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domingo, 26 de octubre de 2014

Lo que escondía el carro de Manolo Escobar

   
   
   Casi la única ventaja que tiene el hacer un blog propio estriba, claro, en que, al no tener que rendir, salvo a tu particular sentido de la autoexigencia, cuentas a nadie, puedes escribir con plena libertad sobre lo que de veras tu inspiración te dicte, y aprender y disfrutar en esa pesquisa, pues ni mucho menos imaginas al ponerte a escribir lo que en el periplo escritor hallarás dentro de ti. Puedes atentar incluso contra la ley de hierro del Internet, que expulsa a la gente de todo texto que supere la extensión de un golpe de mirada. Siempre está el escritor un poco sólo, qué más da. Ese es el puro gozo de la escritura y como tal resulta impagable, por supuesto. Lo chungo es que quizás luego todo tu esfuerzo e inspiración, puestos gratis et amore  al albur de los vientos cibernéticos, sirva al cabo para que algún tertuliano renombrado te copietee sin compasión, y que así él de lo tuyo se lucre, pero esa… esa es otra penosa historia de injusticia que conviene mejor ni pensar.
    
   Y así, sin complejo alguno, le place mucho hoy al muá el ponerse a desentrañar, cumplido un año de la pérdida del grande Manolo Escobar,  lo mucho que de valiosa enjundia pueda haber en una de sus más afamadas canciones, “Mi carro”,  esa en apariencia banalísima rumba, que data de 1969, y que, por mucho que disimulen, no ha de haber español desde entonces hasta hoy –y presumiblemente por muchos años más- que no la conozca e incluso –en el colmo de las vergüenzas a veces- que no se haya sorprendido a sí mismo, en broma o en serio, tarareándola.
    
   Una canción que de forma tan masiva triunfa y perdura en las conciencias colectivas, en sus existencias por tanto, desde hace ya 45 años, como dicen del vino, algo habrá de tener. De alguna manera esa canción debe acertar a expresar a su través una parte del inconsciente colectivo latente en esa colectividad, de ese sustrato común simbólico más allá de la estricta razón –y atención, permanente en el Tiempo- que palpita en un grupo humano, por decirlo a lo Jung. Y si el éxito interpretativo cabe atribuírselo todo a Manolo Escobar, de justicia será reseñar aquí, en esta nada, el nombre del responsable primordial del meollo, el autor de la letra, es decir, del mensaje: un señor llamado Alejandro Cintas, y a quien quizás la Historia no reconoce como debiera. Vamos ya a intentar explicarnos esta rosa:
  
  Mi carro me lo robaron
  estando de romería.
  Mi carro me lo robaron
  anoche cuando dormía.

El carro, ahí tenemos, desde el principio, la imago prima y esencial que nos ocupa: ese vehículo de transporte propio de las sociedades agrarias. He ahí ya expuesto el filón del trasfondo sociológico que la canción sondea: en 1969 España viene conociendo un proceso de industrialización aceleradísimo que se manifiesta sobre todo en un gigantesco éxodo rural, en la atropellada urbanización de la población subsiguiente, en cuya conciencia bulle el dolor lógico a ese desarraigo. Telúrico trasfondo rural que, a través de los años y manifestado en el desmedido apego al terruño propio tan característico de los españoles, pervive hasta hoy, y que el carro muy bien simboliza.
   Pero, ojo, que antes que el propio carro figura el pronombre posesivo en su primera persona del singular: no cualquier genérico, común o indeterminado carro, sino MI carro, esa plena y rotunda expresión de la propiedad privada, de lo que sólo a mí me pertenece y de lo que, por tanto, en esa manera me hace simbólicamente autónomo, es decir, libre, que el mismo John Locke diría. Y el drama que inmediatamente  acentúa –y que se repite- ese sentido: me lo robaron. Es decir, me lo han quitado, he sido despojado de lo que era mío y nada más que mío, y por eso protesto. No, no sólo la propiedad no es un robo, señor Proudhon,  es que es justamente la condición de mi persona misma como veremos, y por causa de esa injusticia me indigno.  Me lo robaron “estando en romería”, curiosa la alusión religiosa, como si se quisiera contrastar el desfase entre la supuesta bondad y desprendimiento que se predica y la sucia realidad del robo, además “de noche cuando dormía”, vale decir, con nocturnidad y alevosía.  Es sobre todo Mi carro, por debajo de la sonrisa olímpica de Manolo Escobar, canción-protesta, protesta por un robo.
  
   ¿Dónde estará mi carro?
   ¿Dónde estará mi carro?
   ¿Dónde estará mi carro?
   ¿Dónde estará mi carro?
Vale, es el estribillo, y como tal se repite y se repite en la canción, es esa elegía por lo ausente que resume la inmensa mayoría de cualquier experiencia poética, pero no deja de asombrar la reiterada, casi maniática, medio sonámbula, repetición del lamento, como si el autor adrede quisiera subrayar el dolor por esa pérdida, es decir, como si el carro fuese, significase, más que un carro, mucho que un mero objeto, un plus que evidentemente ya percibimos que así es. Diríamos que la pérdida del carro, en parte por la vinculación que con el diario modo de ganarse el pan tiene, sobre todo revela la pérdida de la estabilidad personal, el menoscabo en la personalidad, la zozobra existencial a que la misma aboca a su dueño, que clama inconsolable por su carro, que clama por él mismo.
   
   Me dicen que le quitaron
   los clavos que relucían
   creyendo que eran de oro
   de limpios que los tenía.
Ya vemos muy claro que mi carro era mucho más que un carro, que no era sino la simbólica extensión de la propia personalidad; entendemos mejor ya el lamento por ese robo, y el autor lo transmite a través de esa maravillosa imagen que transforma los tristes clavos nada menos que en el más precioso de los metales, “eran de oro”, y lo eran así “de limpios que los tenía”, es decir por medio del trabajo propio, que transfigura las cosas hasta hacerlas vivas partes nuestras. ¿Dónde se ha visto que el dueño de un carro, un carretero, hasta tal punto se afane en el brillo de su vehículo de trabajo, si no es que trasfunde en él una parte capital de su propia valía, de su propia autoestima? Aparte de la insólita reivindicación de la cualidad de la “limpieza” que vemos aquí atribuida a un hombre, lo que más refuerza aún la naturaleza metafórica del “carro”.
  
   Dónde quiera que esté
   mi carro es mío
   porque en él me crié
   allá en el río.
   Si lo llego a encontrar
   vendrás conmigo
   en mi carro de amor
   por el camino.

 Pueden habérmelo robado, puede que no lo tenga ahora conmigo, pero el carro es sólo mío, me pertenece, fue también mi hogar (en él me crié, allá en el río) , junto al río y en el carro, las cifras de la humilde condición de su protagonista, pues son los humildes quienes precisamente mejor y más valoran lo que sólo con su esfuerzo consiguieron, lo que nadie les regaló. Y en la segunda estrofa, de manera en apariencia inexplicable, se amplia y redondea la significación del carro, que es ahora carro de amor, imbricado además en una misteriosa interpelación de deseo a un “tú”, que sólo puede ser el de la Amada. ¿Adónde nos aboca ya de bruces la pérdida del carro?
   Pues a que en términos psicoanalíticos -para los que es el Eros, esa energía vivificante es la instancia primordial de la existencia, de la que luego todo lo demás sublimado mana-  la pérdida del carro “significa” también la pérdida del pene, de la potencia sexual al menos. Si en buena parte de las películas y de la cultura norteamericanas reinantes los psicoanalistas han “leído” la relevancia allí otorgada al propio “coche” como trasunto y símbolo del propio órgano sexual (de ahí que en muchos spots esculturales modelos icónicamente lo adoren al anunciarlo), algo así puede entenderse, asociado a la memoria de una sociedad rural, sobre nuestro carro. ¿Qué le pasó en realidad a Manolo Escobar “anoche cuando dormía”? Ahh, si lo llega a encontrar, si recobra esa chispa, recuperaría a la amada. ¿No entendemos un poco mejor ahora esa desazón, ese atormentado extravío, esa angustia existencial del dónde estará mi carro, dónde estará mi carro.
   
   Les digo por el camino
   hablando con los romeros
   que lleva sobre sus varas
   mi nombre grabado a fuego
Una vez más, por si quedaba alguna duda, aparece recalcada la trascendencia simbólica del objeto sagrado, la fusión y confusión del mismo con la más íntima y verdadera identidad, ese nombre grabado a fuego, con esa contundencia marcado y asimilado a la misma persona.
    En mi carro gasté
   una fortuna
   y en mis noches de amor
   llevé la luna.
   Preguntando busqué
   por todas partes
   y por fin lo encontré
  sin atalaje.
  Volvemos sin solución de continuidad a la naturaleza erótica que el laberinto del carro adquiere, muy hermosamente sublimado además, con indudables ecos románticos y lorquianos: en mis noches de amor llevé la luna, casi nada, ésa es la Fortuna que el carro de veras transportaba. Y como en el Cántico espiritual de San Juan de la Cruz (Adónde te escondiste amado, y me dejaste con gemido… buscando mis amores, iré por esos montes y riberas) por todas partes la búsqueda, el anhelo ardiente por llenar esa ausencia. ¿Qué decir de ese tan sorprendente como abrupto final? Que sorpresivamente es un amargo happy end, pues, Manolo encontró el carro, es decir, se re-encontró, pero sin atalaje, es decir, sin arreos, sin adornos, sin pertenencias, o lo que es lo mismo, indistinto, sin personalidad, con la herida por la pérdida esencial aún abierta y por restaurar, por realzar.
   Y este es el tesoro, lector, que supe yo encontrarle al carro de Manolo Escobar. ¡Ahí queda eso!

2 comentarios:

jotape dijo...

También es una suerte haberlo encontrado sin su antiguo atalaje. Es la oportunidad de ponerle uno nuevo.

Anónimo dijo...

Un buen blog, pero no me gusta la manera de tratar a personas que tienen un criterio diferente a Don José Antonio. Esas cosas no son cosas que se hacían al otro lado del telón de acero.