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lunes, 26 de marzo de 2012

Lejos del olvido

    
    De manera que lo que a uno de verdad/de verdad le gustaría es tener el don suficiente para subirse a un escenario a la vera de Eva Amaral y cantarle a ella, bueno, y que ella me cantara a mí, téte a téte, bis a bis, mano a mano, boca a boca, ya de paso cantarles los dos al mundo entero esta canción tan bonita, envolverme en Eva, junto al flanco azul de su voz que es caricia y fermento a la vez, murmullo y acicate, ola y espuma, quedarme un instante eterno ahí, preso en la telaraña de su melodía, que le canta al olvido, a la necesidad y a la fatalidad del Olvido, más presente hoy que nunca ese miedo, pues es el olvido el terrible fantasma que a todos nos acecha hoy, el perder del todo la memoria, la trayectoria y el sentido de lo que somos, en una sociedad expuesta a tal alud de información y de estímulos diarios que nos hace perder la memoria esencial de las cosas, que vivimos ya un poco como los robots que telemanejan este lío, expuestos a una instantaneidad electrónica de flashes que nos alumbran y atontan como a búhos atolondrados por un foco de sensaciones epidérmicas, y por eso de sobra se sabe que tiene internet, esta Galaxia de la Ciberesfera, la memoria de un pez, que nada vale nada porque nadie recuerda luego nada, las redes sociales que nada de verdad atrapan, en un libro hay páginas, capítulos, un proceso en marcha, un ciclo que se abre y se cierra, que se cumple, las pantallas son sólo parpadeo y olvido, y olvido… y así le canta Eva con aparente contención inicial, en tono autoirónico, a la pérdida de la propia identidad (olvido mi nombre, a los que he odiado, a los que he querido, el paso cambiado de las estaciones, mi propio reflejo cayó en el olvido)  solo que, remontar la corriente de ese río del olvido implica paradójicamente el empezar a recordar, literalmente re-cordare, traer de nuevo al corazón, pasarlo por él, y empieza así, puede que sin pretenderlo, a vadearse la propia memoria del dolor verdadero (olvido la madre que nunca he sido, las vidas ajenas que no he vivido, todos los mitos que se me han caído, motivos me sobran para asesinar a algunos fantasmas a golpe de olvido) para darse de bruces al cabo con la fuente misma de la que mana la vida y la que le otorga sentido y la mantiene en pie, ese tú misterioso, que tanto puede ser la madre, el padre, el amigo, la persona amada, un tú crucial en todo caso, que puede tanto habitar este mundo como no hacerlo ya, por más que se halle ese tú  presentísimo más que cualquier otra cosa, y que en la ya dolorida indagación de Eva comparece insoslayable (pero tú eres lo ÚLTIMO que veo antes de vencerme al sueño –metáfora de la muerte- SIEMPRE estás conmigo en una dimensión, lejos del olvido) y entonces, arrancada y aflorada esta verdad última y trascendental, definitiva, su incalculable tesoro, y con el mismo la necesidad vital de no perderlo jamás, ese riesgo al acecho hoy, sólo le queda al autor, al cantante, a cada uno de nosotros que la cantamos, explotar y vaciarse en ese crucial desgarramiento y clamar, como si se cantara con las entrañas, sólo por conjurar ese terror, que es grito y súplica y llanto y aullido y promesa, todo a la vez, encontrarnos lejos del olvido, lejos del olvido, lejos del olvido, lejos del Olvido, sí.

domingo, 25 de marzo de 2012

Primacía de la música


      
    Es verdad, porque las canciones que nos gustan las escuchamos no una, cien, quinientas veces, y cada vez esa música nos va gustando más y más, qué importa que de sobra la conozcamos, si es este y no otro su principal aliciente, el irla deletreando, así la degustamos a placer, nosotros mismos la cantamos, es decir, participamos de su hechura nueva cada vez y no la olvidamos ya jamás, nos conmociona y se incorpora al cañamazo más hondo de nuestra sensibilidad para siempre, nos cala a perpetuidad, se entromete y penetra hasta el centro vivo de nuestro sentir, y por eso nos remueve tantísimos recuerdos la música, por la intensidad expresiva e invasiva que posee, mientras los textos apenas aguantan una segunda lectura, y son ya para entonces como grandes moscas aplastadas y patas arriba que por conocidos pierden su valía, su eficacia comunicativa, y piden pero ya el irse a otra cosa, mariposa.
   
   Compones una canción y, si a quien va dirigida le gusta, consigues para siempre quedarte a vivir dentro de esa sensibilidad. Para siempre: la victoria sobre la montaña del Tiempo y sobre la flaca memoria que eso significa. Escribes un texto, consigues como mucho un cabeceo de acuerdo y a la mañana siguiente no vale ya nada, tienes que levantar otro armatoste de letras y palabras que será muy pronto olvidado -no digamos en estos tiempos del tweet and shout-, que por bueno que sea jamás acariciará el alma de quien lo lea en la manera en que la música logra. Las canciones nos impulsan a cerrar los ojos cuando las canturreamos y de esa penumbra se valen para expandirse y allanar nuestra interior morada.  
   
    La música se enhebra y se hilvana sobre la pulpa misma del alma de quien la sigue, mientras la palabra escrita apenas roza el artilugio frío del razonar. Así, sale un cantante al escenario y antes de nada le reclama su público encendido que les cante lo ya conocido, con la misma desmedida pasión con que le gusta al niño escuchar el mismo cuento cada noche en la voz cantarina de sus padres.  Mientras, ha de devanarse el articulista los sesos cada mañana en pos de un imposible: cómo sorprender y agradar a quien te lee. Es tan distinta la disposición que, muy elocuentemente, a menudo abrimos un periódico, buscamos a nuestro predilecto escritor con un ánimo que en palabras vendría a traducirse como un… bueno, a ver que se cuenta hoy este cantamañanas. Mientras que la mano invisible de la música directamente nos instala en el reino del goce.
  
  
 

sábado, 24 de marzo de 2012

Yo me rebelo

   
   Porque he demostrado ya sobradamente a los robots que teletejemanejan todo este lío de la ciberesfera que no soy yo como ellos, yo me rebelo. Me niego a que sea todo tan fugaz, a que se vaya cuanto hacemos y vivimos, sin apenas haberlo saboreado entre la yema de los dedos, en remolino turbio por el desaguadero del tiempo. Si pasé todos estos días viviendo peligrosamente al lado de una rubia voluptuosa de ojos azulados en aguas bálticas, cerca de un vecino mohíno y de peludas canillas al que le habían ocupado SU plaza de garaje justo cuando volvía de un viaje, junto a un puñado de heroicos lectores cómplices a los que he sentido alegrarse, enfadarse, decepcionarse o emocionarse conmigo y con el extraño suceso que me ocurrió, qué ley me obliga a lanzarme ya en tromba sobre un nuevo y estéril afán.
   
    Al contrario, quiero que todo eso se me pose y me colme por dentro; fue para mí maravilloso vivirlo y escribirlo (sobre todo esto último), te lo reconozco, lector, sin presunción alguna, pero con mi humilde verdad por delante, como si tuviera mi corazón y el tuyo entre las manos y quisiera empapar ambos de lo en común vivido. Volver a leerlo, a saborearlo, a revivirlo, con sus fotos, con sus músicas envuelto, llenarme con ello mi entendimiento y mi sensibilidad, que crezca y ocupe algún espacio imborrable y participado solo por ti y por mí.
     
   No, no todos las semanas me ocurren cosas, ni mi pobre inventiva da siempre para algo contábile. Igual que uno de esos perros callejeros que encuentran un hueso pelado y después de mirar desconfiados para todas partes a un rincón se lo llevan, solo por el placer de darle a la taba unos lengüetazos más, a la que siempren encuentran ellos un rico saborcito nuevo, así quiero verme. Cómo disfrutan. ¿A quién hacen mal? Ese es mi plan para el día de hoy, lector: recrear un rato más, prolongar en mis entretelas a ese apurado vecino, esa eslava que divinamente olía a gel del súper, su coche rojo y flamante, los aspavientos del segurata, los futbolistas barrigudos, el misterioso mecenas, el arte con el que se me despidió la rusa, mi penoso azoramiento, todo eso,  que no se esfumen tan pronto, que sean algo más que ocurrencia del día, que perseveren en su conato de dignidad. Si puedes y quieres tú también hacerlo, lector, tendremos ya entre los dos un secreto compartido, y seremos entonces, tú y yo, al menos en algo indestructibles.

viernes, 23 de marzo de 2012

Un beso soplado (y CUATRO)

   
   Sonó antes que el mío el disparo de su mando a distancia –ese  estilete de luz abriendo las tinieblas del aparcamiento-   y me alcanzó también, pese a caminar de espaldas y cabizbajo, el guiño naranja de los enormes intermitentes de su Mercedes ClaseE Cabrio, rojo flamante, sí. Puede que otro más avispado se hubiese olido antes esa tostada. Yo me quedé… traspuesto. ¡De modo que era esta rubia zorrangana del ascensor la hija de la Gran Rusia que con todo el morro del mundo -vete a saber con quien había estado después la noche entera dale que te pego al ejercicio del fornicio- había ocupado con su cochazo durante todo el tiempo la plaza del vecino de las canillas peludas!
       
   Arranqué mi utilitario tras ella con furia y mucho chirriar de neumáticos, como el que despierta enfadado  de un mal sueño, como en una película mala también. Quería así expresarle a la rubia voluptuosa mi protesta por su descaro, mi humana solidaridad con el hombre de las canillas, lo injusta que es la vida, yo que sé.  Se abrió delante del Mercedes ClaseE Cabrio el portón principal de la salida. Se ve que al  sagaz mecenas de la eslava, auténtico deus ex-machina en la sombra de las mediocres vidas que  en ese instante allí se agitaban, ni un detalle se le había escapado. Sí que era ese bribón el genuino novelista  de nuestras vidas. Aceleré a tope, para no despegarme ni medio metro del trasero del Mercedes Classe E Cabrio de la rubia flamante mientras subíamos la rampa.
     
    Al llegar arriba activó ella con serenísimo gesto el repliegue del capó, que la descubrió entonces con una majestuosidad impropia a todas luces de nuestra urbanización, quizás también para mejor terminar de secar su dorada melena que por un instante ondeó frente al viento mañanero,  y antes de incorporarse con un violento acelerón al tráfico de la calle,  aún le sobró tiempo para desde el retrovisor –la miraba yo allí queriendo poner ojos de Charles Bronson en el mirar- lanzarme desde la palma de la mano un beso soplado. Un beso que olía, este sí, a fragancias de burdel.





jueves, 22 de marzo de 2012

La estela del rocío en su piel TRES

   
   Me devolvió ella un buenos días exótico, de sonoras reminiscencias eslavas, mirándome de refilón desde unos ojos azulados en bálticas aguas. No, ni se nos fue la luz, ni nuestro ascensor se paró de golpe entre una planta y otra. Eso sólo pasa en las películas malas, por más que a gritos sordos yo allí al Destino un percance así le implorara. Total, por un día sin darle al blog tampoco iba a acabarse el mundo. Iba yo, mirando los números de los pisos que descendíamos en el marcador digital, un poco obnubilado, la verdad.
   
    Sí nos ocurrió que en otra planta el ascensor volvió a detenerse y al separarse las compuertas tuvimos a un palmo nuestro a un par de barrigudos vestidos de futbolistas, cada uno con un balón en la mano, que al vernos y comprender ellos que con tan tremebundas barrigas era imposible en la cabina acoplarse, rehusaron con gestos mudos el entrar. Fue curioso, pues advertí en los barrigones, a quienes tampoco de nada conocía, un ramalazo de mal disimulada envidia en la última mirada que ambos me dispensaron.  No sé, pero cuando se cerraron del todo las puertas, de soslayo la rubia y yo a través del espejo nos sonreímos.
     
   Iba el ascensor a llegar al sótano, desde donde se accede al aparcamiento, y por tanto se acercaba ya el final del viaje en común a ninguna parte, cuando me acordé del vecino de las canillas peludas. Bah, no me decidí al final a contárselo a la rubia, como en un rapto de súbita sociabilidad en esta última parte del trayecto había y todo tenido tiempo para fantasear. Quizás hubiera conseguido yo, añadiendo alguna truculencia sobre la marcha, ganar el interés de la rubia y que se detuviera un rato conmigo a charlotear. La indignación compartida une mucho, según creo. Hubiera seguido aspirando, antes de que se disipara, aquel olor tan natural y arrebatador de su piel limpísima.
   
    No me atreví, ya digo. Supongo que el sentido de la realidad se ocupó de susurrarme entonces: quita, quita, esta clase de tiparracas no están hechas para ti, José Antonio. ¿Qué ibas a hacer tú, después de charlar, con ella? La dejé salir delante de mí, claro. Seguía intacta tras ella, como una Vía Láctea olorosa, como una vía dolorosa también, la estela del rocío en su piel recién duchada, en sus cabellos mojados. Me adelanté, con torpe precipitación, a abrirle la antepuerta metálica. Grassiass, dijo ella. Me adelanté otra vez, con más torpe precipitación si cabe –a poco me estampo, como el Rey de España, la hoja contra la cara- a franquearle la propia puerta después. Grassiass, de nuevo. Se sonrió por lo bajini, la muy eslava. Nos separamos luego, cada uno ya en dirección a su respectivo coche. 
   
   Sólo que entonces ...uff, demasiadas emociones ya, lector, no abuso más por hoy de tu benevolencia; mañana terminará mi grandiosa tragicomedia, que está ya bien tanta vaina.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Acababa ella de salir de la ducha DOS

       
    A la mañana siguiente... (a la mañana siguiente, hoy, al subir la persiana ha sido inenarrable la alegría de ver por sorpresa el descampado de enfrente de casa todo de blanco engalanado, como la tundra nevada del Doctor Zhivago. Nevaba con mansedumbre sobre los madriles en primavera, como si avanzásemos hacia un invierno... de blogs, claro, qué confusión más hermosa de los tiempos, y era precioso el ribete de armiño de la nieve sobre el verde oscuro de los setos, sedientos de ese agua y a la vez deseosos de embellecerse. E bian, lector, me perdonarás la efusión mañanera, que retomo ya lo prometido, mi deuda contigo, inmensa y pura como la mano de la nieve jugueteando sobre nosotros)
     
   A la mañana siguiente, cuando tomaba el ascensor para irme a trabajar, por supuesto, ni rastro quedaba en mi memoria del hombrecillo de las canillas peludas. Cuando se abrieron las puertas descubrí además que en la cabina bajaba ya una mujer, para mí también desconocida. A veces, no me pregunten por qué, el moderno ascensor se para y se abre si lo llamas justo cuando pasa por una planta.
    
    Como en una película mala –no otra cosa es la vida- resultó que era una mujer joven, con el pelo abundante de un rubio lisérgico y unas formas en el cuerpo tan rotundas que llamaban a la concupiscencia. Una tía de esas que antes servían de modelos para almanaques de los camiones y que ahora triunfan en los programas de la telebasura, dicen que buscando allí novio. Llevaba unas blancas botas altas, pantalón negro ceñido y una camisa blanca también, de amplias solapas abiertas que invitaban a contemplar el desfiladero que formaban sus abultados y pujantes pechos, vaya usted a saber a estas alturas de la película si producto de la madre Naturaleza o de la madrastra Cirugía.
     
   A ella sí que le di los buenos días. Pero no se crean, uno no es ya un chaval, y ese tipo de especímenes  empiezan -he dicho solo empiezan- a resbalarme. Al entrar al ascensor anticipé en las napias la vaharada a aparatosa fragancia de burdel que debía exhalar aquella criatura. Y eso fue lo que por completo me descolocó. Pues traía ella los rubios cabellos aún mojados, casi empapados, –creo que por el cuello abajo todavía le resbaló alguna gota de agua- y todo el cuerpo le olía solo a sencillo pero recientísimo gel de baño.
     
    Estaba claro que acababa ella de salir de la ducha –como yo mismo- y cada uno de los poros de su piel aún de par en par arrojaba en llamaradas a su alrededor, que era allí, en el angosto cubículo del ascensor, tambien el mío, el aroma avasallador que deja el simple jabón sobre la piel fresca. Era una furcia aquella tía, casi seguro, pero el reciente gel del supermercado había conseguido en ese instante redimirla, y hacer de ella, sólo hasta que se evaporara, un emblema carnal de la lozanía con el que algo oscuro e innominado por dentro a uno –incluso a uno-  le empujaba a fundirse.  Entonces... entonces CONTINUARÁ mañana, lector, que no quiero fatigarte ya más por hoy con lo mío, que tendrás tú muchas otras cosas que hacer.

martes, 20 de marzo de 2012

Del extraño suceso que me ocurrió en el aparcamiento


   
    Era domingo y eran las once de la noche, y al abrir la puerta de acceso al lugar desde el que se toma el ascensor, me lo encontré. Ostias, hacía  frío y allí estaba aquel hombrecillo, en pantalones cortos y con la peludas canillas al aire. Sin embargo, estaba sudando. Tenía el hombre una expresión mezclada de indecible apuro y de contrariado gesto, pues en precario equilibrio llevaba los dos brazos ocupados con bolsas de viaje, más una decena de perchas, con camisas de colores colgadas sobre las mismas, que a duras penas sostenía como podía bajo los sobacos, como un árbol navideño a punto de rodar al suelo bajo el peso de mil regalos. No sé si incluso sostenía alguna percha entre los dientes. Le ofrecí por gestos ayuda y me pasó unas cuantas perchas con aquellas camisas hawaianas. Pudo él entonces explicarme su extravagante situación.
      
    Que acababa de llegar hacía un rato de viaje, que al ir a aparcar el coche en SU plaza de garaje se había encontrado la misma ocupada por un cochazo que él no conocía, que había esperado primero un tiempo tamborileando con los dedos sobre el volante a ver si aparecía el dueño del cochazo, que había dado luego unos pitiditos de aviso, intermitentes al principio, y furiosos y continuados después en vista de que el interfecto no se presentaba, que con los pitidos el que había llegado, todo aspavientos, era el de seguridad de la urbanización para decirle que él le entendía y lo que quisiera, pero que de ninguna manera se podía a esas horas propinar esa pitada, que con lo grande que es este garaje  tampoco tenía él ni idea sobre quien podía ser el del Mercedes ClaseE Cabrio rojo y flamante, que llamara a la policía si él quería pero que ya le avisaba que le iban a dar largas, que otra cosa no se podía hacer, que lo mejor era aparcar fuera y esperar, “y nada, vecino, que yo no valgo para rajarle las ruedas al cabrón que haya aparcado en mi plaza, y como quien sea no aparece y mañana tengo que madrugar, me he tenido que ir fuera, aparcar donde Cristo perdió el catalejo, imagínese a estas horas, y traerme a mano todas las cosas del coche”, que este era el segundo viaje que desde el coche hacía, y aun le quedaba otro, que me fijara las horas que ya eran, que si creía, yo, en fin, si había derecho a esto.   
    
    No conocía a este hombre en pantalones cortos, pues ahora en las urbanizaciones nadie conoce a nadie, pero me dio pena e incluso lástima su penoso e injusto contratiempo, que le tenía que llenar a uno de un coraje de mil demonios el verse en semejante tesitura, aunque, bien pensado, hay muchas cosas peores, y total, qué se podía hacer. Así es que le ofrecí a este pobre hombre de canillas peludas mi solidaridad gestual y un par de indignados y cabeceantes desde luego, por si de algo podían servirle. No le di, eso sí, las buenas noches, pues me pareció que no hubiera sido, en ese momento, del todo oportuno.
    A la mañana siguiente… a la mañana siguiente verás lo que ocurrió, sólo puedo ahora adelantarte esto. Continuará mañana, lector.

  
      

lunes, 19 de marzo de 2012

En el Día del Padre


   
    “¿Papa, qué haces, escribes?”. “Sí”, le contesta, justo en ese momento de rara euforia que embarga a todo el que escribe al dar por definitivamente acabado el texto con el que halló la inspiración. Se cree justo entonces el bloguero, qué se yo,  Vicente Verdú.  Y llevado por esa exaltación, el rapto súbito que hasta entonces no se había dado: “¿quieres leerlo?”. El hijo adolescente que se resopla el flequillo, que abre un hueco que consiste en dos segundos de suspense, que al cabo concede con voz neutra: “… bueno”. El hijo que se acerca a la silla que ocupa el padre bloguero, que apoya una mano en el respaldo y la otra en la mesa, que se inclina ya sobre la pantalla, casi rozándole el hombro a su padre.
    
    El índice de éste aporreando el cursor para encuadrar desde el inicio el texto. Joder, si había disfrutado como un enano escribiéndolo, si a él mismo le había sorprendido la inventiva que albergaba algún lugar de su propio cerebro, si estaba convencido de la expresividad de su estilo en un par de frases afortunadas, cómo no iba a gustarle a su hijo. ¿Y qué más puede desear un padre hoy en día que sentir sobre él la viva admiración de su joven descendiente? Sí, se va a quedar boquiabierto ante lo que es capaz de escribir su Señor padre. Me hará la ola, cuando lo lea.
     Siente a su hijo inclinado encima de él. No puede de reojo, como le gustaría, verle la cara que está poniendo al leer en la pantalla. No le escucha articular ni un monosílabo. ¿Le gustará? ¿Le estará gustando? “Baja, baja”, le dice desde arriba con vago apremio fiscal en la voz, quizás sea la propia postura corporal la que genere ese tono imperativo. Pulsa el padre el cursor. Descubre así el segundo tercio del texto. Joder, qué rápido lo está leyendo, estos yogurines de hoy, hay que ver, así no lo puedes apreciar, se te va a escapar esa frase. Bueno, tampoco es tan importante, sólo es la ojeada filial a un escrito que a ningún lado va. Por qué entonces se hacen tan raros y largos estos segundos.
     
   “Baja”, le indica de nuevo el hijo al padre. Puede escucharse el sonar  del ir y venir de ambas respiraciones. Esas líneas que, ahora que las relee, le parecen a la vez empalagosas y ramplonas al mismo que las escribió. La extraña inmovilidad de los cuerpos, que persiste. Resopla el hijo. “Ya”. Se echa hacia atrás, enderezando el cuerpo. Se rasca la cabeza. “¿Qué? ¿Cómo lo ves?”, pregunta el padre un poco en escorzo, sin mirarle del todo a los ojos, sin demasiado énfasis en la voz. Nuevo resoplido. Tampoco el hijo le mira del todo a los ojos. “Papá… estás espeso, eh?”, la sentencia. “Bueno, tengo aun que darle una vuelta”, le sale conciliador al paso, cerrando el ordenador, aunque por dentro todo le repica, “espeso, espeso, espeso”.
   Sacar entonces fuerzas de algún lugar del alma que no existe. Reanimarte el corazón con las tripas del disimulo.  “Oye, y… ¿unas manitas al mus?”. “Hecho, papá”. Y siente ahora el cariñoso cachete en la espalda que le da su hijo. Se lo devuelve, claro.
     

domingo, 18 de marzo de 2012

De casta le viene a la Tosca (De la Vega reloaded)


    
   Si la Evota de la Pampa por afinidades taumatúrgicas a ella nos llevaba  (post del 6-3-12), también la tosca Tovar por afinidades adoctrinadoras a De la Vega ahora nos conduce, como si fuera la ex–Vice reloaded alfa y omega de todos los senderos que se bifurcan en nuestras vidas. Antes que la Tovar al amaestramiento de los menores –incluso con más grimoso maniqueo- llegó De la Vega a ellos marcando el hito y la jugada. Llegó, vió y venció, claro. Igual que ahora, días antes de unas elecciones, en un instituto sucedió. Dejad, dejad que los niños se acerquen a ella, que ella les enseñará las DOS verdades de la vida. No sueltes mi mano, lector, que vamos a saber al fin lo que es bueno.

   “Yo creo que Zapatero y Rajoy pusieron de manifiesto que existen DOS modelos diferentes… (et voilá, plantada delante del encerado, con tono profesoral delante de los nada rebeldes alumnos de cuarto de la ESO, con algo de Pantera Rosa que batiera alas en un tris de echar a volar sobre esas mansas cabelleras escolares, con algo también de cordial espantapájaros en mitad del campo de las conciencias, abiertos los brazos en ángulo recto, extendidas las palmas a modo de señuelos con los que dirigir la atención, como un guardia urbano que ordenara el tráfico del Bien y del Mal, pssscht, atentos que empieza la broma)

   …el modelo que representa un presidente de izquierdas que mira para el futuro, que tiene la mirada positiva, que es optimista, que cree en la gente, que cree en los ciudadanos, que cree en los jóvenes, que cree en las mujeres  (ya, ya sé que leídas estas cosas hoy, en medio del Desastre zetapeico, no se sabe si causan más ira que guasa, pero es importante saber que gracias a cosas así ganaron los socialistas esas elecciones, con esta idílica propuesta de un presidente devoto creyente del Bien en sus múltiples facetas, que es que cree y cree él en todo lo bueno de la vida)

   …y otro modelo que representa Rajoy (introduce aquí De la Vega con la pausa una muesca de vinagre sobre el rostro) ...que es el modelo del miedo, de introducir miedo con todo, desconfianza, y que mira más al pasado que al futuro… (esa tan grotesca simplificación, propia de los más rastreros códigos dicotómicos de los carteles propagandísticos previos a una guerra, dirigida a jóvenes menores de edad por toda una Vicepresidenta del gobierno, es la nata con la que se adorna el pastel de la socialización en la política de los jóvenes)
   
   …y a partir de ahí (ha deslizado antes la oradora un par de segundos de teatral silencio, ha bajado los brazos, ha dado dos pasos hacia los alumnos, encogiendo los hombros, cargando de expectativa de lo que ahora viene, para volver a extender los brazos e ilustrar así la terrible encrucijada ante la que estamos) …los ciudadanos pueden elegir (veamos, veamos entre qué han de elegir, es primoroso ese ondear hacia atrás de las manos en De la Vega, fina sirenita de su particular copenhague) entre el modelo del futuro y el modelo del pasado, el modelo del futuro ( por si no había quedado claro) como podéis imaginar lo representa Zapatero y el modelo del pasado… es Rajoy.
(resulta involuntariamente cómico al final el destilado de toda la instructiva escena, pues ha resultado tan bochornoso el estúpido subrayado final que, como en las pelis malas, sólo consigue que el drama buscado quede en chusca burla de la que hasta los propios escolares, tan rebeldes ellos, participan, acompañando con las risas la risa en lapsus de la oradora)
  
   Y de aquellos polvos de De la Vega, los lodos tovarinos del hoy. Así, lector, fácese y desfácese la Historia, esa madrastra de todos los vicios y de sólo unas pocas virtudes.