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jueves, 6 de febrero de 2014

La Política, ¿de Aristóteles o de Luis Aragonés?

   

   
   En las sociedades asentadas sobre el principio de un hombre un voto y en el posterior recuento de los sufragios obtenidos, la Política, dígase lo que se diga, viene a ser cosa muy parecida al fútbol. La juegan equipos, grandes y pequeños, que varían o permanecen en el tiempo, que tienen sus aficiones, sus patrocinadores y clientelas, sus entramados sociales e institucionales, en cuya competición casi siempre ganan los mismos, aunque de vez en vez brote la sorpresa, el sorpasso o el alcorconazo, como en tantas otras cosas de la vida.  
     
   De manera que a menudo la práctica de la Política, parafraseando al recién fallecido q.e.p.d. Luis Aragonés, sabio de Hortaleza y de algún lugar más, consiste en… ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar, y ganar, y volver a ganar, y ganar… Por las victorias y derrotas conseguidas se juzga a sus respectivos jugadores, entrenadores y presidentes.
     
   Por tanto, mucho más que saber orientado al teórico bien común, mucho más que profunda disciplina sobre la más adecuada o la menos dañina forma de organización social, más que pura reflexión sobre el Poder y sus límites, la Política necesariamente viene a ser pura prágmatica basada en la captura del mayor número posible de votos. Y el voto, en consecuencia, no es  el producto de una honesta y silenciosa deliberación interior del individuo que balancee méritos y errores del gobernante en cuestión, sino casi siempre personal apoyo o menoscabo al estricto interés material de cada uno.

      
   De ahí que pueda por ejemplo un alcalde empeñar todo su saber y capacidad de gestión en sanear la Ruina que el anterior dejó, y que ese mérito –acaso el más importante, pues establece las condiciones para que esa población desenvuelva por sí misma y sin hipoteca su autónoma capacidad de crecimiento- sea público y notorio. Si para lograrlo tuvo que desmontar un colosal Tinglado de intereses emboscado entre las mamandurrias de lo público -y por tanto ganarse per secula seculorum la tirria enemiga de todos ellos, más la de todos sus allegados- nada importará: la estrepitosa derrota le esperará en las urnas. Si es capaz por el contrario de, a expensas del desinformado contribuyente, con mañas llevarse a su terreno dicho Tinglado, e incluso con clientes suyos ampliarlo, las cuentas de la Ruina –a condición de que no sea total- permanecerán ahí, sí, pero el alcalde tendrá, no sólo la reelección asegurada, ese ganar-y-ganar-y-ganar, sino la leyenda, para siempre adosada a su Figura, de Alcalde adorado por el Pueblo, casi ná.   



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

1 comentario:

Napo dijo...

“En las sociedades asentadas sobre el principio de un hombre un voto”

Aquí en España nop tenemos de eso. La relación para las generales es más o menos la siguiente: Ocho votos a partidos nacionalistas equivalen a uno de PP o PSOE en el Congreso.

Hace dos o tres eleciones generales, UI saco el doble de votos que Esquerra Rapublicana y tuvo justo la mitad de diputados en el Congreso. Doble igual a la mitad.

No hay democracia si los gobernantes no están seriamente amenazados por unas leyes claras y duras sobre su responsabilidad civil.