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lunes, 8 de diciembre de 2014

Sexo, pádel y fin de semana (y2)

     


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   Mi instructor de pádel se llama Rober. Veintisiete años, majete de cara, de mediana estatura, atractivo, fuertote, de anchos hombros y acogedores músculos pectorales, no llega Rober a lo de Cristiano Ronaldo, claro, pero en verdad se ha labrado el cuerpo como un gimnasta de Mirón el tío. Follable 100%, que diría alguna desenvuelta tuitera del hoy. Todo en su atlética figura rezuma el empuje radiante de la juventud y la potencia.
   
   Somos tres sus alumnos los miércoles a altas horas, y la otra noche, mientras calentábamos Carlos y el muá –pa vernos, esas sudaderas incendiarias allí, como luciérnagas atolondradas desafiando a vaharadas el frío y la oscuridad del club poligonero- se entregaba Rober a muy misteriosas confidencias con Fran, el bandarra del grupo. Tenemos una relativa confianza unos con otros, la ruda camaradería de los fornidos gladiadores podríamos decir, para darnos una idea y hacernos de paso la ilusión, pues salvo nuestro metrosexual instructor, ya digo, es pa vernos al trío padelero, menudas pantorrillas.
   
   Sabemos por eso sus torpones alumnos que hace poco Rober rompió su feliz unión matrimonial, que incluye dos niñitas rubias adorables, que alguna vez hemos visto corretear por allí, pues que se le cruzó a nuestro Titán, en uno de los prestigiosos Torneos Padeleros que los fines de semana por toda España él frecuenta, una cimbreante padelera bonaerense de pelo negrísimo y caderas más voluptuosas aún –nos ha enseñado él con gesto de orgulloso cazador fotos de ella que lleva incrustadas en el móvil, ¿desplazando quizás a las de sus niñas, ay?-, una garota tremenda de esas que incluso a los querubines dejan boquiabiertos. Llevan un tiempo liados los dos, aunque se ven a salto de mata aún. El pádel les une, el pádel les separa. Torneos, torneos, torneos.
   
   Como quiera que veíase a Rober más bien cabizbajo en la conversa que con Fran mantenía, cavilé si, agotado el frenesí inaugural de los Fogosos Olímpicos, no sería alguna especie de arrepentimiento, y de honda nostalgia del amor conyugal y hogareño lo que estuviese allí él confiando. No cuadraba con ello la sardónica pero muda sonrisa que Fran ostentaba, pero a saber si no era la misma la moneda cobrada como desquite en el rostro de los contrahechos, a quienes esa explosión de furores corporales está naturalmente vedada.
     
   Como no lo dejaban, nos acercamos Carlos y yo, centuriones  incandescentes ya, a darles el queo. Y en ese momento era Fran quien una imaginaria bola remataba:
     -Jajajá, tranqui, Rober, tú tranqui, pues claro que te vuelvo a pasar las pirulas, jajajá… a que te funcionan de puta madre… ¡Diooos, dejas a las tías a tope de gusto y espatarrás pa un mes entero, colega! Las perracas es que lo flipan… pero, ya sabes, cincuenta euracos se llaman, ya sabes, jajajá, a mí me rulan de puta madre, no se me baja el rabo ni patrás, toooma perracas, jajajá, llevo siempre en el coche, ahí las llevo, yo sí, por si acaso, no te jode, jajajá…
    
   Soltamos los cuatro allí, sumidos en la noche neblinosa, en la noche láctea, unas risotadas de cómplices legionarios romanos en un receso de las Galias, o en una francachela tras la batalla en un bosque nibelungo, sólo que cuando las risas, llamas venidas a menos, decayeron, pedía el guión unas palabras del Titán en busca de farmacopea para su tema, y sobre su rostro, por un día pesaroso, las miradas ávidas confluyeron.

   -Es verdad, joder, he quedado este finde con Cristina… y es que esta tía es la hostia, Cristina es la hostia, es exigente que te pasas, no le vale lo normal, quiere estar toda la noche ahí, dándole, se mosquea si no, se enfurruña, luego lo cascan todo por ahí… y es que quieres quedar bien, joder, dejarla bien pero bien… como sea, no vaya a dejarme, sí, no vaya a mandarme a Parla, sí, después de la clase me acerco contigo al coche y te pillo algunas, tengo que quedar bien.

       
   Volvimos a reírnos, sí, pero se veía claro que eran risitas falsas, y que la íntima confidencia, y la sombra gigantesca y arrolladora de aquella Cristina bonaerense que Rober llevaba en el móvil, había llenado de una extraña turbación de pesadumbre al grupo de forzudos conmilitones, que eran ya sólo tres angustiados padeleros en calzonazos, que es pa vernos. Uff, podía leerse en la mente idéntica del trío fallando ya todas las bolas: ¿Y cómo será esa tía? ¿Qué haría con nosotros si nos pillara por banda? ¿Cómo no se revolverá esa leona en la piltra? ¿Tanto de uno exigirá? ¿Un Adonis guaperas como Rober, a los veintisiete enganchado ya al Viagra? ¿Es el de Cristina, su exigencia, el nuevo Orden Amoroso? ¿Qué significaba todo aquello? Incluso a Fran, el bandarras, silente y pálido ahora -salvo los rodetes enrojecidos de los carrillos-, se le notaba estupefacto. Hasta el perfecto Discóbolo Rober nos parecía en ese extraño momento uno de los nuestros. Y hacía frío, qué leches.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen, análisis y UN CAPÍTULO de la obra en estos enlaces)
UN CAPÍTULO:
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)



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