
Llueve, llueve con mansedumbre desde hace un buen rato sobre las aceras y sobre el parque cuando te escribo. Tan sólo llueve. Miras la lluvia, la contemplas en silencio, constatas y celebras la mano de esmalte nuevo y fugaz que sobre todo deja, más el sol, como un golfillo que entra y sale sin parar con su mecano de luz urgente y alegre en el cuadro que tenemos delante –hum, y qué juguetes tan nuevos parecen los columpios y el mismo magnolio ahora, qué eléctrico se torna el verde de las hojas y de la pradera, verde que con el agua se quiere oro, eso, la quimera del verde-, y se queda uno ya atrapado en la cadencia de la lluvia, mecido en el interior del compás sigiloso de sus notas, medio embobado y suspendido de todas las cosas, algo preso en la armonía semifusa que sólo la fina lluvia levanta tras su secreto acorde. Ah, ganar el sosiego necesario para olvidarlo todo y ser capaz de aquilatar en el alma el tesoro del agua de lluvia derramándose dócil sobre la tierra, a la misma vez que el sol entrometido le pone por detrás el aura refulgente de su foco transitorio, para que mejor veamos ese primoroso derramarse.
Y si de niños, cuando como ahora llovía, desoyendo las paternas advertencias nos volvía locos mojarnos bajo la lluvia, empaparnos de la misma y que nos calara bien hasta los propios huesos, y pisotear luego los charcos, como si así exploráramos, de una forma intuitiva e insensata, una más íntima aproximación al latido mismo del propio barro del que todos estamos hechos, por qué no reunir justo ahora el supremo valor de, abandonada por un instante la cordura, hacer otro tanto y ofrecer en perpendicular nuestro rostro al cielo y que sobre él resbale el vertical masaje de la lluvia .
Y si cuando adolescentes ennoviados, -y lo llevamos todos a fuego grabado en lo más hondo del corazón- conocimos una tarde el milagro inexplicable de besarnos con la persona amada, después de hallar el precario refugio de un soportal o de un frondoso árbol tras el súbito aguacero, removidos los cabellos mojados, entremezclados en los mentones de ambos el agua del cielo y el de las lágrimas dichosas por una emoción purísima, y bien poco nos importaba empaparnos entonces, que casi hasta agradecíamos la sinfonía que la lluvia en ese instante desplegaba, como un violín que engrandeciera nuestra ilusión ahí, entonces, por qué no ahora mismo ser capaces de despojarnos por un momento de la gravedad y la pesadumbre de los años y bailar también un poco bajo el chaparrón, y festejar así la danza hipnótica y mansa de la lluvia bajo la dorada luz del sol..
Por eso mismo, porque sigue cayendo con suavidad de bálsamo una lluvia alumbrada de sol sobre la hierba de mi parque suburbial cuando te escribo, he sacado mi ordenador a la calle, para que la lluvia empape también mi escritura y un poco la esponje y la demore, y llevar así la contraria a la ley severa del internet, que dicta escribir en corto y rápido, sin florituras y de lo que el internauta espera, que no tenemos tiempo para nada, que leemos a vuelapantalla y en diagonal, y eso en el mejor de los casos. Sólo que, igual que la lluvia, no quiero ir yo sólo al grano, que quiero de palabras rodearte, las que soy capaz de desencadenar para ti, que discurran también ellas con calma sobre tus mejillas, ese sol que a mí me mueve, que te calen también un poco, que traigan también a tí remembranzas olvidadas, con la absurda esperanza sólo puesta en que al menos tú, como el impagable agua de mayo en los confines ya de marzo, hasta aquí me sigas y no me dejes solo.