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domingo, 25 de julio de 2021

SUEÑO, MAL CHISTE, LA CULPA LA TUVO EL COVID



En esta era Covid sales de casa con la extraña sensación de olvidar siempre algo. Puede a veces ser la jodida máscara, o no, porque la oscura mancha del olvido, como una extraña culpa, como una doble piel, se extiende genérica sobre todo. Te llevas luego esa íntima desazón al turbio campo de los sueños, claro. Vino a decir Freud que el inconsciente tiene razones que el propio consciente desconoce. Y yo qué sé. Soñé ayer que bajaba en metro a los madriles para reunirme con unos amigos. Sólo al emerger a la violenta claridad del día, horror, descubrí que me había olvidado… la mascarilla, ¿puedes creerlo? La gente por la calles, ni idea de por qué, como en los primeros días de esta peste, caminaba en solitario y deprisa, mirando de soslayo a todos lados. Es que se leía el miedo en los rostros. Y yo sin mascarilla, qué fuerte. Vi entonces un todo a cien y allá que me metí. Sonaron arriba unas dulces vibraciones de filamentos metálicos entrechocándose. Sólo había una dependienta oriental, que, sin mascarilla también, llevaba una túnica de raso roja con bordados… ¡y, como los de un mandarín, dos tiesos bigotes de pega sobre la cara!, increíble. Quiero una mascarilla, le dije. No se lo recomiendo, Señol. Es contraproducente. No le merece la pena, Señol. Para mi más completo pasmo, tras una reverencia, la fumanchesca subalterna esto me soltó. Un sueño dialogado, la caña. Vamos a ver, ¿tú no estás aquí para vender?, ¿sí?, pues arreando que vienen dando. Verá Señol, es que cuesta mil euros una. ¿Qué? ¿Mil, una? ¿Pero qué me estás contando? ¡Si esto es un todo a cien!, repliqué, fijando de paso en cien euros el límite tolerable del atraco que por mor de las circunstancias estaba dispuesto yo a tolerar. Lo siento, Señol, mil euros la mascarilla, es lo que hay. ¿Es lo que hay, encima? ¡Joder, ocho mil millones en la Tierra, casi cincuenta en España, y la china tiene que caerme a mí? Se sonrió. La chinita entonces, pelito y ojitos de purísimo charol, como un rayo salió del mostrador y echó el cerrojo a la puerta del todo a cien, y muy seria ahora, con los pies juntitos, ¿puedes creerlo?, flexionando hacia sí el índice me invitó a adentrarme con ella hacia el trasfondo de la tienda, vagamente iluminado en ámbar. Sin máscara, preso de una rara angustia, no sabía bien yo allí qué hacer, arrancarle los bigotes mandarines quizás... y entonces, claro, desperté. De inmediato, por supuesto, sentí vergüenza, por semejante sueño, un mal chiste, jodido Freud. Y cuando desperté, puedes creerlo, el Covid todavía estaba allí.

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