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sábado, 30 de noviembre de 2013

Robert de Niro y los etarras

     


   El repique de campanas por la llegada al pueblo del etarra asesino de Fabio, que glosábamos ayer, me recordó, pues creo que recíprocamente se aluden, una preciosa secuencia de aquella extraordinaria película de Michael Cimino, “El cazador”. Regresa Robert de Niro a su ciudad, a su casa en Pensilvania, proveniente del completo horror de Vietnam, de la locura desatada de la guerra, que del todo ha acabado con su inocencia, que tanto por dentro ha triturado y abrasado su percepción de la vida, su existencia entera.
    
   Sin que él lo sepa, su cuadrilla de amigos y amigas, esos jóvenes entusiastas con los que mano a mano compartía antes trabajo y juergas, caza y diversiones, peleas y amoríos, se afanan en prepararle en su casa, en ningún lugar público por tanto, una gran fiesta sorpresa que realce el recibimiento, que sirva quizás de sutura simbólica a la distancia del tiempo, de agradecimiento al soldado que por todos se sacrificó también, que, en fin, reanude los lazos de esa cálida camaradería por la guerra detenida. Engalanan animosos la casa, preparan comida y bebida abundantes, se ocultan sus amigos a oscuras dentro de ella para por todo lo alto agasajarle con una súbita irrupción que él no imagina.  
      
   No me digas cómo, porque escribo de memoria y ahora mismo el motivo concreto no lo recuerdo, pero ocurre que Robert de Niro, en uniforme militar, en las inmediaciones ya de su casa, se “pispa” de lo que le están preparando. Se detiene. Cavila. Vemos como se amarga su rostro. Diríamos que se le hace presente, acumulada, la memoria toda de la guerra, su barbarie, esa desolación. Tampoco es ya él el mismo de antes, ese yo es ya, por remoto, irrecuperable. Ha matado. Han matado y torturado hasta el límite a amigos suyos. Él ya es otro. Se da la vuelta y, sin anunciar a sus amigos nada, se pierde por ahí. No hay nada que celebrar. Vemos a sus amigos luego, recogiendo abatidos los cartelones de bienvenida. Más tarde, retomadas, aunque nunca ya iguales, las relaciones entre ellos, cuando en un día de caza Robert de Niro tenga encuadrado en la mirilla telescópica a un precioso ciervo, se verá incapaz de dispararle.

   
   Qué decir entonces de los etarras, si de ninguna guerra aquí hablamos. Los suyos, crecidos, echan al aire cohetes y voltean campanas en honor del sonriente asesino de un niño.  Al fondo del negro fondo, el padre de Fabio se ve obligado a rememorar el día de la explosión, cuando, aturdido por el estruendo, sacudido por el horror, medio sonámbulo de terror, acertaba sólo a recoger como podía los restos chorreantes de su hijo de dos años, esparcidos aquí y allá, entre los amasijos del coche.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

2 comentarios:

Anónimo dijo...

bolsonxx: joder tio, me has puesto los pelos de punta

Anónimo dijo...

joder tio, me has puesto los pelos de punta. Que asesinos sin conciencia. La justicia divina les dara lo que merecen tarde o temprano porque la terrenal esta vendida