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miércoles, 7 de enero de 2015

Muerte de un policía. ¿Importa?

  


   Francisco Javier Ortega tenía 28 años y era huérfano. Desde niño –así lo refieren sus amigos del pueblo- soñaba con ser policía. Con tenaz aplicación física y mental consiguió hacerse Policía Nacional. Desde hacía seis años trabajaba en Madrid en labores de seguridad ciudadana. Cómo podría Javier imaginar que al día siguiente del que encentaba el nuevo año –con la promesa implícita de un tiempo para la felicidad estrenándose delante de uno aún- encontraría él, tan joven, con tanto por hacer y por ser, quizás la más atroz de las muertes.
     
   En esa mañana alumbrada por un sol frío, junto a un compañero en la estación de Embajadores, procedía a la identificación de un individuo cuyos anómalos procederes les despertaron sospecha.  Yode Alí Raba, de 28 años también, marfileño y de muy desalmados instintos comiéndole dentro de sí, como bien prueban sus copiosos antecedentes, trufados de violentísimos incidentes por él sin mínimo arrepentimiento perpetrados. Llegaba en ese momento el tren a la estación.
       
   El policía, el delincuente, el tren, en el vértice gélido de la mañana inaugural y fatídica los tres en esa estación de llegada. Entonces, en un ramalazo de vértigo y de odio fulgurantes, hallándole tras esa criminal maniobra desprevenido, arrastró con rabia Yode del cuerpo a Javier contra el hueco de las vías, tirándolo de una vez bajo las fauces metálicas del convoy que en ese mismo instante les encimaba, y que a modo de bárbara cuchilla trituradora, entre chirridos de frenos y gritos de terror de los presentes, espantosamente acabó allí con su vida, dejando grave además la del agresor.  
     
   Se ha sabido luego que debía ser muy enconada la criminal obsesión del marfileño por arrojar a las vías del tren a un agente, pues idéntico ataque en el mismo sitio probó ya durante el pasado octubre con la persona de otro policía. Allí, sobre los raíles destrozada, segada de cuajo, quedó este 2 de enero la vida en ciernes de Javier Ortega. Su abuelo, su hermana, su novia, sus primos y amigos sin consuelo penan su pérdida. “Fuiste un amigo muy bueno y una bella persona. Qué injusta es la vida”, le escriben en el Facebook sus antiguos compañeros de clase (La Razón.es 6-1-15).
   
   ¡De haber sido al revés, policía-arroja-inmigrante-a-las-vías-del tren, mamma mía, cómo de justicieras, turbulentas y proviolentas habrían bajado los desagües de las redes sociales! ¡Cómo y cuánto en ese caso nuestros mejores publicistas y cantautores hubieran enseñoreado, plantando a la vez ellos tenderete y bancada de finos idealistas, el nombre del interfecto en artículos, videos, poemas, blogs y canciones. Así es la vida, Javier García, así es la hegemonía ideológica. Muere asesinado un policía… y casi parece que va de suyo, que para eso están, sí.



    
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LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

     

     

1 comentario:

Maxi! dijo...

Es terrible los tiempos en los que vivimos. Gran post hecho con mucho respeto.