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miércoles, 16 de marzo de 2016

Compañeros en la Plaza de los Cubos, la vie en gris



   Había quedado a comer con tres antiguos compañeros de la Facultad de Periodismo en la madrileña Plaza de los Cubos. Buenos compañeros. Nos vemos una vez cada tres años, más o menos. Más de tres décadas ya de aquello, mamma mía, la de agua, turbulenta y de la otra, que no habrá pasado bajo los puentes. En los Cubos la mañana era desapacible y friucha, del color del acero, y en estas calendas qué queremos. Las hojas resecas y amarillentas esparcidas por aquí y por allá, azotadas al capricho de un viento áspero. Llegaron. Chocamos la pala. Hum, las gloriosas cabelleras que un día todos ondeáramos, por qué despeñaderos el Tiempo tirano las habrá arrojado. Ah, aquellos rostros de briosos héroes cinematográficos, dónde, esa carcoma aviesa que a hurtadillas nos va estropiciando el porte, c´est la vie.  
   Los gigantescos dados de metal de la Plaza, en airosa cabriola de equilibrio unos sobre los otros, como suspendidos en el aire modernista, permanecían intactos, casi ajenos al Tiempo, acaso contemplando ellos nuestro azoramiento  desde la rara armonía de sus aristas perfectas. Les había hablado yo antes vía redes de mi libro de diez euros, claro. Trabajan para la Administración. De los tres, a última hora, por motivos de garganta, Manuel no pudo acudir. Que para primavera, les había dejado dicho. Vale. Arturo me dijo que él ahora no leía libros, que más adelante veríamos. Vale también. Floren me dijo, Jose Antonio, yo sé que tú escribes muy bien, estoy deseando leerlo, va a ser mi regalo de Reyes”. ¡Bien! Así es la vida, sí, qué bien lo sintetizaba el arte eterno en aquella Plaza, una tirada de dados desiguales desde las alturas, a veces una buena jugada, una trufa otras. 

     Bueno, nos fuimos a zampotear el menú del día de una posta alemana que hay por aquellos bajos. Comimos lentejas y bonito a la plancha entre vasos de vino macarra. Bebimos café. Parloteamos como descosidos. Los camareros venían cada dos por tres a ojearnos, porque hablábamos tanto que no terminábamos nunca los platos. Ni siquiera nos percatábamos de sus ceños fruncidos. Ostras, que cuando miramos alrededor las mesas estaban todas vacías y los camaretas nos esperaban con los brazos cruzados, golpeteando el suelo con la puntera del zapato. Pasamos un rato muy estupendo, la verdad. Rememoramos nuestras hazañas bélicas, claro, pero nos pusimos también al corriente de nuestras respectivas existencias: separaciones, hijos, pádel, ilusiones, problemas, dolores, actualidades… la vie en gris, of course. Rehilvanamos así flamantes, los hilos que anudan nuestra amistad, eso es. Eso es mucho, de verdad. Entonces... CONTINUARÁ MAÑANA




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