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viernes, 27 de febrero de 2015

El estado de Celia Villalobos: la ilustre frikona

       


   Llegó Pedro, con un discurso mal hilado, con simbólica coleta superpuesta les dijo a los populares que no tenían vergüenza, fíjate tú, le mentó a Rajoy las flores bárcenas, le dijo además que él estaba limpio, ejem, o sea, le descompuso un poco el cuadro verdadero de la recuperación que estaba Rajoy pintando: De la Ruina al alivio.  Algo ensoberbecido (consiste el juego en que al Presidente de todo lo peor le pueden acusar, que incluso de capo lo trataron, y no debe él chistar), le retrucó Rajoy poniéndolo de patético y expulsándolo del Templo: no vuelva por aquí.
      
   Fatales los dos, y artificiales, como si hubieran pactado escenificar esa hiel, que no pensara el Pueblo fíjate lo bien que se lleva la Casta. En vano, porque la imagen de la Casta ociosa la regaló Celia Villalobos, en labores de presidenta de las Cortes, con el Presidente en el uso de la palabra desde el estrado, con toda su cachaza liada ella nada menos que… ¡jugando a lo de las peras y las manzanas! ¡Manda webs, que dijera Trillo! ¿Se puede ser más patética? ¿Se puede ser más cazurra y llegar tan alto? ¿Se puede despreciar más la tarea y la Institución que la Señora okupa?
      
   Dice mucho de la degradación cultural de la época que vivimos el dislate de la ilustre Villalobos. (Hubo otro artista que allí mismo se envolvió a una bandera andaluza) ¿A qué dedica el tiempo libre?, cantaba Perales, interesándose por la calidad humana del amante de su amada, uff. Malo que en esos bobos juegos pierda el tiempo uno/a del común, pero que en su tiempo de trabajo eso en público haga su altísima Señoría (que venía de una inenarrable por lo chocarrera entrevista en la Sexta, donde vino a establecer que… ¡nadie en contra del aborto cabía en el PP!) es frikada de altos vuelos, desde luego.
     
   Debería haber dimitido o haber sido cesada Villalobos ya, y haber sentido en el cogote la censura de una sociedad que se respete. A lo sumo ha servido su ejemplo de mentecatez como carne de redes y motivo de bromas entre unos y otros, las que se hacen con algo que en el fondo se tolera por común. Descuida, que si llegan a pillar a doña Celia absorta en un poemario, o en el penetrante ensayo de un escritor sin nombre, la cesan entonces fijo.


SINOPSIS DE “LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS”

   Me preguntaban ayer, “bueno, vale, ¿pero tu libro de qué va?”. Me hubiera gustado contestar lo de Woody Allen a propósito de “Guerra y Paz”: “Va de Rusia”. Decirle yo: “Va de las ilusiones”. Pero al escritor sin Nombre ni Contactos, esos lujos le están vedados. Tuve entonces que pensarlo.  
   Mi libro cuenta la historia de un cuarentón al que su mujer, que ha encontrado otro más alto, más fuerte y más guapo que él, le señala la puerta de salida de casa. Descubre entonces de golpe su minusvalía emocional: un paria en la tierra de los afectos. De cuanto le ocurre después, cuando ha de salir al mundo, que le es ancho y ajeno, para superar su zozobra, para engañar a su desconcierto. De lo duro que se le hace ese aprendizaje elemental de la supervivencia afectiva. De cómo hallará en la propia escritura, y en los humorísticos y sentimentales encuentros y desencuentros de la realidad, a trancas y barrancas, la brújula que le permita hallar al cabo su lugar al sol,  una imagen aceptable de sí mismo, y levantar así el muro de la obturación interna que le impide ver la belleza y el propio absurdo del mundo y de la vida, que es lo único que tenemos. De eso, de esas ínfulas buenas trata mi libro.
  

     

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