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miércoles, 9 de marzo de 2011

Historia de un post (Relato, o algo así)

     
     Sucedió lo de Túnez: la revuelta, el mutis del ejército, la tocata y fuga hacia el exilio de Ben Alí y su querida esposa, supernumerarios ambos de la Internacional Socialista. Ben Alí… Ben Alí… Ben Alí… por qué no se me iba de la chola ese nombre tan cañí. Indagar en la memoria es algo así como ir alumbrando con una vacilante linternita una descomunal cueva megalítica de sombrías paredes rezumantes, atravesada de subterráneas  aguas. Qué oscuridad. Te vas, claro, dando trompazos con las estalactitas y con las otras itas que te salen al encuentro. Y es que guardaba yo por algún recoveco remoto de las telarañas de mi caletre la certidumbre de que existía una canción de Antonio Molina, el mítico cantaor de coplas, con el mismo título. Eureka, arribé al fin a Ben Alí. Me metí entonces al youtube, lóbrego túnel también donde los haya, que en un instante se encendió para mí. Estaba allí el tesoro que yo buscaba. “Ben Alí tiene la esencia de los jardines de Ala”. Joder, lo vi en un tris, me vale, claro que me vale, ya tengo ahí el post nuestro de cada día.
     Me puse entonces a escribirlo, como si más que sobre el teclado galopara yo sobre un blanquísimo corcel victorioso, un Lawrence de Arabia venido a menos cabalgando las arenas humildes de la blogosfera. Mira que esto que hacemos la legión insomne de los blogueros a ningún sitio que no sea el puro Viento va, mira que sólo un círculo más de gris fracaso reporta a nuestra corteza de alcornoques derribados por el hacha del olvido, mira que los fantasmas del desaliento y la quimera  del trabajo en vano siempre acechan e importunan, y sin embargo… atesorar aún el vértigo incomparable de la escritura, embeberte en la embriaguez de las palabras que en volandas te llevan, soñar que portas contigo la cifra exacta del mundo, todo eso no tiene precio posible. Bueno, no siempre siente uno rugiéndole por las venas el tigre de la inspiración. Oh, Dios, vuelan los dedos sobre el teclado, vuela el corazón de ingravidez y la ilusión que entonces te acomete es un genio en cualquier lámpara del mundo incontenible.
     No siempre lo que luego sale es bueno. Tampoco digo que lo que salió ese día, que era el 22 febreril, lo sea. Esa es otra historia. Quizás entonces se encontraba uno a bien y en tregua con el mundo, o era la propia exaltación por el texto terminado como sobre la catapulta de una fiebre benéfica, quizás que tras los cristales jugueteaba al compás mío con las hojas de las acacias una de las primeras mañanas soleadas de febrero, pero la verdad indiscutible es que me sentía, permíteme tú la confesión, lector mío, asquerosamente feliz. Como un oficinista exhausto al que le cuadran todos los expedientes, como un malabarista de segunda al que esta vez le han salido los trucos, como un amante rendido a la delicia de su religión maniquea, como Sabina cuando le sale una canción, así estaba yo.
     Así es que, en homenaje a mí mismo, me puse a escuchar siete veces seguidas la jodida y narcotizante copla de Ben Alí en los melismas quebradizos de Antonio Molina, que, con ser anteriores al Diluvio Universal, mucho son de mi agrado, y que yo ahora percibía indisolublemente fundidos en un todo glorioso a los renglones torcidos de mi desvarío. “…Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá, Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá… Achiribiribiri mora, achiribiri de la morería, Achiribiribiri mora, achiribiri de la mora mía”. Y venga otra vez.
     Preso aún de esa excitación, con esa mediocre zambra atronándome por todos los rincones de la cabeza, me metí en el coche. Sin darme cuenta, -ya no tenía la canción delante-, empecé a canturrearla de nuevo, esos sones pegadizos que una y otra vez y a gritos me brotaban de contento puro, como en una divina posesión. Me detuve frente a un semáforo. “Achiribiribiri mora, achiribiri de la morería”. Joder, no es que estuviera eufórico, es que estaba cantando a pleno vozarrón, es que arqueaba el mío lomo sobre mi asiento de conductor con un embrujo moruno que de dónde leches entonces me saldría, es que, joder, cuando quise darme cuenta, flameaba los brazos como la mejor odalisca de Gadaffi en  rapto de furor ante su líder. “Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá”. Y, claro, en ese trance medio místico, expuestos los míos brazos como estupendos candelabros salomónicos, abrí un ojo… para encontrarme justo a un palmo la mirada estupefacta y a cuadros superlativos del conductor del coche de al lado.
     Era un señor de unos setenta y pico tacos. Al verme de aquella guisa, aquel escándalo cantábile que me traía yo con las manos enredándoseme a los brazos y rizando los aires dentro del coche, se le agrandaron de golpe los ojos tras las gafas y se agarró con más fuerza aún al volante. A pesar del semáforo en rojo, a pesar de exponer a un grande riesgo la propia vida, como si huyera de una presencia infernal aceleró a tope y levantando una fumata bien negra por el escape desapareció de mi vista.
     Para cuando el coche que estaba tras él se puso a mi altura, ya había tenido tiempo yo de adecentar la pose. El fulano me miró, desde luego, pero lo único que pudo ver fue el borroso rostro mío hurgándose ensimismado con el dedo índice una de las fosas nasales. Hice una pelotilla y todo, claro, para terminar de normalizar la situación, como del todo ajeno a la mirada del tío. Luego le miré yo a él y el tipo se puso el índice sobre la sien señalando la chifladura del vejestorio fugitivo. Apenas moví un milímetro los hombros, como un detective de serie B, ya ves, tío, es que van como locos.
     Bueno, salvé así la situación, pero cuando tras el verde arrancamos, ahora ya sin aspavientos zarzueleros, volvió a arrancarme por dentro el ben-alí-alí-alibibi de los cuyóns, sólo que ahora en tonos más de adagio, más tristones, vamos. Era como si Antonio Molina in person de alguna forma protestara por haberle yo traicionado con aquel penoso disimulo. Juro que como te lo digo así lo sentí.
     Por fortuna la linternita de que hablaba al principio volvió a iluminarme providencialmente: sí, yo tenía que tener por algún lado en casa un dvd con entrevistas y canciones suyas. Claro, me la pondría nada más llegar, como si así le ofreciera yo al muy grande cantante un personal gesto de desagravio. Así lo hice. Y me aguardaba allí, en ese dvd, otra sorpresa morrocotuda. Pero ése, impagable lector mío, es another post, the Antonio Molina Post.

              
    

9 comentarios:

Juante dijo...

Ante todo, amigo José Antonio, muchas gracias por tus palabras de aliento y por llevar con tan buen pulso este tu blog.

Y, a continuación, reconocer que hacía tiempo que no leía una comparación tan precisa: "asquerosamente feliz como Sabina cuando le sale una canción". Soberbio.

Javir dijo...

¡Qué falta de reflejos del sesentón! Lo suyo, lo del sesetón huidizo, hubiera sido desenfundar el móvil y grabar tu momento Alibibi para su posterior `cuelgue´en el YouTube. ¡Mi passpot y contraseña daría yo por verlo!

Un abrazo

Rafa Hernández dijo...

Hombre pues si la de la foto es la señora del tal Ben Alí está de muy buen ver; y como primera dama yo le presentaba "armas". Saludos José Antonio.

Towanda dijo...

Buenísimo lo de la coplilla del Sr. Molina. Me partía de risa frente al ordenador cuando leía que lo cantabas con vozarrón y todo, jajajaja.

A mí también se me ha pegado..
"Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá, Ben Alí, Alí, Alibibi, Ben Alí, Alí, Alá… Achiribiribiri mora, achiribiri de la morería, Achiribiribiri mora, achiribiri de la mora mía"...

Felicidades por un post buenísimo.
Un abrazo.

Mª Asunción Balonga Figuerola dijo...

Admirado José Antonio:

Me consta y a tus escritos me remito que eres un gran periodista y un soberbio escritor.
Este post es una joya.
Un abrazo cordialísimo

Asun

Myriam dijo...

Te comprendo: la canción es pegatina; la felicidad grande ( de que EL partiera) y la voz de Antonio, magnífica. Me olvidaba: y los conductores, locos ellos, que no te entienden.

Macarena dijo...

Maravilloso post, disfruté mucho leyéndolo. Me encanta Antonio Molina, espero desesperadamente la alegria de la segunda parte. Saludos

Ángeles Hernández dijo...

Es que el subconsciente es tan poderoso que cuando se mete una idea (hablada, cantada, visual) en la zona límbica, nos machaca , o nos encanta, porque algo nos quiere decir.
Ya nos había usted deleitado con esta maravillosa copla de D. Antonio que personalmente me tuvo varios días tarareando el "Soy minero" : asociación mental de Molina/Angeles, y ahora toma usted su propia medicina que le ha llevado al maravilloso post que, por arte de las trampas blogueras he leído antes que éste. Y así lo he disfrutado.

Abrazos so escritor Á.

José Antonio del Pozo dijo...

-Juante: gracias a tí, por tu compañía
-Javir: No fotis, tío, no des ideas
-Rafa: escríbele un post a la Señora, vete a saber, yo creo que el ben alí no tá ya muchos trotes
-Towanda: ¿te partías ante el ordenador? alabado sea el señor, gracias por decírmelo,y encima me lo tarareas, Towanda tú si que eres buenísima
-Asun: muchas gracias por tu impulso. ¿Escritor? Creo que los editores no opinan lo mismo,a lo mejor es tema de padrinos y tal, pero muchas gracias por supuesto
-Myriam: los conductores no me entienden, e vero, pero tú desde el principio me comprendes, que es acción sobre todo pasada por el tamiz del sentimiento, lo mejor que tenemos. Gracias.
-Macarena: ¿disfrutaste? palabras mayores, gracias desde el alma, espero no haberte desilusionado con el antonio molina post. Ya me dirás, la verdad y nada más que la verdad
-Ángeles: sí, el sub, el in, el pre, todos los estratos de la conciencia nos arrastran a veces a algo o a alguien, sin saber del todo por qué. En ese soy minero que tarareabas iba también yo, y todos los que aquí reportamos, y el soy minero es también soy bloguero, que a veces extraemos minerales preciosos del fondo de la tierra al campo abierto. Gracias
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