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domingo, 26 de septiembre de 2021

PAN Y VOLCÁN



En la misma mañana que inauguraba el Otoño, como el otro, iba yo a comprar el pan. Pedí, eso, la barra, mi trozo de pan… pero la joven dependienta, tan mona en su uniforme de color chocolate, no atendió mi voz. Y es que, rauda desde la zona de bar, le llegó su comadre, morena y rechonchita también como ella, a hacerle coditos y sonrisitas pícaras y cómplices, y a susurrarle “ooooh, pero mira, mira, chica, qué cosa, deberíamos ponerles una música, o qué, tú mira, mira”, que yo se lo oí. Me hicieron así mirar lo que ellas miraban, claro. De espaldas a la tele, que sin parar daba las hipnóticas llamaradas del volcán de la Palma, -no había nadie más que ellos-, dos tazas en la mesa, un hombre y una mujer se besaban como locos. Se comían las bocas con ahínco adolescente y hollywoodiense, girando y girando las respectivas cabezas en órbita alrededor del eje axial de sus labios, a compás, sin despegarse del punto de morreo, sin soltarse de los labios. Volcán llama volcán, pensé. El caso es que los besantes giróscopos eran ya más que talluditos ejemplares. Mucho más otoñales que primaverales, vamos. Las dos dependientas, con sus dientes tan blancos y su coqueto atuendo, tan majas, el fulano que yo era, el volcanato de la Palma, la Madre Naturaleza, qué les importaba todo eso a ellos ahora. Más bien lo suyo iba en contra de la Madre Naturaleza. Cuando salí, a través ahora de la ventana que primorosamente les encuadraba, seguían besándose. Qué magnífica dosificación de la apnea y de la lava la suya. De espaldas a la tele, que seguía a lo suyo, a las dependientas, que seguían absortas fisgoteándoles, de espaldas a todo lo que seguía, al Otoño en Alcorcón también. Le pegué yo un trisco a mi barra. Qué rico. Crujiente y recién hecho, como aquel volcán de besos.

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