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lunes, 9 de mayo de 2011

Obama-Zetapé-Osama... Sócrates

    
     Conócete a ti mismo, nos recomendó Sócrates, el filósofo griego, no el capitoste luso ahora intervenido por la cicuta merkeliana, esa amarga miel. Claro, antes de ordenar a la basca a lo loco indignarse, como en el imperativo panfletucho de Hessel y Sampedro se nos exige, aconseja la prudencia elemental la básica indagación sobre la propia esencia. ¿Sobre qué peana levantar la Indignación? Esa sincera y pública autointerrogación, que dejara las cosas muy claras en el momento mismo de arribar al Poder, fue realizada por nuestro impar Presidente, sin el que, de verdad,  no sé que va a ser de nosotros, los blogueros fachas, I mean. Y en tres tajantes asertos como tres inapelables sentencias  cifró entonces Zetapé el meollo último de su cogollo: “El Poder no me va a cambiar”. “No os voy a fallar”. “Soy rojo”.  Es decir, estoy al servicio de la Humanidad. Bravo. La Tierra, el Viento, los Ricos Botines  y los pobres, ya sabemos.
     Arribó luego Obama al Poder Sumo y dijo… yes, we can. ¿O acaso dijo, yes we Kant, y con Kant su célebre imperativo categórico para conducirse en el vasto territorio moral que ante él se presentaba? ¿Can o Kant? Camps, que le diría Rajoy a su amiguita rubia del Sálvame. Los apologetas de Zetapé mucho se esforzaron aquí en trazar las estrechas similitudes que al parecer adornaban sendas biografías de los dos ilustres hombres. Vidas tan paralelas que, en inaudita estampa, a ambos más tarde veríase rezar juntos y fervorosos el Deuteronomio en un sarao de la extrema derecha yanqui. Vino luego la foto de familia, aquel gótico posado, mejor no comentar. En fin, con ambos dos a los mandos de la nave global del Planeta Tierra no faltaron pajinianos augures, ministros hoy, que entrevieron hasta planetarios prodigios. La liquidación de Bin Laden, con aplauso zetapeico incluido, el último.
    
     No es sólo que Zetapé, sin que nadie se lo pidiera, alardeara de “rojo”. Le dio sin parar cuerda al carrete de la memoria histórica. Pactó con los independentistas esquérricos. Publicitó a los hampones de la que él llamaba la “izquierda abertzale”. Promovió el famoso homenaje paragubernamental a Carrillo. Item más: en la famosa entrevista en EL PAIS con Millás –planetario escritor rojo también donde los haya, que se embauló los cien kilos del Premio Planeta… para luego llamar a la lucha armada contra el Capital, que es que hay que indignarse y hasta tocarse los gabilondos hasta el fondo- quedó para la posteridad impreso este muy socrático diálogo:
     -hablando de su hermano, con el que repartía propaganda, creo que tanto él como su padre estaban más a la izquierda que usted.
     -mi hermano era del PC, y muy activo, y mi padre había colaborado con el PC en la clandestinidad.
     Vamos, que, casi hasta sin quererlo había mamado en casa Zetapé, y desde los referentes humanos para él más próximos y fundamentales, los muy pragmáticos ideales comunistas al servicio de la Humanidad.
      
      En 2010 con las cuentas públicas en bancarrota –por la culpa de Aznar, of course- hubo Zetapé de probar antes que el luso Sócrates la dichosa cicuta merkeliana, a la que telefónicamente añadiría también Obama su exigente dosis: congelación de las pensiones, endurecimiento de sus requisitos, rebaja de los sueldos, parados por millones bajo su mandato. Según confesó después, tal era su aflicción, pasaba entonces las noches en blanco. Intentó continuar,  que fuera todo al servicio de la Humanidad, pero los jefazos federales del Partido, que olían su cadáver, no se lo permitieron.
     Incluso ahora, en el tiempo de la basura zetapeica, a cuenta de la liquidación de Bin Laden, no ha perdido Zetapé la ocasión de reforzar su simbólica identificación con Mr Obama. Viéndoles justificar esa liquidación –antes vino, a lo Reagan, la de un hijo de Gadaffi- le recordaban a uno a un par de bailarines de claqué –mucho más suelto uno que otro, la verdad-, aquellos Sammy Davis jr y Dean Martin de hace mil años resbalando sobre las tablas de su propio desquicie. Veamos: puso Bush el pasquín de wanted al más criminal terrorista de la Historia, que no otro era Laden. Y añadió con tétrico gusto tejano: vivo o muerto. Cuando le tuvo Obama al fin en la mirilla –antes Felipe González le daba vueltas aquí a lo que debería o no haber hecho él con los jefes etarras cuando a tiro los tuvo- decidió: muerto.
     Es curioso, porque al acceder Obama al Poder el inagotable repertorio de la propaganda progre susurraba por las esquinas que muy pronto los Eternos Amos del Sistema iban a ordenar el asesinato de Obama. (Un día me llegó mi hijo todo cariacontecido y pesaroso del Instituto, “papá, papá,… es que me han dicho en el patio… que a Obama le van a matar). Dios y la lucha de clases no lo quieran, por supuesto. Lo que si es irrefutable de momento es que en su día estuvieron en un tris de matar a Reagan, a Juan Pablo II, a la Thatcher… a Aznar, aunque  como tantas veces, en nada mengüe esa verdad la perenne huella de la machacona propaganda progre sobre las conciencias.
     Y para más inri se dejó fotografiar Obama en grupo –como un tramposo repartiendo, él un poco al margen, entre todos el Pecado; ah, ese delicado gesto de horror, la mano en la boca de Hillary Clinton, esa femenina sensibilidad- siguiendo desde el Despacho Oval la acción, la misma que luego ordenó ocultar él al mundo entero. “Se ha hecho justicia”, sentenció además Obama así la Operación Jerónimo, con resonancias del Far West. Pero es que también ordenó Obama… ¡lanzar el cadáver de Bin Laden al mar!… ¡lo mismo que hacían los siniestros militares argentinos en sus vuelos de la muerte! Mamma mía, si tal llega a hacer Bush, la que arman los Cejateros del mundo.
    
     Bueno, pues aquí, su rendido admirador Zetapé, el adalid de la Alianza de las Civilizaciones y de la más escrupulosa “legalidad internacional”, esa conciencia malherida ante las semillas de la violencia en el mundo, el mismo que sostiene que hasta los niños chinos dicen paz en español, tuvo arrestos para espetarle en el Parlamento a Llamazares, repito, a Llamazares, el emblema de los comunistas españoles, que el de Bin Laden “es un destino buscado por él mismo”, que él se lo buscó, vamos, que sonaba en sus labios a la inadmisible chulería del acusica de la clase que se esconde tras el más fuerte mientras, nunca mejor dicho, da lanzadas a moro muerto.
     Y es que mucho parecía dolerle a Llamazares la muerte de Bin Laden, pues por mucho que el comunismo considere la religión como el opio del pueblo, -y resulta el fundamentalismo islámico crudísimo veneno mortal-  mucho más opiáceo les resulta siempre el Capitalismo y los EEUU, y el explotar a la vez cuanta causa anti-occidental pulule por el mundo pro domo sua. También que, en increíble carambola,  el FBI obamita había por error en su momento en sus carteles identificado a Bin Laden bajo el rostro del ínclito Llamazares (¡), por lo que acaso sintiera éste en el propio cuerpo a la misma vez que Mr Bin los disparos que a miles de kilómetros acababan con la perra vida del terrorista. Debió quizás reconvenirle al Presidente en que, como se entere el nuevo Obama de que Zetapé en día no tan lejano no se levantó ante la bandera norteamericana, un muy negro futuro en León puede de parte de su endiosado Obama esperarle.
      Así es que al fin, a la vista del claqué zetapeico, no pudo Llamazares –acaso también hablaban entonces a su través los ecos activos y clandestinos de las voces familiares- sino concluir apesadumbradísimo y del todo derrotado el hombre: “Señor Presidente… no le reconozco”. Y de esta forma el imperativo socrático, y los inciertos flujos de la identidad voluble y móbile, y en política ya ni te cuento, sobrevolaron la siestorra de sus augustas señorías. 
    
         

jueves, 5 de mayo de 2011

Kate Middleton, el Viagra, yo mismo

     
     La otra mañana,  todo meditabundo y errabundo a pesar de dirigirme hacia el trabajo, venía yo arrastrándome más que caminando sobre las aceras, tal era la gravedad que alcanzaban mis mentales inquisiciones. Joder, ni que llevara el peso entero del mundo contra mis vencidas espaldas. Debía parecer el muá, a los ojos del resto de ufanos viandantes, uno de esos adustos caballeros, sobrecargados de los hombros y como teñidos de una enfermiza palidez sobre el oscuro jubón, de los que en su día inmortalizara Doménico Theotocópulos. Theo-to-cópulos Doménico, qué nombre tan bonito y tan sensual, casi sus sílabas reverberan ellas solas en los labios sin quererlo, tan a tono además con la mañana calurosa y jubilosa, impropia a todas luces de las calendas que llevamos, y que más aún debía contrastar la pesadez de mi estampa cabizbaja. Era ya a esas horas el sol un buen tunante allá arriba, que caldeaba los cuerpos con imprevistas caricias subiditas de tono. Los gorriones se perseguían frenéticos de rama en rama con fornicatorias intenciones. Todo lo calenturaba ese pedazo de sol, todo, menos mi  frígida silueta.
     Y es que en los últimos días me habían colocado en el blog dos bien extraños comentarios a una poessía d´amore que había puesto yo… en las vísperas de San Valentín, tilín, tilín. ¡Great post!, clamaba al principio zesovela. ¡Nice and helpful piece!, encomiábame los míos versos mesunazi. Carambola, me decía yo a mi vez,  entusiasmado también de inicio, hasta en la lengua de Shakespeare existen almas caritativas que de lo mío se apiadan. ¡Y tanto! Great, nice, helpful. Rebotaban por mi cabeza –y con qué sobredulzura de almíbar añadido- los elogios anglosajones como bolas premiadas en un remoto bingo. Con un par, José Antonio, –noté cómo mi ilusión crecía y crecía- así llama el Destino a la puerta del Hombre, las cosas del Intenné ansí son,  quién te dice que detrás de zesovela, detrás de mesunazi acaso, no anda la británica Editora que le haga al fin justicia a mi arte, que es punto y aparte. Quizás Mr Follet le haya dicho por lo bajini a alguien: lee, lee a este hijo de la Gran… Bretaña y verás lo que es bueno.
      Mas  a lo que sus comentarios remitían era a… – aún temblando pulsé esos enlaces-… a  una guapa médica, tan guapa al menos como ¡la mismísima Kate Middleton!, a la que muchísimo se le parecía,  -ahí está, en los comments de mi poesía, mírala y dime si miento- que se me apareció entonces sobre el ordenata como una hada medicinal. Tenía la doctora Middleton –sorry, lady Mi, pero así la bauticé yo al instante-, que sin pestañear me miraba con sólo una discreta sonrisa,  bata blanca y  fonendo al cuello. Tenía sobre todo un par de prometedores ojos y dos muy saludables pómulos, como de manzana reineta en sazón. Tan rebosante aspecto arrumbó por lo suelos al momento la cometa de mi fantasía, claro. Pues lo que en realidad, tras una breve y técnica disertación, venía a ofrecerme la lozana doctora Middleton  era… ¡viagra!, buena, bonita y barata viagra, azulada y lírica viagra, que al parecer de las zesovelas  debía yo encargarle pero que ya mismo.
    
     O sea, que había querido yo con mis versos perfilar y dilatar los temblorosos contornos más del enamoramiento que del puro deseo, y coincidían las zesovelas, tras penetrar en la clave última de los mismos, en recomendarme… la dichosa pastillita azul. De esta forma me leían como poeta ese par de foráneas. Pensarían las zesovelas: le hemos calao, a este pájaro lo hemos calao. Mucha palabrita pero es nuestra pastillita lo que en el fondo tú necesitas, puestos ya a sobetear el ripio, calculé que habrían ellas cavilado. Algo así como el inveterado “¿eres poeta? pues abróchate la bragueta”, adaptado a los modernos tiempos de la Mugre: ¿eres Poeta? pues cajita de Viagra a la Maleta. Leches, si al menos no me hubieran puesto por delante los turgentes great,  nice y  helpful de los prolegómenos, si tanto no me hubieran encelado con ellos, no habría sido tan dura la caída mía.
     Era algo perfectamente absurdo: de sobra sé que ese día, como todo en esta tarantiniana vida, llegará, pero a día de entonces, tilín, tilín, San Valentín, y odio alardear de nada, no se daba el caso aún de que necesitara mi lírica lira de químicas sustancias para, modestamente eso sí, elevarse y por si solita fulgurar. Tampoco pasaría nada muy grave si así fuera. Hay cosas peores. ¿Quieren creer que, como en las más idiotas profecías que se autocumplen, sucedieron a las recomendaciones zesovelas unos muy amargos días en los que, lleno de un pánico desconocido, me miraba, me escrutaba, me espiaba… y no del todo me encontraba?  Se me llenó el espíritu de dudas. Me decía, no si al final verás, tendré que escribirle a las zesovelas estas encareciéndoles su apoyo y… rogándoles que me receten un poco de lo suyo. Sólo por reencontrarme, quede claro.
    
      Y con ánimo tan apesadumbrado gravitándome sobre la chola, como de nubarrones atiborrándose de creciente negrura, arrastraba yo mis pasos camino del trabajo en la ardiente mañana que el madrileño abril casi a traición nos brindaba. Al atravesar un paso de cebra un conductor malencarado me pitó con rabia. Se ve que no me correspondía pasar entonces y tuvo que frenar, yo que sé. Encima aquel macarra me mostró al pasar muy rígido sólo el dedo corazón de su mano derecha. Qué menda. Alcancé, tratando de disimular cuanto pude el engorro, la otra orilla.
     Había allí, al pie del semáforo, una mujer morena, menudita y un poco rechoncha. Ya verás, me habrá visto esta tía los ridículos aspavientos que por culpa del claxonazo hube de proyectar, y aun se estará riendo de mí, me malicié. Pero no. Esbozó sin mirarme un amago de sonrisa compasiva. Me fijé entonces un poco más en ella. Llevaba una bolsa de mandarinas. No, no era tan atractiva como la lozana doctora Middleton a que me habían enviado las zesovelas viagrófilas. Era normalita, como tú y como yo, aunque todos los miembros de su cuerpo guardaban entre sí una adecuada proporción. Llevaba el pelo negro un poco largo. Tuvo además la indecible bondad mi samaritana particular de no hurgarme en la herida, es decir, de hacer como que nada de mi estrepitosa gesticulación reciente había ella visto.
     De alguna misteriosa forma captó también al vuelo que alguna íntima herida más aún  me mortificaba, pues con naturalidad dejó caer a mi lado, “uff, cómo calienta hoy el Greco”,  concediéndome un invisible permiso para contestarle algo y proseguir después cada uno su camino, poca cosa en apariencia, un cabo con que aferrarme al mundo de los vivos en realidad. Cómo calienta el Greco, juro que eso dijo. Doménico Theo-to-cópulos, traduje al instante yo. “Es verdad…es… verdad”,  le respondí un poco alelado, qué quieren. Se inclinó entonces ella a recoger la bolsa de mandarinas que había dejado un momento en el suelo y por entre los pliegues entreabiertos de su camisa azul mahón pude ver durante un instante electrizante el doble promontorio divino y agitado de sus senos, los indicios gloriosos de sus pechos yendo y viniendo, redonditos como dos mandarinotas exuberantes y vivas, que desde donde yo estaba se adivinaban golosas y muy bien colmadas.
     Debió ponérseme el rostro más rojo que la misma luz incandescente de la figurita del semáforo que a los peatones nos prohibía el paso. Debió darse ella cuenta. Me miró algo seria, se giró de espaldas contra mí… y vino entonces lo mejor.   
    
     Sí, porque mientras esperábamos el verde que aflojara el nudo que el semáforo había entre nosotros dos formado, soltó de nuevo la bolsa de la mandarinas y con aérea destreza empezó a recogerse la mata de pelo negro y liso por encima de la cabeza, anudándolo en varios intentos, amasándolo en dos o tres formas distintas de trenza, buscándose con la otra mano una diadema o una goma que no aparecían, sosteniéndose simplemente el pelo negro allá arriba acopiado entre sus manos, los brazos desnudos y flamantes en triángulo hacia esa altura, sus flancos expuestos y libres, sólo para aliviarse un poco el calor que la traía sin duda sofocada, hasta fijárselo al fin con arte, como una piña que hubiérase dispuesto ella sobre la cabeza.
     Parecía todo transcurrir al ritmo de una primorosa cámara lenta. Sin quererlo ella, dejó al descubierto para mí allí mismo el cielo de su cuello esbelto y terso, y la postrimería de su nuca, esa pelusilla preciosa de melocotón que las mujeres ahí poseen, a escasos centímetros míos esas hebras de cabello angelical en escarpado rizo sobre una piel tan exquisita. Le brillaban ya por el sudor, mínimas perlas en bucle sobre aquella nuca; algún júbilo remueve por dentro siempre el sudor, así  es que no pude por menos que, afinando mucho los labios, soplarle y soplarle para mejor refrescar ese cuello, para en algo refrigerar ese cuerpo acalorado, como si, más que boca y dientes, un fuelle de aire tibio inagotable para ella tuviera yo allí.  Con los ojos entornados movió ella, de forma quizás inconsciente,  hacia uno y otro lado la cabeza, dejándose llevar durante un instante en la caricia intáctil, sin preguntarse por tanto todavía por el origen de su dicha inesperada,  para que la brisa  de mi soplo le alcanzara bien todos los recovecos de la nuca ardiente.
     Se volvió al fin y me encaró. Puede que vaya a cruzarme la cara de un torniscón, pensé. Se sonrió en cambio, tan discreta, ahora sí, como la misma doctora Mí. Se agachó entonces, poniendo cuidado en estirarse bien la camisa para vedarme por completo la visión pecaminosa, y, eligiendo entre todas, me regaló una de las mandarinas de su bolsa. “Me encantan”, acerté a decirle.  Saltó la luz verde. Y se alejó en  dirección distinta a la que yo llevaba la mujer de las mandarinas. Aún veía yo su nuca cuando ella ya había desaparecido. Hum, me resbalaba el jugo de la mandarina barbilla abajo, pues la estaba comiendo con la fruición de un caníbal.  
    ¿Y lo Otro? Entonces no ocurrió; nunca me hubiera perdonado grosería tan indefendible en un momento tan sobrenatural. Pero unas horas más tarde,  sin causa alguna que lo provocara, por así decirlo… me reencontré. Tampoco era para tanto el tema, que es que soy más bobo que Abundio. Ah,  y muchas felicidades, doctora Mí.
        
      
        
    
    
    

martes, 3 de mayo de 2011

Bin Laden, el que avisa es Richard Ford

    
     La realidad imita al Arte. Oscar Wilde vive. A Bin Laden le “mueren”. Obama,  Nobel de la Paz, el hombre que alumbraba una Nueva Era, alardea de haber ordenado la liquidación del Superterrorista. ¿Qué dirá de ese renglón torcido la sacrosanta legalidad internacional? Según la versión del gobierno norteamericano, en el crítico momento del asalto, Bin Laden, ese hombre, utilizó a una de sus esposas como escudo humano ante el tiroteo. Si así fue, estuvo en ese momento Bin Laden a la altura de la leyenda que le adorna: la de ser un malvadísimo de cómic, retorcido y abyecto como sólo éstos lo pueden ser, pues efectivamente, se desenvuelven en los cómics cuando los negocios se les complican los malos malísimos con tan aterradora maldad.
   
     No hace tanto (24-2-11, Rimas y Leyendas del 23-F) nos hacíamos eco aquí de un antiguo relato de Richard Ford en el que, ante una situación parecida, un hombre, de forma instintiva, utiliza de idéntica manera a su esposa para defenderse de un desequilibrado armado que siembra el pánico en un centro comercial. Aquella mujer deduce del incidente con suma tristeza, cuando esa misma noche regresan en el coche a casa, lo poco que realmente la ama su marido. No  hubiera en otro caso antepuesto su cuerpo para intentar así salvarse él. La súbita reacción deja también sin palabras al propio hombre, no menos apenado, que no se explica nada, como abrumado por la verdad que parecen descubrir los tercos hechos. El incidente, que dura escasos segundos y que se salda sin un sólo rasguño físico, es capaz de destrozar un matrimonio que instantes antes parecía tan sólido y firme como todos, como todos los que funcionan, quiero decir.
    
     ¿Revelaba esa reacción meramente instintiva una verdad oculta acerca del carácter esencial de ese hombre, del fondo genuino de sus sentimientos hacia su mujer? ¿Cuándo somos más nosotros mismos, más auténticos y verdaderos, durante las situaciones límite, en las que desaparecen las convenciones y las máscaras y el teatrillo de lo social, sí, pero también en las que a menudo reaccionamos gobernados por los automatismos y por las pulsiones primarias que zarandean nuestra psique, o en el día a día, es decir, durante el destilado racional que es la normalidad de la vida cotidiana que con nuestras elecciones conscientes nos hemos construido? ¿Puede disculparse o entenderse una reacción como la que ese hombre, llevado también por el pánico, tuvo? ¿Esa acción invalidaba de pleno todo el anterior pasado compartido? ¿Es la misma reparable?
    
     Ni Bin Laden ni su malhadada esposa -una de las cuatro que tenía, creo, la que en ese momento el Destino y la orden de Obama pusieron allí-  podrán ya plantearse estas interrogantes. Por las trazas que le conocíamos, la verdad, no parece tampoco que a Mr Bin en grande medida le preocuparan. Puede que ande ya él morando su Edén particular, revolcándose de lo lindo con la cohorte de bellísimas huríes, chapoteando con ellas en los caudalosos ríos de miel que tanto les prometía él a todos los fanáticos a los que enviaba a inmolarse. Bueno, Richard Ford, avant la lettre, un poco le retrató.
     Y su recuerdo me sirve a mi vez, caro lector mío, para anunciarte ahora que mañana –o pasado, a todo lo más, que no sé si reuniré hoy decisión suficiente para transcribir lo que te he de contar- pondré un texto aquí que ha de llevarme en volandas, ya sí que sí, al Olimpo de la Fama Editorial y al Millón de los Seguidores que persigo: ¿acaso no abundan también en él, y bien copiosas,  situaciones límite, huríes, mieles, ásperas cosas del día, instintos atados y por desatar, oscuros incidentes, en fin, el galope encabritado de la vida misma? Pues eso, que see you tomorrow. No te digo ná.       

viernes, 29 de abril de 2011

¿"¡Indignaos!"? No, gracias

      
    
    La Progresía está indignada. ¿Qué tendrá la Progresía? No se encuentra. No se halla. Se forran con el Capitalismo pero tienen mala conciencia. Viven como reyes –y hasta como reinonas-, mas anhelan ellos disfrazarse de hombres justos y humildes.  Nos dan órdenes ahora. ¡Indignaos! Tiran de imperativos militares. Nos lanzan a las hormiguitas a las barricadas mientras continúan ellos llevándoselo crudo. 
     Decía Kant en su imperativo categórico: obra de tal modo que la máxima de tu acción pueda servir de ley universal de comportamiento. Imperativos, los progres lo son un rato, que no dejan un instante ellos de decretarnos todo lo que por nuestro bien debemos hacer, ahora, en eso de acompañar a las palabras con los actos, hermano mío, eso ya es harina de otro costal menos categórico. ¿No posee acaso sus bienes, Almodóvar, un poco el Papa de todo ellos, bajo el cielo protector de una SICAV?
    
     Hacen circular los pósters, eso sí: al del Ché, al de Ho-Chi-Minh, al de Marx, al de Gadaffi, al del subcomandante Marcos, al del gran Saramago, añaden ahora uno nuevo para la cole: el de Stéphane Hessel. ¡Indignaos!, nos sermonea colérico ya desde la montaña del título el anciano –un saramago parisién, oh-la-lá- y nuevo gurú. Diríase que la izquierda prueba ahora con  su Jomeini particular. Le bastan a Hessel apenas treinta páginas de airadísimo “panfleto” –desvergonzadamente reivindicada con esa palabra su propaganda, alejada pues ya desde la misma entrada la compleja deliberación en pro de la directa agitación- para “arrasar”,  –así lo jalean las mismas editoriales que por todas partes lo mercadean- en el Top de los Best-Sellers: más de UN MILLÓN Y MEDIO de ejemplares vendidos en Francia en sólo tres meses, mundial y millonario lanzamiento de la “obra”, en fin, planetario acontecimiento que a unos cuantos hará de oro, claro. Arrasa, pues, Hessel, como un Ken Follet más, qué digo Follet, como si fuese él la Lady Gaga de la Izquierda gagá.
     ¡Hombre, para tratarse de un panfleto de severísima denuncia sobre cómo “ahora TODO está dominado por medios de comunicación que proponen a nuestra juventud el horizonte del CONSUMO MASIVO, el desprecio a los débiles y a la cultura, la amnesia generalizada y la competición a ultranza” no puede decirse que no esté bien explotada la sahumada promoción que de tanto gozo ha colmado los prístinos corazones de las más bellas almas del mundo, sedientas, claro, de justicia.
    
     Y sin embargo, algo chirría en el merchandaising del panfleto. Necesita con urgencia la imagen de Hessel de algún exótico aditamento para el póster, aunque sea el archisobado foulard de un parisino clochard al cuello. Las juventudes progres del mundo no van a lanzarse a las sublevación tras un señor que gasta tan impecable terno. Mejor encajaría en el póster principal su prologuista español, Jose Luis Sampedro, de más sugerentes aires “ayatólicos”. Dice Sampedro en “Público” (chiringuito, junto a la Sexta, propiedad de ese pobre de solemnidad trotskista llamado Roures) que el del PSOE zetapeico “es un gobierno capitalista, y que el PP se regodeará encima apretando los tornillos de la explotación”. Esa sádica presuposición en el competidor sí que es una “fatwa” jomeinista en toda regla, que por sí misma legitimaría la inmediata ilegalización del PP. Claro que, hablando de amnesia generalizada y de justa memoria histórica, mejor será no recordarle al mullah Sampedro ni la guerra civil (ojalá que no fuera algún amigo suyo de entonces el que diera matarile al abuelo de Zetapé) ni sus principales puestos durante el franquismo criminal.
     No hace tanto, por cierto, eran las señoronas franquistas las que bramaban todo el día “¡indignadas!” con el devenir desbocado que tomaban las cosas del mundo. Les gastaban muchas coñas a cuenta de esos arrechuchos apocalípticos los pequeños wyomings patrios, tan felices ellos con la Movida y con el País de la Alegría que iluminaría luego para su exlusivo boato Zetapé. Se ve que el rasgarse las vestiduras por barrios va, vista la inflamada cólera con que los santones progres nos exhortan ahora a la batalla.
    
     ¿Y cuál es para el exitoso panfletito de Hessel la más crucial de las batallas? “La dictadura de los mercados financieros que amenaza la paz y la democracia… Nunca el poder del dinero fue tan inmenso, tan insolente y tan egoísta”. Y aunque pueda uno estar en algún aspecto de acuerdo con los abusos de las grandes corporaciones y de la necesaria lucha ciudadana contra los mismos, y aunque conozca uno de sobra injusticias ante las que plantarse, no debe ese cebo hesseliano hacernos morder el anzuelo de lo que tras él nos quiere Hessel hacer tragar. La Culpa de lo que al mundo le pasa la tiene, para el Panfleto,… Bush, of course, y el Estado de Israel, por supuesto, es decir, acabáramos, el capitalismo criminal.
    
     Entendámonos: se deben criticar los errores y las carencias de las sociedades liberales, es decir, de las sociedades abiertas, las únicas que admiten en su seno la crítica y la reforma (incluso, como se ve, hasta el punto de hacer de oro a quienes aspiran a enterrarlas). Pero hacer residir en ellas, en las únicas que precisamente son democráticas, la principal amenaza a la Paz y a la Democracia mundiales, mientras se ignoran cómo las tiranías más abyectas, los fundamentalismos más fanáticos y el peculiar modelo cuasi-esclavista chino campan a sus anchas por la mayoría del Planeta, sólo puede ser la inconfesada expresión de la profunda aversión que en la sedicente progresía anida y siempre anidará hacia las propias sociedades occidentales y democráticas.
     El panfletito de Hessel rezuma ese secular aborrecimiento de la Progresía a las sociedades basadas en la iniciativa individual, gustosa encima de convertirse en banderín de enganche y boba compañera de viaje de las más implacables organizaciones de la extrema izquierda, como puede verse en los principales apoyos mediáticos que el libelo hasseliano ha encontrado. El propio Hessel aseguraba algo apesadumbrado en un Informe Semanal no muy lejano que “desde la caida del Muro de Berlín se descartó completamente un pensamiento social ambicioso como era el de los países del Este, pernicioso en muchos aspectos, pero ambicioso”. Y en ese último “pero”, que minimiza lo pernicioso para engradecer lo ambicioso (y no deja de resultar insólito que lo que más valore Hessel del pensamiento comunista sea precisamente la enorme medida de la AMBICIÓN que el mismo albergaba, qué poco kantiano de nuevo) no deja de traslucirse la impronunciable nostalgia que en él y en sus seguidores late por el Muro Comunista, hoy ya en el basurero de la Historia y necesitado por tanto de mutarse y de montarse sobre un nuevo soporte, sea el que sea, que haga posible destruir las sociedades que mayores cotas de prosperidad y de libertades de todas las conocidas históricamente han conseguido establecer.    
     La dictadura castrista (los Castrones), por sólo poner un ejemplo, lleva cincuenta y dos años aplastando bajo la miseria los derechos humanos más fundamentales, pero ni un miserable renglón merece a los indignados ojos hesselianos. Hasta tal punto se halla la Izquierda perdida y ayuna de un claro modelo alternativo, que tiene que utilizar todos y cada uno de los remiendos que al paso le van saliendo: ecologismos, animismos, femininismos, indigenismos, animalismos, pansexualismos… todo les vale para su convento anti-liberal. El propio Hessel apunta en unas muy elocuentes lineas de su panfleto este ciego leit-motiv: “Deseo que halléis un motivo de indignación (¡) Eso no tiene precio. Porque cuando algo nos indigna, nos convertimos en militantes, nos sentimos comprometidos y entonces nuestra fuerza es irresistible”.
     Y como en una burlona añagaza del destino resultó que tras el panfleto los finlandeses se indignaron y mira tú en las últimas elecciones lo que salió. Pero incluso esa indignación finlandesa a Hessel, creo yo, en el fondo no le disgusta del todo. A mí, que soy nada, sí.     

miércoles, 27 de abril de 2011

El que avisa NO es Troitiño

    
    
     Troitiño, Sagarduy, Gatza, De Juana Chaos, Txapote, Josu Ternera, Usabiaga, Otegui, tutti quanti, ya vemos lo derrotados y arrepentidos de lo suyo que se sienten. Almas en pena, arrasadas y contritas por la Kulpa, por tanta sangre por ellos derramada. No pueden sus conciencias soportar tanto crimen, están literalmente desechos. Se les hace insoportable la metralla que escupieron, el dolor que ejecutaron a menudo por la espalda contra simples ciudadanos indefensos. Homenajes públicos, colectivos cánticos, masivos brindis con cava, sonoros fiestorros, clamorosos vivas a Eta militar delante de la policía, Jo-ta-ké, duro hasta el final. ¿Y qué es lo suyo? La paz, el Proceso, los Hombres de Paz, ¿es que no lo véis? Claro, os mueve sólo el cálculo electoral y el resentimiento, por eso os negáis a verlo. Miradlos: un mundo nuevo y humano se anuncia al fondo del balcón, el que ellos alborearon con su lucha, tan limpia.
    
     Anda, Gatza, majete, sal al balcón, tira un jamón, mira que viene Txusito, oséase Eguiguren. Ahí les tenemos: un mismo gesto, el retador puño en alto, hilvana tres generaciones y dos sexos. Imprescindible que la pequeña asomárase también a este balcón histórico, que alzara ella también el puñito: indubitable demostración de que la semilla germinó, de la continuidad de la estirpe, de que la lucha continuará, eslabón vital y último de lo que vendrá… la Paz, por supuesto. ¿Eta? Eta está derrotada, ¿no lo véis?
    
     El puño en alto, voilá: la consuetudinaria ceremonia que atávicamente identifica a los más celosos partidarios del totalitarismo comunista. Saludo y amenaza al tiempo, que tal es la bifronte naturaleza de la mueca comunista. Salud, camaradas. Arriba los pobres del mundo, en pie que vamos a gritar. Agrupémonos todos en la lucha final. Es la Internacional, que va este año a arrasar en la indignada Eurovisión.
    
     Puede que Troitiño, tras su mutis por el foro, hállese por pagos de Belfast, con De Juana, con Usabiaga, y con Ternera, esos hombres. Puede que estén echándose un triste mus. “Órdago a la chica”. “Voy”. Puede también que anden entusiasmados leyéndose unos a otros el exitoso panfleto de la Indignación que mañana –o pasado a lo más- pienso aquí pormenorizadamente destripar, y del que haré tan lúcido análisis que se correrán las voces del mismo, cada seguidor mío encarecidamente lo recomendará a otro, y a otro más éste, y un similar éxito al del arrasador panfleto conocerá entre las gentes al fin mi persona, y pronto los periódicos principales solicitarán mis colaboraciones, las de un don nadie, que me harán entonces tanto caso a mí como ahora le hacen al célebre panfletista que con talmúdica dureza les incrimina, y tanto caso también como el “Pueblo” vasco y sus pacíficos medios afines le hacen a estos heroicos luchadores fugados. Ya te lo dejo pues dicho, lector mío, que el que avisa no es troitiño.   

domingo, 24 de abril de 2011

De cómo la Milá le toquetea los gabilondos a un paje

    
     Entregábanle a la gran Mujer del periodismo hispánico otro Premio. El Premio Limón, qué marrón, asignado a la Gran Hermana que, en inmejorable signo de los Tiempos de la Mugre, habíale tomado el relevo televisivo al mítico Gabilondo, dispuesto ahora él, tócanos Iñaki otra vez los gabilondos, nada menos que incluso a votar a Rajoy. Puede que Milá le palpe también en la próxima entrega de su grandioso programa a Rajoy los dídimos, que le escrute las bolas a don Mariano bajo los focos en prime time, tan metido que anda ahora el hombre entre interminables piernas rubias del Sálvame telecinquiano, que mucho deben turbar y dar votos, y hasta botes, cosas de ese jaez.
    
     Bueno, nos ha dejado Mercedes Milá, la Condesa obsesa, con su morbosa escenita del sobeteo testicular al reportero, una entrega más para la posteridad del coleccionable “El discreto encanto de la Progresía” que ya prologábamos aquí el otro día, y que habría que ir encriptando y poniéndolo a salvo –porque la Historia, que cofrades suyos la escriben y la escribirán, nunca lo recogerá- para enseñanza y deleite, no se sabe si más ético que estético, de las generaciones venideras. Para salvaguarda de la verdad, también. Hablo de hacer otro “Libro de los Exiemplos Progres”, de similar afán, salvadas todas las cualitativas distancias, al clásico del conde Lucanor: “Et entendiendo que estos exiemplos eran muy buenos, fízolos escribir en este libro, et fizo estos viesos en que se pone la sentencia de los exiemplos”.
      
     Vamos allá, hermano lector. Arrímase el gacetillero a la Condesa, ataviada para la ocasión con sencilla camiseta beige de virtuosa pionera del Oeste, collar de abalorios de madera que remite a la secular indumentaria progre y un par de aparatosos relojes blancos que remiten sólo a la tontería. Bueno, pronto se ve que, como mandan los más severos cánones clasistas, antes de nada la persona de rango superior pasa revista, inspecciona, fiscaliza de arriba abajo con la mirada al humillado don nadie que se le acerca: “… Pero eres mucho más guapo de lo que me habían dicho… a ver que te vea YO los dientes, la boca, la nariz, todo… date la vuelta… bien peinadito, bien cuidadito…”, le mueve, le pellizca varias veces la cabellera, como si un poco le despiojara, le da órdenes, claro, porque el Superior tiene siempre prerrogativa no escrita para, a pesar de ponerse en jarras a un palmo suyo y en bandeja exhibirle sus caedizas ubres siliconadas, sin poder por el gusano jamás ser ni siquiera rozado, mangonear ella sí a placer al pelanas que cabizbajo osa acercarse.
     El pelanas, claro, le lleva una ofrenda a la Condesa. Sobre un plato blanco brilla una fresa rojísima, la fruta de la pasión allí, en ese escenario que pareciera ahora el mismo Edén progre. Sí, porque, campechana Condesa donde la haya, porque da así más juego y más jugo la Cosa, allí mismo se la lleva ella a la entrada de la boca, y la mordisquea. “Está mu fría, ¿quiés un poco?, farfulla y mastica ella a la vez. Y allá que le da a probar de su mano la roja fruta a la boquita del doncel, como en la escena bíblica del pecado original. Sí, menuda Eva, menudo Adán, menudo Paraíso basuriento. “Tá buena”, musita el gañán. “Tú si que estás bueno”, no le deja ni acabar la mandamasa, acortándole los terrenos, encarándole con deseo. Se le ponen a ella los pezones en puntas. Sonríe ruborizado él, y baja más la cabeza. Ah, si tal le hiciera Alfonso Ussia a Patricia Conde.
     Empiezan a charlar luego entrambos de… ¡desvirgar! televisivos canales. “Sí, sí, yo soy agresiva, que quieres que te diga, no nos vamos a engañar…” (sincérase entonces la condesa Milá… ostras, ¿endilgará entonces ella también hostias a tutti-plén, como reconoció en célebre interviú fray Iñaki Gabilondo haber repartido en su infancia entre los suyos Enmanos?, que la infancia del ministro de Educación no ha de ser, a lo Machado, sino recuerdos de esas hostias ignacianas). Hállanse luego departiendo entrevistador y entrevistada sobre naranjitas y  limones cuando de repente… sucede.
    
     Al parecer ha rozado de forma inadvertida el pelanas con el brazo uno de los pechos de la Condesa. Sepárase entonces ella de él, espantada. Se toca la silicona profanada, le aparta con el brazo de su cercanía. Enarca ella las cejas. ¡Tabú! Claro, el patán ha infringido el tabú de ese tótem que es desde hace mil años en España la Milá. La ha rozado. Entonces ella, la Condesa obsesa, en clamorosa punición pública, extiende a distancia, para que bien se vea, la mano derecha ahuecada en forma de cuenco y así le palpa allí mismo sobre el pantalón al mozuelo todos los testículos. Detiénese con primor el cuenco de la mano milana en la bolsa escrotal del perillán, recreándose en la suerte, a medio camino su gesto entre el estruje y la caricia, como corresponde a toda una Condesa  de la Ceja.
     No hay duda, si se para la imagen –párala Pol, que gritaría Boris- claro se ve: nos hallamos ante mano sabia y diestra, exacta la extensión e inclinación, preciso el ajuste y la conexión, otra vez el yin y el yang, mano que acoge y mano que recoge, mano que sopesa y mano que apresa, mano diríase que doctorada en esos súbitos menesteres. Perito en lunas, decía de sí Miguel Hernández. Perita testicular, acaso debamos decirle nosotros a la Milá, a la vista de su maestría en el tocamiento del tema. Ah, si tal hubiese procedido el premier Iraní con Ana Pastor, la estupenda señora de los 59 segundos, lo que de él hubieran entonces publicado todas las feministas sin fronteras del maravilloso mundo zetapeico.
    
     Mas, con el obsceno manoseo público de la Milá al pelanas de la prensa, la escena alcanza ya el paroxismo de la humillación de status por parte de una Intocable  contra el mísero paria: la situación nos reenvía a pasados esclavistas y nos recuerda una de aquellas secuencias en las que aristócratas desalmadas comprobaban así, hurgándoles un poco el falo y las pelotas a los esclavos, la calidad del producto que a los negreros iban a comprar, para ser más tarde destinado a la plantación. Mi nombre es Kunta, Kunta Kinte, debiera haber proclamado ahí el ganapán, de haberse dado en él un mínimo reflejo de dignidad.  
    Y al cabo, la sentencia del exiemplo, como pedía el conde Lucanor, que la propia Señora bien clara deja. “Ya puedo decir que me he tocado con Mercedes Milá”, musita él, radiante. “Tú sin querer; yo queriendo”, le baja al punto los humos ella, apuntándole con el mentón, como corresponde al derecho de pernada de la altiva Señora con el paje. Le pide el pobre dos besos de despedida. “¡NO!”, se los niega ella destemplada, asqueada ahora de tanta familiaridad. “Me ha tocado el paquete y ahora no me quiere dar dos besos”, pregona entonces a punto de lloriquear pero lúcido el menda. Hay cortes en la escena. Ha debido comprender Ella que una Condesa progre no puede “acabar”  el acto de tan señorial manera. Quedaría Ella mal ante el Pueblo.
      “Sólo uno te voy a dar”. Y entonces, como dos perfectos tórtolos del mester que iguales en condición fueran, nos endiñan a nosotros su acostumbrado final estafador. Dánse el pico y se esfuman. Cada mochuelo a su olivo, claro: el perillán a currelar en la secta de la Sexta;  la Condesa,  a sus posesiones. Discúlpame, querido lector mío, pero ahora, visto ya el exiemplo entero, con ese final tan tramposo, soy yo el que acaba por tocarse los gabilondos. Bravo, Milá, con un par.

Para ver la tocata y fuga enterita de la Milá


    
    

jueves, 21 de abril de 2011

Iker besó a la Diosa (Poessía siete)



Como un ángel olímpicamente humano
Como un niño humilde con superpoderes
 y un par de guantes que le vienen algo grandes
Como un héroe del común ante el gran Napoleón
 Ante el mago Messi y sus diabluras inconcebibles.
 Nobilísima contienda de infantiles colosos
 Casi dos chavales frente a frente
 Durante el recreo montaraz del instituto
 Que boquiabiertos pasman a los mil y un Universos
 Que  ante ellos  detienen su estrépito
 Que los astros mismos se les reclinan en silencio.
 Como un resorte de felina inverosimilitud
 Como el gato cimarrón de un barrio en construcción
 Que le obligara siempre a andarse con cuidado
 Y a recortarse un poco las mangas
 Cerrándole así el paso al miedo.
 Cruzando a ras de hierba, un palmo por encima de ella
  Fundiendo en su estirarse el hierro mismo
  Y la severa gravedad… de la ley que lleva ese nombre
  Que nunca vióse levitación tan rauda
  Ni el vértigo fulminante de ese vuelo.
  Benéficos ciclones que tras sus espirales se levantan
  Dulces brisas que con su prisa él impulsa.
  Salvaguardando de norte a sur
  Los dominios de su arco inmaculado
  Las diagonales sagradas de su puerta
  Que Iker en su alarde ampara y pone brillo de dintel.
   No, no se estiran sólo unos dedos,
   Un trabajado muelle de articulaciones y tendones.
   Lo que se despliega, lo que vuela,
   Lo que porfía y lo que nos salva
   Es el prodigio inacabable de una ilusión,
   El raudal inagotable de un niño enfebrecido
   El corazón bárbaro de un niño valiente
   Que soñó un día detenerlo todo
   Que soñó un día besar a la Diosa
   Que por mucho que sea ella de piedra
    Divinamente humana  ahora
    Ante Iker también tiembla
    Y ya le ofrece al Arquero –míralo-
    Húmedos labios de gloria eterna .
  
     

miércoles, 20 de abril de 2011

El Barsa, el Real, Raúl Castro y nuestro excelso Ex-Canciller

    
     Fidel, a sus 84, el Tiranosaurus Rex, levanta cabizbajo el puño de su Gran Enmano, Raúl, Brontosaurus Prínceps, un pipiolo a sus 79, como al final de un combate de dragones y mazmorras, muchas mazmorras. Y es que Brontosaurus Prínceps, Raúl79, si se abriera también él un blog de poemas carcelarios, ha sido FORMALMENTE elegido primer secretario del Partido Comunista cubano, ese inmenso honor.
    
     Cuando España ganó el Mundial de fútbol supimos todos que nuestro inolvidable Canciller Moratinos, tan dado a las lacrimógenas emociones él, de entre todas las innúmeras flores del jardín había escogido a Raúl Castro como ideal partenaire junto al que vivir y un poco morir durante aquella inolvidable final.
    
     ¿Habrán quedado también hoy, día de la final de la Copa del Rey de España, por la que pelean los dos más renombrados equipos del mundo, ese par de exquisitos prendas? De momento, véase la foto, Raúl canta ya el primer gol. ¿De quieeeeén? De él mismo, que tiene ya algo que celebrar.

martes, 19 de abril de 2011

Zapatero en China, el yin y el yang

    
       Zetapé, algo perdido ya el hombre, un poco lost in traslation, sintió sobre sí de nuevo la llamada de la selva y pidióse pista en Pekín. Parará-papá, parará-pachín, redoblaron acongojados los timbales del Cirque du Soleil nasciente y nesciente a la vez. Como Mao, egregio poeta también, como el gran Timonel de este poderoso transtlántico que la Trujillo no supo entonces ver, declamó y derramó contra el Viento su estremecido canto:
     “Cuando un niño aprende a decir AMIGO o PAZ está empezando a brotar la semilla de nuestra lengua”.
    De la lengua de Rajoy también, que aquí sacaba yo, avieso de mí, el otro día  enfilando el final de las interminables piernas de la rubia del Sálvame. Lo mejor de la poesía, el secreto de que como música penetre ella en nuestros corazones, hállase, es bien sabido, en la intensa capacidad evocativa de la misma, que dispara como altruista bomba de racimo  una imparable cadena de significaciones asociadas que hace de las palabras más aroma profundo que simple vocablo. Al oírle hablar de niños, de amigos, de paz, de semilla, mi malvada y facciosa imaginación volaba en primera instancia a Shangay, con el Miguelín de la Expo. Imaginábame a Zetapé abrazadote a Miguelín, llorándole al oido la dimensión transatlántica de su infortunio desde entonces, agosto de 2010, cuando delante del bebote aseguró Zetapé, para el pasmo de todos, que el futuro de España era del tamaño mismo de Miguelín, que ya se ha visto luego como se la han jugado a la criatura los miguelones de su partido sólo por salvaguardar su personal futuro.
    
     Mas luego, “niños-amigos-paz”, como profundizando por la senda de esa malicia, me llevaba mi memoria hasta Washington y hasta Obama, recalaba en la famosa foto, aquel posado en negro… dejémoslo, ni el peor de los poetas merece escarnio… de no ser porque resulta ser él presidente del gobierno de una nación que un día le pareciera discutida y discutible, y que ahora, que sale a liquidarla en increíbles rebajas precisamente a los chinos, quiere a ellos vendérsela como poderoso transatlántico…en el mismo día del aniversario del hundimiento del Titanic, que tiene la cosa perfiles góticos. Como si los chinos en sus ratos libres no compraran también en Media Markt. “Estad tranquilos”, añadió además el Timonel de las cejas esdrújulas, como si estuviera a punto de caminar sobre las aguas. Es triste sufrir a un presidente español dando esos sonámbulos tumbos.
     Cuánto mejor el encadenado del niño-amigo-paz-semilla-lengua, pese a la dulzona cursilería del mismo, que el símil del poderoso transatlántico para la España zetapeica del hoy. Eso no es poesía: ha acuñado Zetapé para pintarnos un dudoso recurso de marketing para engañabobos. Ha ido justamente a elegir él, sacando pecho, encomiándola, de entre todas las imágenes posibles la favorita de los plutócratas, la favorita también de los progresistas del mundo a la hora de denigrar ellos el egoísmo desalmado de Occidente ante los pueblos del mundo. Cuántas lacrimógenas fábulas no nos habrán hecho tragar estos progres-protesta con la idea-fuerza ésta, que ahora su querido Presidente por el jeto les restriega, del capitalismo como un lujoso transatlántico blindado, ciego y sordo a los estertores de quienes se ahogan en las pateras tratando de alcanzarlo. Ahí tenemos a Zetapé, su genio, su figura, precisamente vendiéndonos a los chinos como poderoso transatlántico. Qué cosas nos hacen ver. 
    
       Por eso lo mejor que, creo yo, podría hacer Zetapé es ahorrarnos estas postrimerías tan calamitosas y marcharse al cuerno del limbo, y hacerlo, como de sí mismo dijo Felipe González con su alma de nardo machadiano, ligero de equipaje como los hijos del mar.
       Y entonces sí, libre ya de toda atadura… abrirse Zetapé un blog de pura poesía, uno más entre los nuestros, donde derramara ingrávido y radiante la esencia de su néctar, esa adánica música que en su alma delicada se agolpa,  donde diera rienda suelta a toda la vena que en él palpita y se agita, donde habita una belleza extremada que sólo Él con palabras sabe apresar, donde fuera al cabo mejor de lo que es, que aquí las anónimas hormiguitas blogueras sabríamos hacerle la ola y de verdad hacernos seguidores suyos en legión, antes que el ábrego Viento de la vida a todos nos arroje al más profundo mar del olvido.     
      

domingo, 17 de abril de 2011

Maria Antonia Trujillo, lady Macbeth de rompe y rasga


    
     Del Zen al Zas. Trujillo no sólo perdió los papeles; iracunda y descabalada los rompió además en vivo y en directo, como quien destroza el espejo que no le devuelve la beatífica imagen que ella espera. Recordaba un poco su aire en esa danza a Lady Macbeth, venga a lavarse las manos, venga a romper papeles, venga a tratar de acabar con las pruebas y con la culpa. Escribió así con su desabrido gesto Trujillo otro delicado apólogo izquierdista que acaso merezca ser contado a los niños, a esos infantes de los que fabla por el Lejano Oriente Zetapé in traslation. Acompáñame, lector mío, házme sentir tu mano junto a la mía, mientras también a mí mismo me lo cuento.
      En el principio fue el Zen. En el principio de la Era Zetapeica, quiero decir. El famoso “talante”, esa sonrisa algo mecánica con que arribó Bambi a la Presidencia, ese célebre buen rollito, venía a ser la peculiar deconstrucción que la Banda de los Cuatro de la Nueva Vía llevó a cabo de la milenaria sabiduría filosófica oriental, para derramarla luego sobre la inagotable reserva espiritual que continúa siendo esta vieja nación discutida y discutible. Y un poco de ese Zen es lo que le receta Lady Macbeth a su codicioso esposo para sobre sí acumular el Poder: “para engañar al mundo, toma del mundo la apariencia; pon una bienvenida en tu mirada, y en tus manos y lengua procúrate el inocente aspecto de la rosa, pero sé tú la víbora que ella oculta”. Oh, divino Shakespeare, cuánto los humanos a ti debemos.
         Hablábase así a todas horas del llamado socialismo zen, sin saber del todo entonces, entre tanta éterea bruma, a qué esencial sustancia nos estábamos refiriendo. Así es que para que fueran tomando cuerpo y realidad ese brumoso vacío, para sumarse también a la ola de la espiritualidad entonces triunfante, Maria Antonia Trujillo, a la sazón Ministra de la Vivienda, ordenó ampliar y redecorar su despacho bajo los cánones del minimalismo zen. Bah, total, qué eran 37 000 podridos euros del común si a cambio podría ya la ministra disponer de 77 clamorosos metros cuadrados de despacho rebosantes de espiritual armonía planetaria sobre los que poder elucubrar en paz. Y es que aborda sobre todo el Zen la conquista de la plena serenidad interior, el logro del precioso equilibrio íntimo, ése que nos evite ser marioneta al pairo de las vanas pasiones mundanas que tanto esclavizan a mujeres y a hombres en su diaria existencia.
      
      Más tarde, sumida ya de pleno en el nirvana de la vorágine minimalista, vivamente recomendó a la ciudadanía sus nunca bien ponderadas “soluciones habitacionales” de 27 metros cuadrados, para de una definitiva vez afrontar el engorroso problema de la vivienda. Añadiría luego al asunto la increíble y sobre todo simbólica dádiva de las míticas kelyfinder, para que a la manera de Kung Fú, pudieran con calma los jóvenes y jóvenas patearse los confines de su comarca hasta dar con la susodicha solución habitacional.
     Algo debieron conturbar a la Ministra las tímidas críticas -por causa sobre todo de ese inarmónico contraste entre los 77 para mí y los 27 para el resto- que  entonces entre los ciudadanos brotaron, en algo debió alterarse la supuesta autocontención de que el Zen hace gala, no sé, dejaría de hacer bien las hondas respiraciones,  el caso es que fue muy comentado  más tarde aquel verano en el que ordenó ella movilizar hasta  un helicóptero por causa de la picadura de una avispa refractaria al Zen sobre sus meditativas carnes ministeriales. Arcanos incomprensibles acaso para los legos en socialismo zen.
     Tuvo que ser la picadura de la avispa refractaria  sin duda la culpable decisiva de la notable pérdida de la dorada imperturbabilidad que el Zen persigue y que Trujillo a partir del prurito experimentó  sobre su persona, hasta un punto tal llegó su zozobra que el Sumo Zen, o sea, Zetapé, en la siguiente remodelación por la borda la arrojó del Poder, buscando con ello, es claro también, nada más que la verdadera sanación de la afectada. En vano, pues hémosla visto todos la otra noche en un debate televisivo descompuesta y atacadísima por muy traidores nervios, perdida en todo la compostura. Fue tormentoso el bravío episodio, y bien revelador de un en verdad extraño talante, que a los maestros del Zen, no a Shakespeare, hubiera puesto los cabellos como doradas escarpias.
    
     Puede que de nuevo actuaran los documentos del caso Iván Chaves a modo de avispa traicionera contra la impasibilidad de la ex-ministra Zen. El caso es que el periodista dijo: “Te voy a regalar el listado de las reuniones que tenía el señor Iván Chaves, más de veinte reuniones con la Junta de Andalucía, entre ellos con su PAPÁ, en tres meses, te voy a regalar... los contratos en que él firma como COMISIONISTA, te voy a regalar los contratos en los que se especifican claramente el contrato y la comisión por intermediar ante la Junta, te voy a regalar…”. ¿Qué hace Trujillo ante el envenenado presente? Turbarse. Dice ella: “… No sé qué has publicado porque no lo he leído…”. El periodista aprovéchase de la turbación: “… ¿y cómo hablas de algo que no has leído? Es increíble”. El  nuevo picotazo acrecienta, claro, la turbación de la lady. A Trujillo le va subiendo más y más la color al rostro, se le avinagra el gesto, comienza a aspear a gran velocidad con brazos y manos y hasta a removérsele hacia los lados los ojos, arroja sobre la mesa los papeles chavianos. “¿Tú has llevado esto a los tribunales? ¿has llevado esto a los tribunales? ¿esto está en los tribunales? Pues si no está en los tribunales, esto es esto…”, y precipítase ya sobre los papeles chavianos, zas, los rompe, una vez, otra, otra, empuja los trozos hasta el borde de la mesa, “cuando llegue a los tribunales, cuando llegue a los tribunales hablaremos…no, no, no”, y el cuello suyo es ya un amasijo de afluentes desbordados de ira, cabecea, duda entre reírse, colocarse el pelo, quizás mejor disolverse en el éter cósmico, y el Zen, dónde quedó el Zen, pues diríase que todo un ejambre de grillos le chirría desafinado por los ojos airados a Trujillo, uff, qué talante.
     Ahora que el Sumo Zen cuenta por el Lejano Oriente la fábula de España como un transatlántico que gracias a su talante muy poderoso se hizo, es preciso recordar, para cerrar, lector, el círculo de esta singladura minimalista desde el Zen hasta el Zas, la ambigua metáfora marinera que también  Trujillo aventó  al pairo de su despedida ministerial: “siempre recordaré aquel día de abril de 2004 cuando el presidente me dio una carta de navegación, pero ningún barco, ni siquiera astillero para construirlo”. Siempre recordaremos nosotros a Shakespeare y a su Macbeth, que aseguran que la vida es un cuento lleno de ruido y de furia narrado por un idiota que no significa nada.

(Video de la cosa en   http://youtu.be/TYzPR-gc_Ns    )