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sábado, 19 de marzo de 2016

Padre sin estampa



   Acaso mi padre no merezca quien le escriba. Él no es un legendario coronel sietemachos, no. Su figura nunca bailará boleros por la imaginación de Almodóvar. O claqué por la de Woody Allen. ¿Un suelto por la de Tarantino quizás? De Tarantino mejor ni hablamos. ¿Sabes?, mi padre nunca me zurró de niño. Mi padre no ha sido alcohólico, ni maníaco-depresivo, ni siquiera ludópata. Podría al menos haber sido ladrón, o un poco asesino, un simpático estafador, qué se yo. Nada de eso. Jamás se largó de casa olisqueándole las feromonas a ninguna querindonga fatal. Tampoco destrozó vajillas a lo Marlon Brando cualquier día que el tranvía no le llevara a su deseo. No, mi padre, su vida, no tiene el más mínimo interés artístico.
     Lo único que él tenía, recién casado ya, era una yegua alazana del color de la canela. De ella se servía para las fatigosas tareas agrícolas en su pueblajo segoviano. Arar, trillar, acarrear, escardar, cosechar, esas labores tan cacofónicas. Llegó un momento en que el campo apenas daba ya para comer, y Madrid era entonces una inmensa fábrica de oportunidades inciertas que tantos sueños de darse una vida mejor atraía. Un Hollywood para pueblerinos sin glamour alguno, vamos.
     Le debió dar pena tener que vender su yegua, aunque seguro que menos que la que yo ahora imagino, porque la necesidad se aviene mal con el ternurismo. Podía así comprar los cuatro trastos necesarios para meterse con su mujer y dos hijos de cuatro y dos años en una habitación con derecho a cocina de un semisótano sin luz natural cerca de la Estación del Norte. Una feroz alergia al cemento truncó el aguerrido albañil que ya apuntaba en él. En Marconi, la fábrica de relés eléctricos, la paga era una birria. ¿Qué hacer? que dijo el otro. Qué hacer para sacudirse el barro y el estigma de la miseria. Dónde descargar esas ansias atropelladas de comerse el mundo y salir adelante. No, no podía permitirse el lujo de ser rebelde, aunque sí tenía una causa.
    ¿Abrir una bodegucha? Pero, no sabías nada de aquel oficio, qué podía pasar. Pedir dinero al tío Flores con intereses de usura. Arriesgarse. Una bodega de mala muerte que sólo con el tiempo y un esfuerzo indesmayable –y el de mi madre, a su lado siempre- se convertiría en un modesto bar con cafetera y todo. Una cafetera de aquellas de brazo articulado en las que despachar un café era una prueba gimnástica. Más tarde comprar las mesas de formica, la vajilla, las cámaras frigoríficas, el televisor, que los clientes pudieran ver los toros y el boxeo allí, que no se fueran. Todo a plazos, claro.
     Abrir el bar a las seis de la mañana, no cerrarlo antes de la una de la madrugada. No librar un solo día durante más de diez años, guiados sólo por la luz del ciego anhelo de dejar atrás la pobreza. Aprendiendo a la vez, poco a poco, a mantener la clientela, a aguzar el instinto y la voluntad inquebrantable, sin apenas tiempo para descansar, sin ayuda, superando sinsabores y reveses –siempre abrían cerca bares nuevos y más modernos-, rehuyendo las fáciles tentaciones de quien nunca tuvo nada y encuentra al fin cuatro duros en el bolsillo. No parar, reformar, ampliar con el local de al lado, una barra nueva de zinc, toldos de color. Comprar por fin –delante de una montaña de letras, de las de pagar- un minúsculo piso bajo en Aluche, helador en invierno y un horno durante las noches del verano.
     Años de incertidumbre, en los que cada señor que llegaba al bar con un maletín podía ser un cobrador. ¿Podremos pagar? Aquel, de impoluta gabardina, al que hubo que dar hasta la calderilla que quedaba en la registradora. Noches de caer rendido en la cama, con hijos pequeños que dormían primero entre cajas de vino –ése fue el aroma peleón que envolvió mis sueños infantiles- o encima de una mesa, entre los alegres clientes nocturnos. Días y años de trabajar resfriado incluso, o con ojos brillantes a la vez por la fiebre y el tesón, doloridos e hinchados los dedos por los sabañones del agua fría.
    Mi padre, en fin, que nunca regaló a mi madre una sortija de diamantes el día de su aniversario. Ni podía, ni cuando ya pudo le gustaron nunca “esas bobadas”. Pero pelearon muy duro juntos, rieron y discutieron juntos, se aventuraron y se ilusionaron juntos y juntos paladearon la alegría intraducible de las recompensas conseguidas con el sudor y el afán propios, que transfiguran las meras cosas en testimonios espirituales de ese empeño. Creo que no ha habido un solo día en sus vidas que no hayan dormido juntos. Unieron sus alientos en una tarea común, que era el listón que para los dos sancionaba su valía y que les empujaba a la vez a superarse. Se han entregado la vida el uno al otro. Se diría, por ponerle un poco de falsa y manida literatura a su modesta epopeya, que el día que decidieron unir sus vidas, fue como si en efecto se soldaran el uno contra el otro, y que no hubieran dejado desde entonces de cabalgar unidos, a los lomos de aquella yegua alazana color canela de su prehistoria, infatigables y joviales, en la remontada de la escarpada ladera de la montaña de la vida.
    Y verles ahora, de viejos, a veces discutir con encono y cruzarse crueles reproches por cuenta de quién olvidó regar los geranios, o quien confundió el programa de la lavadora, o quién ha de marchar al exilio de la habitación de al lado para ver a solas su triste serial favorito, le llena a uno, he de reconocerlo, de un terror… tarantino. También puede que estas lineas  sirvan para doblegarlo.
     Pero sí, la peripecia de mi padre al cabo no encierra enjundia artística alguna. Resulta insulsa y tediosa, lo sé. No sólo la suya. También la de millones de hombres y mujeres que como él, sin apenas formación y en un ambiente hostil, pero con idéntico coraje indomable, mejoraron su suerte y la de los suyos, y mejorándose ellos, hicieron también mejor cuanto les rodeaba. Ningún creador –de esos de los que se asegura indagan como nadie en las más esenciales notas de la condición humana- compondrá con sus vidas poema, película o himno alguno. Mi padre, ya se ve, tampoco es el padre de Franz Kafka. Es sólo mi padre. 


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS

   Porque a mi parecer un libro íntimo, no tanto porque nos revele interioridades escabrosas, sino porque sobre todo consiga con desnudez hablarnos como al oído de los paisajes esenciales del alma de quien lo escribió, es también uno de los más acabados símbolos por los que alguien ofrece al Otro –a quien físicamente no tiene delante, al que de otra forma difícilmente podría hacerlo- la propia mano. Esto soy. En estas historias –no en forma de un discurso, sino con destreza encarnadas en personajes vivos a los que les ocurren cosas, a quienes sorprenden los avatares amargos o alegres de la vida- late la urdimbre sentimental que hasta aquí me trajo.  Quiero ponerlas en común contigo. Quiero revivirlas a tu lado. Puede que te reconozcas también en ellas. Aquí tienes mi mano.
 Por correo ordinario, 10 Euros; por correo certificado, 15 Euros. Personalmente dedicado, si quieres. Pídelas en    josemp1961@yahoo.es

      


3 comentarios:

Lucía Conde Parmés dijo...

Te leo desde hace mucho y éste es una de las entradas que más me han gustado.
Felicidades a tu padre y a ti, también, si lo eres.
Un beso XX ( de tamaño, no seas mal pensado).

José Antonio del Pozo dijo...

Muchas gracias, Lucía. Otro XXL para vos. Espero el pedido de tu ejemplar prometido, jejejé, que pronto si no habrás de pedirme los dos de una tacada. Saludos, Luc

Anónimo dijo...

Gracias por tan magnifico post. Estoy llorando como me pasa con las buenas historias. Gracias por escribir unas líneas tan hermosas sobre su padre que casan tan bien con miles de hombres grandes que nunca estarán en los libros o pantallas. Un saludo.