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viernes, 9 de agosto de 2013

Edu Madina, que quiere quemar libros



   Es, dicen, una de las grandes esperanzas del socialismo patrio. Hay algo angelical en su rostro, de clown tierno, como aquel Emilio Aragón de los principios, mudito y a una campanita adosado. Un cielo, sí, ante la convulsa rayuela de la Política. Nos lo mostraron hace poco las cámaras intimidado, demudado el rostro, perdido en el mismo la color, cuando las tres leonas del socialismo rubalcabo (Valenciano, Soraya, Trinidad) le encimaron, pidiéndole no sé qué politiqueras explicaciones. Poor Madina, le tembló un poco hasta el timbre entonces.
   
   Quizás haya querido ahora él soltarse presión, o, para compensar, mostrar fiera la imagen pública, ve tú a saber. A propósito de la “Rayuela” de Cortázar, dijo Madina una vez que “te sitúa desnudo ante un espejo”. Los libros te desnudan un poco, es verdad. Hace unos días, en entrevista publicada en EL MUNDO, el periodista le puso delante la muleta:
  
   -¿Un libro para encender la chimenea?
   
   Ya la pregunta es en sí estúpida, que por sí sola retrata al que la hace, y más en boca de un periodista con pretensiones. Pero cabría, creo, esperar de político tan prometedor un aparta-de-mí-este-cáliz o al menos un cortés rechazo a la invitación pirómana y bárbara de quemar libros, horrible práctica que ya Cervantes en el Quijote vituperara, y que luego más tarde vimos entre otros a nacionalsocialistas alemanes y huestes milosévicas en Dubrovnik con ardor llevar a cabo.
    
   Bueno, pues, según anota el entrevistador de EL MUNDO ante la cuestión Madina… ¡sonríe! Sonríe y remata con ganas ese balón envenenado: 
    
    -Alguno de Dragó, o si quiere de Cesar Vidal, como símbolo de todo lo que nos falta el respeto. 

   Hasta ahí toda la respuesta. Claro, se piensa,  si Dragó o Vidal le han faltado al respeto denúncielos, sr Madina, que tiene usted buena voz en plaza. Pero no deje abierta esa abominable querencia por la quema de los libros, que muy poco dice de su cultura y de su humanismo, y que un poco en esta rayuela, ay, sí que le desnuda, sr Madina.



LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS
(Resumen de la obra en post del 27-1-2013 y 1-2-2013)
154 pgs, formato de 210x150 mm, cubiertas a color brillo, con solapas. Precio del libro: 15 Euros. Gastos de envío por correo certificado incluidos en España. Los interesados en adquirirlo escribidme por favor a josemp1961@yahoo.es
“No soy nada, no quiero ser nada, pero conmigo van todas las ilusiones del mundo” (Pessoa)






lunes, 12 de diciembre de 2011

Candidatura de Bebe al Reinado de la Mugre



     
      Ha demostrado Bebe, con el calculado “escándalo” en la presentación de su último disco,  estar en posesión del secreto neocapitalista para conseguir el éxito en el Reinado de la Mugre. Cantautora de la Mugre, Mugreautora, Bebemugres, esos los nombres de la rosa hedionda del hoy. No vamos aquí a repetir sus  groserías de estibador salidote, las procacidades de pija disoluta que allí desgranó. Felicitarle, claro: enhorabuena, señora, que le aproveche mucho. Nobilísima causa la suya, oiga.
     Recordar sólo una vez más la fórmula del éxito hoy en día para promocionar la mercancía cultural: burda, superexplícita y primaria hipersexualización de la existencia, despojada clamorosamente además de la más mínima apelación sentimental, en fin,  promoción y expresión de las más podridas imaginerías… ¡de los agresores sexuales!
     Antecedentes a vuelapluma de declaraciones “escandalosas” coincidentes siempre con un nuevo producto con el que sacarle la pasta al público: Sabina elogiando el incesto, Cameron Díaz y sus fantasías sexuales, Dragó y sus lolitas japonesitas,  Bisbal y sus querencias por los videos porno, ¡hasta se han inventado ahora para vender no se qué remasterización de Sinatra que también hizo la Voz sus pinitos en el cine porno (“Garganta profunda”, claro)… hay ejemplos casi diarios a montones, lector,  relacionados todos con remover los instintos más bajos del consumidor paganini. Como cada vez el escándalo ha de ser mayor y la competencia de la Telebasura aprieta y hermana a la vez todo, los cerebritos de las multis no se sabe ya lo que un día de estos se verán obligados a “fabricar”.  ¡“Mentiras y gordas” todas, claro!
      A lo del sobado  merodeo con el folleteo y las bragas le añade Bebe su particular salsa: si Gil y Gil, el Le Pen español para el imaginario progre, trataba de basura a los periodistas, la cantautora Bebe como hideputas les encara, y encima le ríen estos la gracias, perfectos conocedores del tocomocho. ¡Ni Berlusconi cuando cantaba tangos en los transatlánticos se atrevió a tanto!
     Que lo impartan al menos en la Educación para la Ciudadanía esa: ¡Jóvenes ilusos, olvidaos de la música, de la literatura, del cine, de las Artes como humanista inspiración e indagación de la Belleza, doctoráos en bazofia porno… y el reino del éxito será vuestro.  Congratulations, Bebe: es que bebemos los vientos ya por ti.
      

jueves, 17 de marzo de 2011

Historia de una bufanda fukushima

    
    
     Venía  hoy hacia el trabajo con las manos dentro de los bolsillos y silboteando. Hum, la mañana era como una de esas pastas que parecen horneadas a lo dulce en las entrañas de un universo nuevo. Era tan buena que recordaba al mundo falso del show de Truman. Sí, todos aquellos extras, tan joviales, prestos casi a ponerse en mangas de camisa, hacían a la perfección su papel. El sol relumbraba sobre el cielo azul y derramaba ya su confitura sobre todo. Parecía el sol un recluta ardoroso que sacara pecho, con el pie encima de un General Invierno recién tumbado a sus pies. Le faltaba, ya digo, sacar el cornetín y tocar a victoriosa diana. Le hubiéramos a coro ovacionado. Haciéndole las veces al recluta, unos vencejos ponían en sordina su fanfarria.  Hasta la tibia brisa, como una mamá cariñosísima, nos repeinaba de alegría la cara a todos.
      Saludé así con la mente a mi artilugio luminiscente favorito, hola mía farola, ya tú sabes, la que un día encontró mi melón desprevenido en su camino, la responsable última de que me tome yo desde entonces las cosas un poco a la tremenda, ciao, ciao, farolita. Lástima que una nube blanca, un gran cúmulo algodonoso que en cualquier otro momento nos habría evocado sin esfuerzo el mullido tálamo ideal sobre el que revolcarnos, nos devolviera de golpe al nudo de la tragedia japonesa, a la central nuclear de Fukushima.
    
     Se cortó en ese instante todo el caudal del contento que nos traíamos. Nunca hubiéramos podido imaginar que el contemplar una nube, la poética promesa de ingravidez que siempre consigo encierra, podría enturbiarnos tanto el semblante. Oh, Dios, las noticias seguían siendo pavorosas. El Emperador Akihito, sin rastro alguno de divinidad ya sobre sí, había llamado por televisión a los japoneses “a ayudarse mutuamente”  en esta tesitura imprevisible. Me detuve y miré entonces a los ojos a aquel brioso sol naciente, cavilando si acaso otro sol fabricado por los Hombres –grandeza y miseria de estos- no acabaría oscureciendo para siempre al que esta mañana con tanto primor nos acariciaba. Tuve muy pronto que cerrar los ojos, claro.
    
     Y cuando los abrí, al otro lado de la calle, como otro sol naciente, allí estaba Ella. Como si de repente las tristes lineas de ayer se hubieran corporeizado ante mí y lo platónico hubiera encarnádose en ese punto sólo en madrileño, como si en las alturas un bromista con Poderes quisiera vacilarme, o como si San Paulo Coelho me hubiera desde algún lugar echado un cable y mi plegaria hubiera obrado el prodigio, es decir, como si fuera yo esta mañana el mismo emperadorcito al que le hubieran sido transferidos de matute los atributos propios de la divinidad, lo indudable era que la dulce japonesita que en mi imaginación calenturienta había yo alimentado ayer como la seguidora única de mi pobre blog por las atormentadas tierras del Japón, ¡por todos los clavos del Trono del Crisantemo!, estaba allí.
    
     Así flasheé durante un instante, como si acabara de estamparme otro farolazo en todo el coco. Luego pensé “desde luego, tío, eres un torrente, no tienes remedio, tú estás tronado”. Era en todo caso una adolescente menuda y de rasgos nipones, con melenita corta muy negra y una piel blanca y delicada, que en ese trago me pareció delicadísima porcelana en un tris de quebrarse. Vestía pantalones y cazadora negras. Ah, maldición, por más que fuera bien normal,  entonces se me antojó a mí bellísima.
      Balanceaba hacia un lado y hacia otro, con gesto de apuro, las puntas de su melena negra, en la acera opuesta a la mía, observando la peligrosa riada mañanera de los coches sin atreverse a cruzar. No había por allí pasos de cebra. Me acordé entonces de Sánchez Dragó y de sus zorritas tokyotas. Nada que ver con ellos, ni ella ni yo, off course.  En un fogonazo pensé incluso en telefonear a Fernando, el mio figlio de los ojos de amianto, tan deseoso él de aliviar al tiempo a la Japonesidad y a la amiguita que le metió en esa secta. En fin, ahora estaba él en clase y para su confuso padre es eso tan sagrado como lo es el trabajo para los japoneses, así que, sorry mío figlio, te perdiste a la única asiática seguidora del blog que hace estremecerse al mundo.
    
     Entonces miré de nuevo a la nube de antes, que en su panza habíase tiznado de una grisura que nada bueno presagiaba. No sé si es que la dulce japonesita, que seguía sin poder cruzar la vía pese a intentarlo, también había guipado con sus ojos oblicuos la nube gris, o si es que, a pesar de hallarse a miles de kilómetros, la dramática amenaza que sobre sus compatriotas se cierne de alguna manera en su fuero más íntimo en ese momento la escalofriase, pero, a pesar de la cálida mañana, ella extendió entonces, completamente desdoblada sobre el cuello y sobre la boca, una ancha bufanda roja que antes yo no la había visto. ¿Por qué, a pesar de la temperatura a todas luces primaveral, aquel sutil gesto de autoprotección, como una mascarilla de amparo esa bufanda roja que ella dispusiese contra la nube, contra lo que quizás también en la otra punta del mundo oscuramente la amenazaba?
    
     Cuánto hubiera deseado yo entonces que ese ademán desvalido en medio de la mañana clamorosa hubiera acabado por fundir los plomos de mi mediocre cordura pequeñoburguesa. Como siempre, no hice nada. Bueno sí, cerré otra vez los ojos (va a ser que es este escapismo lo mío genuino) e imaginé lo que me hubiera gustado que pasara. Que sucedíanse ahora altisonantes pitadas de cláxones, chirridos de frenos, exabruptos torrentianos a mi escarnio sin duda dirigidos. Y es que había irrumpido yo en mitad de la calzada con arrebato propio de demente y voces amenazadoras que ordenaban a los coches detenerse. Que lo conseguía. Que Ella abría los ojos como si una mariposa blanca desplegara allí mismo sus soberbias alas. Que me salía, por si lo anterior fuera poco, como en el guión de una peli de serie B del año de Fu-Manchú, una oriental reverencia que me quedaba además preciosa, -ni que hubiera pasado yo toda mi existencia sin salir del palacio de Hiro Hito-  para indicarle a la dulce japonesita que podía ella atravesar ahora en paz aquel mar rojo. “Konichiguá”, le decía yo encima, justo al bajar la cabeza ante ella, que pestañeaba delante de mí y apartaba la bufanda roja de su boca y me sonreía una micra con sus ojos negrísimos a la misma vez que, entre el júbilo de mi calle suburbial, las radios de todo el mundo anunciaban a los cuatro vientos que los Cincuenta de Fukushima habían logrado por fin derrotar al monstruo.
     Sólo que cuando abrí los ojos nada de todo eso había ocurrido; perduraba la tragedia del Japón, y mi dulce japonesita había desaparecido ya por algún lado. Además, “tú que sabes”, me dije, puede que fuese sólo una dependienta china del todo a cien que hay tres manzanas más allá. “Vamos, vamos, a trabajar”.    
    
          

domingo, 7 de noviembre de 2010

Ken Follet, Almudena Grandes, yo mismo


    
      Verá, Mr Follet, no me cuelgue todavía, please, no creo que el importe de esta llamada haya de suponerle mucho a su también descomunal Fortuna, que aún no he terminado yo de hacerle relación y escrutinio suficientes del cúmulo sin fin de espirituales refinamientos del que hacen gala los principales feriantes de la intectualité patria, mucho más divertida y sabrosa, dónde va a parar, que la plúmbea trilogía que tiene usted proyectada. Y es que el cloqueo del folleteo dragoniano, Mr Follet, como la uva arrancada de un racimo precioso, háse traido consigo otra, que lleva consigo el todavía reciente runrún del caso de la aguerrida miliciana Almudena Grandes, que no sé si a sus excelsos oidos terminó por llegar. A los sindicatos de Telemadrid y a los izquierdistas de postín que ahora acometen a lanzazos a Dragó herido, lo de Almudena ni les inmutó, claro. Como dicen ahora los loritos a la última, Mr Follet, le cuento, es decir, si tú así me lo permites, Ken, te comento: 

     Es Almudena Grandes conocidísima, y laureada entre las que más, española escritora.  Participa además en muy principales tertulias radiofónicas y es señera columnista del periódico de mayor difusión nacional. Sus públicas y reiteradas tomas de postura, su conocida rúbrica e impulso a los habituales manifiestos de abajofirmantes hacen de ella muy destacada figura de lo que estos mismos promotores autotitulan –colándonos de matute al paso unas cuantas presunciones ventajistas- como “el mundo de la cultura” (…y de la prosperidad, le añadiría yo, Mr Follet, si me permite usted ponerle algo de británica guasa a la cosa). Arribó Almudena a la Fama de la mano de una muy picante novela, Las edades de Lulú, galardonada con La Sonrisa Vertical, cuyo contenido, con protagonistas menores de edad, convierte a las lolitas chinas de Dragó en ursulinas de la Contrarreforma. (otro ejemplo más que avala, Mr Follet, mi aviesa intención de darle una vuelta de tuerca puerca a mi relato del Antro, a ver si así Editores y  Fama, como lolitas dragonianas, asáltanme a mí también, y con ansias de devorarme.)
    
     Bueno, pues es el zumo de la dichosa uva que tuvo a bien no ha mucho doña Almudena, coincidiendo, vaya por Marx, con la promoción de su libro “Corazón helado”, de en efecto dejarnos a todos el citado músculo tiritando, al proclamar sin más ni más ella a los cuatro vientos que “cada mañana fusilaría a dos o tres voces de la derecha española que me sacan de quicio”.
    
     Era en verdad inaudito ese desquiciado ánimo fusilador (o trajinador, que diría Dragó, que mezcla el castellano curiosas anfibologías para el Eros y el Tánatos, por qué será) en tan insigne representante del dorado mundo de la Inteligencia y el Humanismo sin Fronteras, máxime en un país como el nuestro, azotado desde hace cuarenta años por los más cobardes asesinatos terroristas. Almudena quería cada mañanita fusilarse ella sola dos o tres. Pues vaya toalla, ¿no, Mr Follet? 
    
     Mas no termina ahí, sr Follet, la cima de la espiritualidad almudena. Porque a finales de 2008, en la contraportada del más importante periódico nacional, a propósito de una monja –para los católicos además santa, sor Maravillas- Almudena G se preguntaba: “¿Imaginan el goce que sentiría al caer en manos de una patrulla de milicianos jóvenes, armados y ¡mmm! sudorosos?”.  ¡Ahí estaban, en la cabeza de la escritora, primero, transcritos después como ideas propias, los más sórdidos prejuicios que atiborran las podridas mentes de los violadores más reincidentes! ¡Si eso de una mujer hubiera escrito Dragó! Ni las raspas quedan de él a estas alturas. Ese ¡mmm! incalificable, como esencias de Aníbal Lecter que la Grandes se echara encima tan ricamente.

     Bueno, sr Follet, no le entretengo ya más, pero  dígame si no merece acaso Almudena Grandes estatua colosal como la suya, a colocar en la sede de la Sgae  frente a la de Ian Gibson, que no encontrará el tío la tumba de García Lorca ni para atrás, pero que no se corta el muy intelectual en pedir ¡una bomba! para la basílica del Valle de los Caídos. Dígame también si no es la intelectualité hispana mil veces más morbosa, y por lo mismo con éxito asegurado de ser por vos novelable, que la saga que quiere endiñarnos. Dígame, please, por último, Mr Follet si no le interesaría a usted subvencionarme mi relato del Antro, aunque haya yo de darle al mismo, si es que me sale, una puerca vuelta de tuerca, a la “Grandragoniana maniera”.   

viernes, 5 de noviembre de 2010

Ken Follet, Sánchez-Dragó, yo mismo

    
      Por si el sr Follet pudiera o pudiese, a través del cibernético espacio, por raro milagro oírme: ¡Ken! ¡KEEEEEN!, tenga a bien escucharme, Mr Follet, olvide su plomiza trilogía proyectada y pégueles el ojo y el oído a la intelectualité española, que está la pobre que de sí misma se sale. Que está salidísima, vamos. La penúltima fantochada de Dragó (que antes la montó de budista, y antes de manchesteriano liberal, y posó también en bolas, y luego de falangista cantando el cara al sol, y antes de experimentado homosexual, y luego de tántrico atleta sexual, y antes de mitinero de Aznar, y antes de partenaire en frac con la Obregón, y antes de comunista de postín, que acaba Dragó él solito con todos los antes, tal es la frivolité  inmisericorde de su ego Super, que al mismo Freud hubiera vuelto tarumba) exige también colosal estatua, broncínea como la suya, Mr Follet, y me parece a mí que de lujo quedaría emplazada esa talla al lado de la torre inclinada de Pisa, frente a frente con otra que a pulso gánase a diario Berlusconi, gemelos ambos dos a sus añitos en idéntico y desatado furor puericial. Vaya par.
    
     El libro que ahora mismito a su manera promociona Dragó lleva por título “Dios los cría y…”, y paréceme ello gratuita alusión al Altísimo, a no ser que donde pone Dios pongamos nosotros la Televisión, en efecto Suma Hacedora hoy de famas y haciendas, que sólo endriagos parece capaz de producir. Debe resultar apelotante el llegar a ser toda una “vedettona” de la literatura y la cultura patrias, y soltar luego la primer sandez que por el caletre se te cruce, con la única condición de que aquilate la misma los más fenicios de los intereses propios, brújula máxima en estos tiempos detestables. El que a la misma vez se siente acreditada plaza de Superácrata y contestatario librepensador al Sistema roza ya la cuadratura del círculo.
    
     Claro que, vistos la celebridad y el caché que Dragó legitimísimamente ostenta, no le vendría mal a uno aplicarse el cuento, es decir, retomar el relato del Antro que de esta covacha apenas salió y darle una vuelta, a la “dragoniana maniera”, por ver si el pobre respirar pudiera el oxígeno ambiente y crecer y crecer hasta hacer de mis seguidores legión, y que los ecos de la misma a las oídas de un editor llegara y prestara éste al fin algún caso a lo mío, celoso seguidor como soy, gemelo en eso yo también de Dragó, si bien gemelo fracasati, del caché y la celebridad antes reseñadas. Y si no, seguro que usted puede, Mr Follet, que célebre también es el tamaño descomunal de su magnanimidad, el subvenir con apenas una propina suya la publicación de lo mío.  Ya ve, Mr Follet, que el cuento de la lechera es de universal alcance.
    
     Voy a empezar entonces por recrear, a tu lado, paciente lector, el lance que con indiscutible oficio puso en pié Dragó y por el que a todos los noticiarios vióse arrojado. Resúltase que “en Tokio, un día, al salir del metro, me topé con unas lolitas de esas, ahora hay muchas ( y es que habla Dragó de hace cuarenta años, que siempre fue él, por si lo habíamos olvidado, adelantado en todo y cuando los demás vamos está ya él de vuelta y media de la cosa), pero no unas lolitas cualesquiera (veamos, veamos en que se distanciaban las suyas de las ninfas nabokovianas, que por fuerza habían de ser las de Dragó en algo singulares), sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda… tendrían unos trece años (oséase, Dragó, unas lolitas verbeneras, era esa su especificidad). Subí con ellas y las muy putas (alto, alto: véase el ritmo desenfrenado que toma la acción, que fue llegar Dragó y besar el santo señor a las muy…, qué decir de esas instantánea captura psicológica del alma de los personajes, ni Dostoievski, aunque a la vez tenga la cosa maneras como de chiste de tasca) se pusieron a turnarse. Mientras una se iba al váter… (si supónese que no iba a vomitar la criatura, ni a hacer sus necesidades, ni a de cosa dragoniana limpiarse –lo habría él dicho-, cabe deducir que iba allí a con oriental paciencia guardar el turno, que las dos asistir a la vez a las fauces en acción del dragón debía ser grande pecado) la otra se me trajinaba (bárbaro el encabalgamiento de reflexivos, que por lo demás sugiere la muy plástica imagen del sr Dragó, soberbio gallo, allí magníficamente expuesto y pasivo, apenas mera corpórea presencia enhiesta, sólo para que las muy niponas saciaran su lolitismo único, dígame, ¿no escucha aún, Mr Follet, el suave cloqueo del folleteo dragoniano?).
    
     Recuerde, Mr Follet , que arrancábamos la temporada con la Teoría del Incesto según Sabina, que quería él convencer de las bondades del mismo a sus hijas, por lo que ésta en verdad mágica historia de Dragó (qué lejos, sin embargo, de aquella monumental guía mágica de Gárgoris y el otro que escribiera él in illo témpore, y cómo mueven a pena estas idioteces en quien es a menudo un extraordinario animador cultural) rezuma todo un familiar aire de ambiente. Se piden luego disculpas, se jura luego “por el propio honor” (¡) que es todo mentira, y aquí paz y después gloria, y a ver si así se vende un poco más el libro, que está la cosa muy cruda. ¿En qué se diferencian tantos figurones de la intelectualidad de los calculadores concursantes del Gran Hermano? Recabar de ellos un algo de responsabilidad queda tan… estúpido.
     Ya le digo, Mr Follet,  voy yo a darle una vuelta de tuerca puerca al mío relato del Antro, a ver si así.