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viernes, 5 de agosto de 2011

Sonata de Verano


     
      Tiempo de agosto, acaso tiempo a nuestro gusto. Tiene siempre agosto algo de paréntesis dorado abriéndose a lo diferente. Paréntesis, porque es casi siempre vacación, como si nos bañáramos ahora en un manantial distinto al monótono río de la vida que nos lleva el resto del año. Y dorado, sí, porque siempre el sol inflama agosto, y lo caldea  de parte a parte, en todo deja su aura, y quizás buscando el oro real y simbólico de las cosas lo que perseguimos es  retener un instante entre el cuenco de las propias manos el mismo tesoro del sol, que como sabemos, es la fuente y el misterio de la vida.
     Si la infancia –se ha dicho- es la patria del hombre, agosto es el paraíso del niño, su Edad de Oro más plena. Tiempo de vacaciones, territorio de libertad salvaje para la imaginación del infante comanche. Si nos aupamos a la memoria dorada de los veranos de la infancia, puede que hallemos allí el fulgor único de aquellas pepitas preciosas que nos devuelvan en parte el aroma de ese lejano edén.
     Intentemos, pues, remontar con júbilo el río arriba de los agostos de nuestra vida, a la busca del calorcito de ese tiempo perdido, sí, pero acaso un poco ganado de esta manera, como si fuera la escritura también un  agua  cargada de pasado, un tiempo rescatado y puesto en su propio lugar al sol, con el brillo delicado que esas prendas atesoran, a salvo así del ululante  remolino de desagüe que consigo trae el Tiempo inmisericorde.
     Busquemos y abramos, pues, ese cofre revuelto de soles y de playas infinitas, de niños libres como aves que se echan por vez primera al viento, de panes de pueblo crujientes y de sandías gloriosas, de zumbidos de avispas y de campos desbordantes de espigas, de la íntima sonata del estío, que sólo a veces se esconde en  la canción de aquel verano.
     Y hagámoslo juntos, fiel lector, y a bordo de esta carabela capitana en libertad, sobre el barlovento de il mío blog. Necesito, lector fiel, que como canta María Dolores Pradera, el tiempo que te quede libre, si te es posible… pues eso, que me lo dediques a mí, que nos lo dediquemos tú y yo, en este verano rubicundo y azul de los dos mil once corrientes.





                                               (I)

     Primeros días de agosto, perduraban todavía las vacaciones escolares para los infantes. En mi barrio madrileño, en Aluche, desde bien temprano en la mañana, nos agitábamos como apaches poseídos alrededor de la placita.  Apaches que oficiaran, no la danza de la lluvia, claro, sino la danza del Sol, que parecía reír con ganas a la misma vez que nosotros, melenudo y campanudo ya a esas horas desde lo alto. Teníamos más de un mes aún por delante, y un mes es una extensión inacabable en la mente de un niño, una playa sin final y amarillísima como el mismo Sol. Muy pocos de nosotros íbamos entonces a veranear a playa alguna, pero qué podía importar eso, si teníamos delante nuestra esa isla  prometedora que era en verano el feo barrio suburbial, a medias de hacer tan sólo, como nuestras propias caras.
     Los bloques en construcción medio desnudos, las grúas como metálicos diplodocus del pleistoceno, el vaivén interminable de los columpios sin horas, la explanada en pendiente para el fútbol perpetuo, nuestro híspido descampado como un campo de Marte en el que cazábamos lagartijas con la misma excitación con que otros atrapan cocodrilos en Kenia, ah, aquellos safaris de lagartijas bajo la canícula. El barrio entero como un continente recién descubierto que depredábamos cada mañana como jubilosos guerreros navajos.
     Y sobre todo, ya digo, esa primera hora de las mañanas de agosto, igual que un bollo reciente ante los ojos golosos, con el peinado de mamá aún mojado sobre la frente, ese runrún de expectativa informe, como potrillos relinchones antes de la carrera, quién podía embridar tanta ilusión en abstracto agolpada, qué hacemos hoy,- decía alguien-, aquel intraducible rebullir de los prolegómenos, cuando todo era posible y teníamos sometido el tiempo de agosto al imperio de nuestro capricho, a las espuelas de nuestra fantasía, sin nube alguna de preocupación, bajo un cielo purísimo y azul.                            

miércoles, 3 de agosto de 2011

Sonatina mía de Estío (el porqué)


     
      Resulta desde luego muy del género bobosolemne el con palabras querer rivalizar con el Sol en orden a ganarse la inclinación natural de las personas. ¿No se largaron acaso los mismos Van Gogh, Lord Byron, Robert Graves, Bowles, Gauguin, tutti quanti en la cosa del Arte han sido, hastiados de las sombrías brumas del Norte, que tanto tenebrizan la propia existencia, -recuérdese al primer bobosolemne del Arte, o sea Hamlet, ese pijo incapaz de a nada decidirse- no fueron los Artistas, digo, los primeros en dejar atrás sus lúgubres lares precisamente en desesperada busca del Sol? Con qué logros artísticos harían ellos luego exaltada alabanza de su encuentro con O sole mío, que los habría bendecido a todos de nueva vida, que, lejos de cegarles, habríales otorgado nuevos y más vigorosos ojos con los que cantar la luz rotunda y vibrante del Sur, y sus colores mucho más intensos, infectándolos a todos sin distinción de ese delicioso mal que es la plena alegría de vivir. ¡Vivir, boboHámlet, vivir! Esa y no otra es la cuestión.
     
      Ya se lo dijo, antes que nadie, el mismo Diógenes el Cínico a Alejandro Magno, el George Bush de la época (y pongo Bush, fiel lector mío, porque sé que su sola invocación en odiosos términos de Poder de forma automática aún reporta innúmeras simpatías a quien lo evoca, medicinas éstas de las que tanto, como del mismo sol, anda esta torpe hormiguita bloguera siempre necesitada): “apartaos Majestad (a Bush, mejor gritarle apartaos Genocida), me quitáis el sol”. Nada de lo que pudiera ofrecerle el hombre más poderoso del mundo estimaba más el sabio del barril que la impagable caricia sobre la piel del astro rey. (Y te dejo a ti, hábil lector, el antagonismo, tirado de establecer, entre Diógenes el Cínico y el cínico Ansar, que por vanidad de Azores desdeñó el Sol y sucumbió a la tentación de poner los pies en el ranchote de Bush, cuando aquel intolerable crimen de Irak y tal, que lo digo también a efectos de hacer acopio esta hormiguita de más y más farmacopeas de las de arriba indicadas, para poder sobrevivir luego al largo y crudo invierno de la despiadada clientela).   
     Me estoy saliendo del tema, me doy cuenta perfecta. Quizás el haberme venido con el ordenata a la misma Puerta del Sol, a la vera de lo que queda de la Spanish Revolution,  esa dorada reliquia que pronto tornará, lo sé, y el haberme puesto a pleno solazo a aporrear con desatado frenesí el teclado sin factor de protección solar alguna sobre el pelado tarro, haya comenzado a reblandecerme un poco las meninges.
    
      Recapitulo entonces: cuánto mejor cantarle al Sol,  ensayar la indudable literatura que sin duda el mismo contiene –no habrá ahora de detenernos el que esté ya esta mies un poco trillada; al cabo es esta de la trilla tarea también estival que no por habitual deja cada año de afrontarse-, cantarle, digo, mejor que ponerle una pegas tontas que sólo a mi ombligo importan. Ni siquiera: si es que a mí me gusta el sol, me va, me va, me va, me va la vida, me va la gente de aquí de allá, me gusta el Verano, que es el escenario triunfal del Sol, el espacio sagrado en el que más lucen su excelencia y sus gestas. Ya llegó el Verano, ya llegó la fruta.
     Me dispongo entonces, lejos de mí reparo alguno ya, a unirme yo, Bruto también, al Coro de los no tan niños Cantores del Himno del Verano. Y si el gran Valle-Inclán escribió su famosa Sonata de estío, de buena gana acepto yo seguir su senda, si bien un par de pasos detrás del genio, que lo mío, por corto y desmañado, sin duda a Sonata no ha de llegar, y ya me daría yo con canto en mía dentadura si a sonatina alcanzara.
     
      Y ahí te irán, predilecto lector, vale ya de tanto fárrago, en el próximo parto de los montes míos, que tampoco quiero yo por hoy  jartarte más, ahí irán, digo, las primeras notas de la mía sonatina de Estío, su obertura discreta, y me piro ya de la Puerta del Sol, que, entre tú y yo, face aquí un sol del carallo, un sol de justicia acaso, y quizás estés deseando tú marcharte ya a... tomar un rato este solecito tan rico.                               

lunes, 1 de agosto de 2011

¿Son los blogs para el Verano?

     
      A veces, lector, ciego de rabia y de fracaso, hubiera deseado vivir en uno de esos países luteranos de las Escandinavias que no ven el sol ni en las  pinturas de Van Gogh. No puede allí nadie casi salir a la calle en todo el año y enciérranse así en sus casas todos como suecos venga a leerse unos a otros los blogs, y cuanto más malditos y anónimos con más ardor leídos en la penumbra de esos cuartos todavía. El blog de Van Gogh le pondría yo al mío, sin llegar como aquél a cortarme la oreja, que mi chaladura mediocre no es ni por asomo la genial del pintor de los girasoles. Mejor cortarle las dos al asesino de Oslo.
     En los países meridionales del hemisferio Norte, like Spain, durante las cuatro quintas partes del año el astro rey  derrama, como providencial maná que otorgara la vida misma, sus rayos hechiceros sobre la ciudadanía, absorbiéndoles por completo el seso. Son ellos súbditos del Sol más que de ningún otro gobernante, y a su reclamo acuden jubilosos, atestando playas y plazas, cuadras y galpones, por muchas quemaduras en el lomo con que aquel como todo premio les pague. La tropa agarra la bicicleta y se larga eufórica a… ¡vivir la vida!, no te jode, total, si son cuatro días los que estamos por el mundo. Sobreviene así il dolce far niente, ese celestial racimo de palabras que designa el tumbotearse bajo alguna sombra para desganadamente tocarse el cimbel.
       
   ¿Cómo competir con sólo palabras contra el aluvión de imágenes sensacionales que el Sol, con el desenvolverse de las parábolas propias de su Imperio, procura?  En estas condiciones “estructurales” escribir acá es quimera de tronados. Lo dijo Larra mucho antes que yo, escribir en España es llorar. Qué será entonces escribir en un blog, ¿acaso berrear? ¿Y qué entonces, descendamos un peldaño más en la escalera de la locura, escribir en un blog… cuando el Verano, como una Revolución exultante, estalla por todos los rincones y exige inmisericorde a todos su tributo de máxima atención?
      Llega el Verano y el blog languidece, mengua, se viene abajo toda esa rabia nutricia suya que el resto del año le afirma, aquejado ahora de invisibles ausencias que le merman, que debilitan su impulso, como un oleaje doblemente bastardo que a nadie siquiera roza. Perfectamente inútil en su vacío. Escribe uno para cuatro, y tres de ellos se han pirado a tomar los baños.
      
      Escribir para uno mismo, me decían ayer los coleguis blogueros. Sí, y es verdad, sólo que está ya uno algo cansado del mismo onanismo del mecanismo, ¿no oyes como rechina hasta su nombre?, fatigado de asomarse uno, como la madrastra de Blancanieves, sólo y solo,  al embustero espejo de la incomparable belleza propia. Quiere uno, orate total, loco de maniatar, rivalizar con el mismo Sol, y alcanzar con el rayo de su prosa hermosa –toma castaña- la piel y hasta el alma del penúltimo bípedo implume –mejor bípeda, claro- que pulule por las postrimerías de la Patagonia.
     Y es que detrás de los blogs que se escriben incluso en Verano, bajo el rejón del cruel ferragosto, oh criaturas en verdad desdichadas, se agitan las hormiguitas blogueras, que incluso en este mes despiadado los manuescriben haciéndolos posibles. Puedo verles afanarse, pulsa-que-te-pulsa, dale-que-dale-, teje-que-teje el naif tapiz diario de su anónimo infortunio. ¿Acaso no soy yo uno de ellos?
     A pesar del Inmenso Vacío a su alrededor, como niños castigados a quienes la Vida cateó el resto del año, como lastimosos seres esclavizados por una extraña adicción, bloguerheridos, ahí siguen aferrados al banco de su blog, que es sólo el globo amarillo de su espuria fantasía. ¡Cuánta ternura inadvertida en ellos se agolpa!
     
     ¡Blogueros del ferragosto, hermanos ciberesféricos escribientes bajo el inclemente Estío que nos roba incluso el triste público que somos sólo nosotros mismos, juntemos nuestras manos, unamos nuestros afanes, fusionemos nuestras ilusiones achicharradas y abramos, dentro de la universal fraternidad de los blogueros, una nuestra más particular, la que vincule y suelde unos contra otros a los más desesperados entre los desesperados, hagámonos así seguidores todos de todos, hagamos crujir con el estruendo de nuestros vozarrones amplificados los dominios del Internete, sólo por ahuyentar esta cósmica soledad y luego, que salga el sol por Antequera, no te jode! 

          

viernes, 29 de julio de 2011

Adoración mía de Ana Oramas, sólo mía (Relato, o algo así)



    
     Claro que, existen también riesgos imprevisibles en mirar demasiado a alguien. La primera vez que miré yo el video de Ana Oramas, la diputada canaria que tanto adoró a Zapatero, sentí por ella, y por motivos, lector, que no es preciso a ti explicarte, una ácida animadversión. Mas, como hube de verme el video varias veces –luego dicen que el bloggerismo es caro-, al examinar decenas de fotos suyas, al escuchar una y otra vez la melodía deliciosa de su trino, las claridades de sus ojitos chiribiteros, la donosura de sus cabellos como mechados en miel, la proporción delicada que guardan en el rostro sus rasgos, en fin, su perfil en algo bacalliano, poco a poco noté crecer dentro de mí el alien de un sentimiento encontrado y ambivalente que al final terminé por a mí mismo decantarme: tío, te has colgado con la Oramas, con Ana de aquí en adelante. Te has prendado de ella. Desde luego, eres más tonto que Picio.
     Y sin embargo, estas pasiones a contrapronóstico, que te salen al acecho sin buscarlas, son  quizás por imprevistas las que más agitan los corazones. No sé: la vida es tan rara, lector, y el Internete - la virtualidad fantasmal en que consiste-, ya ni te cuento. Prueba indubitable que no me dejará por fantasmón embustero –como de Zapatero sus debeladores decimos- de lo que aquí confieso, es el propio mío post sobre  Ana y su zetapeica adoración: empezaba yo el mismo con muy severo ceño censor fijo sobre la Oramas, para acabar el mismo literalmente rendidito y hasta besando –para mi propio ridículo- los invisibles pies de Ana. No dejaba de resultar todo una ironía, que de no ser de cariz internética, hubiera resultado en la realidad sangrante: había querido yo hacer mordaz escarnio de la diputada embelesada, extasiadita ante su Hombre derrotado, para acabar uno mismo hechizado y embobadito ante la diputada y el mistérico aire que la envuelve. Joooer, por qué será uno así.
     
      La obsesión por Ana subió de grado un punto cuando, para mi alarma, alcanzó la misma también los dominios del inconsciente. Vamos, que la noche en que puse en il mío blog ese post, soñé con Ana. El primer sorprendido, incluso en el propio sueño, era yo. Es que encima tratábase de un sueño… subidito de tono, claro. Pero, por otro lado, -por el lado oscuro ha de ser- conforme vas soñando, como sucede en la vida misma, por las buenas o por las malas te acabas adaptando, y al cabo, con las cartas que te han tocado, te aprestas como decía el otro… ¡a jugar! A jugar, yes, sobre todo este jueguecito. Eso sí, como si el mismo sueño quisiera por su cuenta hacer parodia de mi boba ilusión, no era un sueño en nada original, sino calcado de una película romántica basada en presencias incorpóreas de la persona amada, recientemente fallecida, alrededor de la protagonista.
     Y sí, soñé que era yo una presencia invisible alrededor de Ana mientras ella disertaba y disertaba, quiero decir, mientras derramaba ella sus musicales prédicas desde la tribuna de oradores. Y arrancaba el sueño, claro, besando apenas yo, y con suavidad de plumón nórdico en los míos labios, sus  pies. Ana apenas lo notó, aunque mínimamente alzara la planta del izquierdo en involuntario reconocimiento. Sin que ni Bono, tan atento a las joyas él, se diera cuenta, la descalcé luego yo de sus zapatos de hebilla, para que pudiera Ana hablarle al hemiciclo más cómoda. Ana lo notó, por supuesto, y miró un instante hacia abajo sin comprender lo que pasaba, sin poder verme, pero como estaba ella en el pleno uso de la palabra y nadie decía nada, siguió a lo suyo, mucho más confortada ahora, donde va a parar.
    
     Hum, los pies desnudos de Ana sobre la alfombra del Congreso, qué blancos y delicados eran, como conejitos de porcelana. No pude resistir la tentación de pasar despacio un dedo sobre la superficie entera de uno de aquellos pies. Tenía Ana los talones un poco resecos y se me ocurrió… untarlos bien de mi propia saliva. Oxigenarlos así. Ella dio un discreto respingo entonces, mas no podía interrumpir su discurso, pues nada ni nadie en apariencia la incomodaba.
     Sí, Ana, me sumergí entonces bajo el tiro de tu amplia falda estampada, que parecía desde allí abajo una bóveda translúcida, una tulipa de tafetán que envolviera en tonos ocres una íntima luz tuya. Contemplé desde allí las firmes columnas de tus muslos morenos y ese precioso retablo interior tuyo, y  el mismo dedo mío de antes fui muy lento haciéndotelo resbalar por el empeine y alrededor de los tobillos, ascendiendo por la duna vertical de tus gemelos, tan suavitos, hasta alcanzarte el envés de la rodilla, la corva, ese oasis tan sensible sobre el que hice oscilar un poco en zig-zag el dedo, como un bañista haciéndose el muerto. Creo que fue ahí cuando un poco se te quebró de más dulzura aún la voz, y pronunciaste desde el estrado aquello de “y que los demás no se rían”, que quizás nadie entendiera del todo. Nadie excepto yo, que era entonces el admirador invisible tuyo viviendo bajo el vuelo de tu falda.
     
      Y se vivía muy bien allí, a la vista de esos valles nemorosos, de aquellas suaves lomas y hondonadas, de aquellas anfractuosidades sólo adivinadas pero tan próximas a mis gafotas, y bajo el silbo en sordina de tu voz acariciadora,  poblada de unos ecos canoros tan sinfónicos que creaban ellos solos una  burbuja propia del mismo Paraíso. Es que además tu piel tostada, Ana, desprendía un aroma penetrante a sal y a yodo, como si una criatura recién arrancada desde las profundidades del mar, o desde una ciudad submarina de la Atlántida que tú regentaras, a la misma tribuna de los oradores del Parlamento hubiera sido de pronto proyectada, y nada, que apetecía mucho pasarle la lengua a tus piernas y comprobar así que eras de verdad, que no eras un fantasma de mi quimérica imaginación ciberesférica.
     Naturalmente, no lo hice. Hubiera podido armarse allí la marimorena entonces, y no era eso, no era eso. Era sólo amor, recuerda, Ana, no sexo. Así es que me conformé con seguir elevando con morosidad zen (de zenutrio embobao, quiero decir) la yema de mi índice en sucesivos círculos sobre tus muslos, de abajo arriba, una y otra vez, cara interna, cara externa, una y otra vez lentísimo mi dedo sobre tu piel atlántica, escribiéndote con la punta del índice muy suave mi nombre allí, jo-se-an-to-nio, punto sobre la i y todo, para que no me olvidaras, Ana, como si fuera yo un perista tronao, pero sin adentrarme nunca por manglares comprometedores, que acaso hubieran llevado la parlamentaria sesión por derroteros en verdad impropios. Y, a pesar de no ser uno muy experto acariciador, -no, no era yo el malogrado Patrick Swayze ni de lejos- si pude deleitarme, tan cerca de ti como me hallaba, Ana, en contemplar cómo en puntas se te soliviantaban todos las franjas de la piel tuya que podía yo divisar, y en escuchar el hondo latido de tu cuerpo que otra instancia de tu cerebro embridaba, y el propio titubeo en marejada de tu interior respiración, como cuando buceamos en el mar.
      
     Bueno, eso ya era más de cuanto podía yo soñar, así es que, como continuaba siendo  invisible presencia, quise disfrutarme entonces en ver cómo vivías por fuera y en las alturas las réplicas de ese íntimo temblor. Ah, qué guapa estabas, Ana, si hubieras podido entonces verte, cómo ese  reprimido sofoco sazonaba y daba color de verdadera vida a tus mejillas, cómo incendiaba tus pómulos y alisaba las lineas maestras de tu frente, cómo se te disparaban tracas de pólvora por entre los ojos, cómo se te enrubiaba más y más el pelo. Pero como hablabas y hablabas sin parar, que casi era que allí canturreabas, de lo melodioso que discurría tu acento, esa agua tan dulce, como nadie, salvo el muá, podía allí encimar el rubor de tu piel, nada trascendía, y ese secreto que sólo tú –cierto que sumida en una tremenda confusión que no podías mostrar- y yo –en pleno disfrute aprovechado de la verdad del cacao maravillao- compartíamos, era, sin duda, de todo lo mejor.    
     Incluso una gota de sudor empezó a cuajársete por entre las sienes, presta a resbalar  sobre el desfiladero de tu mentón. Mas, apiadado un poco de ti, ahogando así un poco de paso  la mala conciencia que, aún siendo yo sólo un espíritu, también me tironeaba, soplé alrededor tuyo para disolverlo, soplé todo alrededor de tu pelo y de tu cuello, y de tu pecho, procurándote así, lo sé, lo noté, tan cerca de tí como estaba, el impagable alivio a tu acaloramiento. Como el espíritu de la peli esa, giré y giré en torno tuyo en las más inverosímiles posturas –beneficios intangibles del espíritu-,  contemplándote tan de cerca, desde tantos ángulos y tantas veces, como nunca pude imaginar.  Hum, qué gustazo tenerte a un palmo, poner mi oido al lado de tu boca mientras hablabas, y colocar luego mis labios incorpóreos al lado de tu oido, dejar ahí un suspiro, qué bien olía, a natural sudor de mujer intrigada, tu piel atezada, y que increíble que, aunque algo extraño notaras, nada quisieras con todo oponer.
     
      Fue justo entonces cuando, quizás abducida por toda aquella desconcertante y súbita experiencia, con la voz del todo doblegada por la turbación, dijiste al Presidente, y rápidamente creció en revuelo entre los escaños el abejorro de los murmullos, aquello de “pero la vida que le viene… tiene un montón de momentos, y agárrelos fuertemente, y lo va a disfrutar y se lo merece, se lo merece a nivel humano y a nivel personal…” , y no sé el Presidente, que se quedó un poco nota el pobre al escucharte, pero yo sí que lo entendí todo, pues era, sin tú poder saberlo, Ana,  de ti y de mí de quien hablabas, eran la relevante diputada nacional y el insignificante bloguero que esto escribe a quien te estabas refiriendo, porque así lo había querido el soberano capricho de un sueño, y más allá del mismo, el fantasmagórico proceso que desencadena la cosa ésta del Internete y tal, que sólo me quedaba ya, antes de despertar, besarte una vez más tus delicados piececitos, Ana Oramas.

miércoles, 27 de julio de 2011

El sueño de una noche de verano para un blog

     
      Creo que era Flaubert el que decía que para que una cosa resulte interesante es preciso mirarla al menos dos veces. Es verdad, el usar y tirar, las prisas, el vértigo en diagonal del Intenné y del bloguerismo internacional están por eso tan reñidos con la Belleza. A un libro que te conmueve siempre vuelves. ¿Se vuelve, más allá del momentáneo hormigueo de curiosidad o de asco o en su caso a lo sumo de una risa cómplice, a un blog? Como cantaban tan panchos Los Panchos, lo dudo, lo dudo, lo du…do, que halles amor tan puro que te haga volver a recalar un blog. Esa es, pour moi, la apuesta no sé si imposible que deben enfrentar quienes quieran de verdad dignificar este género de hormiguitas anónimas. Se me dirá que un blog no es un libro, que es otra historia, y no sabré bien del todo qué contestar a eso, salvo aquello tan manido acerca de cómo de ilusiones también se vive, es decir, se escribe. Como sabemos de sobra, la Belleza es incompatible con el barullo y con la urgencia, exige silencio y sosiego en su contemplación.
    
     Por eso, el loco sueño de verano de todo blog que se precie consiste en que alguno de sus visitantes bucee en una entrada lejana y casi olvidada, que todo a su alrededor con esa inmersión submarina se detenga entonces, que cese todo, y como quien descubre el valioso cofre de un galeón hundido en aguas ignotas, destape y desvele allí mismo otra vez esos doblones, esos collares y esas gemas preciosas, a los que sólo esa mirada fascinada hacen brillar de nuevo, por mucho que no tengan ya cauce alguno de rabiosa actualidad. Es verdaderamente entonces cuando la escritura vale en sí misma y todo esto del bloguerismo transcontinental adquiere, para mí, algún sentido.


lunes, 25 de julio de 2011

Tras la matanza de Oslo

     
     Resulta casi imposible de concebir el que un  malnacido haya podido sembrar él solito tanta muerte y destrucción, tanto espanto y estupor como los arrojados el pasado sábado sobre las calles de la capital noruega. Noventa y tres vidas humanas arrancadas de cuajo y de una tacada. Peor aún, casi de una en una segadas y cobradas, en un criminal e imparable goteo de disparos mortales. En un reguero interminable de tiros y de sangre, de pánico y de gritos desesperados, de cuerpos retorcidos de dolor y de miembros destrozados por las balas, así, uno detrás de otro, casi cien personas asesinadas, en los abismos del horror dentro de una sociedad en apariencia idílica. Como en el calco de una película de esas horripilantes con las que a menudo pretenden entretener a las audiencias, como en la simple continuación en la realidad de esos videojuegos violentos, como si de una ficción más se tratase. ¿Qué habría que negociar con ese elemento, o con la organización que acaso le cobije? ¿Qué merecería de verdad ese asesino?
     
      Lejos de la difusa, casi inconsciente, fascinación con que los media merodean alrededor del aura tenebrosa del Mal, repitiendo ese nombre y esas fotografías de posado, deteniéndose en sus hobbies, en sus sentencias previas y posteriores de pensador torturado, en todo ese asqueroso atrezzo que sólo redunda en realzar el narcisismo de los psicópatas, sí, en las antípodas de todo eso, casi lo primero que habría que exigir, en nombre del derecho de las víctimas, es que se le despojara de su nombre propio: llamarle en lo sucesivo a secas el asesino de Oslo. Y punto. Ha perdido con su crimen odioso el derecho a portar un nombre de persona.
     Prueba irrefutable de ese narcisismo psicópata: dice su abogado que le ha transmitido el cruel asesino su convicción de que era él consciente del daño causado, pero que es su acción era… “necesaria”. Es decir, el Jo ta ké de los etarras, preso político ya, la sórdida convicción de estar autoforjándose el mito, a caballo entre el desalmado activista y el filósofo de la Historia, que además apunta una burda excusa para mejor asentar su masivo crimen contra personas desprevenidas. Sin conciencia del mal causado, todo resulta en vano frente al fanático extremo,  a quien no le tiembla el pulso para apretar una y otra vez el gatillo y matar personas sin el menor signo de piedad. Enfrentarle pues a la realidad de las pacíficas vidas que él acribilló, colocarle ante el espejo de su monstruosidad.
     
      Y la otra gran cuestión: vistos los similares antecedentes –no tan graves- acontecidos en Suecia y en Finlandia, ¿qué está pasando en el seno de las más modélicas sociedades, de las más cultas y prósperas, de las que quizás más redistribuyen los ingresos de sus miembros, de las dotadas con los mejores servicios educativos y asistenciales, qué ocurre en el interior de las sociedades menos corruptas y poseedoras, por el contrario, de un mayor grado de ética social, socializadas en esos valores a lo largo de la Historia, para incubar ahora entre sus intersticios criminales respuestas como la del asesino de Oslo
     
      Parece como si una parte de las modernas redes sociales, con su absorbente capacidad para monopolizar en asociales sectas semisecretas la voluntad de los individuos, más el irresponsable modelo de contravalores que los medios de comunicación y de entretenimiento de masas propagan sin cesar, estuvieran socavando las tradicionales virtudes del respeto al prójimo, de su consideración como un fin en sí mismo y del repudio elemental de la violencia que son las que hacen posible la vida en sociedad.
     Resulta chocante en las sociedades desarrolladas el contraste entre el asfixiante y omnímodo control que los gobiernos proyectan sobre el ciudadano mediopensionista –no fumes, no comas bollos, no vayas a más de cien km/h, así hasta la paranoia reglamentista- y el clamoroso espacio de impunidad y de invisibilidad de que gozan los elementos más sociópatas. Porque resulta obvio también que entre escribir cuatro bobadas filoviolentas en el Intenné o jugar un rato a matar marcianos –aun siendo un humos necesario, que el pensamiento moderado hoy no trae seguidores- y llevar a cabo el milimétrico montaje criminal que el asesino de Oslo programó hay un salto cualitativo difícil de comprender: cómo consiguió el asesino los explosivos, donde se entrenó una y otra vez en el manejo de las armas, donde aprendió esa militar programación y mentalidad que llevó a cabo ¡él solo!.
    Sin una decidida y continua presencia policial en la sociedad que defienda el valor social de la convivencia, sin una profunda investigación que les haga doblar la rodilla a los destructivos grupúsculos sectarios incitadores y practicantes de la violencia, sin una asunción de la responsabilidad social que los media poseen,  la partida, para la mayoría pacífica, creo, estará perdida. 

        

sábado, 23 de julio de 2011

Poessía ocho (Quieres la luna)



Voy  a comerme la luna a besos,
que allá arriba
debe estar bien fresquita
la condenada.

Voy a bañarme en sus ríos desbordados,
a sumirme en el caudal de esa leche
por los fríos cielos 
condensada.

Voy a traer entre mis labios
bien presos
la escarcha de sus riberas
y el glaciar de su ensenada,
para que te lo bebas todo de mi boca
directamente,
en el quicio de la hirviente noche
sofocada.

Espérame despierta,
solete mío
que toda esa luna helada
yo te la traigo a chorros
en las comisuras
entibiada.

Y  ya que hasta allí me llevas,
me bajo una estrella de hielo
para que tú la luzcas
perdida por entre tu pelo,

para que sea al fin la luna
aquí mismo,
sobre la hierba y
sobre tus labios,
celosa testigo de nuestro celo.





viernes, 22 de julio de 2011

Camps, digno; BonoChaves, su turno



     
     Maniobró Rajoy y dimitió Camps. A pesar de que el Pueblo, así, con mayúsculas, como le encanta decir a un sector de la Izquierda, por enésima vez le había votado, y en cuantía abrumadora. Más vale tarde que nunca. De alguna manera, pese a todas las torpezas anteriores, ennoblecieron así un poco la política e hicieron más respirable el ambiente institucional y algo menos podrida la relación entre gobernantes y gobernados. Y si merecieron entonces la acre censura de este insignificante bloguero faccioso, no se recata tampoco ahora esta hormiguita en ponderar la dignidad de su gesto. 
     
      Naturalmente, hay un sector de la Izquierda –como a la viceversa lo hay en la Derecha- que jamás reconocerá ejemplo alguno en el oponente, que nunca debe ser enemigo. Niegan siempre, y desde siempre y para siempre, el pan y el agua a la Derecha, porque se mueven complacidos en un cenagoso esquema mental de africana tirria inmotivada, inaccesible al razonar y a la más mínima concesión. Imposible dialogar con ellos. Allá ellos con esa costra purulenta incrustada en el centro del pensar. Pero también creo que existe otro sector no tan acérrimo de españoles que sí  valorará el ejemplo y que ha de ser el mismo que otorgue a Rajoy –campaña electoral mediante- la mayoría suficiente para encarar los arduos retos que nuestro país enfrenta.
    
      Rompió Camps el huevo que le atenazaba y recobró así él las alas de su propia libertad. Se negó al indigno arreglo de la multa, que le hubiera permitido seguir aferrado al huevo y al fuero. Ellos, claro, no pueden verse a sí mismos, allá en las alturas, pero si supieran como, entre buena parte de la ciudadanía, cuando sueltan el maléfico anillo del Poder de forma automática se suaviza y se aligera la adustez distante de su figura, y se hace la misma menos antipática y enojosa al parecer de casi todos, mucho antes apurarían ese cáliz. Ah, la limitación temporal de los cargos públicos, que sanísima medicina liberal para el veneno adictivo y esclavizador del Poder.
    
     Y, al instante, liberadas esas ataduras invisibles del odioso encumbramiento, con plena potestad para defender la inocencia de sí mismo proclamada -que habrá o no de sustanciarse- cómo, por contraste, se ve lastrada de pesada culpa política ante el ciudadano el maquiavélico amarre al machito de los oponentes.
    Sí, cómo resplandece ahora de injusta y de arbitraria la cacería contra Camps desde el Poder desatada: la filtración ilegal de la escucha de esas conversaciones particulares, la dudosa legalidad de las escuchas mismas, la microscópica indagación y el sabueso rastreo con todos los resortes del poder establecido en toda la trayectoria y “ámbitos” (que diría Little Carmona) de Camps sin por el momento nada más que lo de los trajes hallar, el uso sectario y unidireccional de la Fiscalía general, tan poco cándida, en fin, la propia cacería en sentido literal, que a semejanza de las que sobre el franquismo sacaba Berlanga en sus pelis –que unida ahora al numerito del senador gomero chapoteando en el burdel se colman como de un socialista significado- para pasmo de todos reuniera en una finca a galáctico juez-superpolicía rubalcabo- bermejo ministro justiciero y fiscal del caso para todo a base de bien maquinarlo a la misma vez que abatían, como furiosos cazadores ataviados, muflones a porrillo. 
      
     Y sobre todo, aligerado Camps de la carga de la púrpura culposa, cómo no han de pesarles las soberbias testas al BonoChaves, sobrecargadas las mismas de improbables hipódromos, millonarias joyerías, cohechores constructores propios, familiares concesiones, forretis hijos comisionistas, hermanos supercolocatis. Que no puede haber cabezas, por colosales que éstas sean, que puedan aguantar tantísimo lastre treinta años después, que dan ahora un poco de pena las pobres con los tumbos que van dando, tan anilladas al mando, tan apalancadas al fuero… y al huevo que les ha pasado Camps.  
      

miércoles, 20 de julio de 2011

Torrente era senador y, para más inri, socialista


     
      Sí, si, mucho forrarse a base de bien Segura, cardenal también de los Indignados, sirviéndose de una mofa de la más baja estofa de un imaginario policía facha, pero la cruda realidad demuestra que el verdadero Torrente era senador, y que era además –oh, San Pablo Iglesias mío- socialista. ¿Menguará en algo esa terca realidad la leyenda propagandística que acompaña a los aviesos fachas y a los filántropos socialistas? En nada, pues de mantener bien férrea esa ingeniería simbólica en las conciencias ya se ocupa el hegemónico mester de la Progresía –controlan la mayoría de los libros, de las pelis, de las canciones que se hacen- y su delicado encanto bienpensante. Mejor, mucho mejor entonces remirarle los ojos a Ana Oramas, que a este Torrente socialista. Sólo la lírica puede un poco salvarnos, lector, I promise you.   
     
      ¿Sería el ejemplar episodio del senador socialista liándola parda en el burdel parte de la catarata de orgasmos democráticos que Zerolo nos aventara al inicio de la legislatura? Quizás, quizás… quizás. El factótum del socialismo canario, Jerónimo Saavedra, en frase más propia de uno de esos estereotipados fachas que nos ponen en todas las películas y series, agarra, va y afirma que “no se puede reprochar a un político que celebre el fin de carrera de su hijo en un prostíbulo”. Como lo oyes, que es que los progresistas se atreven con todo. Le han hecho dimitir, pues hay comicios a la vista, pero en nada se le ha visto al progresista senador contrito y avergonzado. No finjamos, por otra parte, indignación: el senador Curbelo, -qué ojo el de quien lo eligió para tan alta magistratura- sus exabruptos portuarios, sus modales de matachín tabernario, su tan soez habla, su paranoia conspiranoica, el descontrol antisocial de su conducta, su bárbaro desparrame, esa calaña, en nada nos inmutan. Los pestilentes efluvios del buen Curbelo son la peculiar fragancia de aquestos Tiempos de la Mugre. Es seguro que en La Noria y el Sálvame se rifan ya al sucesor de  NachoPolo-NachoPolo.
     
      Qué fácil sería ahora relacionar el caso Curbelo-los orgasmos de Zerolo-las niñas que quieren ponerse tetas de la Aído-los talleres promasturbatorios de la junta extremeña y los videos porno para niños del tripartito catalán con Saló y los últimos ciento veinte días de Sodoma, todo en un ramillete de hojas putrefactas ahora que el zetapeísmo se desvanece en el fétido viento que le es propio.
     No merece la pena, lector. Recordar, sí, que Bibiana Aído, esa celosísima defensora de la dignidad de las mujeres, debió, nada más pisparse del “asunto Curbelo”, plantarse de oficio con cien miembras de las suyas a la entrada de la sauna de marras y blandir allí ante el energuménico senador unas bien afiladas tijeras a lo Lorena Bobbit. No para cortar ningún miembro, no, no para sancionar, como gritaban hace poco las feministas, lo que sin duda merecía una violación –y la prostitución, la esclavista trata que hay tras ella, en muchos casos lo es-, no, tijeras bibianas allí sólo para amedrentar un poco a la Bestia, a la senatorial Bestia, digamos. Dejarle al menos el número de aquel estelar invento bibiano, el “teléfono para hombres”, el que, como Aído dixit, “les ayude a canalizar su agresividad”. 420.000 euritos costó el telefonito de la esperanza bibiana. Hubiérase así redimido Aído del mal trago social que su “millonario” enchufe en la ONU a todos nos ha dejado. Y es que quizás en Aído retumbe el latido de un misterio más formidable aún que el del gomero senador desquiciado en el burdel.     
      
      Pero a uno -te lo confieso a ti, lector, que pese a todo me sigues, a quién si no- el torrente Curbelo y su caso le trajeron de nuevo a la memoria… a la impar Ana Oramas, la guapa e inteligente diputada, canaria como el buen Curbelo, de cuya adoración zetapeica el otro día hacíamos glosa aquí. Díjole entonces Ana, con indecible melancolía adherida al afortunado acento, al indiscutible Presidente: “usted y yo nos perdimos muchas cosas de las vidas de nuestros hijos…  -y aquí de golpe el tono se le tornó cantarín y ensoñador a Ana- …pero la vida que le viene ahora tiene un montón de momentos, y agárrelos fuertemente, y lo va a disfrutar y se lo merece, se lo merece a nivel humano y a nivel personal…”, y me dije, ostras, qué te apuestas que el tosco Curbelo estaba eso mismo escuchándole a Ana, y que, como delendum zapaterismus est, así y para sí mismo se tradujo él, como rijoso trasunto de burdel, la urgencia de vivir y de exprimir, y al lado del propio vástago, sangre de la propia sangre, claro, antes de que se vaya al garete todo, el esencial néctar de la vida. Y pensé luego, a lo Alberti, se equivocaba el buen Curbelo, se equivocaba. ¿A que sí, Ana?     

lunes, 18 de julio de 2011

Rajoy, Camps y el huevo de la mayoría absoluta

     
      Decía Camps a El Bigotes de la Gurtel por teléfono “quererle un huevo”. Y parte del otro, le faltó añadir, para redondear ya la castiza huevada. Y sí, a lo largo de toda la causa háse comportado Camps como un huevón: mintió ante la prensa, es decir, mintió a la sociedad en tema que le concernía directamente. Debe eso ser sagrado, si queremos alguna vez ser un país serio. No ha podido demostrar que pagó él sus bonitos trajes, su atildada moda camp. No ha ofrecido explicación consistente alguna.  Ha atornillado Camps con terquedad al Poder su brillante cabeza, que, para suprema ironía del asunto, presenta además la misma una primorosa forma ovoide.  
   
      Puede ganar todas las elecciones que quiera, podemos considerar casi todos la doble vara sectaria del Fiscal General del PSOE, y la injusticia del particular cohecho impropio que le han imputado –no se salvaría de ese delito ni perry mason entre todos los representantes públicos españoles-, incluso la clamorosa desigualdad de su caso ante la envergadura de los Caballitos Rampantes de Bono –se le escapa por los micros ahora al señor de la hípica sociedad estar hasta los mismísimos, imagínese entonces usted a los demás cómo nos hierven los gabilondos- y de los Niños de Chaves, que son como los célebres niños de Écija sólo que hechos oro, por sólo citar dos casos, acordarnos incluso del inacabable fondo de armario de la Vicevogue, pero nada de todo eso podrá lavar la reseca mancha de huevo en la camisa impoluta de Camps. Si Camps quisiera a las ideas que dice representar sólo la mitad de lo que decía querer al Bigotes, con el lazo al cuello de su inculpación formal de ahora, debería dimitir ya mismo.
     
      La imputación en firme a Camps, que habrá de sentarle en el banquillo, se lo pone en cambio a huevo a Rajoy para conseguir la mayoría absoluta que tanto precisa. No es preciso ser un sabelotodo cabeza de huevo para verlo. Es facilísimo: ordene el cese de Camps, tome ese riesgo, échele un par, distánciese claramente de esa cerrazón y de ese error, elimine ante la opinión pública cualquier connotación de su partido con la permisividad ante la corrupción, y tan necesitada como está la sociedad española de ejemplaridad, le lloverán votos desde los cuatro puntos cardinales de España.  
    Y algo más intangible pero mucho más decisivo en el tiempo que los puntuales sufragios: conseguirá desactivar y remover un poco en la conciencia más íntima e inconsciente de millones de españoles ese sórdido pero arraigado prejuicio que la Izquierda consiguió insertar en el fondo inmotivado de las creencias de la mayoría acerca de la connivencia eterna de la Derechona con los abusos de poder, y de asociar así su imagen a un innominado ente por siempre malvado.
      
       Si no lo hace, obtenga los votos que obtenga, la misma mancha del huevo amarillento de Camps le chorreará para siempre a Rajoy por entre las entrecanas barbas que se gasta, manchándoselas de esa oscura yema. Podrá ganar las próximas elecciones, podrá darle entrevistas a la rubita del Sálvame que se puso la imagen de sus barbas entre las piernas, pero en el terreno de la hegemonía ideológica y de la esencial aproximación instintiva de los españoles ante la política, las cosas seguirán igual. Que, como dijo el otro que tal, manda huevos el tema.