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martes, 4 de enero de 2011

Primero de enero

    
     Habría tantas cosas de las que hablar. Es pura convención, lo sé, pero empezar un año, encentarlo, es como poner la primera huella sobre todo un páramo nevado, como Neil Armstrong cuando lo de la Luna. Este es un pequeño blog para un hombre, pero es un gran blog para la Humanidad, claro. A los niños, que jamás tienen frío, les encanta la nieve. Niños y nieve son casi un pleonasmo: diríase que los niños participan de la luz y de la levedad, y en otro orden, de la inocencia y de la pureza de la nieve, y viceversa, que la nieve porta siempre consigo  reminiscencias de juego infantil. Por eso con la nieve lo inmediato que se nos ocurre es lanzarnos unos cuantos bolazos y fabricarnos luego… un muñeco. A los viejos, a pesar de llevar los huesos empapados ya por el frío perenne, se les ilumina el semblante ante la simple posibilidad de una buena nevada. La nevada, claro, el sortilegio mágico que la misma convoca, tirará de ellos en volandas hacia la infancia remota y obrará por unos instantes el milagro.  
     
      Todo llegará, claro, pero yo creo que debo ahora dejar aquí, porque así ocurrió, para prolongarla un poco, la caricia del sol primero de enero sobre mis párpados cerrados en la mañana inaugural. No es nada original, lo sé. Eso de cerrar los ojos y ofrecerle por un buen rato el rostro al sol invernal lo vi yo por vez primera en una película de Kieslowski –y seguro que lo tomaría a su vez él de alguien- y luego en muchas otras películas, en innumerables spots publicitarios y en unos cuantos relatos, incluido alguno mío, claro. A mí me gustó mucho protagonizar en persona ese gesto y esa ofrenda ya un poco manidos en la primera mañana del año y venir luego a este ventanuco empañado a escribirlo en sus cristales.
    
     Serían las once y la mañana, inverosímil en su bonanza despejada, tenía también la textura luminosa de un milagro. Todo lo recubría donde estaba yo un cielo de un azul muy diáfano y pictórico, y como batido en vainilla hacia el Este, por donde se alzaba ya el astro rey, que en insólita demostración de poderío tuvo a bien mostrar su primacía desde el primer día del año y entre los predios mismos del arisco invierno. Envolvía además la mañana un silencio tan compacto que sólo podía parecer santo. Atrás quedaba ya el fragor de una Nochevieja tumultuosa como todas, y a esas horas estaba todo en perfecta calma, sin lejanos ladridos siquiera, como si hasta los perros de las casonas durmieran aún a esas horas su particular mona. Sólo se oyeron algo más tarde, y con suavidad sinfónica que nada alborotaba, un tímido piar, que a trino no llegaba, de algunos pequeños pájaros abstemios que entre sí se susurraran los buenos días.  
    
     Creo que es preciso llegar a una edad para celebrar en su inestimable valía, irreducible a dígito cualquiera, la gesta de un sol pionero y pugnaz abriéndose paso entre las vastas extensiones invernales. Era un sol como un bálsamo insólito en la mañana primera del año, que todo lo contagiaba del cofre abierto de su alegría, y casi podías ver a las plantas y a los arbustos alargando y estirando cada uno su cuello en su búsqueda, como rogándole al Sol, a mí, tócame a mí, Señor, yo estaba primero, acaricia mis fibras, caldéalas como sólo tú sabes, dales vida, anda, o sole mío.
     Por su parte las hojas del magnolio, por el costado del árbol donde el Sol las alcanzaba, comenzaron a brillar con fulgor inusitado, como si fueran casi a incendiarse. La palmera pareció despepitar sus ramas un poco más, en homenaje a la claridad. Incluso parecieron ponerse de puntillas los frutales, como erizarse de contento ante la luz y elevar un poco más las cerradas copas de sus ramajes desnudos, como tenedores recién afilados, como candelabros exquisitos, como exaltadas cuerdas de violines verticales. Sólo el colosal abeto,  tímido como un gigante inmóvil y melancólico en la pirámide arquitrabada de su fronda, en el oscuro Duomo de su trepidante enramado, simulaba resistirse al empuje del sol, y sólo le permitía jirones de luz entreabiertos a la duna de su sombra.
    
     Solo cabía entonces, ya digo, cerrar los ojos ante el sol, sentirlo como una cera calentita derramándose sobre la cuenca de los párpados, prolongar ese masaje hasta las habitaciones más en penumbras del cerebro, saborear y celebrar así la maravilla impagable, por más que sea un poco tópica, -y que más le da eso a él si él jamás se cansa, no como nosotros-, del sol de invierno besoteándote la cara entera, cada uno de esos poros, como la más dulce primicia que el año que empieza nos deparara.  
        

4 comentarios:

Sheol13 dijo...

Sinceramente, posiblemente por que todavía tenga algo de un niño rebelde e ilusionado vagando por mi ser, a mi me gustaría que nevara mas en invierno por Madrid. El sol tiene también su efecto sobre las personas y sobre mi, pero de vez en cuando se agradeceria poder tirarte sobre la alfombra inmaculada y fría, reír y hacer típicos y tópicos ángeles en la nieve. Un abrazo.

Titania dijo...

Siempre se agradece un rayito de sol en el invierno. Por un momento yo también he notado el calorcito.
Un saludo.

Cesar dijo...

Usted no quiere ganar el Cervantes por dinero, sino por pura literatura. Quien puede permitirse el lujo de observar las reverberaciones del sol en el magnolio y contar las palmas de la centenaria palmera en una mañana de enero, aunque sea esta la primera del nuevo Año, ha de tener una vida holgada y sin apreturas. Por ello presumo que sus ansias son meramente conquistadoras, de reconocimiento explicito del orbe entero hacia su buen hacer y escribir. No es una cuestión monetaria, lo que me congratula. Usted quiere formar parte de los triunfati, barrunto que para poder pasear el palmito por el bar de Rosa y continuar con la orgía comenzada.
Amén de presumir ante los amigos.

Animo y no desespere!

José Antonio del Pozo dijo...

-Sheol:tirarse sobre la nieve, hum, no está mal la idea. Otro for you
-Titania: pues también he notado yo el calorcito tuyo, sólo con arrimarte por aquí
-Cesar: ¿el Cervantes? mejor que lo gane Matute primero y Millás detrás, sí, el parque municipal de mi pueblo alcorconero es un lujo que me permito a veces, ¿vida holgada? no crea, me supera mucho Millás que según la Wiki tiene la vida consagrada a los pobres, uno necesita laburar para comer: no, yo no quiero ser triunfati, con publicar mi libro me vale, es que no conozco a nadie, no me sobra el tiempo para hacer contactos -clave de nuestro país- en el mundillo literario, ¿orgías, dice? creo que ya no está uno para esos trotes. Y gracias por sus ánimos, Cesar