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sábado, 15 de enero de 2011

Poessía

                
     
                Escribo sin darme cuenta en el viento tu nombre
                Soplo y sobre el cristal brotan tus iniciales
                Camino y mis trancos dibujan el hormiguero de tu estela
                Invades mis sueños porque sí
                Llenas mis aires y las nubes se te parecen…
                Corro entonces como un loco por los bulevares
                Atropello serranías con la mente, bandolero extraviado
                Les suplico mucho y en francés a los perros que me ladran
                Me demoro al cabo por entre parques suburbanos,
                exhausto entre flores incoloras y ásperas de hielo.
                Es sólo…
                 que los restos de las piruletas rojas
                  se parecen demasiado a tu boca.
                  y  no sé ya correr mucho más.
                   Mejor ver un rato un fútbol
                   Insultarle algo al juez de línea
                   Beber un café ardiendo en el cuenco de las manos
                   A ver si así
                   Dejas un poco de salirme al paso tanto.
                   
                  

viernes, 14 de enero de 2011

Gran Hermano y El honor perdido de Katharina Blum

    
     Sí, por aquellos años de la Facul éramos jóvenes,  melenudos –te juro por la lucha de clases, lector, que lo fui- con las crenchas al vent de la dehesa de la Condesa y bastante ignorantes, como corresponde a todo buen adolescente que se precie. La ignorancia se suple con unos kilos de fanatismo y hale, a jugar, y a arreglar el Universo y más allá. Pero al menos la Cultura conservaba entonces una consideración en sí, la que merece todo fruto logrado de la imaginación que enaltece a quien lo toma -qué curioso que la mayoría de nuestros padres sin haber podido tener ellos estudios, con todo lo que dicen que de castrador  tenía el franquismo, se ocuparon casi por recto instinto de transmitirnos el afán por aprender, mientras que nosotros, listísmos todos y en superdemocracia, somos incapaces, desdibujado el rol de padre, de incitar en nuestros vástagos ese esfuerzo por conocer-,  valor que hoy por completo se ha esfumado, reduciéndose la mayoría de las consideraciones a los millones de ejemplares que vende no sé que Ken, o a cómo les roba hasta el sueño a nuestros mejores escritores el conseguir tal Premio. 
    
     Yo estudiaba Periodismo entonces. Fumábamos como viciosos chusqueros prusianos –por no cargarles todos los muertos a los pobres cosacos- y los no fumadores ni chistaban entonces –acaso es que de forma inadvertida iban palmando tras nuestros humos- y unos y otros leíamos mucho -devorábamos sus libros casi como cigarrillos- a Hermann Hesse y a Heinrich Böll, que sé que a muchos –no a ti, dilecto lector- sonarán hoy a nada. También se leía al Orwell del Big Brother, y a todos se nos ponía el alma en un brete al entrever semejante control totalitario sobre los ciudadanos. Y por los pasillos de la Facul, cuando farfullábamos sobre el género de la entrevista, la mayoría, haciéndonos eco de lo que decían los profes, rendíamos pleitesía y reconocimiento a Mercedes Milá, que portaba además el noble título de condesa de algo. No era esto último lo importante: trabajaba ella con Luis del Olmo, con García Tola, con Marsillach, con, ay, Iñaki Gabilondo. Sabía preguntar, era incisiva, sabía escuchar también, tenía mordiente, ponía contra las cuerdas al entrevistado, buscaba el meollo de los asuntos más relevantes. Sí, era adorablemente progre, y como tal, ponderaba libros, películas, teatros, lanzaba pestes del amarillismo (del sensacionalismo, de la explotación del morbo, de la remoción de los más bajos instintos en el ciudadano) en la profesión y de la supeditación de la existencia al exclusivo amor por el dinero.
     
     Recuerdo sobre todo una tarde en la Facul, con el salón de actos a reventar (ese que hoy sólo llena una tal Carmen de Mairena, de profesión sus ardores) y la peña  arracimada de devoción en sagrado silencio hasta por los suelos, pues ponían “El honor perdido de Katharina Blum”, la novela de Böll sobre la que Volker Schlöndorff había hecho la peli. Merece la pena –créeme, lector mío- perder un minuto en su argumento: es la historia de una chica íntegra y laboriosa, que con su esfuerzo ha superado una infancia de privaciones y un matrimonio roto. Trabaja en la casa de muy importantes familias. Durante una fiesta conoce a un hombre con el que pasa la noche. A la mañana siguiente la despierta la policía: ese hombre, acusado de robo y asesinato, ha eludido el cerco policial. Ahora la policía interroga y acusa a Katharina. Cierta prensa, falseando hechos y declaraciones, explota la historia. No le tiembla el pulso para arruinar la vida de una persona honrada y de los suyos. Ella, desesperada al ver la ruina en que han convertido todo por lo que ella luchó, acabará por convertirse en culpable, al matar al periodista que hizo de su vida asunto de primera plana.
     Quiso sobre todo Böll con la novela censurar los métodos crueles y sin escrúpulos con que la prensa amarillista con total impunidad tergiversa los hechos, sin importarles en la marcha de su negocio destruir el “honor” de personas inocentes al servicio de la avidez malsana de unos lectores insaciables. Seguimos, lógico, toda aquella tropa de periodistas en ciernes con verdadera unción tanto la proyección de la emocionante película –hoy, ya te lo digo, nos dejaría fríos- como el posterior coloquio.
     
     Ahora, a la vuelta de miles de honores perdidos, Mercedes Milá, condesa egregia de la Telebasura, lleva muchos años levantándose un pastizal de la Hostia –de esas que arreaba Gabilondo a sus brothers con una mano mientras con la otra leía a Rousseau- con el vomitivo Gran Hermano: se morrea en directo con los concursantes, enseña las bragas, suelta exabruptos, chochea, berrea y se menea, vale decir, hoza en la más estupidizante vulgaridad. Se me dirá que el Gran Hermano de la Milá -¡un experimento sociológico que a Franco hubiera soliviantado, tuvo ella el cinismo de alegar la primera vez- resulta, en farsa, justo lo contrario de lo que denunciaba en su novela Orwell: si allí unos pocos controlaban cuanto hacía muchos, aquí son muchos los que no pierden ripio de las burdas y brutas chocarrerías de un grupito de patanes. Pero el infuso control social que se desprende de ambos es, a mi juicio, muy similar, y lo que es peor, la promoción de un ciudadano orgulloso encima de su inmundicia y despreciador de todo refinamiento “culto” es la esencial contribución del fraternal reallity a la sociedad. 
    Y si al menos en el camino no hubiéramos ido perdiendo uno a uno todos los pelos de la fabulosa melena nuestra que un día asombró al mundo. Ni eso. Buaaaaaá.   

jueves, 13 de enero de 2011

Mercedes Milá, Marcel Proust, yo mismo



    
      Ramoneaba consigo mismo Felipe G el otro día en la tele acerca de si acaso la gente no  habría olvidado ya las “barbaridades” que hubiera cometido él durante su larguísima etapa en el gobierno. No puede él olvidar, a lo que se ve, que tuvo un día tras la mirilla de la escopeta nacional que él mandaba a  los cabezones criminales de la Eta, pero sabe de sobra que en las posmodernas sociedades de la hiperinformación continua, con el incesante bombardeo masivo de noticias de todo tipo, siempre que sean éstas sensacionalistas, se extingue la memoria colectiva  más inmediata. Por eso acaso sea el mal de Alzheimer el fantasma que más nos aterroriza hoy en día, por resultar sus temibles contornos demasiado próximos y familiares a los que casi ya experimentamos todos. Como decían los progres del año de la polka, vamos a tener que ir pensando, por el bien de la Humanidad, en a mazazos destrozar no sólo las máquinas de tabaco sino también… las máquinas de televisión, dado el cariz diabólico que para la configuración de una personalidad sana éstas adquieren.
    
     Sin perspectiva, sin distancia crítica, sin tiempo para digerir nada, el ciudadano cada día se expone a una suerte de fulgurantes impactos desde las pulidísimas pantallas que en sí mismos se agotan, como tracas artificiales que levantan un ooohh, o un aaahhh, sin dejarle espacio para una consideración crítica de nada. A cambio aparentemente parece estar él muy entretenido, aunque en cuanto se le acaba la dosis de morbosilla excitación artificialmente creada por el último numerito, como bajo un síndrome de abstinencia, deprímese primero y recaba después como sea el siguiente impacto que le remueva un poco del sopor opiáceo de su sillón.
    (el otro día en el Sálvame –del que como sabes soy yo fan total- una señora del público se durmió en el graderío, y el muy ladino del conductor del “programa”-habrá que inventarle otro nombre a ese revuelto de higadillos- pidió con el dedo silencio a todos y hacia ella enfiló las cámaras, sólo que la pobre señora, con tanta quietud alrededor, se despertó, para hallar frente a sí a la vez la jeta del ladino y el ojo invasor de la cámara, y sólo se atrevió a musitar entonces, un tanto avergonzada entre el cachondeíto colectivo –qué grande sentido del humor allí reinaba- “…que es que me tuve que levantar a las dos de la mañana para estar hoy aquí”. Ahhh, bramo yo ahora, si le hubiera arreado un paraguazo en todos los morros y como es debido al astuto conductor, a la sazón premio Ondas y tal).
                                                       
     Anotábamos aquí antesdeayer, lector mío, como Gabilondo, muy arrepentido de su IRA provisional, cedía el testigo televisivo –más justo sería decir que no le importó a ella rematar la patada en los gabilondos que el gran comunicador había recibido, anótese al paso la fina solidaridad que entre sí gástase la Master clase progre- a la gran María de las Mercedes Milá. Es decir, del rollete progre, sin solución de continuidad, al nauseabundo reallity-show por excelencia. “Cuando salgamos de aquí, vamos a follar todos con todos”, es la última solemne máxima ofrecida por uno de sus muy eruditos participantes, que con su desparpajo habitual repetía luego a placer la Milá en prime-time y aun ofrecía a la glosa y al cotorreo de propios y extraños en el luminiscente plató. ¿Signo de los tiempos? ¿Síntesis de una era? Sí, reinado de la Mugre, y es Milá, y su peculiar involución profesional el bucle que a la perfección abraza ambos mundos, el paradigma incontestable de la regresión habida.
     Porque yo, lector mío, conservo aún memoria suficiente, seguro que tú también, para recordarle al mundo entero desde mi diminuta covacha, pásalo, pásalo, cuando, no hace tantos años, -¿oh sí hace muchos ya, dios mío?- cuando estudiaba uno Periodismo en la Complutense, era Mercedes Milá la profesional por excelencia, y el espejo de seriedad y rigor en que todos nos mirábamos. Y si cualquiera nos hubiera dicho entonces que habría ella de reinar y de atiforrarse de vil metal sobre un engendro como el de GH24h, como la Esteban ahora, allí mismo hubiéramos matado  por la Milá de nuestros ojos.
     Pero, lector, se me ha hecho ya tarde para meterme por esos andurriales de la memoria subversiva. Eso que te ahorro. Quizás mañana, si la inspiración y las ganas tienen a bien alumbrarme y alentarme, me recree un poco en ello, a la busca -Proust de barrio venido a bloggero- de la magdalena de ese tiempo, ay, perdido. A ver si así, a cambio, es a ti a quien encuentro. 
    
                                                                                              

miércoles, 12 de enero de 2011

¿Tú quoque, Ánsar mío?

    
     Ahora que el Big Gabilondo implora a quien corresponda el perdón de su santa ira contra Aznar,  justo es ahora cuando nota uno, que al cabo menos que nada  es, nacerle, al frío de las malas nuevas, una rabia formidable contra Ánsar, como le mal llamaba Bush, que va a ser buena idea a la postre  llamarle Ánsar a lo que personifica cuanto de él vituperamos y reservarnos el genuino Aznar para las muchas cualidades suyas que el… cómo era…sí,  el resentido cateto derechista que en uno se agita en muy alta estima tiene.
    
     Como las neoyorkinas  torres gemelas del World Trade Center, el par de pilares sobre el que se asentó esta tierra nuestra, -gracias, Ken- Felipe y Ánsar, Ánsar y Felipe, que tanto monta, pónense ya a buen resguardo del tsunami que se nos viene encima. Si hace poco Gas Natural comprometía los buenos oficios filipinos, hemos sabido ahora que por su parte Endesa acaba de contratar los servicios de la asesoría ansarí por el módico estipendio mínimo de 200.000 euritos corrientes y malolientes. Eso pareciera, que, al igual que la Naturaleza se complace a menudo, para huir del propio horror al vacío, en las microscópicas estructuras simétricas y en la inaudita regularidad de las figuras fractales, que copia luego a su vez el hombre a lo grande en sus creaciones, como  el caso de las malhadadas –por el fanático odio- torres mellizas que antes citábamos muestra, así parecen duplicarse los soberbios y cívicos ejemplos que los líderes sociales nuestros brindan a la ciudadanía.
    
     Si a Felipe le obligaba su ideal socialista y filantropón a más no poder, a Ánsar también le incumbe el mandamiento cristiano al desprecio de las excesivas riquezas. Es el problema de las ideologías en exceso saturadas de redentorismo, que luego se dan siempre de hostias –similares a las que el Sargent Gabilondo zurrábales  a sus hermanos- con la realidad. Ya comprende uno que esto es adentrarse por pantanosos berenjenales, poco propicios a la lectura de soslayo que el Intenné impone, por lo que te haré la caridad esta vez, para que no digas, caro lector mío, de dejarte  aquí, como los diestros malos, tan sólo el pico de la muleta de esta enrevesada disquisición.
    
     Entiéndaseme bien: en nada juzgo iguales las obras de gobierno de uno y de otro artistas. Sigue pareciéndome –es mi opinión- notable la labor llevada a cabo por Aznar, proclive su buen hacer a la prosperidad y a una sociedad mejor en general, y deficiente la tarea de González, demagógica y tramposa hasta la melopea mesiánica. Sí me parecen en cambio, en la misma manera censurables sus respectivos trash and cash, como figurones de la telebasura que al alza cotizaran la mercancía de sus influencias, su toma el dinero y corre de parte de los principales oligopolios energéticos españoles. Cabría aquí sostener aquí aquello acerca de la verdad, solo que a propósito del despropósito ahora: lo que está mal, está mal, lo haga Agamenón o el de los puercos.
    
     Seguro que otros ex-presidentes foráneos hacen lo mismo. Me da igual. Así no se legitima un sistema de libre competencia, que es el que uno, sin fundamentalismos, defiende. Que ganen con sus conferencias y memorias todo lo que grupos de verdad independientes puedan pagarles. Que tengan su economía familiar los ex-presidentes resuelta. Pero esto de ahora, no. Hay mucha gente muy angustiada pasándolas canutas y el gesto de ahora en ambos, en ese contexto, demuestra un olímpico desprecio de sus conciudadanos. Y añádese encima el agravante de verles precisamente enchufados a la mamandurria de las empresas que más humillan con su oscurantismo, con sus prácticas monopolísticas, con su prepotencia deshumanizadora, con la continua subida de sus precios al ciudadano, este sí, corriente y moliente. Y tan moliente. Luego, cuando un día se desborde el vaso del rencor social y estalle contra el más pintado, bien poco podrán ellos alegar. Acaso tendrá entonces Ánsar demudado que suplicar –Gabilondo del mañana- intercesión a Felipe G. Seguro que sí se le ocurre a éste alguna floritura justificativa en el lance.
    

martes, 11 de enero de 2011

Iñaki Gabilondo, yo me remendaba, yo me remendé

    
     Es bien posible que, al paso que va la burra –cargada la pobre en alforjas del chocolate del loro- acabe dejando la nobilísima acémila al gran Iñaki Gabilondo en el mismo portal de la Cope, en el portal episcopal que ya pisan los chicos del coro y del oro de los deportes, que en un amén jesús pasaron ellos de la Ser a la Caverna sin mácula alguna sobre sí. Luego dicen que la Religión es absurda, pero al lado de los misterios que nos legan los más grandes comunicadores patrios, parece hasta el dogma del Espíritu Santo simple regla de tres. 
     Sabemos también que las Navidades, el tsunami emocional que consigo desatan, son propicias a la postre al sincero arrepentimiento incluso de las más arriscadas almas. Vamos, que te pillan los sones del tamborilero con el día tonto y hasta el más ateo del barrio deshácese en mares de lágrimas. A Gabilondo, como sabemos, le despidieron en estos días de la CNN+, soberbio chocolatillo en onzas de oro éste que de inmediato, en extraño gesto navideño la verdad, se apresuró a recoger Mercedes Milá y su Enmano en versión 24 horas. ¿Cómo no habría Gabilondo entonces de hallarse inmerso y hasta preso de oceánica tristeza? No es hipótesis irónica: lo sabemos por la dulce entrevista que ha concedido él ahora al diario antes llamado en jerga el Inmundo. Eso era antes, porque ahora, a tenor de lo que Gabilondo ahí afirma, como en el villancico reza, él se remendaba, él se remendó, él se echo un remiendo, él se lo quitó, cargada como va la pobre burra del chocolate que corriendo se está zampando la Milá, tan guay.
    
     Primer remiendo: “he pedido perdón por mi ira contra Aznar… me arrepiento de mi ira porque pude agudizar enfrentamientos”. El acabóse. Se imagina uno a Gabilondo dándose ya el golpe de pecho sincero, agachando la cabeza con ojos clausurados, fustigándose un poco las carnes al reconocer nada menos que un pecado capital –la IRA- , alzando súplica con bíblicas palabras PERDÓN, ARREPENTIMIENTO- … ¿ante quién? -¿a quién se está en realidad dirigiendo Iñaki?-, pues sólo a quien administra esas gracias, sólo a quien puede certificar público arrepentimiento, conceder verdadero perdón de los pecados y acoger luego en su seno mediático a la descarriada ovejita lucera. Iba uno a hacer dos bromas sobre la Ira gabilonda, que si no sería la suya una ira provisional, que si no habíamos quedado en que libertad sin ira y tal, pero no vamos a distraer tan serio recogimiento de una alma pecadora, que se alegra mucho más el Señor por un réprobo que vuelve al redil que por los cien mil mansos ya en nómina.  
    
     Segundo remiendo: “yo soy el que hacía el Hoy por Hoy y era como la gente, de su edad, de sus puntos de vista… Te haces mayor y eres mayor que la gente, tienes más dinero que la gente, no eres referencia… y entonces tus puntos de vista van en retirada”. Bueno, sin duda atribulado por la turbación, se hace aquí Gabilondo un lío, aunque queda claro al fondo su hondo pesar por la condena a distanciarse del común de los mortales que el ingente vil metal acumulado le supuso, lamento éste de profunda raigambre bíblica también, que aunque a nada serio compromete, cierto es que su sólo enunciado le aligera mucho a uno la carga en la conciencia.
    
     Tercer remiendo: “soy el mayor de nueve hermanos y ejercí mucho de sargento. Yo les tengo zurradas unas buenas hostias al ministro y mis otros hermanos: somos muy amigos”. Aquí si que Gabilondo nos deslumbra del todo con el misterio de su aleluya. Veamos: es oportuno recordar ahora que proviene uno de familia numerosa, de aquellas que Franco premiaba tanto, que eran la gloria del Régimen. ¡Con las de coñas opusinas que gastaban, y gastan, los progres hacia progenies tales!  Pues resulta ahora que hubo él de ejercer de chusquero sargento, ¡“zurrando unas buenas hostias a sus hermanos”!, y es ésta una confesión de las que al más pintado desarman, que asombra esa especie de letra-con-sangre-entra maltratadora que el humanista comunicador se ufana de ejecutar, amorosa pedagogía que le deja a uno turulato acerca de, visto lo aquí revelado, la esencial falsedad sobre las que los sargentos del mester de la hispana progresía montan sus vidas y conciencias. Y el inri del caso estriba en que el Enmano ahostiado llegó a ministro –véase cómo una buena mano de leches obra milagros- y precisamente de ¡Educación!, empeñado como anda el muy bruto en meternos a todos con honda la jorobada educación para la ciudadanía. Violencia que, contra el discurso cansino de la pedagogía progre, no deja ningún rencor: somos muy amigos. Total, se le echa las culpas a Franco-Bush-Aznar, y qué carajo, esa reciedumbre de métodos y de reparto de hostias puede que hasta  acaricie y todo el subconsciente magistral eclesial.
    
     Cuarto remiendo: “las incondicionalidades son repugnantes. Me duele estar asociado a una incondicionalidad que nunca he tenido”.  Claro que son repugnantes, y aunque todo el mundo pudo verle y escucharle en tiempo muerto urgiendo como sargento de campaña al Señor Presidente Zp a que metiera a la cosa pero ya crispación-y-crispación-y-crispación, -unas cuantas hostias  a la oposición, vamos- debían ser aquellos los célebres tiempos de la ira, porque le vemos ahora bien saleroso desdecirse. ¿Yo? Nunca. Jamás, jamás, que cantaría Camilo Sesto Superstar.
   Vamos,que viene a decirle Gabilondo a quien corresponda, EHH, que aquí estoy yo, aquí solito, libre como los taxis de verde luz, que me rindo un poco, que estamos en Navidad, joer, y que hacia Belén va una burra, rin, rin, y lo que sigue.

domingo, 9 de enero de 2011

Los malos humos de Zp

   
     Desde aquel no tan lejano día en que cifró Zp la esencia de la Izquierdidad –si se me permite el palabro- en no beber alcohol y en no fumar hasta ahora, en que de forma administrativa se amenazan con sanciones de hasta 600.000 euros a los locales que lo permitan, a la misma vez que se alienta desde el Poder la delación de tan nefandos actos, hemos tenido todos cumplida demostración de la verdadera naturaleza déspota que escondía el famoso Talante que arribó al Poder. Mira que archisabido es que engendró Zp el infausto Estatut fuma-que-te-fuma con Mas durante una noche del inolvidable verano del cordón sanitario. Ahora dice que no era él partidario de prohibir los toros en Cataluña, y mañana por sus niñas jurará que tampoco lo era de esta prohibición de los bares de fumadores, como a la impoluta conciencia izquierdista conviene siempre contra la verdad mantener. ¿No clama al más elemental sentido de la decencia el que después de haberles exigido a muchos locales costosas reformas habilitadoras se le aseste ahora mismo, en medio de una crisis rampante, la puntilla a una simple forma de sobrevivir? ¿Cómo es siquiera concebible que pueda un gobierno despacharse así, a la vez que con la otra mano recauda millonarias cantidades del sector al que busca, contra toda justicia, asfixiar? ¿Tiene derecho una terrorista confesa a ser inseminada y no un fumador a reunirse bajo un bar para “piojosos” como él?
    
     Ponían el otro día por la tele a dos inspectoras, armadas además de odioso celo fiscal ante el cabizbajo dueño, escrutando colillas por entre las mesas y hasta los mingitorios y excusados de un bar de barrio barcelonés, y el olor de los mismos retretes es que traspasaba la escena y la pantalla. Era vomitivo, sí, el ver aquello. ¿Se imaginan si la despótica prohibición del público fumeteo  hubiérala dispuesto un gobierno “facha”, (tal y como Bardem airado, oh tempos, gritaba)? ¿Podemos siquiera figurarnos los alegres numeritos denunciatorios que los prohombres de la Ceja Nostra hubieran orbi et orbe aventado? Es seguro que Almodóvar habría difundido la alarma desde Bollywood hasta Hollywood, que Bardem y la Pé hubiéranse mojado con ganas en la cosa, en fin, impepinable es que Sabina valiente habríale arrojado humo de cigarro bogartiano a la cara de la Aguirre cuando lo de su valsecito en los salones de la CAM por el Premio. Cuántos públicos actos incriminatorios de cívica resistencia y desobediencia a la tiranía no habrían ellos pergeñado hasta hacer inaplicable la ley, cuánto no habrían avergonzado ellos como represoras y estrechas y puritanas las conciencias de todos los que esa norma hubieran defendido, cuántos floridos manifiestos de abajofirmantes no nos habrían a todos por las napias pasado.
    
     La sucesión de fotogramas es que es fascinante: atiforran con gabelas impuestas a todos la buchaca de los capitostes de la Sgae, suben los impuestos hasta al apuntador, también los del tabaco, suben la electricidad, militarizan el tráfico aéreo, alargan las jubilaciones, facilitan la muerte dulce y el aborto express, nos vacilan de tanto en tanto con la legalización de las drogas más duras pero eso sí, contra la más primordial prudencia, se tritura ahora la libertad de los fumadores a juntarse en un bar y se les cruje y se  empuja a la miseria a miles de bares de fumadores.
    
     ¿Es algo más que una anécdota o es todo un síntoma de la anormalidad reinante el hecho de que en cárceles y en psiquiátricos sí se va a permitir el público fumeteo? ¿Acaso no importa al gobierno la salud de los fumadores pasivos de la población reclusa o psiquiatrizada?
     Por eso, el hombre que el otro día ante las cámaras aporreaba con su maza una máquina de tabaco delante de la puerta de su medio de vida en peligro hubiera, en mi opinión, redondeado el gesto de haberlo hecho en la mismas puertas de la Moncloa, y de haber dejado luego toda esa chatarra por allí tirada, a ver si también Zp y Mas se la fumaban.


 
        
     
       

sábado, 8 de enero de 2011

El hombre de la maza, de nuevo

    

    
      Viendo al dueño de una sidrería vizcaína rompiendo a mazazos la máquina de tabaco de su local ante las cámaras me acordé, claro, de aquel otro joven hombre de la maza, que a principios del 2009, al día siguiente de que los trogloditas de la  kale borroka le arrasaran la casa, a plena luz del día y a cara descubierta él solo, destrozó el mobiliario de la muy céntrica y privilegiada herriko taberna de su pueblo. Al día siguiente aparecieron pasquines amenazantes contra Emilio Gutiérrez, el chico de la maza. Tuvo que, a toda prisa y luego de prestar declaración, abandonar su pueblo y verse condenado a sobrevivir como un furtivo amenazado por esa horda que a gritos reclaman a sus mayores que maten. ¿Qué ha quedado de su gesto? Una espesa cortina de silencio: nada. Es decir, el triunfo de los fanáticos borrokas.
    
     Si el periodismo patrio mereciera tal nombre, si además de echarnos a la boca la morbosa ración de mugre de cada día, indagara con profundidad en los asuntos sociales de crucial relevancia, se preocuparía por saber qué ha sido de Emilio Gutiérrez, cómo y de qué vive, qué siente, qué piensa, cómo es su día a día y el de quienes le rodean.
    
     Incluso con la temblorosa conformación de un gobierno no nacionalista en el País Vasco, que tantas grandes palabras de libertad ha enarbolado, nada sabemos de la peripecia de Emilio Gutiérrez, de si se arrepiente o no de lo que hizo, de la situación y de la angustia indecibles que le llevaron a ello, de las que pueda tener que seguir soportando ahora, lejos de sus amigos y de sus rincones favoritos, reducido a esquiva sombra de una sombra. Lo decisivo, y mil veces más importante que el que figure una presidenta “popular” al frente de la cámara vasca, es que la chispa de rebeldía –y nadie pide aquí, como hacen ellos, ninguna violencia física contra personas- contra las argollas del fanatismo haya quedado ahogada una vez más –como el espíritu de Ermua, planta que no se quiere que arraigue- en la invisibilidad más plena, sepultada en la oscuridad del olvido de lo que no deja huella, aldabonazo que no pueda por nadie reivindicarse, símbolo que no cuaje jamás como entramado de referencia duradera, emblema que apenas haya existido como fuente de significaciones y repercusiones en el mapa mental que todos nos hacemos del “problema vasco”, como a ellos les gusta hacernos decir.
     
     Ese déficit escandaloso de legitimación simbólica en las conciencias de unos y otros es lo que torna estériles los avances constitucionalistas allí: los borrokas son percibidos por muchos allá como heroicos e idealistas luchadores de la sagrada causa de su pueblo, y los terroristas son rememorados una y otra vez en efigie por calles y plazas, y nombrados hijos predilectos –se dice pronto- más tarde. Enfrente: humo, polvo, nada.
        Qué ha sido de Emilio Gutiérrez, hasta qué punto su vida se vió truncada por su acción, qué ha sido de esas herriko tabernas, cómo el campeador Garzón ha rematado esos sumarios por los que las ilegalizaba, cuánto se ha preocupado de esa recientísima memoria histórica, con qué afecto y publicidad ha recibido Zp, ese héroe de las libertades, a Emilio Gutiérrez en Moncloa, cuánto ha alentado Pajín –como en el asunto del tabaco propugna- la delación de los borroka, que incluso tantos conmilitones suyos asesinaron, cómo ha repugnado a la conciencia de todos los continuos favores penitenciarios a los etarras, incluido en muy preferente lugar esa tierna facilitación a que históricas etarras se inseminen y prolonguen de esta manera por los siglos de los siglos la estirpe etarra.
     ¿Qué es en definitiva de Emilio Gutiérrez, el chico de la maza?  ¿Cuántas canciones en su honor ha trabado el maestro Sabina? Dínos algo, anda, Paco Lobatón. Disipa estos malos humos que el hombre de la maza, aporreando la máquina expendedora, reavivó en nosotros. Yo sé que Galdós hubiera sacado de ahí uno de sus mejores Episodios Nacionales.

jueves, 6 de enero de 2011

El gran Ego del pequeño Blog

    
     Sucedió también en Navidad. Era, claro, sólo una más de las miles de cenas de Navidad, dulce Navidad. Resulta bien curioso, porque desparramamos todos en estas fechas carretadas de buenísimos deseos, y durante esos días elevamos, un poco achispados por el decorado ambiental, grandiosas protestas, que digo de lealtad, de  amor verdadero a nuestros congéneres en general, y no se diga ya a los más cercanos y reales de nuestros amigos. Diríase, vamos, que a punto estamos de comérnoslos sólo de pura fraternidad. Son… tan importantes nuestros amigos, sin duda són ellos lo más para nosotros, como de forma irrefutable demuestra el hecho de que lo apartemos todo para compartir con ellos una muy festiva francachela antes de que el año acabe, que sin duda servirá de cauce a la radiante expresión de la intimidad que nos aviene.
    
     Reunía además supuestamente a la compartida cuchipanda que nos ocupa la devoción por la escritura. Si había abierto él un blog en el Intenné, como desde hacía un tiempo les había hecho saber a todos, aunque hasta ahora las muestras de aliento podría decirse que habían sido perfectamente descriptibles, quizás en el cenorrio de Navidad –que, verdad es, nada, en principio, salvo el mutuo afecto les obligaba a celebrar- le dijeran algo, aun cuando fuera ello el ponerlo a caldo. Al fin y al cabo, si eran tan amiguitos y jugaban juntos a aprendices de escribanos cabría esperar al menos un parecer, una alusión, jamás una ilusión, por Dios, que andamos todos ocupadísimos para seguir de cuando en cuando el blog de nuestros amigos.
    
     Bueno, pues, celebróse la cena de la dulce Navidad y resultó… entrañable, por supuesto. ¿Cómo te va eso del blog? , fue lo más que alguien le limosneó, igual que se pregunta por un hijo tonto. Bien, bien, respondió él. Punto pelota, que se dice ahora mucho.
    
      Le invadió luego, mientras conducía algo congelado hacia casa, una muy honda decepción, como la del Gabriel Conroy del Dublineses de Joyce, se dijo, por literaturizarse un poco, sólo que ahora no nevaba, con lo que la sima de la desilusión, heladora, apenas podía diluirse entre el paisaje. Conroy se había venido abajo también tras una cena de Navidad, cuando al arrimarse ebrio de deseo por los vapores de la fiestuki a su amada esposa, le confiesa ésta justo entonces haber vivido siempre irremisiblemente enamorada del recuerdo de un novio que ella tuvo y que había fallecido enfermo de tisis antes de conocerle a él. A él –hablamos ahora del aprendiz de escribano- sus amigos de carne y hueso lo que le habían confesado sólo unos minutos antes era el recuerdo de su indiferencia, justo cuando esperaba él de ellos un achuchón de aliento a lo que más de sí mismo estimaba. En nada me conocen, en nada me aprecian, nada significan las copas y las risas que no sea el vacío, caviló contra el parabrisas. ¿O era quizás el problema el tamaño de su Ego? ¿Habíase llegado él allí, como el Otro, acaso sólo para hablar de su blog?
   
     Sí, hubiera quedado tan bien y tan poética en ese momento una abundantísima nevada precipitándose en derredor. Por allí, dulce Navidad, sólo veíanse a algunos borrachuzos meando de lado sobre el pedestal de una estatua.   



   

miércoles, 5 de enero de 2011

Navidad me dejó una granada

    
 
     Toda la hermosura de la Creación se condensa para mí en una granada. Si algún día la presencia de una granada me es indiferente, ese será el día en que estaré yo ya difunto para el mundo. Cuando de niño leyó uno en Homero a los héroes y a los dioses disponiéndose a zampotearse la ambrosía, sin saber siquiera qué cosa pudiera eso ser, la boca se me hizo aguas y sólo por ese nombre imaginé entonces el más deleitoso de los manjares. Cuando ya mayorcito uno, la vida le puso delante de los ojos una granada en sazón –y siendo todas similares, no hay dos idénticas y hablo yo, claro, de las más granadas entre las granadas-, fue verla, digo, y al instante se me disparó por dentro la flecha del conocimiento ciego en busca de su diana, ambrosía, me dije, le voilá, no otra cosa ha de ser el fruto del que se alimentan los homéricos dioses. Y si Newton necesitó de una manzana sobre la cabeza para descubrirle a la Ciencia su ley universal de la gravedad, me bastó a mí aquella granada para descubrir en soledad la belleza toda del universo allí condensada, y acaso debí allí mismo caer fulminado para ser de verdad alguien para siempre en la Historia.

    
    
     Mi madre, que mucho me quiere, tiene siempre la infinita delicadeza conmigo, pero sólo por Navidades, de traerme para mí solito una granada, como los Magos al niño aquél, aunque ande ya uno próximo a la cincuentena y peine ya coronilla de santidad. Sí, sólo por Navidades, porque cuando la belleza extrema se hace cotidiana, como les pasa a los edecanes del Museo del Prado, llegamos a despreciarla, que hasta ese punto nos carcome la sensibilidad la lepra de la costumbre. Pone mi madre la granada encima del plato y con su sola apariencia toda asechanza desaparece. Se le olvida a uno entonces incluso la promesa de rubíes prendidos que la granada dentro de sí encierra, abismado ya por de pronto en la lisura y el color increíbles de la esfera de su piel. Ah, esos tonos mates y flamígeros al tiempo entreverados, esa concatenación, esa disolución de los tostados en los carmesíes y viceversa, esos sienas arrebatados de escarlata, esos bermellones salpicados y fusos en lenguas de fuego del color gualda, esos arreboles difuminados de albero y vivo rojo. ¿Por qué tener que traspasar con el cuchillo el primor de esa piel en llamas y esférica?
    
     Y luego, como en los cuentos infantiles, abres la granada, y cual si descerrajaras un cofre precioso ya por fuera, se te agigantan ahora los ojos hasta el tope de los mismos, ooohh, ante lo que su interior te desvela. Escribió Lorca –según brujuleé ahorita en el Intenné- que es la granada olorosa un cielo cristalizado, y no va uno, siendo menos que una nada –si bien una nada desahogada, al decir de César- a enmendarle al Poeta la plana, pero, casi al contrario, pareciera que se abre delante tuya el fondo encendido de los mismos mares del coral luminiscente, un geométrico arrecife de madreperlas de una extremada belleza. Recuerda la granada a un panal de ricas gemas, en sus celdillas cuajado de granos translúcidos, que portaran ¡cada uno!  una bombillita prendida consigo, ya digo, cada uno de ellos como  rubí muy precioso. Invoca también la lámina de una granada la de un delicado vitral gótico, o al revés, que debió sin duda aquella, el misterio de su luz, inspirar a los mejores orfebres del vidrio.
    
     Nadie es perfecto, claro, y tanta belleza formal que la granada en sí compendia algunas veces vése algo defraudada –no le ciega a uno del todo la perfección de la forma- en el fielato del gusto por un punto de sequedad en su comer. Acaso por eso reuniendo tanto encanto haya sido la granada tan poco cantada. Pero, ¿qué decir de ésas, no tan infrecuentes, que sobre el escándalo del  atractivo de su hechura  desparraman además un sabor único, ese licor sólo suyo tan rico, que enreda y confunde en la lengua almíbar y acíbar, lo dulce y lo ácido en inefable gozo que hasta de grana te pinta los propios labios? La ambrosía, sí, la ambrosía que me dejó la Navidad.
    

martes, 4 de enero de 2011

Primero de enero

    
     Habría tantas cosas de las que hablar. Es pura convención, lo sé, pero empezar un año, encentarlo, es como poner la primera huella sobre todo un páramo nevado, como Neil Armstrong cuando lo de la Luna. Este es un pequeño blog para un hombre, pero es un gran blog para la Humanidad, claro. A los niños, que jamás tienen frío, les encanta la nieve. Niños y nieve son casi un pleonasmo: diríase que los niños participan de la luz y de la levedad, y en otro orden, de la inocencia y de la pureza de la nieve, y viceversa, que la nieve porta siempre consigo  reminiscencias de juego infantil. Por eso con la nieve lo inmediato que se nos ocurre es lanzarnos unos cuantos bolazos y fabricarnos luego… un muñeco. A los viejos, a pesar de llevar los huesos empapados ya por el frío perenne, se les ilumina el semblante ante la simple posibilidad de una buena nevada. La nevada, claro, el sortilegio mágico que la misma convoca, tirará de ellos en volandas hacia la infancia remota y obrará por unos instantes el milagro.  
     
      Todo llegará, claro, pero yo creo que debo ahora dejar aquí, porque así ocurrió, para prolongarla un poco, la caricia del sol primero de enero sobre mis párpados cerrados en la mañana inaugural. No es nada original, lo sé. Eso de cerrar los ojos y ofrecerle por un buen rato el rostro al sol invernal lo vi yo por vez primera en una película de Kieslowski –y seguro que lo tomaría a su vez él de alguien- y luego en muchas otras películas, en innumerables spots publicitarios y en unos cuantos relatos, incluido alguno mío, claro. A mí me gustó mucho protagonizar en persona ese gesto y esa ofrenda ya un poco manidos en la primera mañana del año y venir luego a este ventanuco empañado a escribirlo en sus cristales.
    
     Serían las once y la mañana, inverosímil en su bonanza despejada, tenía también la textura luminosa de un milagro. Todo lo recubría donde estaba yo un cielo de un azul muy diáfano y pictórico, y como batido en vainilla hacia el Este, por donde se alzaba ya el astro rey, que en insólita demostración de poderío tuvo a bien mostrar su primacía desde el primer día del año y entre los predios mismos del arisco invierno. Envolvía además la mañana un silencio tan compacto que sólo podía parecer santo. Atrás quedaba ya el fragor de una Nochevieja tumultuosa como todas, y a esas horas estaba todo en perfecta calma, sin lejanos ladridos siquiera, como si hasta los perros de las casonas durmieran aún a esas horas su particular mona. Sólo se oyeron algo más tarde, y con suavidad sinfónica que nada alborotaba, un tímido piar, que a trino no llegaba, de algunos pequeños pájaros abstemios que entre sí se susurraran los buenos días.  
    
     Creo que es preciso llegar a una edad para celebrar en su inestimable valía, irreducible a dígito cualquiera, la gesta de un sol pionero y pugnaz abriéndose paso entre las vastas extensiones invernales. Era un sol como un bálsamo insólito en la mañana primera del año, que todo lo contagiaba del cofre abierto de su alegría, y casi podías ver a las plantas y a los arbustos alargando y estirando cada uno su cuello en su búsqueda, como rogándole al Sol, a mí, tócame a mí, Señor, yo estaba primero, acaricia mis fibras, caldéalas como sólo tú sabes, dales vida, anda, o sole mío.
     Por su parte las hojas del magnolio, por el costado del árbol donde el Sol las alcanzaba, comenzaron a brillar con fulgor inusitado, como si fueran casi a incendiarse. La palmera pareció despepitar sus ramas un poco más, en homenaje a la claridad. Incluso parecieron ponerse de puntillas los frutales, como erizarse de contento ante la luz y elevar un poco más las cerradas copas de sus ramajes desnudos, como tenedores recién afilados, como candelabros exquisitos, como exaltadas cuerdas de violines verticales. Sólo el colosal abeto,  tímido como un gigante inmóvil y melancólico en la pirámide arquitrabada de su fronda, en el oscuro Duomo de su trepidante enramado, simulaba resistirse al empuje del sol, y sólo le permitía jirones de luz entreabiertos a la duna de su sombra.
    
     Solo cabía entonces, ya digo, cerrar los ojos ante el sol, sentirlo como una cera calentita derramándose sobre la cuenca de los párpados, prolongar ese masaje hasta las habitaciones más en penumbras del cerebro, saborear y celebrar así la maravilla impagable, por más que sea un poco tópica, -y que más le da eso a él si él jamás se cansa, no como nosotros-, del sol de invierno besoteándote la cara entera, cada uno de esos poros, como la más dulce primicia que el año que empieza nos deparara.