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jueves, 10 de marzo de 2011

The Antonio Molina Post

    
     Ahora que lo pienso, quizás el viejo chiflado del semáforo que salió en estampida al verme tan moruno el otro día, era en realidad yo mismo, un simple desdoblamiento ectoplásmico de mi triste figura. Eso de correr a casa a ver un deuvedé del año la polka es sin duda afición de vejestorio. Como si la calle atestada, como si el tráfico ruidoso, como si las púberes patinadoras que por las aceras jadean su ímpetu ya primaveral, toda esa realidad exterior sublevada pudiera ya nada grato decirte. Llegas entonces a casa, buscas el deuvedé del Pleistoceno, te arropas a la manta del Sr Botín, como el que alcanzara resoplando el refugio antiaéreo. ¿A quién sino a un trasnochado carcamal carca puede decirle algo un disquito de cuando la mili se hacía con espingarda? 
     Bueno, pues allí, como sobre el muro de una cueva prehistórica, estaba aquella entrevista, aquella persona, esas palabras tristes en su mayoría también, sus cantarinas composiciones de cuando era él un chaval, los vestigios de otra época arrumbada por el Tiempo que apaciguaran mi sed de fuga ante las lady Gagas del presente. Puede que el gagá fuera yo, no lo sé, pero allí estaba la prueba indubitable de otro tiempo, de otras televisiones, de otros frutos mejores a los que se recogen hoy en los medios de comunicación. Entonces los entrevistados no iban con la lección aprendida, no dominaban el medio, apenas sabían expresarse bien… pero ponían el fondo noble de su corazón en lo que decían. Hablaban como personas, no como personajes. No sé, lector, si eso será para ti sorpresa morrocotuda, lo es hoy en día pur muá.
     Te hablo, dilecto lector que a bordo de esta carroza ahora –espero- te recreas, de una entrevista de Lauren Postigo a Antonio Molina en el legendario “Cantares”. Qué  dramático contraste el de ambos caracteres ya de entrada: la floripondiosa fabla de Postigo, almibarada de arabescos jeribeques, endiosado en su melena platino de rubio doncel, como un Ben Alí de la Bética, como un Lawrence de Almería, como un halcón televisivo  que no le quitara el ojo altanero al pobre gorrioncillo que ante si tenía, un Antonio Molina en el declive sesentón de su carrera y de su vida, que apenas le aguantaba la mirada para escuchar la pregunta, que repetía las palabras del fiscal para procurarse algo de tiempo en la respuesta y que luego le huía el ojeo, humildísimo, lacónico y casi acobardado ante el gran alcotán de la pantalla. Aunque desigual y efectista, al menos Postigo hablaba aún en poeta. “¿A quién era, de entre los grandes del cante, a quien tú más admirabas de chico?”. “…A Caracol, era ceguera por él lo que yo tenía…”. “Sé que tú eres hombre de pocas palabras”, le espetó entonces Lauren. Sí, pero ya quisieras tú decirlas con la Verdad con que las pronuncia el gran artista, pensaría yo más tarde.
     Contaba Antonio Molina con verbo escueto y mirada baja sus difíciles orígenes, los primeros trabajos suyos como lechero, mozo de bar, como aprendiz de tapicero. “¿Qué  es lo mejor que te ocurrió al llegar a Madrid”, le inquiere Postigo, avizorando acaso una escabrosa revelación. Molina bajó más aún los ojos, quedó un instante en silencio, como si a sí mismo se estuviese formulando en serio la cuestión. “Lo mejor que me ocurrió a mí fue… conocer a mi mujer, que es lo que más quiero, y tener ocho hijos maravillosos, y que los ocho me viven gracias a Dios”. Bueno, no se iba a arredrar Laurens de Almería –acaso es que había estado antes contemplándose en el monitor- ante aquella sosería. “Díme cuál ha sido el día más feliz de tu vida, Antonio”. “Ya te lo dije anteriormente, el día que conocí a mi mujer”, replica Molina sin énfasis, con una sonrisa no fingida en los labios pero oculta la mirada al Cíclope interrogador.
     “Antonio, tú… tú hiciste muchas películas en tus mejores años, ¿estás satisfecho de ellas?, dijo Laurens, acaso deseoso de hurgar en alguna íntima herida. “Sí, estoy muy satisfecho de ellas”. “¿Te gustaría verte en alguna, dime, te gustaría?” (dime, sí o sí, venía a ser la cosa, porque es claro que se las va a poner). “No”. “¿No?” (no me jodas ahora Antonio venía a ser ese ¿no?) . “No, no quiero verme, no”, repite Molina manteniendo una sonrisa débil, un sol sin fuerza,  en la cara, doliéndose quizás del veredicto justiciero del Tiempo sobre la apariencia externa de las personas. Y Laurens  pone un surtidito de ellas, mientras Antonio hunde más todavía en el suelo el mirar.
     “¿Y el día más triste de tu vida?”, le suelta luego un poco a quemarropa al entrevistado. “El día más triste… es doloroso decirlo… -y vemos al artista mirando hacia arriba, pensando, vemos cómo se le va formando delante de nosotros el nudo en la garganta, cómo cabecea, como si deseara inútilmente apartar lo que tiene ya muy presente, cómo se le anubla el mirar, cómo se muerde el labio superior, cómo pugna en vano por mantener la sonrisa y se le rompe la voz al hablar en un hilo mientras la cámara le encuadra con respeto- el que mi madre no me vea… -parpadea, tiembla su barbilla, solloza casi, le brillan los ojos, abatida, desguazada de cuajo su persona- no me ve, no me ve… siempre que puedo estoy a la vera de ella, me tantea, me… pero no me ve… -no puede seguir hablando-. “Bueno, Antonio, deja de llorar, lo tuyo es el cante, esa es tu vida”, trompetea Laurens con voz de yunque, queriendo aparentar una dureza que tampoco él tiene, esto no se lo esperaba él, pero Molina no puede hablar, se le estremecen las comisuras de la boca, perdura su mirada empañada, los lagrimales hinchados, incluso le asoma a la boca la punta de la lengua, descontrolada, se muerde los labios, el rostro se le contrae, le vemos agitarse, como si fuera un arbol solitario en medio del llano y azotado por un viento ábrego, y es extraño, porque no tenemos en ningún momento la sensación de trampa, de asistir a un montaje, ni de ser indignos voyeurs, ni el propio Laurens esperaba algo así, ha surgido sin estar premeditado, han brotado en vivo la alegría y la pena de un hombre cabal, esa agua limpia que mana bien pura, y compartimos con ese hombre su dolor sincero, igual que cuando un amigo nos confiesa su pena más verdadera y honda, asistimos compadecidos a ese temblor, que es también el nuestro,  “… sí, y mi padre, y mi padre… y mi familia, ésa es mi vida”, consigue al cabo Antonio Molina articular, escindido aún entre el quebranto y la sonrisa, pero al final, rehecha en precario la divisa de su luminosa sonrisa, mira de frente a Laurens, que ahora, en señal de respeto, le baja la vista, mientras suena una de sus canciones mejores y acábase así ese Cantares.