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miércoles, 12 de diciembre de 2012

Como jovenzuelos de parranda


    
    Afuera, la noche, atravesada de un viento huraño y helador, era ya intratable. Por suerte cuando llegué al lugar de encuentro convenido, mi amigo estaba allí, esperándome. Ah, como celebré sólo ya esa suprema cortesía del espíritu que es la puntualidad. Hombre, qué alegría… y simplemente nos chocamos entonces las manos, que en estos trances somos los chicos algo sosotes, aunque, quizás también por efectos del airón, que todo lo pulía a su paso, observé que a ambos nos brillaban en un punto más alto de lo habitual las pupilas. Un apretón de manos, después de tanta burbuja de pantallas abajo, no es poca cosa, anoté para mis adentros.
   
   Tal como imponía el incordio áspero de la noche, enseguida nos replegamos hacia la acera en busca de un café. Rápido nos metimos en uno, que estaba semivacío. Bueno, cinco años. Chico, estás igual. Tú también, tío. No era verdad, a ciertas alturas el Tiempo indefectiblemente estropicia la carcasa sobre la que vamos pasando. Tampoco importa tanto. Estábamos allí, y como compartíamos recuerdos comunes y afectuosos, la hoguera de la amistad se avivó enseguida entre nosotros. Pareciera que calentáramos nuestras manos alrededor de ese rescoldo vivo que habíamos dispuesto sobre la mesa.
   ¿Por qué dejamos de tratarnos? Lo de siempre: los trabajos, los horarios, la familia, las nuevas ocupaciones… el propio curso de la vida que a veces casi sin darnos cuenta nos aleja. Recordamos, es decir, reactualizamos mucho de cuanto antes nos había unido, nos reímos con ganas, como si quisiéramos fabricarnos así la ilusión de poder salvar la distancia del Tiempo. Nos supo, claro está, a teta ese simple café. 
    
   Me dijo entonces mi amigo que, aunque le iban en general las cosas bien, andaba ahora preocupado por ciertos arrechuchos “en la salud de quien es mi pareja”. Eso me dijo. Aquello nos ensombreció por un instante a los dos, y a mí siempre me faltan en esos momentos reflejos para saber manejar bien esos imprevistos, esa especie de vida en directo dentro de la película propia de la vida. Permanecí en silencio. ¿Por qué decía él “mi pareja”, y no mi mujer? Puede que fuese simplemente el propio desenvolverse caprichoso de las palabras y que nada que yo no hubiera sospechado antes significase. ¿Qué sabía yo en realidad de mi amigo? Bien poca cosa. Habíamos coincidido en un taller literario durante un curso, habíamos en consecuencia tomado algunas cañas juntos, punto pelota.
    Iba yo al fin a inquirirle algo al respecto cuando él mismo, en un oportunísimo golpe de limpiaparabrisas sobre el cristal de la conversación, retomó lo que allí nos reunía. “Pero, a ver, enséñame ya ese libro, que estoy deseando verlo, José Antonio”. Lo extraje de la bolsa de plástico rojo en que lo había traído y se lo mostré. Lo recogió él con esmerada delicadeza entre las manos, como el recién nacido que era, lo contempló despacio acercándoselo a los ojos, que de golpe allí mismo se le agrandaron, le pasó muy lentamente la yema de los dedos sobre la portada brillante, sobre el envés luego, y al cabo tan solo murmuró “es… es precioso”.  Lo abrió luego y lo ojeó aquí y allá. “Cuánto me alegro, joder”.
     Hubiera besoteado los carrillos de mi amigo en aquel café en ese instante. “Sales tú en él”, fue lo que dije. Levantó los ojos hacia los míos y se sonrió. “Me encantaba siempre ese estilo tuyo para burlarte el primero de ti mismo… me lo voy a pasar pipa, lo sé”. Me remató entonces: “…y ni se te ocurra rechazarme los quince pavos, eh, para qué entonces están los amigos… sólo si amortizas tu inversión te recordaré el fiestorro prometido, que leo yo tu blog, chaval”. Nos reímos a placer, entonces, casi como jovenzuelos en parranda descarriados.
       
    En la despedida estreché con fuerza los hombros a mi amigo. Le deseé, con estas mismas escuetas palabras, que lo de su pareja quedara en nada. Más tarde pensé: en un relato canónico ese discreto misterio jamás podría quedar así de azaroso y de episódico, sin de él saberse más, o sin extraerle más jugo,  pero en la vida, que es sólo un relato mal acabado, o en el blog, que sólo es el desigual vuelo de ilusión que a veces alcanza la misma vida, así de mal rematadas quedan a veces las cosas, precisamente por ser reales.   
   De vuelta a casa, rememorando el momento completo que acababa de disfrutar, no sé, me sentía a gusto conmigo mismo. Tanto que no tuve la más mínima tentación de auscultar el título de los best-sellers que a buen seguro iban zampándose algunos en el convoy que de vuelta a todos nos traía. Vini, vidi, vinci, oui. Gracias, amigo mío. 



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

10 comentarios:

Juante dijo...

Magnífico relato, genial, de escritura firme y brillante. Por no hablar de la lección filosófica del final.

Yo, quizás, que -vuelvo a dar la matraca- soy más de Imagen y Sonido y valoro antes un Picasso que cualquier texto por sublime que sea, siempre ando buscando el parangón de los horribles trompicones de la vida con el Cine de un Pialat o de un Guédiguian, pongamos por caso (creo que los franceses, en eso, llevan la delantera al cine circense yanqui). Porque también necesito explicaciones a tanto despropósito fortuito como inasible.

Pero lo cierto, vil y cruel en grado superlativo es que, actualmente, preferimos un ipad a una persona, sea nuestro hermano, amigo, conocido, compi de curre o supuesta novia incluso, a la vista de que ellas aún parecen estar más pilladas por las pantallas (permíteme que el estado de la mujer de tu amigo lo tome como metonimia de un amplísimo abanico de patologías). Es lamentable, es terriblemente desalentador que nos hayamos arrastrado hacia este "vacío ético" (la expresión es de un juez inglés, definiendo al internete frente a la prensa convencional) sin solución de continuidad. Quiero pensar que fueron los Maya los que vaticinaron esta catástrofe.

Saludos

CLAVE dijo...

Increiblemente hermoso tu relato, el encuentro con un viejo amigo tiene eso, que es entrar allí donde el quiere y a pesar de eso puede ser muy gratificante.
Vuelve a quedar con el que merece la pena...saludos...

Norma dijo...

Me encantó, qué bien escribes. El relato te lleva a fantasear. Besos

Anónimo dijo...

estupendo relato y magnifico final MATEO saludos JOSE

MAMUMA dijo...

Muy bien escrito Jose, como siempre.

Cesar dijo...

Me tiene a mi el anonimo ligeramente despistado. No se si se llama Jose y saluda a Mateo o a la inversa. No sera el amigo del relato?
De cualquier modo queda nitidamente demostrada la amistad y la ausencia de envidia.

Chela dijo...

Lo intuí desde el primer día que visite tu blog, pero cuanto más te leo más me gustan tus escritos, por su estilo y contenido. Escribes estupendamente.

Tu post de hoy me entusiasma por todo: estilo y contenido. Es totalmente vivencial en cada detalle que describes, unas veces con fino humor, otras con reflexiones y máximas, emanadas de la introspección y análisis de tu propia vida y la realidad en que se desenvuelve. Es una frase brillante el símil de considerar los imprevistos, la sorpresa, lo incontrolable, como “esa especie de vida en directo dentro de la película propia de la vida”, y considerar ésta como “un relato mal acabado”.

Deseo que esa amistad, después del reencuentro, continúe de manera satisfactoriamente para ambos.

Un afectuoso saludo.

Anónimo dijo...

Me ha gustado muchiiiiismo..adoro cuando un relato te envuelve y te llena..gran trabajo!!

www.elbauldeguardian.com dijo...

Me gustó mucho!..es la vida la que nos llena y nos da motivos de encontrarnos..gran post!

Alfredo dijo...

"jovenzuelos en parranda descarriados".

Tu rebuscadísima forma de escribir constituye un excelente ejemplo de humorismo involuntario.

Sigue divirtiéndonos a todos (aunque sea sin querer).