?”. Me hubiera gustado contestar lo de Woody Allen a propósito de “Guerra y Paz”: “Va de Rusia”. Decirle yo: “Va de las ilusiones”. Pero esos lujos le están vedados al bloguero anónimo que va por los ríos desbordados del Twitter mendigando aquí y allá su desconocida mercancía.
      Tuve entonces que pensarlo. Mi libro cuenta la historia de un cuarentón al que su mujer le señala la puerta de salida de la casa. Descubre entonces su minusvalía emocional. De cuanto le ocurre después, cuando ha de salir al mundo, ajeno y anchísimo, para superar su zozobra, para engañar a su desconcierto. De lo duro que se le hace ese aprendizaje elemental de la supervivencia afectiva. De cómo hallará en la propia escritura, a trancas y barrancas, la brújula que le permita hallar al cabo una imagen aceptable de sí mismo, y levantar así el muro de la obturación interna que le impide ver la belleza y el propio absurdo del mundo y de la vida, que es lo único que tenemos. De eso, de esas ínfulas.
  
      Encontrarás en mi libro, lector, humor y amor, alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, presente y pasado, trozos de vida al acecho, un cuarentón abandonado, discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un cartel de Comisiones, un buzón en el que ya no figura tu nombre, la dentadura perfecta de Burt Lancaster, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas y un tercero  enchufa triples como un descosido, lo que entre ellos tres sucede, una tía y su sobrino en la sagrada edad de la iniciación erótica de éste, Nocheviejas agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer solitaria, otra mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, un héroe local, el lío de un sms enviado por error, unas navidades tristes, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la fuerza del sol, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, una patata frita elevada hacia el Cielo como una hostia, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos, todo eso, como un baúl de la Piquer muy revuelto, como un arca de Noé para  el diluvio sentimental del protagonista, de este Armando que  está, en efecto desármandose y rearmándose al paso duro de los días, tras la estela todo de su particular sensibilidad… todo eso y más, lector, y cuantas cosas compartiremos como un secreto, entregándonos a través del libro lo que tenemos, tanto amor y desamor que tenía yo guardado para ti; todo eso en mi libro hallarás, lector. 
       
    Porque a mí parecer un libro íntimo, no tanto porque nos revele interioridades escabrosas, sino porque sobre todo consiga con desnudez hablarnos como al oído de los paisajes esenciales del alma de quien lo escribió, es también uno de los más acabados símbolos por los que alguien ofrece al Otro –a quien físicamente no tiene delante, al que de otra forma difícilmente podría hacerlo- la propia mano. Esto soy. En estas historias –no en forma de un discurso, sino con destreza encarnadas en personajes vivos a los que les ocurren cosas, a quienes sorprenden los avatares amargos o alegres de la vida- late la urdimbre sentimental que hasta aquí me trajo.  Quiero ponerlas en común contigo. Quiero revivirlas a tu lado. Puede que te reconozcas también en ellas. Aquí tienes mi mano, tómala. Estréchala. Entrelaza la tuya con la mía.   


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

4 comentarios:

José Antonio del Pozo dijo...

Gracias Winnie, BEGO, Napo, MAMUMA, Jose Antonio, gracias a todos por vuestras palabras,por vuestros buenos deseos.
Gracias,MAMUMA, "es una delicia leerlo", no sabes como te agradezco que así me lo resumas, porque me parece así insuperable. Gracias por apoyarme y por confiar en mí sin conocerme de nada. Un abrazo, también para todos.

Winnie0 dijo...

Tu libro es un regalo de Reyes genial para mi este año Un beso

José Antonio del Pozo dijo...

gracias,Winnie,¿me lo pedirás entonces? Besos

Napo dijo...

Lo dice el rafrán: Para el hambre no hay pan duro.

En todo. En todo y en los libros también, hay un factor hambre que determina el sabor y satisfacción que da un libro. Hay veces que tenemos tan localizado de qué tenemos apetito que sabemos que es lo que queremos o necesitamos comer, otras veces, sin saber que nos apetece meternos, si sabemos lo que no deseamos en cuanto lo vamos teniendo delante.

Supongo que a todos nos a ocurrido alguna vez: Un libro que en su día no nos dijo nada al leerlo, nos gusta e impresiona incluso cuando lo releemos años después. Otras veces es al revés. ¡Coño, con lo que me gusto este libro entonces y ahora me parece un petardillo!

Hay libros a los que yo les llamo café con leche o tortilla a la francesa. Son esos productos que a uno ( a mi por lo menos) siempre le sientan bien cuando tiene el cuerpo malamente. Son esos libros que valen para el tren, la playa, la cama y para hacer un rato de espera en cualquier lado. Son esos libros que casi te sabes de memoria y que te da lo mismo la página por los que los abres. Tengo muchos de esos. Les diré uno: Juan de Mairena, del Tony Machado.

La lectura y su mensaje es algo que entra, y el elemento receptor tiene que tener una predisposición de acople para que eso ocurra con el menor índice de rozamiento.

Estoy convencido que mucha gente no se aficiona a la lectura porque a tenido la mala suerte de empezar a leer con libros que no eran los adecuados para su mometo existencial. Los best sellers, en concreto, han eliminado más lectores para toda la vida que cualquier maestro de escuela malo.