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sábado, 29 de agosto de 2015

¿Cuándo demostramos lo que de verdad somos?

     

  
   Leí hace años un relato de Richard Ford en el que presentaba a un matrimonio de tantos, norteamericanos de mediana edad, de compras por un atestado centro comercial. De repente irrumpe en la tienda en la que ellos curiosean un desequilibrado blandiendo una pistola amenazadora y lanzando gritos. Se desata el pánico, un auténtico cafarnaúm de alaridos de horror, carreras y empujones a su alrededor. Entonces, de forma del todo inconsciente, durante esos críticos instantes el marido alcanza a guarecerse tras el cuerpo de su mujer. Alguien desarma y reduce pronto al zumbado. Ha sido todo visto y no visto, ha durado escasos segundos el episodio entero. Se restablece, pues, la grata normalidad allí, también en apariencia la del matrimonio protagonista.
    
   Pero de vuelta a casa, silenciosos y atrapados en el atasco dentro de un túnel, -destreza simbólica del Autor para escenificar la crisis- la mujer reflexiona y le anuncia a su marido el fin de su matrimonio: ha entendido que la situación límite vivida antes ha revelado de manera indiscutible la verdadera personalidad de él y la verdad esencial de la relación que les une. En vez de protegerme, ¡me utilizaste de escudo!, viene a decirle. Y frente a los hechos no valen nada las palabras con que quieras ahora adornar tu cobardía. No puedes ahora decirme que me quieres.
   
   ¿Cuándo somos más de verdad nosotros mismos? ¿Es en las situaciones extremas, ésas en las que desaparecen los roles acomodaticios de lo social y en las que se disuelve el conjunto de caretas con el que transitamos por la vida cuando aflora nuestra moneda más íntima y pura? ¿O son las cruciales reacciones en esos momentos extraordinarios producto sólo del ciego instinto y de automáticos mecanismos internos nuestros que ni siquiera del todo conocemos, y que por lo tanto, ningún valor de verdad sobre nosotros pueden mostrar?

   
   ¿Son acaso los instintos –es decir, lo animal, lo atávico, lo pulsional- la almendra última de nuestra concreta humanidad? ¿No decimos cosas como “se me fue la olla, me dio el punto, se me cruzaron los cables” para que no se nos tenga en cuenta según que extemporánea reacción que una vez tuvimos? ¿Dice más de una persona lo que ésta haga en un muy determinado momento, fuera por completo de lo ordinario y sometida a tan tremenda presión de ambiente que apenas puede sino “saltar”, que el conjunto de pequeñas acciones y reflexiones con las que ha construido con paciencia y con consciencia su personalidad y su mundo a lo largo de la vida? ¿Podía la concreta reacción de ese marido ante el atroz caos desatado por un pistolero tronado ser puramente anecdótica, azarosa y fortuita, y constituir por contra la suma de todos los hechos cotidianos y reflexivos en relación con su mujer la auténtica prueba del nueve de lo que en realidad él es? ¿Cuándo somos como de verdad somos?






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