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domingo, 18 de agosto de 2013

Hogaza de pan tan rica

                                                
               
                                             Sonata de Verano
                                                               
                                           (V)


    Nos peleábamos entre los primos, en los días furiosos del sol de agosto en el pueblo, porque la abuela, con su estricto moño de gobernanta sabia, nos mandara a uno y no a otro a la panadería, a comprar la hogaza del pan. Lóbrega panadería del pueblo, con horno propio, a la vez taberna y asador para el día de la Fiesta, tienda de ultramarinos –y cómo de exótico nos sonaba esto de ultramarinos, como si las sardinillas apretujadas en la lata vinieran así de allende unos mares colosales que no sabíamos siquiera ni imaginar por aquellos semidesérticos andurriales- y único teléfono también, club social además para las partidas de los viejos al atardecer, que todo eso reunían sus ahumadas paredes entre veinte metros cuadrados y bajo tres bombillas huérfanas. Era la panadería aquella como el bonsai de un Corte Inglés en potencia que el mío pueblo entonces ya tuviera, todo un lujo asiático en la híspida meseta, que había pueblajos de Dios perdidos que ni eso tenían, y que a mi modo, como en un haiku muy mío, quisiera yo ahora acercar a tus ojos y a tu alma, lector venerable.
     
      La blanca fumata del horno anunciaba a media mañana que ese día tendríamos ¡pan reciente! Corríamos luego por las callejas hasta allí para llegar cuanto antes… a esperar en la cola. “Ya sale, ya sale”, murmuraba con entusiasmo en la voz alguien, y aquel olor de la masa candeal horneándose que inundaba la estancia de la espera, aquel cálido y penetrante aroma sólo podía ser un anticipo cierto del Paraíso. No puedo concebir un olor más subyugante que aquel. Debe así oler la Gloria. Nos quedábamos todos ya un poco transidos y medio colocados en la ardiente esperanza de la epifanía de las hogazas,  que  como  escudos recién tostados al oro, como esféricas efigies de enormes monedas walkirias derramadas, entre la agitación festiva de los presentes, lanzaba el panadero sin contemplaciones al cabo sobre los estantes.
      
      Pagábamos la hogaza, restallante de brillo candente, y volvíamos a casa triunfadores, con ella entre las manos, y había que pasársela, con el pañuelo debajo, de la una a la otra, y soplarlas mientras, que quemaba de lo lindo la hogaza, como si acabáramos de conquistar un trofeo precario, aquel pandero de pan ardiente que tanto recordaba también al mismo disco solar. Mirábamos arriba del cielo azul, luego al círculo aquel de harina amasada e incandescente elevada al fuego del horno que entre las manos llevábamos. Qué cegadora confusión de soles. Sólo que nos quedaba éste de la hogaza al alcance, provocador, tangible, arrebatador, insolente de dorada y muy aromática belleza. 
     
     Y entonces, cuando íbamos ya a llegar a la casa de la abuela, cómo vence un niño la tentación, díganmelo, explíquenmelo bien, por favor, como puede un niño no darle un pellizco a la hogaza, mellarle con los dedos su corteza crujiente, encentarla y llevarse una primicia de ella a la boca, el milagro verdadero de aquel pan entre los labios y el paladar, que no habría manjar que la mejor cocina francesa en mil siglos que tuviera podría inventar a su altura.
   
     “Ahora verás, la que te vas a ganar con la abuela”, nos despertaba alguien  de ese sueño. Sólo que la abuela por esta vez, alabado sea el Señor, hacía como que nada veía. Ella misma se permitía la insólita indulgencia de  darle un trisco a la hogaza crepitante y tan rica, de saborear así su trozo de pan.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


sábado, 17 de agosto de 2013

Trillando voy, trillando vengo

                                      
         

                                         Sonata de verano (IV)

   Me reñía mi abuela en agosto, cuando volvía yo a su casa, sudoroso y con la sonrisa bien dibujada en la boca, como un niño que aún se relame de cuanto acaba de disfrutar, justo a la hora de comer. “Ah, bobón, ya has estado trillando otra vez. ¿No ves que ése es su trabajo? Y mientras tanto ellos, tan ricamente a la sombra. ¿A que sí? Como vea a la María, me va a oír, me va a oír”. “No te enfades, abuela, si me encanta trillar con los burros”. Y le decía entonces yo a mi abuela nada más que toda la verdad. 
        
      Existe un paisaje que a todos avasalla sin duda para rememorar los  días felices de agosto en el pueblo de Segovia: el cegador esplendor de la era en verano, el rubísimo mar de oro puro que parecían las mieses deslumbrantes,  extendidas por todo el erial bajo el clarinazo del sol en la mañana. La señora María, con sus ropajes negros y largos siempre, su ancho sombrero de paja sin cintita de color alguna, bajo el que ponía un pañuelo blanco que le colgaba hasta los hombros. Sus labios tan resecos y exangües, por el calor y por la edad, sus ojos oscuros, hundidos al fondo de las cuencas. Tenía a su cargo un hijo mayor, y no estaba muy bien de la cabeza el pobre, así que a ella le tocaba bregar en la era. “¿Anda, quieres ponerte un poco con los borricos, majo?”.
     
      Y se abría entonces para mí un mundo entero y del todo nuevo, sentado sobre el duro tablete del trillo, dando sólo vueltas y más vueltas al círculo de la mies, en un tiempo sin Tiempo, con aquellos dos burros parsimoniosos y remisos, que me miraban de lado, puede que algo neuróticos ellos mismos, filósofos achicharrados al cabo ellos también en la era verdadera, por obligarles nosotros a darle tantas vueltas a la cosa.
     
      Me daba la señora María a última hora un chorro del agua del botijo que se guardaba a la sombra de la montaña de paja. Ella misma me lo inclinaba desde lo alto y como no sabía yo del todo beber en botijo, me atragantaba un poco y me rebullía el agua pescuezo abajo. Asomaba entonces al rostro de la señora María una sonrisa de dientes desiguales y cariados, pero la risa también le rejuvenecía mucho de golpe el rostro. Nunca jamás licor alguno me ha sabido tan rico como aquel agua calentorra, que a mí me parecía fresquísima.   
    
      Cómo explicarle a mi abuela entonces que no me importaban nada ni el mazo del sol en la era, ni siquiera el pegajoso sudor adosado al pañuelo largo, acoplado a su vez al sombrero de paja de la señora María, que ella misma se quitaba y me encasquetaba en la cabeza sin posible discusión. Cómo contarle que esa mañana me había creído yo un indómito vaquero de novela de Marcial Lafuente, trajinando por desérticos parajes de Arkansas, que cruzara con el ganado el mismo río Pecos, sólo que era éste el río amarillo y reluciente de la parva sobre la era. “Abuela, no te enfades, anda, si me encanta trillar, si me voy a comer ahora mismo todos tus fideos, ya verás”.


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)


viernes, 16 de agosto de 2013

Concha Velasco calzaríase a Brad Pitt


                                                    

                                               
                                                          

   A sus 73 la gran Concha Velasco en la contraportada de EL MUNDO (7-8-13) ha dicho: “Los de mi edad no me gustan para acostarme con ellos. Para acostarme me gusta Brad Pitt. Me gustan los señores guapos, como a ellos las chicas jóvenes”. Oh, qué alma más indomable, qué sardónica transgresora, qué espíritu más libre, dan casi ganas de corearle. O en plan más carpetovetónico: qué par de ovarios tiene, menuda es ella, qué cojonuda es la Velasco.
     
   Lo que ocurre es que esa cruda y ruda exaltación del fornicio puro y duro, de la sexualidad primaria y a cama abierta sin más contemplaciones sentimentales, cuando hacía ella Las chicas de la Cruz Roja sí, pero soltarla ahora, en las hiperhedonistas sociedades occidentales, no escandaliza a nadie. Es, al contrario, el difuso discurso dominante que, convenientemente espolvoreado, otorga modernidad y general complicidad a quien lo porta.
     
   Es posible que alguien piense –me ocurrió el otro día en el Twitter a propósito del artículo sobre Lucía Etxebarría- que el insignificante reparo que pueda yo hacerle a la gran Concha Velasco contenga un resabio machista. De ser un Figurón quien así se expresara dudo que se lo censuraras, vino a decirme ese día una seguidora que dejó de serlo. Pues digo que igual gansada me hubiera parecido. ¿Cómo puede además uno defenderse de semejante sospecha? Ahí está el contenido entero de mi blog para desmentirlo, creo.
     
   Ocurre también, a mi juicio, que un feminismo errado ha concebido el progreso de la Mujer como la equiparación en las peores prerrogativas y cánones del más prepotente y rancio machismo. Curiosamente cuenta C Velasco en EL PAÍS (1-8-13) que en sus años mozos “Todos los actores me querían meter mano”. Entonces, si ellos lo hacían y lo hacen (viejales ricos y famosos, que se ventilan a púberes canéforas), podemos nosotras (no parece que una mujer pobre y vieja pueda elegir hacerle el cepillado a un Brad Pitt) alardear de lo mismo. Por eso, en las redes sociales se ve, muchos de los más sueltos desplantes y explícitas sugerencias sexuales corren hoy en boca de féminas.

  
   Pues vale, doña Concha, adelante con los bradpitts. Pero ¿no es un poco grosero -inhumano casi, diríamos- el afirmar que, con independencia de cómo sean las personas, “los de mi edad no me gustan para acostarme con ellos”. ¿Cuál es entonces el orden sentimental resultante bajo el que vivimos?



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(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
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“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)

jueves, 15 de agosto de 2013

El Día Mundial de la Soledad, o algo así


   En días como el de hoy en mi país, (qué extraño esto del bloguerismo transnacional, debe recordar siempre uno que está escribiendo para el mundo entero, por más que todo ese universo mundo lo constituyan en  realidad cuatro gatos, quizás escaldados, no tanto como yo, de soledad y desánimo) hoy, decía,  la mitad de los nacionales está de parranda en la fiesta de su pueblo del alma (es día festivo en todos) y la otra mitad anda broceándose de lo lindo, jubilosos al viento y al sol marineros de las infinitas playas del litoral.  
     
      Pero también en días como hoy (día crítico en el calendario, junto al día de Fin de Año) hay miles de personas, apenas visibles, por miles de razones a su vez que malamente pueden resumirse en una esencial inadaptación al monstruo de los mecanismos sociales, que sienten más que nunca el mordisco rabioso de la soledad. De la soledad no escogida, hablo. Todo a su alrededor les remarca y les recuerda hoy su estricta soledad, esa sombra tan acerva. No la pueden hoy siquiera difuminar en el tráfago corriente de un día habitual. Duele más hoy, en el inmediato contexto de una climatología paradisíaca que es en sí una clamorosa invitación a la vida, la herida de esa dolorosa inadaptación más que nunca. 
   
   No, no toda la gente se pone feliz por decreto. Pues que sepan cada uno de ellos, a todos a quienes pueda mi débil voz alcanzar, que soy yo uno de ellos, (los años peores eran cuando ni siquiera podía uno escribir la soledad) y que aquí está mi mano, y este pobre cuaderno, por si de algo les pudiera valer.



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miércoles, 14 de agosto de 2013

Ay, chupinera (Canción para la pregonera batasuna) Poessía 51




   ¿Tendrías tú a bien, dilecto lector, el tararear conmigo, al compás ambos de Diana Navarro (abajo del todo), esta pedestre versión del célebre pasodoble que a propósito del jaleo de la pregonera batasuna hoy he aviado? Puede que mejor así llevemos los dos el rigor del día, pues sabido es cuánto la música regocija y aún amansa el ánimo. ¿Va?


     Por qué te ha puesto orejeras
     la serpiente criminal
     por qué te han puesto de moda
     ay, chupinera, por qué será.
    
     Mira que todos lo saben
     tu eres la llave de la maldad
     dicen que eres filoetarra
     y que hasta a la Tigresa
     tú quisieras ensalzar.
   
     Dile que paren la noria
     que va rulando
     pregonando
     su  euskaleherri…iíaa
     que por sabernos la historia
     ya estamos hartos
     de tamaña porqueri… iíaa

     Ay, chupinera
     aunque a los peneuvistas duela
     tú eres la peor de las mujeres
     porque te hizo ETA su pregonera.

     Porque se paran las víctimas
     na más la escuchan hablar
     porque es la urraca infamante
     que afila el diente
     y a batasunear.
     Dicen
     que si un bilduitarra
     algo macarra
     la viene a ver,
     cuentan
     que consigna espera
     la chupinera
     para en fiestas meter.

     Lleva corona de infamia,
     coge la ocasión del pregón
     por favooo  oores.
     Como nos cuenta la Historia
     no es perdón
     lo que piden etarro… ooones.

     Ay, chupinera
     por más que Otegui lo quiera
     tú eres lo peor de las mujeres
     porque te hizo ETA
     su pregonera.

     Ay, chupinera,
     que el batasuno te espera
     con la bendición de peneúves
     como manda ETA,

     su pregonera. 

LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
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martes, 13 de agosto de 2013

Burrería, burrería



    Bloques de hormigón en Gibraltar… y burros muy burros (y muy burras) en las despedidas de solter@s en Granada. El cinismo descarado propio de esta época desdichada directamente nos ofrece el símbolo directo de las Cosas, en nada se esfuerza en enmascararlo o sublimarlo. Cunde al parecer la rufianesca costumbre ahora de despedir allí la soltería a lomos de un pobre burro por las principales calles de la ciudad.
   
    Es fácil de imaginar, en el contexto de la depravada ingesta colectiva de alcohol y demás sustancias alucinógenas anejas a esas despedidas, las alucinantes escenas que a cuenta del pobre animal se producen. Risotadas, borracheras, bromas más que pesadas, vocerío patanesco: el homo gañanis en todo su esplendor. A más a más: gentes ajenas a la burrada asustadas, heces por doquier, atascos de vehículos en calles aledañas, entre otras derivadas.

   Que burricie, tomados por el alcohol y el desenfreno de todo tipo que a esas saturnales corresponde, no descargará la gañanía sobre el pobre burro. A veces, entre tanta algarabía y tortura, claro, el propio jumento se espanta, se encabrita y cocea al tuntún sembrando la histeria entusiasmada de los cafres y el miedo de quienes sólo por allí pasan.

   
   Cómo se permite ese idiota maltrato animal, cómo se tolera ese jueguecito bárbaro con un animal tan pacífico. Y el nombre de la rosa, claro: ¿quiénes son los verdaderos borricos aquí? De justicia pollina sería el que  alguno de esos “homo gañanis”, de una coz del rucio vieran sus muelas por los suelos, y que de las mismas se despidieran para siempre. Burrería, burrería, tan dentro del alma mía, yes.



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lunes, 12 de agosto de 2013

Y Montreal, también para Nadal



   Si como escribieron primero los Poetas, luego los Filósofos, más tarde los publicistas, al cabo los libros de autoayuda, y como hoy ya todo quisque asevera, consisten la felicidad y la armonía de la existencia en saber poner en valor y paladear las mínimas y en apariencia nimias buenas nuevas cotidianas, las hermosas cosas que a diario nos pasan inadvertidas, igual que hacemos cuando sobreviene una gran catástrofe, aunque ahora por razones inversas, desplacemos en este día cualquier otra querella escritora y celebremos sólo la victoria de ayer de Nadal... ahora en Montreal.

   Que el mundo y el Sol, que los mares y las playas, que todo ese trajín se detenga y aplace hoy, que quiero yo pintar a Nadal triunfante en Montreal. Hubiera perdido y en nada habría menguado la ley y la devoción que aquí al mejor tenista español de la Historia se le guardan. Ganó encima Nadal, arrolló al pipiolo local, y fue su alegría la nuestra, pues las victorias se saborean más y mejor en la veteranía, creo, con la mayor consciencia entonces de la precaria fugacidad del dorado celofán que las envuelve.

   Carpe diem, nos pedía el clásico, y Carpe Nadal, y su coraje y su pundonor, decimos nosotros, algo menos fracasatis con él, y ensalcemos su triunfo, prolonguémoslo un poco, apurémoslo bien, pues al cabo qué es el mismo salvo el triunfo del Hombre, momentáneo siempre, contra el Tiempo y la aniquiladora nada que es siempre su estela terminal. Y es que Nadal derrotó ayer a un gran jugador, de la misma manera que, oh, Tempus, años antes había desbancado ya al mismo entrenador de éste.

   Se cruzó Nadal en semis con Jokovic, el gallito serbio que, tras la colosal derrota en arenas galas, con muchas ganas le aguardaba. Prometíaselas muy felices, y farruco antes del match bailoteaba. Mas hubo el gallo serbio de ahuecar el ala, de nada le sirvieron sus fieros espolones. Desplegó ante él Nadal, en muy hostil terreno para su cuidado además, lo mejor de su tenis granado., ofrecido con la garra selvática que en él es ya leyenda.

    Superó al hosco Joko -bailarín y pinturero el señorito cuando para él pintan cañas- en el veneno mordiente que le imprimió a su saque, en la agresiva profundidad del juego y en el muro infranqueable de su fortaleza mental. Le doblegó en otra contienda excepcional. Resopló de nuevo cabizbajo el hosco Joko abatido.

     Vimos detalle en el lance que a los dos retrató: de resultas de un tanto, a la velocidad agónica del rayo disputado, estrelló sin querer Nadal la bola contra el cuerpo del serbio, que así perdió el punto. Le ofreció, con gesto reparador, Nadal disculpa y entonces... el serbio, deportista dudoso, mal perdedor, furioso más rabioso, sin siquiera mirarle a los ojos la espalda le volvió. Sólo por ese gesto tan feo no mereció ya Jokovic galardón.

     Triunfó Nadal a lo grande, el Viento con los puños espoleó, alzó los brazos en uve hacia lo alto, ofreció el rostro a los cielos, la melena ya rala sacudió. Luego, muy para sus adentros, por un instante se sonrió. Reinó Nadal sobre Montreal, y de eso me alegro yo. El resto del Universo, su jaleo, pueden para mí hoy esperar.


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domingo, 11 de agosto de 2013

Los Niños filósofos de Aluche

                                   
                     

                                                            (III)

     Y era también Agosto, durante algunas de sus clamorosas atardecidas, con los últimos rayos del sol colándose como dádivas anaranjadas entre las perezosas grúas, era también agosto el tiempo de los filósofos. Llegábamos allí los infantes traviesos, fatigados al cabo de tanto ardor guerrero que había contenido el día, seco ya el sudor sobre nuestros flequillos apegotados, y nos sentábamos en círculo, con las piernas cruzadas, como los del yoga, sólo algunos con la espalda contra las paredes de ladrillo rojo de algún portal. Nos repartíamos entonces el flash, nuestra ambrosía de héroes homéricos extenuados, la misma que nos elevaba a un dulce nirvana,  los flashes, vamos, aquella agua congelada en un plástico con polvitos de colores pirotécnicos: de naranja, de limón, de coca-cola, ah, los flashes de menta, ese hielo verde pippermint, el mismo verde de los ojos de Paula, qué sabor tan sofisticado y amargo al principio, qué ricos y qué refrescantes los flashes, por mucho que nuestras madres se empeñaran en decirnos que eran malísimos para las anginas.
      
     Y entonces, saciada la sed, comenzábamos a desbarrar, como si en vez de una pandilla de cansados mocosos  de Aluche, fuéramos la mismísima Escuela de Frankfurt en pleno debate, que hasta adorno le poníamos a nuestros conciliábulos de futuro. “Seré ingeniero y viviré en Inglaterra, me casaré con una holandesa y tendré tres hijos y un Morris 1500”. “Pues yo, en Alemania, seré futbolista y mi mujer se llamará Ingrid,  y nada de hijos”. “Ya, y con un Mercedes, ¿no? qué listo… me pido Italia, tendré un Mini y seré músico en un grupo de esos”. Desplegábamos esos nombres de extranjeros países, como si Italia, Alemania, Inglaterra, agotasen en sí  el más imaginable exotismo en aquellos años. Y nos tomábamos entonces, tan chuletas, otra ronda de  flashes para chupar, como adultos que se pasaran un puro, que aún nos quedaban algunos céntimos de la paga del domingo.
     
      No sé bien por qué nos daba por soltar aquellas cosas, pero eran las  que aquel verano decíamos, y aquí las quiero traer de nuevo, como una pincelada de verdad más al boceto de un agosto remoto, que vamos planeando de la mano, lector, un verano que tenía el mismo color  que el mazacote de membrillo  que a veces nos daban para merendar, que parecía un lingote de oro envejecido y blandurrio, como el sol que ya declinaba en remotos resplandores para entonces. “Mañana a las 10, todo el mundo en la plaza”. Y así se acababa ese día la función. 



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sábado, 10 de agosto de 2013

Paula en la mañana de verano, columpiándose


                                             Sonata de Verano (II)
   
   Aquella mañana de agosto, que tenía un cielo tan limpio que parecía recién lavado, aquella mañana en que me bajé a la calle más temprano que ninguna otra. Había visto por el ventanuco de la cocina a Paula. A Paula y a sus trenzas, casi blancas de tan rubias, que se columpiaba a solas en nuestro esmirriado parque, y aunque por nada del mundo me hubiera atrevido yo a decirle algo, sí quería contemplarla de cerca, enfrente de ella pero sin que me viera. Creo que aún estaba yo un poco adormilado, puede que medio sonámbulo incluso, cuando pisé la acera en la mañana inaugural, como si pisara a la vez la endeble urdimbre del sueño de una mañana de verano.
     
     Paula,  quien la cuenta, también eres tú, fiel lector. Todos fuimos una mañana de verano ese niño y esa niña que se descubren por vez primera mirándose de una forma distinta, contemplándose desde una pureza nueva que algo remueve por dentro al tiempo. 
   
   Y Paula, aquella mañana de agosto cerró los ojos al tibio sol madrugador, tomó impulso sobre el columpio y se balanceó con ganas. El columpio cobró así más y más fuerza. La catapultó tanto que ella salió al fin volando, con una sonrisa bien radiante en la cara, con sus trenzas rubias en hélice por los aires, con la altitud suficiente en medio de la parábola conseguida, para adecuar la postura y sumergirse hasta el fondo de un río caudaloso, en el que la esperaba, gentil como un principito del agua, y contra pronóstico, porque no parecía ahora un sueño, el pez de colores rojizos y opalescentes, que era tan alto como ella, el pez con el que Paula me había dicho un día que soñaba cada noche.
      
     Y Paula abrió entonces bien grandes los ojos frente a mí, como si no acabara de creerse del todo las burbujitas de aire que de nuestras bocas ascendían hacia la superficie del río de agosto, en el que buceábamos tan campantes.



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viernes, 9 de agosto de 2013

Edu Madina, que quiere quemar libros



   Es, dicen, una de las grandes esperanzas del socialismo patrio. Hay algo angelical en su rostro, de clown tierno, como aquel Emilio Aragón de los principios, mudito y a una campanita adosado. Un cielo, sí, ante la convulsa rayuela de la Política. Nos lo mostraron hace poco las cámaras intimidado, demudado el rostro, perdido en el mismo la color, cuando las tres leonas del socialismo rubalcabo (Valenciano, Soraya, Trinidad) le encimaron, pidiéndole no sé qué politiqueras explicaciones. Poor Madina, le tembló un poco hasta el timbre entonces.
   
   Quizás haya querido ahora él soltarse presión, o, para compensar, mostrar fiera la imagen pública, ve tú a saber. A propósito de la “Rayuela” de Cortázar, dijo Madina una vez que “te sitúa desnudo ante un espejo”. Los libros te desnudan un poco, es verdad. Hace unos días, en entrevista publicada en EL MUNDO, el periodista le puso delante la muleta:
  
   -¿Un libro para encender la chimenea?
   
   Ya la pregunta es en sí estúpida, que por sí sola retrata al que la hace, y más en boca de un periodista con pretensiones. Pero cabría, creo, esperar de político tan prometedor un aparta-de-mí-este-cáliz o al menos un cortés rechazo a la invitación pirómana y bárbara de quemar libros, horrible práctica que ya Cervantes en el Quijote vituperara, y que luego más tarde vimos entre otros a nacionalsocialistas alemanes y huestes milosévicas en Dubrovnik con ardor llevar a cabo.
    
   Bueno, pues, según anota el entrevistador de EL MUNDO ante la cuestión Madina… ¡sonríe! Sonríe y remata con ganas ese balón envenenado: 
    
    -Alguno de Dragó, o si quiere de Cesar Vidal, como símbolo de todo lo que nos falta el respeto. 

   Hasta ahí toda la respuesta. Claro, se piensa,  si Dragó o Vidal le han faltado al respeto denúncielos, sr Madina, que tiene usted buena voz en plaza. Pero no deje abierta esa abominable querencia por la quema de los libros, que muy poco dice de su cultura y de su humanismo, y que un poco en esta rayuela, ay, sí que le desnuda, sr Madina.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)