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domingo, 30 de diciembre de 2012

Hamlets de suburbio pala en mano


   
      Debía faltar poco para las doce de la noche, si es que no lo eran ya. Llevábamos desde las diez dándole al tema. Tenía que hacer frío, en medio del desierto club poligonero, aunque en absoluto lo sentíamos. Bien al contrario, el calor que desprendían mis carrillos empañaba los cristales de mis gafotas de manera para mí vergonzante. Los limpiaba con blancos papelillos sobrearrugados, y a los veinte segundos otra vez se volvían a llenar de vaho. Debía parecer yo un camión achacoso en medio de la niebla.
      El caso es que habíamos ganado un peleadísimo set cada pareja y teníamos Javier y yo bola para ponernos 5 a 2 en el definitivo.  Si ganábamos el partido subíamos de grupo y alcanzábamos el brutal –pour muá- puesto 100 en nuestro suburbial ránking padelero (el 100 de entre una lista de 240 parejas de tíos, pues empezamos, tres años ha, desde abajo del todo, desde ese infierno). En ráfaga pensé entonces, joder, ojalá ganemos, qué momento para, en loor de triunfo, como los matadores diestros, cortarme la simbólica coleta del jodido pádel y jugar luego sólo ya festivas pachangas. Sí, le daría un abrazo de maestro torero a Javier y le invitaría a, con tiempo, irse buscando otro compi de fatigas padeleras. Me liberaría de esa agridulce angustia de la idiota competición.
    Teníamos enfrente a los Kirpatrick, padre e hijo, que no sé aún por qué les llaman así, siendo ambos dos de Toledo muy naturales. El padre es finústico y largo como día sin pan, pero el hijo de primeras vistas no diríase tal, pues de rechoncho que es, pareciera más bien su escudero. Aunque más que escudero resultaba, mejor dicho, su pinche, ya que no dejaba de pincharle al padre con motivo de los escasos errores que el longo Kirpatrick cometía. Con los yerros propios, mucho más habituales, el pinche escudero juraba incluso improperios aún no escritos, mientras su papito suavemente lo animaba.  Se notaba de lejos que juntan los Kirpatrick  muchas más horas de vuelo padelero que Javier y yo, por más que, con la Fortuna de nuestro lado, teníamos como digo el partido en la mano.
   
     No, no estábamos jugando bien, y los dos lo sabíamos. No nos salía nuestro juego habitual. Entonces, con el 5-2 a punto de nieve, a un paso del ansiado top 100, puede que quizás paralizados por ese redondo espejismo en medio de la fría noche poligonera sin estrellas,  con estrépito nos vinimos Javier y yo del todo abajo. Perdimos rápido ese juego, y los tres siguientes en un santiamén se evaporaron. En los tres cambios de pista que hasta el final hubieron –dale que te pego yo a los papelillos sobre las gafas- no acertábamos a intercambiar palabra. Del todo se nos encogió el brazo, casi entregando las bolas, mientras los Kirpatricks tornáronse eufóricos pulpos, como de tentaculares martillos armados. Nos ganaron. 4-6. A la mierda.
     
     Con el frenesí de la Victoria, Kirpatrick hijo, en muy hermosa por lo inesperada estampa tras tanto gruñirle al Padre, corrió como loco a echarse en los brazos progenitores. ¡Papá!, incluso de la boca se le cayó. Kirpatrick padre le acarició entonces los rizos como sólo un padre puede a su hijo bebé hacerlo. Les saludamos deportivamente. Me alegré por ese Padre, un notable y veterano jugador, a la misma vez que a toda leche empecé a entristecernos por nosotros, por Javier y por el muá, que habíamos palmado.
      
     Ah, cómo escuece el perder. Cómo entonces te pesa y se te atraganta de pronto incluso el aire. Qué áspera hiel recubre entonces las cosas y los gestos más habituales. No era, ni mucho menos, la primera vez que perdíamos, pero había algo en esta derrota, en visperísimas de las Navidades, acaso la forma fulminante en que se produjo, acaso nuestro mal juego, cuando tan cerca habíamos acariciado nuestro –el mío, al menos- Toisón, que la hacía indigerible. Para nada discutíamos ni proyectábamos Javier y yo los fríos aspavientos de la distancia, esos gestos que sin quererlo aluden a la derrota. Era sólo que esta vez, dentro del coche a las tantas, parados ya en la desolada plazoleta en que siempre dejo a Javier, las palabras no cauterizaban, no restañaban como otras veces la herida, no apaciguaban nuestra pesadumbre. Yo creo que sobre todo nos dolía el habernos decepcionado antes que nadie cada uno a nosotros mismos, y al otro inmediatamente después.
     
     Y sí, nos dijimos felices fiestas y todo eso mirándonos a los ojos, y chocamos con fuerza nuestras manos, y ningún mundo se acababa, ya, pero Javier y yo sabíamos que eran unas felices fiestas escarchadas por una tristeza que nos era hasta entonces desconocida. Era como si nuestro mal juego nos hubiera arrojado dentro de una niebla tan espesa como desconcertante entre la que no veíamos la salida navideña. Parecíamos Hamlets de suburbio con una pala entre las manos. To blog or not to blog, pensé mucho más tarde yo.




LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
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3 comentarios:

Monica dijo...

Me lo temía. Saludos. FELIZ 2013

JOSÉ dijo...

Os deseo un feliz 2013. Que sea todavía mejor que el 2012. Que todos vuestros deseos se cumplan.
Que los malos momentos no borren vuestras sonrisas.

Un fuerte abrazo.

José

Jose Antonio dijo...

Bueno, después de mi frenesí viajero, por fin tomo aire desde Escocia para desearte un feliz año nuevo.
Un abrazo