Anoche, en el Veo TV, Esther Sáez, víctima del 11-M y Casimiro García, periodista, sentados en torno a una mesa blanca. ¿Una conversación de igual a igual? No, una entrevista en voz baja; nada más, pero nada menos que una entrevista. Un periodista sobrio, comedido, conocedor de su responsabilidad social, no al dictado de un ego aparatoso, no; al servicio de su obligación profesional, el de proporcionar contenidos relevantes a la audiencia. Un estudio escueto, una realización nada enfática, sin virguerías ni planos psicodélicos, al servicio sólo de las palabras que una a una va desgranando Esther, con una sonrisa serena sobre el rostro, superviviente del mayor atentado terrorista en Europa, el testimonio de su dolor, de su corona de espinas, de su resurrección, la gesta de una rosa renacida, también. Parecía la misma entrevista un oasis en medio del desierto inclemente. Qué lección del periodista, sin gastarse la más mínima ínfula de animal televisivo, formulando en tono sereno las preguntas esenciales, sin buscar el morbo, sin exprimir a la persona, sin buscar la truculencia gratuita, dándole sólo pie a que expresara ella su vía crucis y su valor, su pasta maravillosa. Qué increíble textura humana la de Esther. Flores ambos de otro mundo.
Participamos así, sin sentirnos utilizados, sin que busquen removernos las vísceras, sino precisamente apelando a lo más noble que haya en lo profundo nuestro y en nuestra razón, a nuestra capacidad de comprensión y de imaginación, de la doliente experiencia de Esther, que ella tiene ya, siete años después, para haber podido digerirla y superarla, racionalizada, y que la transmite con una sabiduría y un pulso inconcebibles, que no nos ahoga en sí misma, que, al contrario, nos mueve a pensar en Japón, en Haití, en… “Me sentaba siempre en el mismo asiento, no sé, esas pequeñas rutinas en que consistimos, a esas horas tenía siempre un poco de sueño la verdad… yo estaba en el mismo vagón de la bomba… me reventó… había a mi lado un chico joven y estaba muerto… son flashes, es tan irracional todo que a la mente no le da tiempo a procesar, estás viendo restos humanos, estás oyendo a gente gritar, tú mismo te sientes muy débil, oyes raro, porque los tímpanos se revientan, pero eres consciente de que hay muchísimo dolor, muchísimo caos, no podía respirar, estaba abrasada… me sacaron entre dos, hay una persona, que sería incapaz de reconocerla aunque la viera, estuvo todo el rato a mi lado diciéndome tú tranquila, vas a salir de esto… no los he vuelto a ver, fueron el aliento que necesitaba para luchar… no sabes lo que te ha pasado, la mente sólo intenta procesar hay que sobrevivir, nada más… cuarenta días, me dieron el alta antes de lo necesario, pero porque yo quería, tengo, tenía dos hijos muy pequeños entonces y necesitaba estar con ellos… tuve que volver a aprender a hablar, tuve que empezar de nuevo a andar, tuve que hacer ejercicios de memoria porque hasta se me olvidó… que tenía hijos, tuve que aprender a controlar una lesión en el cerebro que afecta a la coordinación con el lenguaje… a veces me salen palabras que no quiero decir, me río y ya está, tuve que retomar todas las cosas… once operaciones… me negué a tomar medicinas psiquiátricas, creí que podía con ello pero… por noviembre empecé a tener flash-back, esas cosas que salen en las películas de guerra, la ansiedad es tanta que te incapacita… fue muy muy duro volver a casa, no sabía ni cómo era mi casa… el de tres años se abrazó a mí y un montón de besos y superfeliz, el de año y medio no me quería ni ver… es normal… se encuentran a su madre con un montón de kilos menos, con la cabeza vendada, la cara aún roja de quemaduras, muy débil… necesita tiempo, es normal… en el Gregorio Marañón era mi tronco lo único que me funcionaba, no me podía comunicar, por la traqueotomía, no tienes más remedio que hacer un encuentro personal contigo mismo… sobrevives si tienes algo fuerte dentro de ti, para mí es Cristo, lo ha sido siempre… sí, sí, por mi fe he perdonado, me ayuda mucho el haber perdonado porque me hace crecer como persona…”.


