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lunes, 2 de noviembre de 2015

Canción de Otoño




      Una mañana cualquiera de la estación ardiente, de improviso un viento suave se abre paso...y en el cielo azulísimo unas nubes, hasta hace un momento invisibles, parecen huir, como ciervas alarmadas por un algo más presentido que real. Se anuncia así el primer compás del Otoño.
     Tiene el Otoño inicial mucho de Emperador declinante y melancólico, que quisiera contarnos al oido la memoria de sus gestas, sin poder evitar del todo al tiempo una tristeza cierta por la decadencia que le acoge, que quizás un poco le mengüe hoy. ¿Y por qué no atender su convocatoria? ¿Por qué no escuchar su confidencia? ¿Por qué no abrir bien los ojos a su luz claudicante?
     Acaso sea el susurro el lenguaje propio del Otoño, el mismo susurro de las hojas al caer, el susurro de la mansa lluvia amarillenta de hojas, que recubren los senderos de los parques, que ciegan en ocre tapiz los caminos rurales, el que inviste las aldeas de una melancolía indecible, que sólo un viejo acordeón pueda quizás evocar.
     Es también a veces la propia lluvia real, la lluvia dócil, el otro dialecto del Otoño, esa agua del cielo en el que empaparnos sin temor, como cuando niños. Respirar bajo esa lluvia apacible, aproximarnos así al latido mismo de la Tierra mojada. Es también Otoño el susurro del viento, real mensajero del frescor. La Naturaleza entera, esa reina de la abundancia plantada por una mano divina , nos susurra en Otoño el oro envejecido de su pátina, sus rojos exhaustos de luz.
     Huele el Otoño a leña quemada, a humo de rastrojos agostados, al perfume de las flores entregadas, al olor húmedo y selvático de las zarzas de moras cuando la lluvia las remueve. Y es Otoño, cómo no, la estación de las nubes, el tiempo propicio de admirar el capricho de sus mil formas, de aspirar la promesa de ingravidez que toda nube encierra. Está en una nube, decimos de alguien que se rompe de dicha. Vivamos en las nubes, claro.
      
     Penetremos, pues, en los dominios únicos del Otoño, abramos de par en par el alma, amigo, a sus estandartes y a sus parábolas. Tiempo de la Vendimia, claro. Y son los colores primorosos del Otoño, los mismos de esos racimos sobredorados y amoratados, su sinfonía incomparable. Tiempo de colegiales, que vuelven a la escuela. Ah, la desazón sin igual del primer día de colegio en la vida de un niño, del festivo reencuentro con los amigos para los niños más mayores. Registrar también la grata sorpresa de la primera mañana tibia en la ciudad, cuando las gentes, desprevenidas de ropa de abrigo, se abrazan con gusto a sí mismas contra el viento, que atiranta un poco  las mejillas. O la dignidad con que esa viejita barre la hojarasca para dejar reluciente el trozo de acera de su casa. Otoño para pasear los parques sin prisa, para espiar sin tregua sus crepúsculos vertiginosos.
     Es Otoño un niño con jersey, que juega ávido en los columpios a la vez que merienda, ansioso por robarle al día, a su laboral horario escolar, al menos unas monedas de recreo. Y el cónclave, algo tenso, de las aves sobre los hilos de la luz, antes de volar hacia hemisferios de calor, como si les doliera en el alma abandonarnos. Sabemos que volverán, claro que volverán, cómo, si no se fueran, podrían dejarnos luego, volcados sobre sus trinos, los inauditos colores de allende los mares.
     Es Otoño todo, la estación de los pintores, un cuadro en tonos sepia, con esos rebordes amarillentos que se les ponen a los libros viejos, como si en sus láminas se posara el destilado de una añoranza incalculable. Mansedumbre de una miel que gotea, pues, el Otoño.
     Hay más belleza en lo que nos rodea de cuanto somos capaces de soportar. Y si el Poeta esperaba un milagro de la primavera, nosotros, lector amigo, que no llegamos a tanto, por qué no hemos de alentar al menos, un milagro del Otoño. Que colme el otoño de sosiego el retumbar de nuestros corazones primaverales.
    




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