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viernes, 9 de junio de 2017

Un zangarrón viene a verme




MI TARDE EN LA FERIA DEL LIBRO (4)

... De pronto la tarde asfixiante se anubló y amagó tormenta. Se me volaba en el banco la hoja del reclamo, así es que hube de aplicarme, la vista y mi mano hacia abajo fijas en ella, en su vigilancia. Entonces vi en el suelo una playera negra. Luego, conforme subía la mirada, un arrugado pantalón de chinos negro y una holgada camiseta, negra también. Había un joven zangarrón de sonrosados carrillos, ojos un punto saltones y melenas a lo Iron Maiden a mi vera.
-¿Puedo sentarme a descansar un rato?
-Por favor
 Miró el chavalote el muro de los ejemplares míos. Me habló.
-… ¿Y qué, cómo va la tarde?
-… Las he tenido mejores… pero como también peores, no me quejo. ¿Te gustan los libros?
-… Bueno, soy más de pelis, lo reconozco.
- Aaah, y quién te gusta, Tarantino, imagino.
-… No crea, me gustan más las películas de Ozores, las de Pajares y Esteso.
- (Glups, remiré al sesgo sus ojos, algo abombados, a ver si va a ser aquí el mozo un descendiente de esa gran familia de cineastas, me dije) …Oye, tienen su público, alguna emoción compartida encontrarán en ellas, supongo.
-La que más “Los bingueros”, tiene un punto dramático que otras suyas no tienen, es que te estremece, joder.
-No la he visto… oye, me estás vacilando, yo creo.
-No, para nada… oye, tú me estás dando charla porque así te sirvo de gancho, es eso, ¿no?
-Noooo, qué va. ¿De gancho? Lo mío es meterlas de bandeja, tío. No te mosquees, hombre. Yo es que soy más de Woody Allen, hace poco me vi tres suyas de una tacada, infierno, purgatorio y cielo con él, qué tío.
   Que le dijera esos tres títulos. Los había también él visto, y estaba de acuerdo conmigo. Pensé que eso nos uniría más. Empezamos a hablar, durante más de media hora, con verdadera pasión de Woody Allen, de su genio incomparable. Me nombró no menos de treinta de sus películas, incluso de las “bergmanianas”, con sus pormenores; se las conocía a la perfección. Abundé yo en lo mismo, con admiraciones y consideraciones de mi cosecha, lo mucho que el arte de W A me ha inspirado. Rememoramos escenas y diálogos divertidos de verdad.  De pronto me cortó.
   -Oye, te has puesto a hablarme de Woody… para camelarme y llevarme a tu terreno, ¿no?, en realidad a ti él te la bufa, ¿no?
      Me lo dijo en buen plan, pero aquello me cabreó. Agarré un ejemplar mío, busqué la página y se la puse delante de los protuberantes ojos, “mira y lee, chaval, qué pone ahí”. Y con voz saltarina, oh, cielos, algo parecida a la de Mariano Ozores el zangarrón entonó, “… hasta ahora esa idiocia mía me había servido para fabricar pretendidos relatos irónicos en los que el protagonista, un tipo torpe, calcado del Woody Allen menos genuino, puesto en situaciones en verdad patéticas…”. Y ahora cuando quieras, te puedes largar, añadí.  Eso le desarmó un poco. “Vale, vale, no se mosquee usted ahora”, me dijo con rostro candoroso. ¿Cuántos años tienes, 25?, le dije. “35, de verdad, 35, jajajaja”. Qué mal calculo ya las edades, leche. Que él era informático, que enseñaba de lo suyo a gente mayor. ¿A tipos como yo, no? “No, hombre, jejejejé, a viejales, son muy agradecidos, lo único malo es que gano poco dinero”.

     Hablamos más. Era listo, sabía cosas, Salió el sol, volvió con su lengua pegajosa la tarde sofocante. Aquel chicarrón entonces se levantó y me extendió la mano. Me pidió una tarjeta, nos dimos los teléfonos. “Bueno, Señor, ha sido un placer. Le agregaré al guasap, y si quiere otro día quedamos y charlamos, casi seguro que entonces le compraré yo su libro, ahora no puedo, sé que me va a gustar, ¿vale?”. Claro que me vale, chavea. Puede que lo hagas, o puede que no, me dije después, como tantos otros en las redes que lo mismo un día me aseguraron, allá ellos, allá vos. Se fue, se fue, aquel mozallón se fue, y con él su historia y su misterio, que merecerían seguro verse escritas en un libro, en medio del dudoso esplendor de la Feria del Mismo, con su mecanismo, que nos achicharraba. 
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