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domingo, 16 de febrero de 2014

Una linternita con llavero



   Tenía que acudir el otro día en la mañana a solventar un papeleo en la  ciudad. Me metí en el metro, bastante concurrido a esas horas, pese a no ser de las que llaman punta. Lo habitual ahora allí: semblantes sombríos, miradas graves y concentradas, frío ambiente, y también esa fugaz sensación de comunidad que, pese a ser todos para todos extraños, el viaje en un vagón compartimentado proporciona. Ni un sólo libro, ni un sólo periódico, ni siquiera los gratuitos allí, un par de readers y muchísimo palpoteo de teléfonos móviles, eso sí.
   
   Llegamos a una estación principal, tras la que nos esperaba a casi todos el habitual itinerario a paso medio a través de largos y grises pasillos en tramos ascendentes. A la vuelta de uno de aquellos trechos, el rítmico estruendo de la percusión de una batería cercana anegó con trallazos de samba carioca el discurrir del grupo suburbano por aquellas galerías, como si de una batucada pretendiera transportarnos al mismo Río de Janeiro. Lo querría, quizás, pero no iba, claro, aquel golpeteo de tambores a conseguir ese improbable pasaporte. Se ve que estaban aquellas gentes muy habituadas, maleadas por tanto, a la invasión allí a esa hora de los vibrantes sones brasileiros, pues, que yo viera, nadie lo más mínimo ante el trepidar de timbales  se impresionó, si es que no, alentados en parte por la propia música, aceleraron muchos el paso en busca de la salida.
     
   Por razones que no sé –bueno, que sí sé, punto- decidí, como andaba además sobrado de tiempo, desde un sitio discreto por un rato observar aquello. Mereció desde luego la pena y resultó bien curioso el tiempo gastado, pues la ringlera de tambores, cajas, platillos y timbales que contra la pared en semicírculo se disponían, tenían el aspecto, el envoltorio, el tamaño y el colorido chillón de simples juguetitos infantiles, de los que parecía del todo punto imposible que pudiesen elevarse unos sones tan rotundos y en perfecta escala acompasados como los que desde los mismos se levantaban. Asemejaba, ya digo, una batería de juguete en colores naranjitas, lo que más aún resaltaba y focalizaba el mérito sobre el músico que aquella cascada rítmica conseguía allí desenvolver. Joder, quienquiera que fuera, centrifugaba la mañana de una limpia alegría, y por impostada que la misma fuera, le añadía algo mejor a aquella grisácea tristeza.
   
   Y es que, como a juego con todo aquel pueril instrumental, quien con manos y baquetas lo aporreaba y galvanizaba, era, enseguida se veía, no un brasileiro, sino un pequeño centroeuropeo –calculé por las trazas que sería magiar o así-  de mediana edad, de pelo rubio ya ralo, con una permanente expresión de risueño cómico como estampada en el rostro al tiempo que tocaba y tocaba sin parar. Pasó el grupo mío y el rubio carialegre siguió dándole a lo suyo. Se vació el auditorio,  pero muy pronto pasaron y se fueron, en ambas direcciones, se fueron y pasaron nuevos grupos de suburbanos viajeros. Seguía él tocando.
    
   Hasta que, en un momento en que se quedó aquello de nuevo desierto –no podía, donde yo estaba, verme él a mí- sin apenas dejar de palmotear los timbales, inclinó el cuerpo para ver las monedas que dentro de un jarro, contra el que descansaba el cartelito de GRACIAS, podrían quizás haber florecido. Y por un instante también, yo lo pude ver, al descubrir él el hondo fondo de la nada, el rostro del rubio carialegre se agrió en un rictus de indefinible desolación.

   
   Cuando abandoné río arriba aquel vestíbulo, el estruendo de esos sones vibrantes, que salían de las manos de aquel magiar carialegre, continuaba anegando los corredores. Y entonces, sólo entonces, subiendo ya los últimos peldaños hacia la luz del día, recordé a la mañosa joven, bajita, resuelta, con anatomía de buen ver sobre todo ataviada, que, en el luengo convoy que nos había traído, rompió con su voz melosa el marasmo de aquel monacal silencio para decirnos a todos que simplemente ella se ganaba la vida vendiendo por un euro esta linternita con llavero que aquí pueden ver, y que muchas gracias, y que si podíamos ayudarla, y oye, comprobé que, más que menos, la cosa a ella le funcionaba. Al menos a ella sí. Contra toda lógica, un poco avergonzado, en la gélida ciudad ya, a mí mismo me sorprendí fantaseando… ojalá los dos, la chica melosa y el percusionista magiar, formaran en realidad una muy ilusionada pareja de novios, que pronto estarían nada más que besándose.  




    LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen y análisis de la obra en estos enlaces)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)   

1 comentario:

El Fugitivo dijo...

Muy bonita postal metropolitana.

FugisaludoS, maestro.