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sábado, 12 de marzo de 2011

A la atención de Lady Gaga

    
      Querida Estéfani Joanne Angelina Germanotta, que teniendo nombres tú tantos y tan bonitos no sé como consientes que te pongan ese adefesio por apelativo con el que se te conoce , como tampoco comprendo el que siendo tú con la cará lavá y recién peiná -que decía el otro- incluso guapa, por lo común hayas de comparecer con tan horripilante faz. Debe ser sin duda, visto tu éxito planetario, una estrategia meridiana a estos tiempos góticos que el carcamal renacentista que uno es no alcanza del todo a asimilar.
     Verás, querida Germanotta, -me quedo de entre los cuatro con éste, por parecerme acaso el que más justicia le hace a la exacta denominación de tu planta y de tu flor- te escribo, primero y sobre todo, porque me mueve hacia ti, por encima de tu estrafalaria envoltura, por encima del hediondo Perfume que en estos días anuncias, grande admiración ante tu Arte, único y distinto a todo, y no sé, me apetecía en mío blog decírtelo. Segundo, porque mi hijo se llama Fernando y a veces yo mismo me sueño Alejandro el Magno, de manera que entonces, Alejandro, Fernando, ya sabes. Sólo nos falta Roberto, Roberto Carlos y el millón de seguidores que tú tienes. Te cuento un poco, my lady: A mi hijo le ha entrado ahora la manía por el manga y por lo japonés. Es porque tiene una amiga japonesófila y el pobre se tira las horas muertas repitiendo ante el espejo “Konichiguá” y dos cosas más. Le ha impresionado lo del terremoto de allá más que si hubiera ocurrido en Madrid mismo, claro. Así es un poco este Fernando.
     Y tercero, te escribo, así es también un mucho este Alejandro, porque conocedor como soy de tu extrema sensibilidad a las más bellas artes, pues nada, contarte sólo que… tengo yo un buen surtidito de muy románticos relatos y había pensado que quizás, con la tremenda influencia que tú mueves por todo el mundo, una llamada tuya bastaría para sanarme del mío mal del penoso anonimato. Te propongo, estimada Germanitta, ¿mejor así, no? que seas mi lady Mecenas.   
    
     Ya, ya sé que son infinitesimales las probabilidades de que arribe este mensaje dentro de una botella que desde el destierro de mi minúsculo Perejil a los alcázares de tus ignotas mansiones envío, pero no quiero del todo perder la esperanza en los pequeños milagros, que entreverados con las más penosas catástrofes casi a diario acontecen por el mundo según nos cuentan en las teles. En fin, Germanitta, había pensado incluso, llevado sólo por la trampa de la desesperación, fíjate, hacerme pasar por damnificado japonés del terremoto, ahora que los súbditos del Trono del Crisantemo atraviesan las horas más difíciles, enterrando o buscando el rastro de los suyos entre el Desastre, y ganar mejor con este engaño tu compasión. No tengo arrestos para hacer algo así.
      Verás, es que escribí ya antes a Botín, a Garzón, a Lydia Lozano, y… nada. Podrás pensar acaso que el colmo de mi deshaucio me lleva ahora a disparar por elevación. Pero es que tú, Germanitta, hermanita mía, tú sí puedes de verdad comprenderme. ¿No dicen acaso que tu propia carrera se inició de forma bien casual, que tu propio padre, productor musical, al principio no quería ni mirarte a la cara? Quién me dice que estas torturadas lineas por puro azar no le llegan  a alguien de tu club de fans, que, conmovido, las envía a la nave nodriza de tu metropolitano club de partidarios, cuyo responsable, a su vez conmocionado, lo hace por el internete hasta ti llegar, y que me lees tú, Germanitta mía, en medio de uno de esos momentos tontorrones que a veces la Vida nos procura, quizás después de visionar un minuto de desgracia nipona, y que araño yo entonces con mis pobres recursos las entretelas de tu corazón, y que sacudida de belleza y alma grande exclamas… “a este cabronazo, quien quiera que sea, hay que darle una oportunidad, me reconozco en esa rabia”.
     Si sostiene la teoría de Catástrofes que el aleteo de una mariposa en Tokio puede desencadenar un terremoto en Los Ángeles, ¿no habrá también de ocurrir al revés, es decir, que un tremebundo terremoto en el Japón haga levantar el vuelo a la mariposa apagada de unos ignorados relatos? Sólo falta, hermanita mía, el soplo divino de tu intercesión.
    
     Ayer tarde, Germanitta, -no vas a creer lo que voy ahora a contarte, yo sé que es verdad, quizás no sea otro el motivo crucial de animarme a escribirte- tenía  que ir con mi hijo Fernando a un mandado. Iba él como a rastras, cabreado con el mundo, ve, tú que los entiendes, a saber por qué. ¿Barruntaría a su manera mi criatura, como hacen los animales, la catástrofe que se gestaba en el Extremo Oriente? ¿Se habría hecho su amiguita japonesófila el harakiri? Qui-lo-sá.  Él era Fernando y era también a la vez Alejandro, el Magno, porque me saca ya la cabeza. Encima el cabreo le estiraba un poco más al niño, así que el múa no llegaba a ser ni Roberto. Sólo era yo un padre confuso. La tarde, en el suburbio madrileño, de buena que era… resultaba milagrosa, con los cielos estirándose de impaciencia y de luz, como deseosos de lucir bien chuletas sus prendas de estreno. La tarde en Madrid desmentía de pleno la posibilidad de cualquier seísmo en el mundo. Había unos viejetes en el parque tirando al chito. No fallaban ni una. Le dije a mi hijo, Fernando, por favor, ¿has visto ese almendro? Me dijo a su vez él sin siquiera mirarme, ¿has visto tú eso? Me señaló el muro pintarrajeado de un local abandonado, sobre el que lucía el espantajo de un graffiti, LADY GAGA ES UNA BRAGA, pero alguien, Germanitta, algún refinado poblador del suburbio madrileño, había tenido a bien borrar en cruz con un nuevo graffitti la última palabra y sustituirla debajo, aunque más pequeñita, por MAGA. Desenfundé entonces yo mi lápiz, listo por una vez en mi vida de reflejos, tratando en vano de allí mismo añadir a lo de maga, más pequeño aún,  GUAPA, y referirme así de una tacada a las dos, a tu indómita y suburbial incondicional –no sé por qué pero se lo achaqué a una fan- y a tu misma persona, Germanitta. Me cargué el lápiz, claro, pero al menos Fernando y Alejandro, incluso Roberto, se sonrieron, aunque fuera de lado, y pudimos así de buena gana cumplir el mandado, mientras el crepúsculo, como una manta imprevista por encima de las cabezas,  nos caía de golpe a todos. Pensé, tengo esto que contárselo a Germanitta, y ya de paso, y ya que me pongo, lo otro le propongo. Sí, el yaque.    
    Si quieres, sweett Germanitta, puedo yo componerte gratis et amore letras para tu próximo Alejandro/Fernando, sólo a cambio de que me consigas una apañada edicionzucha de mis más romantics relatos. No quiero más. Quién sabe lo que a cada uno nos espera a la vuelta de la esquina. ¿Por qué no confiar en la beneficiencia suma de las más distinguidas estrellas, tan proclives por propia naturaleza a estremecerse ellas ante el asalto súbito de la Belleza, de donde quiera que sea que ésta venga? Anda, Germanitta mía, échame una mano, prima, házme un poco de caso, please.

jueves, 10 de marzo de 2011

The Antonio Molina Post

    
     Ahora que lo pienso, quizás el viejo chiflado del semáforo que salió en estampida al verme tan moruno el otro día, era en realidad yo mismo, un simple desdoblamiento ectoplásmico de mi triste figura. Eso de correr a casa a ver un deuvedé del año la polka es sin duda afición de vejestorio. Como si la calle atestada, como si el tráfico ruidoso, como si las púberes patinadoras que por las aceras jadean su ímpetu ya primaveral, toda esa realidad exterior sublevada pudiera ya nada grato decirte. Llegas entonces a casa, buscas el deuvedé del Pleistoceno, te arropas a la manta del Sr Botín, como el que alcanzara resoplando el refugio antiaéreo. ¿A quién sino a un trasnochado carcamal carca puede decirle algo un disquito de cuando la mili se hacía con espingarda? 
     Bueno, pues allí, como sobre el muro de una cueva prehistórica, estaba aquella entrevista, aquella persona, esas palabras tristes en su mayoría también, sus cantarinas composiciones de cuando era él un chaval, los vestigios de otra época arrumbada por el Tiempo que apaciguaran mi sed de fuga ante las lady Gagas del presente. Puede que el gagá fuera yo, no lo sé, pero allí estaba la prueba indubitable de otro tiempo, de otras televisiones, de otros frutos mejores a los que se recogen hoy en los medios de comunicación. Entonces los entrevistados no iban con la lección aprendida, no dominaban el medio, apenas sabían expresarse bien… pero ponían el fondo noble de su corazón en lo que decían. Hablaban como personas, no como personajes. No sé, lector, si eso será para ti sorpresa morrocotuda, lo es hoy en día pur muá.
     Te hablo, dilecto lector que a bordo de esta carroza ahora –espero- te recreas, de una entrevista de Lauren Postigo a Antonio Molina en el legendario “Cantares”. Qué  dramático contraste el de ambos caracteres ya de entrada: la floripondiosa fabla de Postigo, almibarada de arabescos jeribeques, endiosado en su melena platino de rubio doncel, como un Ben Alí de la Bética, como un Lawrence de Almería, como un halcón televisivo  que no le quitara el ojo altanero al pobre gorrioncillo que ante si tenía, un Antonio Molina en el declive sesentón de su carrera y de su vida, que apenas le aguantaba la mirada para escuchar la pregunta, que repetía las palabras del fiscal para procurarse algo de tiempo en la respuesta y que luego le huía el ojeo, humildísimo, lacónico y casi acobardado ante el gran alcotán de la pantalla. Aunque desigual y efectista, al menos Postigo hablaba aún en poeta. “¿A quién era, de entre los grandes del cante, a quien tú más admirabas de chico?”. “…A Caracol, era ceguera por él lo que yo tenía…”. “Sé que tú eres hombre de pocas palabras”, le espetó entonces Lauren. Sí, pero ya quisieras tú decirlas con la Verdad con que las pronuncia el gran artista, pensaría yo más tarde.
     Contaba Antonio Molina con verbo escueto y mirada baja sus difíciles orígenes, los primeros trabajos suyos como lechero, mozo de bar, como aprendiz de tapicero. “¿Qué  es lo mejor que te ocurrió al llegar a Madrid”, le inquiere Postigo, avizorando acaso una escabrosa revelación. Molina bajó más aún los ojos, quedó un instante en silencio, como si a sí mismo se estuviese formulando en serio la cuestión. “Lo mejor que me ocurrió a mí fue… conocer a mi mujer, que es lo que más quiero, y tener ocho hijos maravillosos, y que los ocho me viven gracias a Dios”. Bueno, no se iba a arredrar Laurens de Almería –acaso es que había estado antes contemplándose en el monitor- ante aquella sosería. “Díme cuál ha sido el día más feliz de tu vida, Antonio”. “Ya te lo dije anteriormente, el día que conocí a mi mujer”, replica Molina sin énfasis, con una sonrisa no fingida en los labios pero oculta la mirada al Cíclope interrogador.
     “Antonio, tú… tú hiciste muchas películas en tus mejores años, ¿estás satisfecho de ellas?, dijo Laurens, acaso deseoso de hurgar en alguna íntima herida. “Sí, estoy muy satisfecho de ellas”. “¿Te gustaría verte en alguna, dime, te gustaría?” (dime, sí o sí, venía a ser la cosa, porque es claro que se las va a poner). “No”. “¿No?” (no me jodas ahora Antonio venía a ser ese ¿no?) . “No, no quiero verme, no”, repite Molina manteniendo una sonrisa débil, un sol sin fuerza,  en la cara, doliéndose quizás del veredicto justiciero del Tiempo sobre la apariencia externa de las personas. Y Laurens  pone un surtidito de ellas, mientras Antonio hunde más todavía en el suelo el mirar.
     “¿Y el día más triste de tu vida?”, le suelta luego un poco a quemarropa al entrevistado. “El día más triste… es doloroso decirlo… -y vemos al artista mirando hacia arriba, pensando, vemos cómo se le va formando delante de nosotros el nudo en la garganta, cómo cabecea, como si deseara inútilmente apartar lo que tiene ya muy presente, cómo se le anubla el mirar, cómo se muerde el labio superior, cómo pugna en vano por mantener la sonrisa y se le rompe la voz al hablar en un hilo mientras la cámara le encuadra con respeto- el que mi madre no me vea… -parpadea, tiembla su barbilla, solloza casi, le brillan los ojos, abatida, desguazada de cuajo su persona- no me ve, no me ve… siempre que puedo estoy a la vera de ella, me tantea, me… pero no me ve… -no puede seguir hablando-. “Bueno, Antonio, deja de llorar, lo tuyo es el cante, esa es tu vida”, trompetea Laurens con voz de yunque, queriendo aparentar una dureza que tampoco él tiene, esto no se lo esperaba él, pero Molina no puede hablar, se le estremecen las comisuras de la boca, perdura su mirada empañada, los lagrimales hinchados, incluso le asoma a la boca la punta de la lengua, descontrolada, se muerde los labios, el rostro se le contrae, le vemos agitarse, como si fuera un arbol solitario en medio del llano y azotado por un viento ábrego, y es extraño, porque no tenemos en ningún momento la sensación de trampa, de asistir a un montaje, ni de ser indignos voyeurs, ni el propio Laurens esperaba algo así, ha surgido sin estar premeditado, han brotado en vivo la alegría y la pena de un hombre cabal, esa agua limpia que mana bien pura, y compartimos con ese hombre su dolor sincero, igual que cuando un amigo nos confiesa su pena más verdadera y honda, asistimos compadecidos a ese temblor, que es también el nuestro,  “… sí, y mi padre, y mi padre… y mi familia, ésa es mi vida”, consigue al cabo Antonio Molina articular, escindido aún entre el quebranto y la sonrisa, pero al final, rehecha en precario la divisa de su luminosa sonrisa, mira de frente a Laurens, que ahora, en señal de respeto, le baja la vista, mientras suena una de sus canciones mejores y acábase así ese Cantares.
       

miércoles, 9 de marzo de 2011

Historia de un post (Relato, o algo así)

     
     Sucedió lo de Túnez: la revuelta, el mutis del ejército, la tocata y fuga hacia el exilio de Ben Alí y su querida esposa, supernumerarios ambos de la Internacional Socialista. Ben Alí… Ben Alí… Ben Alí… por qué no se me iba de la chola ese nombre tan cañí. Indagar en la memoria es algo así como ir alumbrando con una vacilante linternita una descomunal cueva megalítica de sombrías paredes rezumantes, atravesada de subterráneas  aguas. Qué oscuridad. Te vas, claro, dando trompazos con las estalactitas y con las otras itas que te salen al encuentro. Y es que guardaba yo por algún recoveco remoto de las telarañas de mi caletre la certidumbre de que existía una canción de Antonio Molina, el mítico cantaor de coplas, con el mismo título. Eureka, arribé al fin a Ben Alí. Me metí entonces al youtube, lóbrego túnel también donde los haya, que en un instante se encendió para mí. Estaba allí el tesoro que yo buscaba. “Ben Alí tiene la esencia de los jardines de Ala”. Joder, lo vi en un tris, me vale, claro que me vale, ya tengo ahí el post nuestro de cada día.
     Me puse entonces a escribirlo, como si más que sobre el teclado galopara yo sobre un blanquísimo corcel victorioso, un Lawrence de Arabia venido a menos cabalgando las arenas humildes de la blogosfera. Mira que esto que hacemos la legión insomne de los blogueros a ningún sitio que no sea el puro Viento va, mira que sólo un círculo más de gris fracaso reporta a nuestra corteza de alcornoques derribados por el hacha del olvido, mira que los fantasmas del desaliento y la quimera  del trabajo en vano siempre acechan e importunan, y sin embargo… atesorar aún el vértigo incomparable de la escritura, embeberte en la embriaguez de las palabras que en volandas te llevan, soñar que portas contigo la cifra exacta del mundo, todo eso no tiene precio posible. Bueno, no siempre siente uno rugiéndole por las venas el tigre de la inspiración. Oh, Dios, vuelan los dedos sobre el teclado, vuela el corazón de ingravidez y la ilusión que entonces te acomete es un genio en cualquier lámpara del mundo incontenible.
     No siempre lo que luego sale es bueno. Tampoco digo que lo que salió ese día, que era el 22 febreril, lo sea. Esa es otra historia. Quizás entonces se encontraba uno a bien y en tregua con el mundo, o era la propia exaltación por el texto terminado como sobre la catapulta de una fiebre benéfica, quizás que tras los cristales jugueteaba al compás mío con las hojas de las acacias una de las primeras mañanas soleadas de febrero, pero la verdad indiscutible es que me sentía, permíteme tú la confesión, lector mío, asquerosamente feliz. Como un oficinista exhausto al que le cuadran todos los expedientes, como un malabarista de segunda al que esta vez le han salido los trucos, como un amante rendido a la delicia de su religión maniquea, como Sabina cuando le sale una canción, así estaba yo.
     Así es que, en homenaje a mí mismo, me puse a escuchar siete veces seguidas la jodida y narcotizante copla de Ben Alí en los melismas quebradizos de Antonio Molina, que, con ser anteriores al Diluvio Universal, mucho son de mi agrado, y que yo ahora percibía indisolublemente fundidos en un todo glorioso a los renglones torcidos de mi desvarío. “…Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá, Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá… Achiribiribiri mora, achiribiri de la morería, Achiribiribiri mora, achiribiri de la mora mía”. Y venga otra vez.
     Preso aún de esa excitación, con esa mediocre zambra atronándome por todos los rincones de la cabeza, me metí en el coche. Sin darme cuenta, -ya no tenía la canción delante-, empecé a canturrearla de nuevo, esos sones pegadizos que una y otra vez y a gritos me brotaban de contento puro, como en una divina posesión. Me detuve frente a un semáforo. “Achiribiribiri mora, achiribiri de la morería”. Joder, no es que estuviera eufórico, es que estaba cantando a pleno vozarrón, es que arqueaba el mío lomo sobre mi asiento de conductor con un embrujo moruno que de dónde leches entonces me saldría, es que, joder, cuando quise darme cuenta, flameaba los brazos como la mejor odalisca de Gadaffi en  rapto de furor ante su líder. “Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá”. Y, claro, en ese trance medio místico, expuestos los míos brazos como estupendos candelabros salomónicos, abrí un ojo… para encontrarme justo a un palmo la mirada estupefacta y a cuadros superlativos del conductor del coche de al lado.
     Era un señor de unos setenta y pico tacos. Al verme de aquella guisa, aquel escándalo cantábile que me traía yo con las manos enredándoseme a los brazos y rizando los aires dentro del coche, se le agrandaron de golpe los ojos tras las gafas y se agarró con más fuerza aún al volante. A pesar del semáforo en rojo, a pesar de exponer a un grande riesgo la propia vida, como si huyera de una presencia infernal aceleró a tope y levantando una fumata bien negra por el escape desapareció de mi vista.
     Para cuando el coche que estaba tras él se puso a mi altura, ya había tenido tiempo yo de adecentar la pose. El fulano me miró, desde luego, pero lo único que pudo ver fue el borroso rostro mío hurgándose ensimismado con el dedo índice una de las fosas nasales. Hice una pelotilla y todo, claro, para terminar de normalizar la situación, como del todo ajeno a la mirada del tío. Luego le miré yo a él y el tipo se puso el índice sobre la sien señalando la chifladura del vejestorio fugitivo. Apenas moví un milímetro los hombros, como un detective de serie B, ya ves, tío, es que van como locos.
     Bueno, salvé así la situación, pero cuando tras el verde arrancamos, ahora ya sin aspavientos zarzueleros, volvió a arrancarme por dentro el ben-alí-alí-alibibi de los cuyóns, sólo que ahora en tonos más de adagio, más tristones, vamos. Era como si Antonio Molina in person de alguna forma protestara por haberle yo traicionado con aquel penoso disimulo. Juro que como te lo digo así lo sentí.
     Por fortuna la linternita de que hablaba al principio volvió a iluminarme providencialmente: sí, yo tenía que tener por algún lado en casa un dvd con entrevistas y canciones suyas. Claro, me la pondría nada más llegar, como si así le ofreciera yo al muy grande cantante un personal gesto de desagravio. Así lo hice. Y me aguardaba allí, en ese dvd, otra sorpresa morrocotuda. Pero ése, impagable lector mío, es another post, the Antonio Molina Post.

              
    

martes, 8 de marzo de 2011

Lady Gaga, Semen y Sangre, L´air du temps

    
    
     Tiene de suyo esta época, el Reinado de la Mugre, la cínica jactancia de no cortarse un pelo en restregarnos bien a las claras y por toda la cara su genuina y pringosa seña de identidad: la Mugre sobre mil sedas revestida. Es decir, el llevar continuamente a cabo una síntesis brutal entre un extraordinario acicalamiento formal, diríamos, y la rufianesca rudeza de sus contenidos. ¿Qué más implacablemente lógico en ese sentido que el penúltimo epifenómeno triunfante en las pantallas de todo el mundo, su dudosa contenedora, Lady Gaga, anuncie ahora el lanzamiento de su propio perfume, hecho de extractos de SANGRE y SEMEN, verdaderos fluidos nutricios y lubricantes estos de los engranajes de estos tiempos putrefactos?  Sangre y semen, he ahí los elementos que los presocráticos señalarían como las fundamentales sustancias de esta era aciaga, la inconfundible fragancia que la misma destila, l´air du temps, como rezaba antes la célebre colonia de Nina Ricci, que ahora su más triunfante sacerdotisa se apresura a embotellar para derramárnosla encima luego a todo quisque que se precie de saber de qué va la movida y tal.
     
     ¿No resulta tal vez elocuente el propio nombre adoptado por la estrafalaria oficiante, Lady Gaga, que significa nada, puro balbuceo dadaísta con antetítulo de nobleza, es decir, la nada revestida de elitistas sedas? Pero lo propio de este reinado es que, a diferencia de las apuestas vanguardistas de inicios del XX, que buscaban la provocación y el cuestionamiento de la ética y de la estética dominantes, y que acarreaban casi siempre exclusión y locura, pobreza y marginación para sus promotores, como son esa moral y esa estética dudosas las triunfantes ahora, no necesitan sus hábiles cultivadores cortarse ninguna oreja o ser carne de presidio, sino que su a la vez estrafalaria y cansina provocación les asegura casi el éxito multitudinario, con la condición, eso sí, de poseer una mercadotecnia milimétrica. Lo más transgresor es hoy escribir un sencillo poema de amor que se entienda: eso a ninguna editorial le interesa. No tiene salida, dicen.
    
     Por eso dice Gaga querer atrapar con su perfume “la esencia del semen que queda después de practicar sexo” (y qué reveladora la expresión practicar sexo, como un simple ejercicio, de vuelta pues de cualquier ilusión romántica arrebatadora) y que “fuera la sangre fundamental componente de su nueva creación”, como para simbólicamente embadurnarnos a todos de su esencia vampírica, dadora y aniquiladora al tiempo de vida virtual. Ha detallado Gaga, de nuevo transparente en su designio, que su perfume “huele como una puta bien cara”, tan evidente en sí que casi ni necesita demostración.
     Es decir que si Freud, Nietzsche, Marx, habíanse partido el alma en desvelar lo que se escondía de perverso tras la aparente autocontención de la moral burguesa, dicha perversión, triunfante y piafante, no necesita ni pensadores siquiera, porque se difunde en su estricto cinismo elemental, eso sí, envuelto en celofán de marrón glassé.
     “Será como llevarme a mí en la piel”, insiste Lady Gaga, con calculado ademán de publicista principiante, como si sus seguidores también un poco cortitos fueran, en patente y bruto contraste con la sofistidicasímas elucubraciones conceptuales y estilísticas llevadas a cabo por las colonias tradicionales, siempre indirectísimamente alusivas.
    
     Recuerda, claro, esta batallita de Lady Gaga, emblema y epítome de este Reinado de la Mugre, al inolvidable Greounille de la extraordinaria novela de Suskind, El Perfume, quien oliéndolo todo carecía él de olor propio. “Él, Jean Baptiste-Greounille, nacido sin olor en el lugar más nauseabundo de la tierra, en medio de la basura, excrementos y putrefacción, criado sin amor, sobreviviendo sin el calor del alma humana, y sólo por la obstinación y la fuerza de la repugnancia. Bajo, encorvado, cojo, feo, despreciado, un monstruo por dentro y por fuera… había conseguido ser estimado por el mundo, ¿cómo estimado?, ¡AMADO! ¡VENERADO!¡IDOLATRADO!... Y una vez en su interior el perfume iba directamente al corazón y allí decidía de modo categórico entre inclinación y desprecio, aversión y atracción, amor y odio. Quien dominaba los olores, dominaba el corazón de los hombres”.
     Hágase, pues: semen y sangre per tutti. El resto es… ruido; sobre pulidísimas pantallas, eso sí.

domingo, 6 de marzo de 2011

Párate con un cualquiera, princesa mía

    
     Cuenta la leyenda reciente que propala la canallesca que hallábanse sus Altezas Reales –me parece que así debo decir- en pleno besamanos coruñés. (Qué bonita palabra, besamanos, que gusta sólo el tenerla ya en la boca, qué hermoso el gesto que en sí denota, qué mejor ocasión aún. Ya daría uno –apenas un buhonero bloguero- media vida por encontrarse con cada una de las seguidoras de este penoso blog y poder agradecerles así la ley que me guardan, besando suave y en calma la extensión entera de sus manos. Beso tus manos, puedo solo decirte aquí. A los chicos, tan sólo se la estrecharía, claro es.)  Estaba, dice la leyenda por mi culpa interrumpida, en amable conversa Príncipe Felipe con el concejal de fiestas coruñés. ¿Y de qué demonios se hablará en esos casos?, pensaba siempre uno cuando veía esas imágenes, consumado ignorante como uno es de los usos protocolarios del alto copete y asombrado a la vez del grave énfasis con que se les vé entregados a ese minué a quienes participan de los mismos. Ni que resolvieran, cual Heideggeres besamaníacos, la esencia misma del Ser y de la Nada en el Tiempo.
      ¡Claro, se habla del Tiempo atmosférico, ¿de qué si no?, que así lo ha revelado el concejal coruñés, Carlos González Garcés. Confiábale al parecer Principe Felipe que habíase él aviado con ropajes de especial abrigo en esa ocasión para mejor llevar el rigor del clima reinante, je, jé. Así transcurría el espíritu del amable besamanos, como un minuetto festivo de Boccherini ilustrado con muy reverenciales gestos y palabras casi inaudibles.
     En éstas, tronó el látigo de una voz, atravesada de disgusto, tras ellos. Era Princesa Leticia, al parecer también infartada entonces de premura. ¡Si te paras con cualquiera, no vamos a acabar nunca!, bramó entrambos la que un día se sentará sobre el más alto Trono de nuestra nación, si es que hemos de creer el testimonio del contrito edil. Es seguro que Príncipe Felipe debió sonreirse y mirar luego en todo caso enarcando las cejas al concejal, demandando su comprensión y dando así por concluido el principesco coloquio.
    
     Naturalmente en nada escandaliza a uno la sinceridad en casos tales, que lo rococó empalaga sobremanera, - así también comprendo yo a quien de mi blog huya lanzando pestes- ni la peculiar liasson psicológica que, tal como despréndese del suceso, sus Altezas Reales entre sí mantienen, por ser esas cosas muy particulares y suyas, que sólo a ellos atañen. Sí, subleva un poco, en cambio, el contenido clasista del reproche. Primero, por lo explícito del mismo, pues ya deberían haber convenido entre sí sus Altezas, como hacen todas las parejas enamoradas, un gesto cómplice que tal significara y que ahorrara el exabrupto algo bruto de la Princesa. Y segundo, por ese “pararte con cualquiera”, que igual que a un trapo debió hacerle sentirse al pobre edil, hasta tal punto apenado por el desdichado lance que…  -y aquí, lector mío, toma aires valleinclanescos el lance de la leyenda volandera que trae la canallesca-  no pudo reprimirse él de contarlo todo en un evento… ¡de la Asociación de Viudas Coruñesas!, tócate los gabilondos. Imagino uno bien la dramática escena: la desolada confesión del edil ante el concierto de todas esas señoras desconsoladas por el feo Real al concejal de su alma, y con lo prontas a la lágrima que sin duda han de resultar esas asociadas, la llantina desbordada y general que debió montarse en la Asociación,  es que se te quiebra  el pulso.
    
      Pero es que revela además el acre sucedido que desconoce del todo Princesa Leticia a los más ilustres ciudadanos sobre quienes habrá Ella un día de reinar, por ser Carlos González Garcés toda cosa menos un “cualquiera”, ya que amén de concejal, profesor de Historia, importante preboste socialista y relevante animador cultural en la ciudad desde tiempo inmemorial, hijo de un gran poeta y escritor, es persona de estupendo sentido del humor bien dotada, tan estupendo que le llevó el mismo en inolvidable ocasión a la mediática celebridad que abajo, para solaz ahora de mis seguidores, recuerdo. En fin, qué hubiérase oido de labios de la Princesa, que admira tanto al gran Sabina que le invitó a Palacio a cenar, si a  Príncipe Felipe le llega a dar por departir con un anónimo bloguero, éste si que sí, un cualquiera. Le echa los perros.
     Párate tú pues, princesa mía, a ti ahora te digo, aquí, en esta mi covacha ruin, detente un momento conmigo, extiende ante mí tus manos claras, permite que las bese yo, un cualquiera, que blogs blancos no ofenden, princesa.
    
    
    

sábado, 5 de marzo de 2011

José Blanco, del Rojo al Amarillo

    
    
     Como viven Ellos en su mundo, de un blanco nuclear, no tienen ni idea del volquete de humillación y de rabia entremezclados que sienten sobre sí miles de pequeños comerciantes españoles al verles oficiar tan pimpantes estas bochornosas ceremonias. Qué cúmulo de merengosas mentecatadas cósmicas no soltaría el garboso ministro de Fomento en la inauguración del nuevo Chinatown madrileño que el mismo embajador chino, desbordado ante tanta reverencia, no pudo sino exclamar que “Fuenlabrada se ha convertido…¡ en referente de los empresarios chinos!”, humorada sin igual tras la que sólo el ancestral autodominio oriental impidió que cayeran allí mismo todos muertos de la risa.
    
     Detengámonos un instante en la imagen memorable: qué stendhaliano despliegue de rojos y negros milimétricos, qué femenino jade de juveniles floreros, qué apostura de galanes, marciales como tigres ante dulces crisantemos, qué estampa iba a decir anacrónica y manchú, qué postalita tan machista-leninista para el pajinismo secular. Obsérvese el garbo inigualable de pájaro pinto con qué mira Blanco, corregida ya su miopía, y los ojos bajos,  sumisos y ruborizados de la chinita de caolín a su vera, chinita no quelel.
    
     Cortó Blanco la roja cinta, himen carmesí quizás, y vinieron luego los floridos discursos. Sí, el Sol sale por el Oriente y José Blanco ha descubierto alborozado la famosa globalización: “el libre comercio es el hecho de que unos jóvenes emprendedores chinos puedan desarrollar su proyecto comercial aquí, en Fuenlabrada, y que a la vez los emprendedores españoles puedan desarrollar su proyecto en China”. Sí, sí, igualito es. Y luego Blanco, bien abrazado ya al triunfo del libre mercado, rindióse al modelo chino: “una emergente clase media de millones y millones de potenciales clientes… China será cada vez más el mercado del mundo”. Y para mayor embrujo de la concurrencia ante el cuento chino señalóse que todo el tinglado -64 millones de euros- ha sido diseñado por dos jóvenes emprendedores chinos afincados en la Tamerlán fuenlabreña.
    
     Y maravilla una vez más la insólita desenvoltura con que los capitostes progresistas se balancean de un día para otro en la mercadotecnia ideológica del todo-a-cien del momento, y de cómo todo les vale sin que una gota de rubor encarne ni en lo más mínimo su rostro. Porque, claro, una mínima reflexión sobre el modelo chino de crecimiento interno, y del de allende sus fronteras, de la progresiva ocupación de sectores de las economías nacionales, sobre sus métodos mafiosos y conculcatorios de las más elementales normas laborales no hubiera acaso sobrado, lo mismo que alguna alusión al escaso respeto gubernamental chino por los principios democráticos.
    
     Y toda esa panoplia de facilidades y plácemes y fiestorros a la “chinese connection”, por contraste con la continua y asfixiante carrera de obstáculos, pegas, normativas, impuestos, exigencias, requisitos con que a diario se les hace la vida imposible a los pequeños comerciantes españoles, ante cuya estrepitosa sangría el gobierno silba complaciente los haikús del Sol naciente –cómo estos del ministro Blanco-, ese escupitajo implícito a todos los comercios españoles que andan en vilo, a todos debería llenarnos de humillación y de rabia. Exigirle así a Blanco que nos deje ya de cuentos chinos. Ponerle, aunque parezca mentira, un poco colorao, vamos.

viernes, 4 de marzo de 2011

Zapatero también mete, la gamba

    
    
     Ha tenido Presidente Zetapé dos nuevos detalles en Túnez, de esos que retratan para la Historia todo un talante. Son, como decimos en el lenguaje corriente, esos pequeños detalles que tiene contigo una persona por los que de verdad acabas por conocerla, quizás por amarla. Va a ser que Túnez le inspira, porque fue allí donde, en la no más alta ocasión que vieran los cielos precisamente, llamó a la deserción de los aliados en Irak. Por cierto, que era también en Hammamet, Túnez, donde Craxi, compadre de Berlus y socialista presidente italiano en la época de Tangentópolis, poseía una asiática mansionaza, a la que, según cuenta Julio Feo en su libro, habría acudido invitado de finde Felipe González, y de la que habría venido éste encantado de lo pipa que allí lo había pasado. No en vano la eterna satrapía de Ben Alí, esencia de los jardines de Alá al cantar de Antonio Molina, contaba con la filantrópica bendición de la Internacional Socialista, esa oenegé. En Túnez tuvo pues que ser donde eclosionó de nuevo Zetapé.
    
     Venía Él muy contento de Abu Dhabi de gestionarles unas inversiones para España a los señores jeques de las mil y una noches. Ah, pensamos acaso todos, dónde quedaba aquel discurso del Viento sobre los ricos y los pobres, aquel otro del jornalero del Antiguo Testamento junto a Obama, o el de los especuladores desalmados de los mercados de capitales. Sí, yo creo que por un momento le ganó a él la melancolía de los principios abandonados al socaire de los Vientos dominantes, y no por otra causa tiró de avión hacia la Moncloa, deseoso de ganar la propia cama y quizás de soltar una lágrima a solas allí por las causas, a causa del Poder, traicionadas. Ya nos decía Sabina en su última interviú que Zetapé le seguía pareciendo un tipo honrado. Con Presidente Zetapé la Odisea homérica se hubiese resuelto en un par de hemistiquios. No cayó en la cuenta el señor Presidente de los quince mil euros sólo en combustible que importaban su nostalgia de Palacio, dulce Palacio. Es sólo, señor Presidente, que se le olvidaron a usted los millones de parados, los miles de pequeñas empresas quebradas, la negra desesperanza que campea sobre la dudosa nación que usted preside. No son los quince mil del ala, señor Presidente, es… es el detalle.
    
     De manera que al día siguiente, rehecho ya en su mismidad zetapeica, voló raudo hacia Túnez y volvió también por sus fueros favoritos, como si para dar los pasos adelante de la manita de los jeques necesitara también dar el paso atrás de la fabulosa historia de su abuelo, con la que inauguró su puesta de largo presidencial, como si se la contara ahora, no a los dudosos representantes que ante sí tenía, sino a las mismas muchedumbres de la Plaza del Tahrir transplantadas de golpe a Túnez: “El dictador murió cuando yo tenía quince años. Merece la pena lo que ustedes han hecho. Mi padre no pudo disfrutar de las libertades y mi abuelo fue fusilado…” encasquetó allí ante el asombro de la concurrencia, que quizás, obnubilada ante aquel despliegue de generaciones, esperara ya la mención filial.  Y después de por todo lo alto parangonar allí el paradigma impresionante de la Transición española, terminó Zetapé por medio declamar: “No sabéis… cómo se puede disfrutar de la democracia”, ante lo que el aire de fronda tunecina allí mismo se serenó y se llenó de musicales ecos, de manu chao, of course. Se le olvidó al Presidente señalar el pequeño detalle de que todo el empeño terrible de su primera legislatura consistió precisamente en la decidida impugnación de esa transición ahora tan alabada y en la forja del famoso cordón sanitario. No es tanto la mentira, señor Presidente, es… es el detalle, hombre. 

    
    
    


jueves, 3 de marzo de 2011

Berlusconi metiendo, véase

    
     Dice hoy la prensa que Berlusconi se meterá en el bolsillo 17 millones de euros gracias al dividendo de Telecinco, líder de audiencia. Se imagina uno al punto, claro, un poco como el maniqueo que uno es, a Ana Rosa Quintana, a Jorge Javier Vázquez, a Mª Teresa Campos, a Mercedes Milá, a Jordi González, a Mª Antonia Iglesias, a Enric Sopena, a Boris I, a Pilar Rahola venga a aplaudirle sin parar. ¡Y luego dicen que el tratamiento de la basura sale caro!
     Tengo para mí a Berlusconi como al emblemático Ciudadano Kane del Reinado de la Mugre triunfante. Si incluso en la cima de su abyecta ambición conserva el Kane de Welles una mínima dosis de fascinación y de misterio consigo, la cínica figura de Berlus sólo provoca asco y chasco. La propia sustancia de los magnates ha ido degenerando al calor de los aires pestilentes, hedonistas e hiperconsumistas de la Época y ya  a su nítida inmundicia le estorba hasta el mínimo aura de ambigüedad que Hearst mantenía. De esta manera, si Kane al morir suspiraba su poético “Rosebud”, cuando Berlus pase a mejor vida es muy probable que, como el vivo Sardá ayer a propósito de Mou, exhale tan sólo un muy sentido “gilipollas”.  
    
     Todo es transparentemente repulsivo en Berlus, apodado il Cavaliere, para mayor infamia de los tiempos, por haber obtenido la Orden del Mérito al Trabajo: contactos mafiosos, corrupción a mansalva en Tangentópolis y después, obsceno acaparamiento de medios de comunicación, impúdico enriquecimiento, la monstruosa acumulación de Poder resultante, descaradas medidas de autoamnistía, sistemática defenestración de periodistas críticos, escándalos sexuales con menores durante la presidencia, en fin, penosa adicción a las operaciones estéticas que acaban por hacer de él un androide de plexigás y garañón al que todas las heces de los tiempos modernos lubrican. A lo mejor, como diría Jordi González, el gran comunicador de La Noria, es sólo la pura envidia y el precio a pagar por ser líderes.
    
     Si  Ciudadano Kane era la meticulosa indagación entre quienes le rodearon  del secreto que escondía la esfinge del magnate, Ruby, la menor magrebí con que se le vincula, dejó en la prensa de una tacada bien clara la almendra esencial de Berlus: “Me presenté a él diciendo… un placer, Ruby, 24 años. Él me escuchó mejor que cualquier psiquiatra…y al terminar la cena me dio un sobre con siete mil euros diciéndome que era inteligente y debía estudiar… otra vez me regaló un collar”. Vale, Ruby, joyita, se puede decir más alto, más claro no ¡Cuánto debió Berlus escuchar los vaivenes de tu boquita, guapa!
    
     Sólo encuentro un enigma indescifrable a la pura diafanidad maligna de Berlus sobre el que ni a la Derechona ni a los tertulianos más encumbrados nunca oigo yo indagar. Se le concedió en los tiempos felipistas una televisión a Mr Berlus a cambio de una orientación ideológica de la cadena y de los informativos afín al progresismo gobernante, bullente aún en Berlus la estrecha relación que le unía entonces con los socialistas italianos. ¿Por qué bajo el aznarismo, siendo ya en teoría ambos compañeros ideológicos, en ningún manera se desactivó ese cañón difusor de izquierdismo envuelto entre una programación nauseabunda, es decir, berlusconiana?
     Es como si las cláusulas del acuerdo primero pervivieran intactas, por más que estuviese entonces el socialismo en la oposición y que antepusiera Berlus las cifras del negocio y de ese pacto a cualquier principio ideológico, por más que el mismo hiciera trizas la “política informativa” del aznarismo, incapaz de neutralizar siquiera el anti-liberalismo rampante de Tele 5. Fue glorioso, por ejemplo, aquel episodio de Siete Vidas en el que Aznar aparecía caracterizado en un póster como Hitler.
     Es como si las férreas cláusulas de aquel acuerdo hubieran pervivido incluso durante los más ventoleros dominios zetapeicos. ¿Cómo si no es explicable, con el énfasis dado por Zp a los gobiernos paritarios y a los tópicos del feminismo de manual, que tanto dice proclamar la dignidad de la mujer, el haberle tolerado, a contracorriente además de la manía zetapeica por removerlo todo y de hincharnos de superprogresista educación para la ciudadanía y de indisponernos contra los Ricos del mundo, la programación tan continuamente denigrante para todos pero en especial contra la condición femenina de un tinglado propiedad nada menos que del líder de la derecha italiana, es decir,  del ínclito Berlus?
     En suma, ¿cuál es el arcano de la jeroglífica ascensión del canal berlusconiano en España? Acaso Javier Sardá, tan listo, podría decirnos algo distinto a un insulto al respecto.   
    
    
    

miércoles, 2 de marzo de 2011

Las siglas de las luces

    
    
     El año que viene se cumplirán cincuenta años de la aparición de El siglo de las luces, la extraordinaria novela de Alejo Carpentier. Una escritura envolvente, de párrafos largos, construida alrededor del esplendor y del gozo único de la palabra, contraindicada a la lectura en diagonal que reclama el internet. Es que los libros de antes parecían al oído decirte: párate, deja todo, abandona lo que haces, céntrate, entra en mí, vive conmigo. Los de ahora, desde la misma solapa ya casi te ordenan: primera parte de la trilogía, aligera, compra la segunda, vete ya a ver el film. Su marco histórico: los ecos de la Revolución Francesa en el Caribe. En la isla de la Guadalupe se proclama la abolición de la esclavitud y la igualdad de derechos para todos. Llega también a la isla el símbolo magnífico del Terror revolucionario: la Guillotina, ese espantoso artefacto.
    
     Acaso te dirás, lector, a qué viene este rollo, de qué quiere dárselas hoy aquí el colega. Verás, primero me vino al melón la imagen soberbia de la guillotina al leer la noticia: la empresa que a muchos viene sacándonos desde unos años para acá hasta la hijuela a costa del consumo eléctrico, que hace sólo un mes nos picoteó de golpe un 10% de subida, cuya factura deja  los jeroglíficos egipcios en bobo juego de niños, con tantos dígitos en la misma como la contaduría que arropa a un moderno best-seller, la misma que cuando tienes una avería o una reclamación te desprecia y te humilla y te ningunea como si fueras un gusano ante un diplodocus, y ni eso, porque no tiene ni oficinas y simplemente te ignora como ni en el medievo ocurría, mientras tantísima instancia gubernamental a todos los niveles en nada en ello te auxilian, presentaba sin cortarse un pelo a luz pública –así lo recogieron todos los medios, con muy sospechoso silencio crítico- nada menos que… ¡EL MAYOR BENEFICIO DE SU HISTORIA!, un beneficio neto de 2.870 millones de euros.
    
      Cuando continué leyendo pasé a pensar ya directamente en la Revolución: resulta que las empresas del IBEX ganaron en 2010 un 24% más que el año pasado. Pongamos aquí, antes de que nos cierren la boca, la lista de Schlinder de la Infamia y de sus beneficios: Telefónica 10.117 millones de euros, Santander 8.181, Repsol 4.693, BBVA 4.606, Iberdrola 2.870, Ferrovial 2.163, La Caixa 1.823, ACS 1.313, Gas Natural 1.201… en fin. Las mismas Empresotas que, sin contar siquiera con la CEOE, de urgencia se habían reunido a finales de noviembre con Presidente Zp en Moncloa para darle al señor Presidente su visión y su remedio de la crisis. Luego decimos que esas reuniones no sirven para nada.
     
     Y, para que no faltara detalle alguno al cuadro revolucionario, la información añadía que los altos directivos no consejeros del IBEX 35 elevaron su remuneración en el año de la crisis en una media de un 20%. Pensé, hombre, quizás los de los Goya podrían haber hecho algún bonito chiste sobre esta lista. Seguro que Garzón, tan íntegro como es, enviará otra carta rogatoria de las suyas a su “querido Emilio”. Quizás las centrales de la Huelga General montarán un pollo gordo, no el ritual,  al conocerlo. Seguro que los Grandes de la Ceja y Juan José Millás al frente, en el año de los cinco millones de parados y del millón de hogares con todos sus miembros en el paro, del cierre de cientos de miles de medianas y pequeñas empresas, habrán, al saberlo, pasádose con brío anarcoide –que diría Blanco- a las barricadas. No parece, ¿verdad? ¡Como que ellos, mientras las hormiguitas anónimas nos tiramos por aquí los trastos de eres-un-facha-sectario y tú un-rojo-fanático conforman el ESTABLISHMENT patrio! (sólo amagarían hacerlo si fuera la Derechona la que estuviera en el Poder).
    
    Entendámonos: soy, ya sabes, sólo un cateto derechista que no cree en revoluciones y que detesta la violencia, que defiende las sociedades de libre competencia y la iniciativa individual y los postulados liberales sin fanatismos, creo. Y que la gente que crea riqueza arriesgando la propia gane más que el resto. ¡Pero estos enguajes oligopolistas entre sectores regulados por la intervención gubernamental hasta las trancas, esa confiscación que los altos directivos hacen de la iniciativa social que funda las grandes empresas para minimizar al modesto accionista, mientras los gobiernos silban, es una perversión acomodaticia de las élites del sistema!
    
     Nunca existirá una sociedad perfecta, creo. Siempre habrá corrupción y favoritismo. Están en la naturaleza humana. Creo en las sociedades abiertas –separación de poderes, derecho a la propiedad, igualdad ante la ley- sólo como las menos malas. Pero con este descaro de anunciar los mayores beneficios de su historia –aunque sea verdad que lo obtienen en el mercado internacional- el mismo año en que te crujen y te funden con sus servicios y con su desprecio, y en un contexto pavoroso para millones de conciudadanos, yo no trago.
     Y de esta forma, lector, volvió a mi cabeza El Siglo de las Luces de Alejo Carpentier, esa espléndida escritura, cuyo recuerdo, por si de algo te sirve, aquí te dejo.     
   
       

martes, 1 de marzo de 2011

Buenafuente insulta en Twitter, luego existe


    
     Para mí que la auténtica Máquina de la Verdad está resultando ser el Twitter este. En contra de lo que se dice, es ahí donde, relajadotes y en su salsa, sin el careto hipócrita de las buenas formas requeridas en la Alta Sociedad para amachambrarse el pastón que ellos se levantan, sin presión alguna para despacharse a sus anchas, los próceres de la Izquierdorra se muestran tal como son. A través del Twitter, ese suero de la verdad cibernética, ese polígrafo que no miente, enseñan la patita de su más auténtica  naturaleza. La consideración que las personas les merecen, la finura humanística de su caletre, por ejemplo.
    
     Primero fue el gran Comunicador de La Noria. Una seguidora de su twitter, ante una crítica de Jordi G a un presentador de Intereconomía, le comentó: “Y que esto lo diga uno que trabaja en la telebasura de Telecinco es para descojonarse”. Terrible imprecación ante la que el gran Comunicador se disparó con un argumento de calado: “Telebasura tu puta madre, guapa”. No se cortó un pelo luego él mismo de por todo lo alto en su estelar programa televisivo abundar en el asunto y disculparse con un tan definitivo como elocuente “la cagué, y punto”.
    
     Ahora es Andreu B el que se sube a la pútrida Noria del Reinado de la Mugre triunfante. Colgó él en su twitter un enlace a una página contra el maltrato a los animales. Bien. Uno de sus seguidores le escribió: “Libia en plena guerra y la preocupación de Buenafuente y otros es el maltrato animal”. Entonces vino la demoledora respuesta del genial show-man de los Goya (cualquiera le pregunta al Señor cuánto le han soltado por la gala): “Tú eres un gilipollas”.  Se puede pensar, a ver, coño,  todos metemos la pata alguna vez, es la cosa del momento, seguro que luego se arrepentiría del insulto soez. Pero no. En otro post recreóse el ingenioso show-man en la suerte: “Yo, aquí, digo lo que pienso (o sea, por si alguien tenía alguna duda, es que así “piensa”él, ése y no otro es su pensamiento, el fruto acabado de su inteligencia)… La buena gente es cojonuda y enriquecedora (claro, claro, la metáfora testicular aplicada a la gente “buena” que no falte en el magín de la Izquierdorra, y lo del enriquecimiento, vistos los contratos que el Señor gasta, indudable)… A los gilipollas hay que decírselo. Y a lo nuestro (¿queríamos caldo?, toma dos buenos tazos, y que les den, nosotros a lo que nos es propio a la “buena” gente que somos, y vale ya).
    
     Llama sobremanera la atención en ambos casos la medida y certera contención con la que los anónimos seguidores –que son Nada- se atreven a criticar a las grandiosas estrellas mediáticas, sin siquiera el rencor explicable en quien nada es, y la incalificable vulgaridad faltona con que quienes TODO lo son y TODO lo tienen ultrajan y escupen a las insignificantes hormiguitas que osan ponerles el espejo delante. Es como si además de estar forrados y atrincherados sobre los mimos de su privilegio plutócrata recabaran además para sí las prerrogativas del hooligan más zoquete, en una inversión de valores propia de déspotas absolutistas. Ese es el alto ejemplo moral y el modelo de comportamiento que los más reconocidos líderes de opinión transmiten a la sociedad, y por ello deberán alguna vez ser juzgados. No extrañe luego que los estratos bajos de la sociedad reproduzcan semejante “talante”. No extrañe luego que vivamos en una realidad tan crecientemente asocial y violenta.
    
     Recordemos que aquí reseñamos también hace poco los términos exactos en que Don Fernando Trueba se manifestaba con pose de grave pensador en una renombrada entrevista antes de ganar su penúltimo Goya: su dictamen sobre el cine español es que era éste… eso justamente, “un montón de mierda”, y el acceso que hay en Cuba a la educación parecíale a él… eso, “cojonudo”, que hablando de educación de la buena, no hay mejor epíteto posible a aplicar. Por no hablar de Vigalondo, Milá, Sardá, Jorge Javier Vázquez, Wyoming, Chiquilicuatre, Maria Antonia Iglesias y demás granadas prendas de la cultura y la prosperidad.
    
     Es por tanto este reaccionario lenguaje escatológico más que mera casualidad: es signo de estos tiempos que los triunfantes potentados de la Izquierdorra por tierra, mar y aire difunden, reflejándose de una parte, y proponiendo un muy concreto modelo de infraciudadano de otro. De qué tienen la cabeza repleta esta tropa tan guay. “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, que decía Wittgenstein. A ver quien es el guapo que recuerda hoy esto. Pásalo, please.