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sábado, 3 de agosto de 2013

Mi sonata de verano


(irás hallando las entregas que componen esta sonata, lector, espero, pues a veces se me sale sale el blog por antequeras, durante los sábados y domingos de este agosto radiante)

   
   Tiempo de agosto, acaso tiempo a nuestro gusto. Tiene siempre agosto algo de paréntesis dorado abriéndose a lo diferente. Paréntesis, porque es casi siempre vacación, como si nos bañáramos ahora en un manantial distinto al monótono río de la vida que nos lleva el resto del año. Y dorado, sí, porque siempre el sol inflama agosto, y lo caldea  de parte a parte, en todo deja su aura, y quizás buscando el oro real y simbólico de las cosas lo que perseguimos es  retener un instante entre el cuenco de las propias manos el mismo tesoro del sol, que como sabemos, es la fuente y el misterio de la vida.
     
   Si la infancia –se ha dicho- es la patria del hombre, agosto es el paraíso del niño, su Edad de Oro más plena. Tiempo de vacaciones, territorio de libertad salvaje para la imaginación del infante comanche. Si nos aupamos a la memoria dorada de los veranos de la infancia, puede que hallemos allí el fulgor único de aquellas pepitas preciosas que nos devuelvan en parte el aroma de ese lejano edén.
     
   Intentemos, pues, remontar con júbilo el río arriba de los agostos de nuestra vida, a la busca del calorcito de ese tiempo perdido, sí, pero acaso un poco ganado de esta manera, como si fuera la escritura también un  agua  cargada de pasado, un tiempo rescatado y puesto en su propio lugar al sol, con el brillo delicado que esas prendas atesoran, a salvo así del ululante  remolino de desagüe que consigo trae el Tiempo inmisericorde.
     
   Busquemos y abramos, pues, ese cofre revuelto de soles y de playas infinitas, de niños libres como aves que se echan por vez primera al viento, de panes de pueblo crujientes y de sandías gloriosas, de zumbidos de avispas y de campos desbordantes de espigas, de la íntima sonata del estío, que sólo a veces se esconde en  la canción de aquel verano.
    
    Y hagámoslo juntos, fiel lector, y a bordo de esta carabela capitana en libertad, sobre el barlovento de il mío blog. Necesito, lector fiel, que, como canta María Dolores Pradera, el tiempo que te quede libre, si te es posible… pues eso, que me lo dediques a mí, que nos lo dediquemos tú y yo, en este verano rubicundo y azul de los dos mil ... -trece ya- de los corrientes.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es

“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

3 comentarios:

Napo dijo...

Para los que hemos nacido junto al mar, agosto siempre ha sido un mes más. O mejor, un mes menos. Sí, nuestras playas, en ese mes se llenaban de gente extraña. Veíamos, cuando lo de la pesca subamarina empezo a estar de moda, como esos de Madrid ( todos los de fuera que propunciaran las des intervocálicas de final de palabra y las eses eran de Madrid) entraban en nuestros caladeros y volteaban las tanas*, tanas que considerábamos nuestras. Las conocíamos dedes siempre. A mí, la mayoría me las enseñaron mi padre y mi tio Carlos.


Ellos llegaban con sus equipos de corte ingles, y de verdad que parecían el muñeco del corte ingles de la sección de playa.. Yo veía el corte ingles cuando una o dos veces al año me llevaban a la capital.

Ellos, con los derechos que las libertades otorgan, eran tan quién como nosotros para sumergirse allí, y clavarle el arpón o el pincho a un mero o un pulpo que yo, sabiendo que se entanaba allí, llevaba tiempo esperando a que se hiciera grande.

Me acuerdo cuantas veces mi padre me decía un rato antes de irnos de la playa hacía la casa:” Coge un pulpo para la casa y otro para tu tía y el señor Santiago.” Y como y con obligación cogía el pincho y a por ellos.Sumergisrse. Hacer apneas, era algo a lo que aprendimos sin saber que estamos aprendiendo. Como a andar o hablar. Mi padre, un gran aficionado a la pesca submarina, como otros de interior lo son a la caza, se fué al otro mungo sin saber lo que era hacer una apnea.

Cuanto palabrerio hay hoy para definar lo que con dos palabras se ha entendido toda la vida. Antes se decía “ me voy a tirar”, y si la persona con la que hablabas no sabía el sitio, le especificabas con “me voy a tirar en tal cala o en tal playa”.

Aún no había publicidad de “pequeñines no, gracias”. No hacía falta, ya que nuestros mayores siempre nos advertian que no había que cogerlo pequeños.

Las nenas se ponían más tontas de lo habitual cuando llegaban los de Madrid, y eso era una cosa que dolía mucho: Una de tu pueblo o barrio tonteando con uno de Madrid. ¡Pà morirse! También es verdad que algún rosco nos comimos criado y engordado en la meseta, pero eso es otro historia.

Aún hoy, agosto es el mes donde los indios ( así le dice un amigo a los veraneantes) pisan en lo mio, y aunque con los años tienes amigos indios y te haces más indulgente con su presencia por lo de la economía y que todos tenemos derecho a vivir, aún, cuando veo según que playas con gente me da un no sé qué.

Cuantos días de agosto mis amigos o mi familia y yo solos en playas que hoy son un hervidero.

Cuando voy de excursión por zonas montañosas de España o Europa, siempre pienso que al igual que yo con las playas, hay allí alguien que me mira y piensa que le estoy estorbando.

Si tuviera que identificar mi cuerpo y mi alma con algún mes de año, diría que soy agosto en el Mediterraneo.

A dijo...

Creo que va la segunda vez que me encuentro con esta maravillosa canción en el blog. Ahora la llevaré, otra vez, persiguiéndome por las entretelas de la memoria, lo que queda del día.
A

José Antonio del Pozo dijo...

Muchas gracias, A