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domingo, 9 de octubre de 2011

Historia de Manuel, de su pena


     
      Manuel Martín Seco, Manolo, tiene sesenta y un años, y tiene la salud y el ánimo quebrantados por un dolor que le atraviesa sin compasión. Van ya para siete años desde que murió Feli, su esposa, la mujer de su vida, la madre de sus dos hijos, y a Manolo le devora por dentro la pena por su pérdida. Sus hijos son ya mayores, con su vida propia en marcha, y aunque le asisten y se preocupan por él, no pueden remediar su congoja, que es una estocada plena que el transcurso del tiempo en nada alivia. Lleva ahora, desde hace seis meses, padeciendo además una severa anemia que más le doblega aún las fuerzas y la voz.
     Manolo es amigo mío, vive en mi barrio y lo conozco desde hace más de treinta años, y quiero traerle aquí, a mi blog, tuyo también si me sigues, pues nada cumple mejor a los don nadie, -¿qué es sino un anónimo bloguero?-  que hablar de sus iguales, que pintar en su modesta covacha el fresco doliente de esa humanidad, y alejarse así por un momento del brillo falso de espejos replicantes de las huecas celebrities en que a menudo nos atrapan el fuego y el juego fatuos de los media.
     No sé, decimos siempre cada vez que una desgracia sobreviene, la vida sigue, y así debe ser y así es, y nada se le puede oponer al desatado y enloquecido remolino de la existencia, en la que, de sobra lo sabemos, todo se resume en adaptarse o morir, pero parecen estos tiempos postmodernos en que malvivimos especialmente acomodaticios y propicios a una extrema adaptabilidad en la que nada debe distraernos de esta especie de eterna visita a un parque temático en que pretenden convertir nuestra peripecia en la Tierra. Y sí, a veces, en estos callados y apenas visibles ejemplos de personas reales, que sufren a solas y en silencio, se agolpa y se atesora y se adensa la muestra viviente de la verdadera especificidad de lo humano: el noble sentimiento, la memoria, el amor, la lealtad.       
     
      Manolo es y ha sido siempre un hombre cabal, laborioso y recto, con una noción básica, transmitida por sus padres, de lo que está bien y de lo que está mal. Posee convicciones en general conservadoras, compatibles, en el batiburrillo mental propio de muchas gentes de su trayectoria, con ramalazos de difuso anticapitalismo y de animadversión hacia los poderosos. De orígenes muy humildes, nació en un pueblo de la Mancha y, sin estudios,  se abrió paso como tantos otros trabajando sin cesar desde muy joven hasta que encuadró su afán en la vida militar, en bajos escalafones siempre. Conoció a Feli, su mujer, que tenía una voz muy dulce, otra don nadie igual que él, otra buena persona como él. Se prometieron mutuo amor eterno y se casaron. Buscó Manolo ocupar siempre los ratos libres con otros trabajos, para poder así comprar un piso y mantener y dar estudio y oportunidades a los dos hijos. 
     Conocí a Manolo Martín cuando era aún un hombre recio, de hombros cuadrados y brazos como poderosas ramas de chopo. Muy moreno, con la barba cerradísima y el pelo al uno brotándole por todo el cogote, con esa mirada huidiza y tímida que les es propia a las gentes humildes. Llevaba con Feli, que con esmero mantenía viva la llama de ese hogar, esa vida habitual –tan ridiculizada siempre por los escritores de éxito- entonces en las capas modestas, basada en el esfuerzo conjunto, en el sacrificio, en el ahorro, en el cuidado de los hijos, en un modesto orden en el que pudieran poco a poco progresar. Habían conseguido un modesto bienestar, con los hijos ya independizados y bien encarrilados cuando, tras una devastadora enfermedad, Feli murió.
     Muchas cosas de Manolo murieron también ese día: su ilusión, su empuje, sus ganas de pelear en la vida. Cada vez que entraba en el piso familiar veníansele las paredes encima y la opresión que le estallaba en el pecho acababa por ahogarle en una inconsolable llantina. No tenía ánimo el hombre ni para subir las persianas. Cada día arrastraba sus pasos hasta el cementerio y no se movía de allí en toda la mañana, con el pañuelo blanco hecho un gurruño entre las manos. Pensábamos todos que con el tiempo, como suele ser habitual, iría drenándose y amainando el caudal de ese penar. Pero no. Durante un tiempo –jubilado ya- buscó en los bares del barrio la anestesia a su dolor, el narcótico que le hiciese vencer cada noche el mordisco de ese momento impostergable en que abría la puerta de la propia casa. Daba mucha lástima verlo así, trastabillado y como enajenado por las aceras, pero Manolo, autómata de su dolor,  no atendía a las razones de nadie.
     
      Por fortuna sí pudieron más tarde convencerle sus hijos y le hicieron abandonar ese camino sin retorno de los bares hasta las tantas y, removiendo sus convicciones religiosas, le orientaron hacia la parroquia del barrio, en cuyas múltiples actividades, en efecto, empezó a emplear su tiempo. Le “ofrecía” cada mañana una misa a su adorada Feli y trabó de esta manera amistad con los “curillas”, los más jóvenes sacerdotes, a quienes convidaba a menudo a comer en casa, buscando quizás así mitigar en algo la tristeza que entre esas paredes le abatía.
     Mejoró algo, claro, el aspecto de Manolo por fuera, aún un sauce vencido y sacudido por la holgura de una ausencia, pero permaneció inalterable y voraz la llaga abierta de su pesadumbre por dentro.  Trataron los “curillas” y los vecinos amigos de emparejarle con varias mujeres viudas, tratando de darle un más llevadero pasar a los días de un hombre todavía joven. En vano. Se revolvió furioso y encolerizado contra la simple idea. Ni puede ni quiere olvidar mientras viva a quien fue su mujer y la madre de sus hijos, tan a traición por la vida arrebatada.
     A cada momento, en cada conversación, las primeras palabras que siempre salen de labios de Manolo son “porque Feli y yo…”, y no suelta de la boca jamás jamás su nombre, y con él abraza contra el Tiempo su recuerdo, trátese de lo que sea en lo que ande. Siempre se despide de ti con un abrazo y con su invariable, “cuánto te queremos Feli y yo”. Y si la charla vadea, incluso en forma indirecta,  territorios personales, como si fuera aún el mismo día siguiente al de su infortunio, la voz se le quiebra en un hilo roto con su mención, y las lágrimas se le agolpan en los ojos, y tantas que ha de enjugárselas torpemente a toda prisa con su arrugado pañuelo blanco. Es tan insólita su infinita fidelidad, después del tiempo transcurrido, tan a destiempo y a contracorriente de los usos presentes, que con claridad se percibe como a muchos de sus interlocutores les incomoda la demostración de ese sentimiento tan hondo, como si fuera de muy mal gusto la revelación de esa íntima vulnerabilidad.
      
     Manolo es un hombre roto en mil pedazos, claro. Un hombre tronchado por la adversidad y una desesperanza perpetua que no encuentra cura. Ni por un instante olvida a su Feli. Y aunque fuera sólo por contraste con lo muy cerriles que muchos varones resultan, por la insoportable levedad de los amoldables tiempos en que vivimos, quiero dejar yo aquí, en mi nada cotidiana, la alta dignidad de su llanto y el relieve de un corazón, el de Manolo Martín Seco, que no le cabe en el pecho.


(Post/post: sigo sin tiempo para comentar, para visitar, para agradecer. Lo lamento mucho. GRACIAS tantas y a mansalva, de verdad, a cada uno de vosotros que me leéis, que os hacéis seguidores de mi escritura, que me dejáis vuestras palabras)                 

jueves, 6 de octubre de 2011

Mi vida conmigo (Poessía doce)



Es sólo que a veces
la vida se me atraganta,
y es amargo ricino
que muchos encuentran ambrosía.
Apenas soporto entonces
los calambrazos de su voltaje
que a los demás ponen en órbita,
que me coronan de sangre el costillar.

No quiero ya jamás
comprarme camisas de colores
ni chupetear helados de fresa
ni elevar cometas a lo alto.
Sólo entresueño acurrucado
con una enorme escolopendra
que abreva sus fauces carnívoras
contra mis ateridas entrañas.

No aguanto esta porfía,
no encajo
no tolero
el perpetuo rigor de la espuela,
la inevitable asechanza del dolor
con que la existencia,
ese jinete torvo,
siempre intimida.
Maldigo a oscuras mi miedo,
esa herida siempre abierta
el manar purulento que nunca cesa,
tampoco a las puertas de los cincuenta.

Tomo entonces el coche,
a tientas lo conduzco a pleno sol
hasta el anillo infernal
que estrangula la babilónica urbe.

Espiral de vueltas
y más vueltas sin parar,
escalextric recurrente,
sólo que
a infinitesimal velocidad
navegado,
sin música
sin alas
sin aire
casi varado,
el volante de plomo,
los pedales de hierro,
mi máscara y yo,
nada más.

Para acallar al espantajo de la angustia
que así le llamo yo a mi cobardía,
dejo entonces que todos,
ricos y pobres,
iracundos por igual,
me increpen, me chillen, me blasfemen
al sobrepasarme raudos,
indignados tras el parabrisas
en esta galopada hacia adónde.

Y es todo ya
esta crecida de bocinazos y de injurias
esta inminencia de derrota y daño
en la que sólo anhelaría,
volante, pedales, máscara,
lentamente disolverme.




















lunes, 3 de octubre de 2011

Padre sin estampa

                                   
     
      Acaso mi padre no merezca quien le escriba. Él no es un legendario coronel sietemachos, no. Su figura nunca bailará boleros por la imaginación de Almodóvar. O claqué por la de Woody Allen. ¿Un suelto por la de Tarantino, quizás? De Tarantino mejor ni hablamos. ¿Sabes?, mi padre nunca me zurró de niño. Mi padre no ha sido alcohólico, ni maníaco-depresivo, ni siquiera ludópata. Podría al menos haber sido ladrón, o un poco asesino, un simpático estafador, qué se yo. Nada de eso. Jamás se largó de casa olisqueándole las feromonas a ninguna querindonga fatal. Tampoco destrozó vajillas a lo Marlon Brando cualquier día que el tranvía no le llevara a su deseo. No, mi padre, su vida, no tiene el más mínimo interés artístico.
     Lo único que él tenía, recién casado ya, era una yegua alazana del color de la canela. De ella se servía para las fatigosas tareas agrícolas en su pueblajo segoviano. Arar, trillar, acarrear, escardar, cosechar, esas labores tan cacofónicas. Llegó un momento en que el campo apenas daba ya para comer, y Madrid era entonces una inmensa fábrica de oportunidades inciertas que tantos sueños de darse una vida mejor atraía. Un Hollywood para pueblerinos sin glamour alguno, vamos.
    
     Le debió dar pena tener que vender su yegua, aunque seguro que menos que la que yo ahora imagino, porque la necesidad se aviene mal con el ternurismo. Podía así comprar los cuatro trastos necesarios para meterse con su mujer y dos hijos de cuatro y dos años en una habitación con derecho a cocina de un semisótano sin luz natural cerca de la Estación del Norte. Una feroz alergia al cemento truncó el aguerrido albañil que ya apuntaba en él. En Marconi, la fábrica de relés eléctricos, la paga era una birria. ¿Qué hacer? que dijo el otro. Qué hacer para sacudirse el barro y el estigma de la miseria. Dónde descargar esas ansias atropelladas de comerse el mundo y salir adelante. No, no podía permitirse el lujo de ser rebelde, aunque sí tenía una causa.
     ¿Abrir una bodegucha? Pero, no sabías nada de aquel oficio, qué podía pasar. Pedir dinero al tío Flores con intereses de usura. Arriesgarse. Una bodega de mala muerte que sólo con el tiempo y un esfuerzo indesmayable –y el de mi madre, a su lado siempre- se convertiría en un modesto bar con cafetera y todo. Una cafetera de aquellas de brazo articulado en las que despachar un café era una prueba gimnástica. Más tarde comprar las mesas de formica, la vajilla, las cámaras frigoríficas, el televisor, que los clientes pudieran ver los toros y el boxeo allí, que no se fueran. Todo a plazos, claro.
     
      Abrir el bar a las seis de la mañana, no cerrarlo antes de la una de la madrugada. No librar un solo día durante más de diez años, guiados sólo por la luz del ciego anhelo de dejar atrás la pobreza. Aprendiendo a la vez, poco a poco, a mantener la clientela, a aguzar el instinto y la voluntad inquebrantable, sin apenas tiempo para descansar, sin ayuda, superando sinsabores y reveses –siempre abrían cerca bares nuevos y más modernos-, rehuyendo las fáciles tentaciones de quien nunca tuvo nada y encuentra al fin cuatro duros en el bolsillo. No parar, reformar, ampliar con el local de al lado, una barra nueva de zinc, toldos de color. Comprar por fin –delante de una montaña de letras, de las de pagar- un minúsculo piso bajo en Aluche, helador en invierno y un horno durante las noches del verano.
     Años de incertidumbre, en los que cada señor que llegaba al bar con un maletín podía ser un cobrador. ¿Podremos pagar? Aquel, de impoluta gabardina, al que hubo que dar hasta la calderilla que quedaba en la registradora. Noches de caer rendido en la cama, con hijos pequeños que dormían primero entre cajas de vino –ése fue el aroma peleón que envolvió mis sueños infantiles- o encima de una mesa, entre los alegres clientes nocturnos. Días y años de trabajar resfriado incluso, o con ojos brillantes a la vez por la fiebre y el tesón, doloridos e hinchados los dedos por los sabañones del agua fría.
    
     Mi padre, en fin, que nunca regaló a mi madre una sortija de diamantes el día de su aniversario. Ni podía, ni cuando ya pudo le gustaron nunca “esas bobadas”. Pero pelearon muy duro juntos, rieron y discutieron juntos, se aventuraron y se ilusionaron juntos y juntos paladearon la alegría intraducible de las recompensas conseguidas con el sudor y el afán propios, que transfiguran las meras cosas en testimonios espirituales de ese empeño. Creo que no ha habido un solo día en sus vidas que no hayan dormido juntos. Unieron sus alientos en una tarea común, que era el listón que para los dos sancionaba su valía y que les empujaba a la vez a superarse. Se han entregado la vida el uno al otro. Se diría, por ponerle un poco de falsa y manida literatura a su modesta epopeya, que el día que decidieron unir sus vidas, fue como si en efecto se soldaran el uno contra el otro, y que no hubieran dejado desde entonces de cabalgar unidos, a los lomos de aquella yegua alazana color canela de su prehistoria, infatigables y joviales, en la remontada de la escarpada ladera de la montaña de la vida.
     Y verles ahora, de viejos, a veces discutir con encono y cruzarse crueles reproches por cuenta de quién olvidó regar los geranios, o quien confundió el programa de la lavadora, o quién ha de marchar al exilio de la habitación de al lado para ver a solas su triste serial favorito, le llena a uno, he de reconocerlo, de un terror… tarantino. También puede que estas lineas  sirvan para doblegarlo.
     
     Pero sí, la peripecia de mi padre al cabo no encierra enjundia artística alguna. Resulta insulsa y tediosa, lo sé. No sólo la suya. También la de millones de hombres y mujeres que como él, sin apenas formación y en un ambiente hostil, pero con idéntico coraje indomable, mejoraron su suerte y la de los suyos, y mejorándose ellos, hicieron también mejor cuanto les rodeaba. Ningún creador –de esos de los que se asegura indagan como nadie en las más esenciales notas de la condición humana- compondrá con sus vidas poema, película o himno alguno. Mi padre, ya se ve, tampoco es el padre de Franz Kafka. Es sólo mi padre. 

(post-post:lamento andar sin tiempo para comentar, para visitar, para agradecer. Gracias a todos)

jueves, 29 de septiembre de 2011

El Elogio de la mesura


     
    Entonces, si ayer aquí le reconocíamos sus méritos artísticos a la Coixet, sin menoscabo de mantener honda la discrepancia con ella en tantas otras cuestiones, el saber deslindar unos asuntos de otros, el rechazar por tanto como retrógrado el fanatismo monocolor característico de estos tiempos demenciales, en los que los opinantes a menudo nos lanzamos al bulto del adversario, encerrándonos unos a otros en bandos, mejor dicho, en bandas autosuficientes unidas sólo por un monolítica aversión que ni agua concede al que no piensa como nosotros, como bobos hinchas pavlovianos todos de nuestros particulares colores, ¿por qué esa elemental mesura parece ponernos fuera del estricto código binario –conmigo o contra mí- propio del juego ideológico hoy dominante?   
      
      Y no se trata en modo alguno de renunciar a las propias ideas y convicciones (otro cantar son los prejuicios, esos coágulos purulentos de viscosa tirria, inaccesibles a la razón, de los que una mente deseosa de aprender debería avergonzarse), sino de ser capaz de deliberar y de intercambiar reflexiones y argumentos acerca de las mismas con un ánimo siempre abierto a escuchar las razones del Otro.
      
     Que una persona que no tuvo oportunidad de formarse sea incapaz en su dialógo de ir más allá del berreo y del infame exabrupto es en parte entendible. Lo particularmente odioso del Reinado de la Mugre presente es contemplar a los líderes de opinión sociales, quienes sí han tenido el privilegio del acceso a la Cultura, en mil y un debates-basura programados ad nauseam en los estelares escenarios de la representación social, despacharse con maneras y modales tan chocarreras y hooliganescas que harían enrojecer de pudor al carretero y a la verdulera más descarados del arrabal. Y es también el Internete, el anonimato y el disfraz que el mismo hacen posible, su vertiginosa velocidad que disuade de la reflexión, campo abonado y propicio para el insulto rastrero.
    
     ¿Cómo quejarse luego del prestigio creciente de la bárbara violencia entre quienes nada son para resolver sus problemas? Que encima esos supertriunfadores líderes de opinión, y los directivos que les programan, estén encantados de conocerse y de alumbrar además con sus gargajos televisivos la luz del progreso humano es sólo la más acabada vergüenza, el más putrefacto vómito de estos tiempos de cháchara plusprostibularia. Si todo conspira hoy contra la mesura, al menos nosotros, la nada fracasada que somos, alcemos aquí, nuestra débil luz. Hasta que nos la apaguen los ventiladores de las inmundicias. Hasta que nosotros mismos nos vayamos apagando.
     

lunes, 26 de septiembre de 2011

Y de repente una de la Coixet


        
      Me pasó una muy amiga mía un deuvedé de la Coixet. Arrugué el morro, claro. No me mates con la “Coixete”, pensé.  Me repatea el izquierdismo anticapitalista de los forretis. Me vino a la mente el despilfarro millonario de su horripilante Miguelín y del stand de la Expo de Shangay, qué guay, entre otras muchas perlas coixetianas. Como a ellos les encanta proclamar, cuántos niños africanos podrían haberse salvado de las comeduras de las moscas con aquella estulta millonada que entre todos le pagamos. Coixet es además desde hace mucho una de las mandamasas de la industria publicitaria. Sus principales clientes: British Telecom, Ford, Danone, BMW, Ikea, Renault, Peugeot, Pepsi… en fin, la creme de las multis, esas que según nos perjuran los de su humanista cuerda arrapiñan cada día un poco más el mundo y sus pueblos.
     Me exalté de furia destructiva y así lo ideé: ya está, me tragaré la peli esta y la pondré a caldo en un post, como si  fuera uno entonces el crítico mismo del Washington Post, que ya es exaltarse partiendo sólo de un mísero blog que apenas en cuatro puertos, estelares eso sí, de la jodida ciberesfera reporta. De manera que así me predispuse esa noche, con el colmillo faccioso bien retorcido, a buscarle las vueltas al deuvedé de la Coixet. “¿Y cómo se titula esto? ¿Mi vida sin mí? Dabuten, se va a enterar ante el mundo entero esa “divina gauche”.
     Pero a los cinco minutos ya había olvidado todo eso. Es una película para mí maravillosa. Una joven madre trabajadora, con una grisácea existencia a cuestas, recibe un terrible diagnóstico médico. Cómo convertir tan fúnebre arranque, sin empozoñarse en las tentaciones del melodrama, en una conmovedora apelación a mejorar la propia vida de todos los días y en una emocionante aceptación de la inminencia del adiós y de la fragilidad que nos constituye es para mí la nuez valiosa de este intensísimo film.  De nuevo esa mágica capacidad de la Coixet –que yo conocía ya de La vida secreta de las palabras- para hablarte con credibilidad al oído de las cosas esenciales de la vida, encarnadas en personajes bien construidos, que parecen por tanto más personas, con sus diversos humores, complejos y valores, que esquemáticos tipos. Sin aparatosos efectos especiales, oscilando alrededor de las palabras y de las imágenes, a la medida ambas de los hombres y de las mujeres reconocibles a nuestro alrededor, conjugando con arte música y referencias cinéfilas bien incardinadas en lo que se está contando, un alud de cálidos sentimientos nos precipita hacia la película, que consigue una intimidad de comunicación con el espectador en verdad asombrosa. Lo consigue, creo, porque nos habla en voz baja. Y la peli funciona sobre todo, para mí, porque gravita siempre alrededor de su soporte carnal y cenital, el que le brindan esa actriz y ese personaje central, su pureza y bondad interior, que hacen verdad de la buena su sencilla historia de vida y de muerte, de desdicha y ternura y de coraje y poesía revueltas todas ellas entre sí.
              La volvi a ver enterita una vez más –parando la cinta a veces para pensarla, para disfrutarla- y fue una recompensa magnífica el sorprenderme a las tantas contemplando y participando, ganado por un montón de sentimientos engrandecedores, de esa historia tan delicada que ahí la Coixet vuelca.  Había que madrugar a la mañana siguiente, pero no importaba. Perduraban en el pensamiento con fijeza, y lo rebosaban, las primorosas escenas de Mi vida de sin mí. Gracias a Coixet, claro, que como le digo una co le digo la o, y gracias también a mi gran amiga, que tuvo el buen gusto de regalarme ese deuvedé. Me encantó pernoctar con vosotras.

viernes, 23 de septiembre de 2011

¿Son los blogs para el Otoño?


      
      No, no lo son. Antes, mucho antes que el Impuesto sobre el Patrimonio debería por Decreto Urgente de la Autoridad abolirse sin contemplaciones el  Otoño.  Que ni un alma pudiera salir a las calles durante su regencia, que es interregno sólo para la más venenosa melancolía. El Otoño embabia nuestros sentidos, nos emboba igual que nos abisman las llamas y el lento consumirse de los leños en una hoguera. ¿Qué puede contra toda esa formidable sugestión la fría pantalla de un blog? Habría en todo caso que escribir la balada de nuestra derrota en el envés de esas hojas que empiezan mansamente a desprenderse de las ramas.
     
   Todo durante el Otoño convoca a la quieta admiración de la mayestática delicuescencia en que la Naturaleza, como exhausta de existencia, pareciera con complacencia abandonarse. Diríase que incluso a sí misma se contradijera, al ilustrar ese majestuoso declinar con una tan pujante inspiración. El vértigo de estos crepúsculos voraces que ponen los cielos perdidos de una rabiosa belleza fulminante, lápices de labios desatados sobre el rostro en fuga del horizonte. Como si la Creación entera nos susurrara me voy, sí, pero ahí queda eso.
     El Otoño habla en voz baja, casi en confidencia, pero es su murmullo envolvente, su quedo y sinfónico amarillear, más arrebatador que cualquier grito imperativo. Van los árboles de los parques, como esculturales misses, muy despacio desvistiéndose ante nosotros, despojándose una a una de las que fueron sus doradas galas, dejándonos entrever en ese demorado desprenderse de sedas pizcas de los hombros y de los brazos al desnudo. Alfombran con ocres envejecidos nuestros pasos crepitantes por el parque, su atuendo de siena ahora en ofrenda puesto a nuestros pies. ¿Cómo desde un mísero blog rivalizar con tan grandiosa representación a dos pasos y al alcance de cualquiera?
     
     Caen las hojas. Las recogen y arrastran luego en montón para quemarlas los operarios municipales con escobas de metálicas varillas. Chascan entonces un poco esas hojas, resecas, mustias, como oxidadas y rebozadas ahora en una hiel inadvertida, perdido su encanto de chispeante fronda en el chirriante arrastre. Así los blogs en Otoño: una miel saturada que resbala… ¿hacia dónde? También son los blogs reseca y quebradiza hoja otoñal, tan frágiles como ella, expuestos a cualquier mal viento serrano que los haga de una vez rodar contra el suelo, que los arrastre a la pira del desánimo en la que todos arderemos.
     Y sí, contemplamos medio atontolinados el moroso balanceo de esas hojas en descendimiento sobre las aceras, engalanándolas tras su caida libre de su marchita compostura. Alguna de esas hojas la tomamos incluso entre las manos, para mejor admirar su interior arboladura, para aspirar en ella el resquicio que de linfa aún le quedara, para conservarla más tarde, si nos agrada su contorno, entre las hojas del libro que leemos. ¿Cómo puede eso tan sagrado hacerse  con un blog, que recuerda mucho más al metálico entramado de las varillas chirriantes del escobón municipal?    
    
     Mucho mejor entonces cifrar el Otoño  en la avidez con que en las postrimerías de la tarde un colegial en el parque merienda a dentelladas su chocolate y se columpia en todo a la vez, loco por robarle al reciente horario escolar impuesto la calderilla sobrante de ese recreo vespertino. ¿Así también los blogs en Otoño? ¿Esa misma rabia, esas mismas comisuras chocolateadas por el ansia, esa calderilla de tiempo en tobogán?

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Llegó el Día



     
     Bajaron de golpe en los madriles las temperaturas matinales. Avisado por los partes meteorológicos, que por estas calendas siempre al detalle sigo, me lancé yo bien temprano a la calle, con secreta fruición ya aviado,  resuelto a por nada del mundo perderme una de las dos más hermosas mañanas que cada año consigo contiene. Toca ahora contar esta.
     Lucía ya un sol ascendente, como el enorme doblón de oro que acabara de escupir la fábrica de un alto horno, mas resultaba su ley entonces la propia sólo de una moneda voluntariosa. Más que él imperaba por las calles un aire, que aquí llaman biruji, que a esas tempranas horas era  frío alfiler más que caricia contra el rostro. Atirantaba por sorpresa la piel de los viandantes con su filo entrometido.  Perfecto, tal y como esperaba, me dije, frotándome también yo las manos. Me pertreché sobre un banco municipal, en el que calculé que pasaba yo del todo inadvertido,  me dispuse, como el otro en su hamaca, a la divina contemplación, y en efecto, pronto ante mí empezó el espectáculo.
     La gente afluía, con más viveza que días atrás, en su mayoría a las bocas de metro y a las paradas de los autobuses. Los colegiales, con las mochilas a cuestas, algo soñolientos incluso para descifrar la tibieza insospechada de la mañana, enfilaban en sonámbulas rehalas el camino del colegio. Pero yo sólo tenía ojos, y qué se le va a hacer, para observar a las numerosas mujeres, de muy distintas edades y aspectos, en la colorista variedad que a mi sentir con su atuendo y estilo le ponen ellas a la vida, sorprendidas todas como a traición justo esta mañana en su indumentaria, aunque acaso más en su cuerpo y sobre todo en su ánimo, por la sorpresa punzante del frío que de improviso les señalaba en la misma carne el súbito final del verano.
     Ni una sola de cuantas pude ver, incluso en las más previsoras que habíanse pertrechado de rebecas y finas chaquetas, dejó de ejecutar sobre la marcha el maravilloso gesto que cada año a mí me reclama: esa gracia con que las mujeres, sin dejar de caminar, se abrazan a sí mismas, envolviéndose el torso y los mismos brazos desnudos, cruzando las extremidades sobre el cuerpo, enroscando los brazos como boas anilladas bajo el pecho a la propia cintura, preservándose así con las propias manos de la manaza insolente del viento frío que les buscara a ellas su más delicioso costado.
     Era precioso estar ahí viéndolas, atisbando el instante en que cada una, con una pizca de ronroneo de escalofrío en el encogerse, como cerrándole el paso a un invasor invisible y entumecido, iniciaba la apertura y el despliegue de sus brazos en echarpe alrededor de sí mismas, reteniendo en mi mirada ese aleteo tembloroso de alondra friolera, porque en lo que duraba ese revuelo de levísimo espasmo,  en ese microscópico lapso, además de admirarlo, tiempo me sobraba a mí para colarme en el íntimo espacio que sin darse cuenta entreabrían ellas mismas contra su cuerpo, de suerte que era como si a mí  cada una de ellas contra su cuerpo estrecharan, y me abrazaran, aspecto éste que, yo lo reconozco, yo pecador aquí me confieso, bien reconfortante me resultaba.
     Llevado ya por la deliquio septembrina y preotoñal, era también como si al abrazarse a sí mismas, esto es, al abrazarme contra ellas, por un instante bailáramos juntos los dos –yo que del bailoteo nada sé, quizás por eso- en el arranque de la tibia mañana, sin que nadie nos viera y pudiera por ello amonestarnos, y de esta manera la inclemencia imprevista del tiempo quedara así en algo amainada. Bueno, joer, esto es sólo un día al año. Y además, me tenía ya que ir a trabajar.
      

lunes, 19 de septiembre de 2011

El Hombre que fatigaba las hamacas



     
    Quizás debería abandonar el Palacio de la Moncloa con la hamaca puesta. No separarse ya nunca de ella. Érase un hombre a una hamaca pegado, yes. Tócala de nuevo, Zetapé: “El mejor destino es el de supervisor de nubes acostado en una hamaca”. Que a la altura de los cincuenta y un abriles con pompa sea esto sentado, convendremos todos en el inconstestable mérito que al muy Rodiezmo alcanza en públicamente reconocerlo.
      Rebasan siempre y con creces todo lo imaginable los gerifaltes socialistas. Tienen bula, claro. Si se le ocurre a alguien imaginar en labios zapateros una frase como la de la hamaca –protometáfora del diletante y aristocrático dolce far niente al tiempo mismo que para la Historia se lega un país en llamas- justo en el umbral de la despedida, en plaza pública como facha resentido mil veces le aspan. Si un día eso dice la Aguirre, con su cáncer y todo a cuestas, los capitostes sindicales y los de la Ceja en vivo y en directo la entrullan. Es de traca la zetapeica hamaca, como si él mismo buscara en persona empeñarse en corroborar y hacerle más y más honor a la aciaga leyenda que le acompaña.  
     
      Decía Zetapé, cuando las llamaradas de la Santa Indignación incendiaban imparables los horizontes velazqueños de la Puerta del Sol, que de tener veinte años también estaría él ahí. Comprobamos ahora, claro, que sin duda allí hubiera aparcado él, sí, tan airosamente, la hamaca. Al poco de iniciar el presidencial mandato ordenó suspender un viaje oficial por hallarse el Señor… “cansado”, que no se cortaron un pelo sus edecanes en con estos mismos términos explicarlo. Se colocó otra vez inolvidable unas mallas negras para darle al footing junto a Cameron y no es que su trote fuera cansino, es que pronto le dejó el premier inglés a la luna de Seúl, harto del esmirriado paripé de Zetapé. Pasarle ahora por el morro a toda la nación, cuando tantos sacrificios se exigen a los ciudadanos, el dorado privilegio que a uno aguarda, y con el que uno sueña, que no es sino acostarse en la hamaca, resulta récord de una clasista soberbia difícil de superar, salvo que socialista te reclames, claro.
     Destapó Zetapé su destino manifiesto de fatigador de hamacas en un acto oficial de postrimerías que no agotó con esa fantástica revelación el engrudo crudo de su pleno esperpento. Supimos en el mismo –Oráculo de León- que una vez un profesor suyo de Derecho, Otero Lastres, –y también profesor de… tócate los gabilondos… ¡de Rajoy!, ay, la baraka de esa hamaca, que viene y que va, que viene y que va, que diría Bisbal- le bienaventuró que un día habría de ser él Presidente.
     Ah, en qué funesta hora el hado del malaje. Que una cosa así nos la espeta una gitana en la feria del pueblo y al punto la convidamos a algo. Que se lo oímos a la bruja Lola en la teletienda a las tantas y nos da el nocturno ataque de risa. Pero, amigo, que suelta la majadería nada menos que un decano de la facultad de Derecho –primordial fruto éste donde los haya del racionalismo- y va el funesto prodigio y se cumple. Visto lo visto, no se ve del todo bien si el “flash” que le dio a Otero Lastres en 1984 resulte más cosa de comedia bufa que de tragedia infusa.
     
      Como la visión de Otero Lastres con la fuerza explosiva de los hechos viérase cumplida, el afectado por la misma, no se sabe si más maravillado que espeluznado, pronto quiso desde el Poder intimar y tener bien cerca a semejante nigromante.  Así en 2006, ya Presidente, presentó Zetapé un LIBRO DE RELATOS de Otero Lastres –seguro que no es necesario explicarte, lector mío, cómo afilé yo el colmillo faccioso al reparar en este simpático motivo- con un título también inquietantemente premonitorio, “Las nubes también pueden ser gemelas”, a la vez que en forma no menos misteriosa alusivo a las neoyorquinas torres que cinco años antes los idealistas de Bin Laden habían devastado.
     Ha querido además Zetapé premiar y condecorar, antes de irse a planchar la hamaca, a su querido augur con la Cruz de Honor de la Orden de San Raimundo de Peñafort, distinción que se entrega a personas con méritos relevantes en el ámbito del Derecho, y los que concurren en Otero Lastres, cráneo privilegiado y clarividente, a la vista de todos están, y que sólo los más recalcitrantes refractarios al progreso del género humano se empecinan en negar. Vamos, que el cuento del socialismo es que siempre acaba bien: fueron felices y fatigaron de lo lindo las hamacas.


(post/post: presidente, presidente, repare, plis, acostadote ya sobre la hamaca, en las nubes que por el cielo hállanse en sus últimos confines, del todo al fondo y a la derecha, esas que casi ni se ven: son las nubes blogueras del cielo ciberesférico, ¿podría su excelencia en excedencia presentar también un día mi pobre libro de relatos inéditos, sabedores como somos todos de la pasión rodiezma en que rebosa su noble corazón hacia quienes nada son?)   
                                         
  

viernes, 16 de septiembre de 2011

El Manifiesto Sabinista de cada día


      
     En medio de la diarrea interminable en que deviene la hégira zetapeica, ha decidido el Alto Marquesado de la Cultura y la Intelectualidad Cejaica, marcando territorio, en penúltimo servicio prestado a quien les regaló el negociado de la Cultura y primero de los que vendrán en  cómplice ofrenda al nuevo jefe, plantar su cansino  pino de sobadotas consignas contra la Aguirre, a ver si de éstas por un casual suena la flauta y pueden arrojarla los capitostes sindicales contra la catenaria misma del tren, como en tiempos para ella reclamara la inolvidable Maleni de nuestras entretelas. (Mejor no recordar ahora, lector, dónde y con qué emolumentos aparcaron a la insigne ministra de la nevada)
     ¿Cuántos Manifiestos no habrán en vida publicitado los Altos Figurantes de la Ceja? ¿Once mil? ¿Un millón de manifiestos quizás, en matemática armonía con el reconocido pastizal de euros rubalcabo? Todos perfectamente intercambiables, eso sí: la modorra que levanta esa tabarra cotorra, decíamos ayer, zumba que nunca cesa, pues de eso se trata, de marcarle claras las lindes a la grey que ellos pastorean, encantados además de reconocerse. Idénticos Manifiestos e idénticos Figurantes, ese penoso jueguecito de espejos replicantes y redundantes, que no dejan de reflejarles lo incomparablemente solidarios y guays que ellos mismísimos son desde hace mil años al menos. El Bolero de Ravel que el gran Sabina a su manera hubiera estirado y apurado hasta las heces, diríase.
    
     Es curioso, porque enseguida se da cuenta uno de cómo la áspera política divide y tensa el gesto, sobre todo el de aquellos a los que –aún no compartiendo mis ideas- pueda uno en algo caerles bien. Este puñetero carca, me parece casi oirles refunfuñar ante mis modestuchas paraules. Te van a dar mucho por… Nada, no escribas ya nada sobre la ingrata política, nada tienes que ganar por ahí, me sugieren y yo mismo me digo a veces. Autocensúrate. No vas a encontrar nunca editor así. Tentado estoy incluso de abrazar la fé sabinista, (del gran Sabina, I mean) que seguro que así mejora mi suerte, y acaso tras uno de mis destemplados gritos ciberesféricos la propia Almudena Grandes en persona se me aparezca, con el editor de mis sueños bebiendo en su almudena mano, de la que también bebería entonces yo.  
     Curioso, digo, porque ese rechazo, ese desdén avinagrado hacia la política sólo para los de un pensamiento vale. ¿No han apuntalado precisamente sobre la Política, sobre sus más que trillados lugares comunes, estos elitistas mandarines sus exitosas carreras? Es claro: se entiende aquí que escribir de política es censurar la impostura izquierdista, mientras que se asiente y se cataloga y percibe como natural y evidente –es decir, como no político- el topicazo antiliberal de turno o el elogio a la tiranía filantrópica de moda esa temporada, sea en prosa, en verso, o en reverso.
    
     Eso es lo que ocurre en el cenagoso terreno de las ideas y de la creación, en el que la Izquierda y sus venerables santones reparten los carnets de gente maja. Numerosos blogueros no izquierdistas me reconvienen siempre amistosos: que te conste que Millás es uno de mis preferidos, que si gana el Planeta, mejor para él, que Almudena, pero que muy grande es, que Sabina, lo que quieras, pero a mi me encanta. Joder, ¿y no vale eso para los demás? Porque estoy yo deseando ver los ejemplos a contrario, esto es, los escritores liberales venerados y defendidos por la tropa izquierdista.
     Pero si ya hasta en el barro triste que es el mísero blog de un don nadie  se autocensura uno, es que no se merece entonces el don y el derecho de escribir, es decir, de comprometerse sobre todo con uno mismo, por opuesto que ese impulso resulte al supersolidario “compromiso” que ofrecen siempre los Arribafirmantes (que es como deberíamos referirnos a estos Cuarenta Principales que firman desde sus alturas de élite todo lo que por la secta se mueva). Y de esta manera ser capaz de sostener, te cueste el rechazo que te cueste, que alguien que como Millás entre otros galardones ha arramplado con el Premio Planeta, más el capitalote que lleva el mismo añadido, debería quizás al menos cortarse en público un poco; que alguien que, como García Montero,  tantos ditirambos ha dedicado al régimen de los Castrones, en fin, no imagina uno bien de qué derechos democráticos pretende alardear;  que no está tampoco uno muy seguro de que la autora de Las edades de Lulú y del inolvidable artículo sobre los gozos de la monjita violada por los aguerridos milicianos, entre otras hazañas, sea la más indicada para enarbolar la bandera de la Cultura, y en fin, que comparezca en esta lista heroica de Schlinder don Joaquín Sabina, metiendo también él su baza en el asunto de la Educación, después de su brillante teoría del Incesto que quería él con sus mismas hijas poner en práctica, (véase la primerísima entrada mía, que recoge sus brillantes declaraciones de por entonces) pues, mueve más a chunga que a otra cosa. 
     Y lanzados ya por la cuesta abajo del desenfreno censor, dejarle aquí puesto el recado a la Aguirre de que no le está del todo mal empleado el jarekrishna que ahora su amado Sabina también le patrocina, que así le paga él –como el empitonador de Olite a su alcaldesa- el valsecito que en público ambos se marcaron tras concederle ella –y él gustosísimamente aceptar- el Premio Oficial de la CAM. Escribíamos entonces (16-12-2010 Y les dieron las diez): “es de verse, el Héroe en gafas oscuras, como el Zorro con su antifaz, mientras la Señora entre sus brazos entera vibra…”. Así bailaban, así, así. Cúmplense ahora nueve meses del feliz Encuentro que entrambos se dio, con el fruto del Manifiesto que ahora ve la luz y que tanto celebramos. ¿Polvos, lodos? Oh, Esperanza, Esperanza mía, que digo que… y lo de mi soñado Editor, cómo ello va.  
       
    

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Turno de Sampedro

      
     Y Sampedro -su taimado regate por la banda- me despertó. Acabóse mi hare krishna, hare, hare. A la playa ya la mía mística, mi discreto nirvana. Como decía no sé quien, fue maravilloso mientras duró. Hala, a bregar de nuevo con la zetapeica realidad, esa diarrea interminable. Si el Alto Marquesado de la Cultura y de la Intelectualidad sin rebozo se mancha las manos en ella, esta insignificante hormiguita bloguera, orgullo de insecto rebelde, aún a riego de quebrar el cúmulo de incienso en el que últimamente gravita, no ha de quedarse atrás.    
    Contemplábamos en días pasados a Hessel, el Sumo mulláh de la Santa Indignación, en calculado apretón como de alcaldesa belga visitando Olite, rindiéndose de admiración ante Zapatero. ¿Cómo no habría entonces su eximio prologuista, siguiendo su divina enseñanza, de atreverse en paralelo a emularle? Se supone que era la Indignación la más formidable impugnación moral a la Historia y al Universo mundo de que los cielos guardaran memoria. Parecía que hasta el Cosmos quedábase pequeño a la magnitud infinita de su flamígera marejada. “No paréis. Estáis alumbrando una nueva manera de pensar”, apostrofaba Punset, Cuarta Espada de la Spanish Revolution, tan Punset él.
     
      Ahora, a cuento del eviterno Manifiesto de la Ceja zetapeica contra Esperanza Aguirre, ha deslizado Sampedro, uno más entre toda la mirlitona banda, su santo nombre de escritor de best-sellers, como quien no quiere la cosa nostra. Es como si le hiciera así a Zetapé Sampedro cejitas retrospectivas también, malabares rubalcabas acaso ya. Mira que habremos visto recortes y desmanes de impensable crueldad en los zetapeicos tiempos de la basura. Ni uno sólo de ellos mereció honores de cansino y funesto Manifiesto.
     De pretender insurreccionar el Mundo entero, bien es verdad que a partir de un motín en la Puerta del Sol, oh, causal casualidad, sede del gobierno madrileño, a secundar la municipal orden de las burocráticas exigencias de unos capitostes sindicales que buscan desalojar como sea, con la ayuda subvencionada del Alto Marquesado de la Intelectualidad, a la Aguirre. Hay en este salvaje trasvase reduccionista, vertido a la vez y bien destilado un simplificador suero de la verdad, que dejara a las claras, fuera de toda careta burda, la nítida intención de la Indignación: difuminar la responsabilidad zetapeica y calentar motores de barricada contra el Enemigo, a quien ni agua se le concede.
     
     Y ahí tenemos a Sampedro, su apretón otoñal contra la Aguirre, uno más ya y en la alegre compaña de la cejuda alineación que de cansina memoria ya nos sabemos: Almudena Grandes-Juan José Millás-García Montero-Bardem-García Sánchez- Miguel Ríos-Joaquin Sabina… sólo falta Teddy B.
     A este Alto Marquesado de la Cultura y de la Intelectualidad, en vista de que no cesan por jamás ellos en la modorra de su tabarra cotorra, habrá entonces, por no ser menos y a la vez siéndolo en realidad tanto, que alguna lindeza dedicarle, inasequibles al desaliento nosotros también, que de esto último, de desaliento, no creo que sepan más estos elitistas acaparadores de la Cultura y de su óbolo que las rabiosas hormiguitas blogueras.