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sábado, 4 de diciembre de 2010

Del Rosa al Amarillo, claro

    
     El hilo de los niños graciosillos liándole un poco la mañana a la gran Comunicadora, más el hilo radiante de Ana María M a sus ochenta y cinco, y de sus botes tremendos ante el Cervantes, que tanto a mí me la lían, sólo podían anudarse dentro de mi melón, convaleciente de farola, en el ovillo superior que es “Del Rosa al Amarillo”, la preciosa película de Summers (de ¡1963!), sobre cuya playa final también le gustaría a uno hoy un poco pasearse, y pasearme contigo, lector, si a bien tienes coger mi mano.
    
     Claro, vista con los ojos de hoy, estropeado ya el gusto de todos a base de la catarata de trepidaciones, palabrotonas, efectos especiales, montajes supersónicos y carnaza de vísceras y de fluidos varios, que no otros son los ingredientes básicos del menú del día en las pantallas, “Del Rosa al Amarillo”, con su aparente endeblez argumental, su modestia formal, su cadencia sosegada e intimista invita casi a salir corriendo. El que un poema fílmico tan inspirado –por más que no sea perfecto- como el de que hablamos, a la inmensa mayoría provoque a buen seguro instantáneo repelús, debiera por sí sólo bastarnos para certificar la degradación de la producción cultural dominante y de sus usuarios.

     Y sin embargo, qué dos historias más conmovedoras y románticas se albergan en " Del Rosa al Amarillo", con qué emocionante temblor se adentra su autor en la indagación del misterio que late en el sentimiento amoroso. Del amor en su pureza toda, cabría decir, porque adrede sitúa Summers su doble historia de amor en los confines de la peripecia vital de las personas, en la infancia primera y en la última vejez, cuándo está, o bien aún ausente, o ya extinguida, la llamarada apremiante de la carne que pueda acaso contaminar aquél, cuando no se da el latigazo inaplazable del deseo físico, y vemos brotar nuevo o permanecer nítido el rescoldo de ese desnudo sentimiento, sin un cuerpo que detrás que lo exija. Bucea, pues, con deliberación el director en los confines de la edad de los hombres para insinuarnos que es también entonces el Amor –no como pulsión, sí como ilusión “ilusionada”- lo más sustancial de esas vidas.
    
      Cuando la ví por vez primera hace muchos años mucho más me emocionó, claro, la historia de los niños: la delicadeza con que ese niño recorta la foto de su enamorada para pegársela sobre la esfera del reloj y poder así tenerla siempre presente en clase, el contacto tembloroso de su mano al tomar la de la niña en un juego infantil, las cartas que él la escribe con los ojos enfebrecidos por ella, el miedo por su propia insignificancia física, su pena inconsolable cuando a la vuelta del fatídico verano ella tiene ya un novio formal, mayor que él, y le devuelve la pulsera que él le había regalado, el caudal de ese golpetazo íntimo, cuyo dolor, siendo sólo un niño, entonces conoce, que le lleva a borronear el nombre de su chica en el cuaderno de las matemáticas… para volver a escribirlo al cabo, a pesar de todo, fantaseándose a la vera del mar junto a ella.
    
     Cuando volví a verla el otro día, ay, mucho más me arrebató la aventura de los viejos: ese amor secretísimo y vibrante entre ellos, esa llama inocente que ambos alientan, a pesar de las arrugas y de los cuerpos averiados, a pesar de hallarse separados por sexos dentro del asilo en que ambos están recluidos, alimentado el mismo sólo con miradas, con intuiciones, con sus respectivas presencias, con cartas rebosantes de candor, que arrugadas en gurruño se las ingenian para escribirse y hacerse llegar el uno al otro salvando la estricta vigilancia monjil. Le pide él a ella… ¡que escapen de allí!, que, aun viejísimos, vivan los dos en libertad. Esa noche –un poco como Ana María M la víspera del Cervantes- … cómo llora ella, que se ve incapaz de seguirle, la pérdida de su amor, el hueco que abrirá esa ausencia. Y a la mañana siguiente, rota por esa falta, con qué alud de alegría interior se ilumina y resplandece su rostro al conseguir el premio gordo… pues ha resultado para él en el momento final imposible en conciencia abandonarla, y aun derrotado por la coerción que impone el asilo, ha decidido seguir con ella para siempre, como si el Amor fuese preferible a la misma Libertad, y ella justo entonces lo descubre cabizbajo en su banco de siempre, que es para ellos dorada playa, lector.

    

6 comentarios:

elena dijo...

Sólo por cómo la has descrito, me voy a poner a buscar esa película, para verla con tranquilidad.
Gracias José Antonio, ya te contaré.

Abelardo dijo...

Hola José Antonio, soy Abelardo. Como sabes he tenido oportunidad de conocerte a través del blog “Pienso, luego escribo”, y he sentido curiosidad por saber cómo escribías. Valió la pena venir a leer a tu casa; buen post.
Enhorabuena.
Un saludo

S. Cid dijo...

No sólo no he visto la película, es que ni siquiera sabía que existía [mañana me impondré un duro castigo por mi ignorancia ;-)]. Sin embargo, me ha picado usted la curiosidad.

La infancia y la vejez son dos etapas que se tocan por los extremos. Espero algún día ser una anciana feliz y, hasta cierto punto, desinhibida, como Ana María Matute. Tan agria que es la vida, tantas veces, al mirarla desde el final, mejor alborozarse, como un niño, al recibir el premio que ser un viejo de ánimo decrépito y amargado: ¿se acuerda usted de Fernando Fernán-Gómez -excelente actor, por otra parte- o de Paco Umbral? Siempre estaban enfadados...

Le dejo, don José Antonio, que es tarde y empiezo a desvariar ;-). Buen texto: me gustó mucho y me abrió las puertas a una película que buscaré y veré.

Luisa dijo...

Qué maravillosos recuerdos han llegado a mi mente. Hace muchos años me la recomendó, descubrió y me enseñó un amigo, que ya no es tal. Sabría decirme como conseguirla, porque estuve buscándola y está descatalogada. Maravilloso su texto.Incríble su sensibilidad.Alucinantes sus sensaciones.Saludos

Sue dijo...

Yo tampoco escuché hablar antes de esta peli, Jose Antonio pero por lo que cuentas y las imágenes parece entrañable. Al menos esa escena del autobús.

Hay pelis que uno ve pasado el tiempo y siguen llenándole de emoción, sin duda.

José Antonio del Pozo dijo...

-Elena: gracias a tí, espero que te guste
-Abelardo: pues muy bienvenido y gracias por venir y además por hacérmelo saber. esta es su casa, también.
-S Cid: yo creo que existen mejores premios que el Cervantes, pero no son de tanto postín. Fernán Gomez y Umbral, enormes en lo suyo ambos, desde luego, iban de cascarrabias, pero doblaban mucho el espinazo cuando de recibir oficiales distinciones se trataba.
_Luisa:no hace tanto la distribuyó El País, así que en su web debe aparecer cómo encargársela. Impagables las palabras tan bonitas que me dirige. Gracias, Luisa
-Sue: es más, las mejores pelis es que con el tiempo se cargan de emoción. Gracias, Sue, por escribir aquí.