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viernes, 15 de julio de 2016

Naturaleza humana y redes sociales: el Homo odiator

     


   Escribía ayer sobre las redes sociales, a propósito de los Tuits del Odio, Arcadi Espada en El Mundo que “jamás la humanidad había dispuesto de un similar espejo” sobre la condición humana, en este caso de su vileza. Diríamos, por un lado, que los Tuits del Odio nos parecen en parte un instrumento deliberadamente planeado, dentro de una más general Política del Odio, por los Líderes que desean arrasar esta sociedad para sembrar eso, Odio, para crear, eso, miles de ejemplares del Homo odiator, el genuino prototipo de esta época. ¡Si incluso -lo hemos visto-, a modo de cifra esencial que les resume, en las manos se lo tatúan!
    Quizás, por otro lado, sean las redes sociales algo más que un espejo. El medio es el mensaje, decía MacLuhan. Y el reguero explosivo del Odio se adapta como un guante a las fulgurantes y vertiginosas características tecnológicas de las modernas redes, que no dejan de conformar y modelar los caracteres de muchos de quienes las usan y abusan. Siempre ha habido cafres, ciertamente. Más nunca como ahora recabarán sobre sí la propia y gruesa reivindicación, el orgullo, de la brutalidad en que consisten.
        Por la viscosa rampa cuesta abajo de la regresión cultural que la fusión de la Telebasura (relato hoy dominante) y la instantaneidad y el anonimato que las redes sociales procuran, más allá del homo gañanis, un nuevo y bilioso engendro asoma sus mefíticas fauces: el homo odiator, o hater, como repiten hoy los loritos anglófilos a la última.
    Al cabo el homo gañanis contentáse en el bajuno solaz que le proporciona autocontemplarse en la molicie de esa burricie en que chapotea. Un paso más allá, un paso más abajo, el homo odiator  se complace en escupirle su esencial ponzoña a aquel que en el fondo admira. ¡No se ocuparía tanto en espetarle y esputarle su veneno de no ser así! Suele concentrar su verduzca descarga el homo odiator, que jamás por sí mismo construye nada, en tal o cual Famoso, en cuya mortificación cree ver el sentido de su existencia. ¡Qué decir ya -salvo anotar que estamos ya ante el culmen del patetismo- de ese homo odiator que como víctima de sus gargajos elige a alguien tan desconocido e insignificante como él, pero que al menos algo por sí mismo crea.
     El homo odiator consiste, claro, en su odio. Entre los desagües malolientes de las redes, sobrevive amancebado con su odio. Entre todos los posibles suele elegir un avatar horripilante, de una convulsa fealdad extrema, como delatando en el lance aquel viejo adagio de que es la cara el espejo del alma, salvo que llamar alma a la vesícula purulenta que les anima no parece justo a esa hermosa palabra. Casi nunca a sus regüeldos le ponen su nombre, ni siquiera el de otra persona, cualquier nombre que pudiera responsabilizarse y hacer suyo y soportar sus detritus. Eligen para sí un alias,  horrendo también la mayoría de las veces, a juego con lo repugnante de su avatar, para que la fealdad en ellos se remate. Eligen por último a su víctima… ¡y a odiar! A secretar una y otra vez sobre ellos, como los virus malignos, el elixir del odio que les reconcome.

      ¿Tratar de dialogar con ellos? Imposible. No atienden a razones, por supuesto, pues les atraviesa a ellos de punta a punta, no una locura inofensiva y näif, no, sino la misma locura del odio. ¿Ofrecerles unas palabras? Absurdo. Las utilizarían sólo, en una fotosíntesis funesta, para alimentar el torvo odio que les mantiene reptiles. Casi consigue el homo odiator que el homo gañanis nos caiga bien, no te digo más.  



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