Lo que va es el signo de los tiempos, o sea, la continua degradación
cultural de la sociedad, la devaluada y sucia moneda que circula y circula bajo
el Reinado de la Mugre. Es en
apariencia lo mismo: el poderosísimo imán del sexo, la atracción sexual que una
mujer experimenta hacia un hombre. Y sin embargo, casi son lo opuesto. Esa
paulatina regresión, todo el negro agujero abierto por esa distancia, es la
misma que va de la buena a la mala literatura, la que va de Tennessee Williams a… cómo se llama la
exitosísima autora del Grey, la que
va también de Elia Kazan a.... cómo
se llama el que ha llevado las Sombras
a la pantalla.
Todo lo que en Williams era
indagación narrativa, cultivo de la sugerencia y dominio de la alusión y de lo
indirecto, complejización y riqueza compositiva de los personajes, es en lo de Grey explícito cachete, plano, lineal,
burdo y chusco culete. Es también la
distancia que va entre aquellos Stanley
Kowalski y Blanche DuBois, seres
atormentados, complicados, presos de sus traumas pero también de sus ilusiones
y sus sueños, humanos, demasiado humanos, a estos Ana Steele y Christian Grey,
esquemáticos, simplones hasta decir basta, ramplones como solo ellos, facilones
hasta hacerse plastas. Significativamente Grey
le impone a su partenaire que no
habrá entre ellos relación romántica, sólo sexual.
Anótense además otras dos
sorprendentes inversiones narrativas, acaso también signo de los tiempos que
vivimos, que ambas obras exprimen: si el Kowalski
desbordante de magnetismo sensual que en 1951 Brando representaba, era un obrero inmigrante y pobre, el
enigmático y ambiguo Grey, objeto
del prototípico deseo femenino actual, es un desenvuelto multimillonario al
quien el conflicto social es del todo ajeno.
Y dos: si en la tragedia de Williams
no dejaba el conflicto vital en juego de tortuosamente apuntar hacia una catarsis, es decir, hacia una
liberación, por problemática que fuera, de la existencia y del deseo, lo abracadabrante con las hiperconsumidas
sombras de Grey es que, en plena
época de liberación vital de la mujer y de crímenes
machistas a la vez, aparezcan reivindicadas
–aceptadas por la protagonista- estrictas formas de dominación y sumisión
sadomasoquistas, que ella, mujer, disfruta.
Es como si la mano invisible de
la industria pseudocultural bajo la égida del Reinado
de la Mugre hubiera encontrado un genuino filón de vil metal: la gruesa
reivindicación entre un amplio estrato de las mujeres emancipadas, que
reclamaran, a través de obras como la de Grey,
su propio derecho, igual que los tíos,
a su pedacito de pornografía… light, vale.
El tranvía de Williams, ¡incluso el
film!, a ojos de la mayoría parece hoy ya un peñazo insoportable.
Encontrarás en mi libro, LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS, humor y amor, alegrías y tristezas, encuentros y desencuentros, presente y pasado, trozos de vida al acecho, un cuarentón abandonado, discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un cartel de Comisiones, un buzón en el que ya no figura tu nombre, la dentadura perfecta de Burt Lancaster, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas y un tercero enchufa triples como un descosido, lo que entre ellos tres sucede, una tía y su sobrino en la sagrada edad de la iniciación erótica de éste, Nocheviejas agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer solitaria, otra mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, un héroe local, el lío de un sms enviado por error, unas navidades tristes, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la fuerza del sol, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, una patata frita elevada hacia el Cielo como una hostia, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos, todo eso, como un baúl de la Piquer muy revuelto, como un arca de Noé para el diluvio sentimental del protagonista, de este Armando que está, en efecto desármandose y rearmándose al paso duro de los días, tras la estela todo de su particular sensibilidad... todo eso y más en mi libro hallarás.
No hay comentarios:
Publicar un comentario