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miércoles, 20 de abril de 2011

El Barsa, el Real, Raúl Castro y nuestro excelso Ex-Canciller

    
     Fidel, a sus 84, el Tiranosaurus Rex, levanta cabizbajo el puño de su Gran Enmano, Raúl, Brontosaurus Prínceps, un pipiolo a sus 79, como al final de un combate de dragones y mazmorras, muchas mazmorras. Y es que Brontosaurus Prínceps, Raúl79, si se abriera también él un blog de poemas carcelarios, ha sido FORMALMENTE elegido primer secretario del Partido Comunista cubano, ese inmenso honor.
    
     Cuando España ganó el Mundial de fútbol supimos todos que nuestro inolvidable Canciller Moratinos, tan dado a las lacrimógenas emociones él, de entre todas las innúmeras flores del jardín había escogido a Raúl Castro como ideal partenaire junto al que vivir y un poco morir durante aquella inolvidable final.
    
     ¿Habrán quedado también hoy, día de la final de la Copa del Rey de España, por la que pelean los dos más renombrados equipos del mundo, ese par de exquisitos prendas? De momento, véase la foto, Raúl canta ya el primer gol. ¿De quieeeeén? De él mismo, que tiene ya algo que celebrar.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La fracasada Trini


    
      Uno de los sabios consejos que sobre política exterior Moratinos gimoteante reconoce ahora haber aprendido de ZP quizás fuera aquel inolvidable por el que el impar presidente empeñóse, contra la más elemental prudencia diplomática, en subrayar el carácter fracasado de la orientación política de Ángela Merkel.  Merkel, con algo de Ángela Lansbury en las trazas, díctale hoy a ZP –en realidad, ay, nos lo dicta a todos nosotros- el aceite de ricino del severo castigo presupuestario, por ver si algún remedio aun es posible al crimen del despilfarro que la luminaria socialista ha ido en estos años escribiendo.
    
     Muchos parabienes de la clase periodística, a la salida del rediseño zetapeico de la gobernanza, han recaido sobre la figura triunfal de Trinidad Jiménez, catapultada nada menos que al mando y a la representación de toda la acción exterior española. Y creo que, sea uno del Barsa o del Madrid, o del Osasuna incluso, estaremos todos de acuerdo en señalar a Trinidad J –la señorita Trini, que dijo Alfonso G antes de que un patanesco alcalde popular les regalara un balón de oro-  como la indudable poseedora del record mundial de televisivas sonrisas, prodigadas eso sí, con cuanta luminosidad a ella en el lance adorna. Lissavetzski, que llevaba, por delegación de ZP, la cosa de las medallas, sin duda cautivado por claridad tanta, quiso en Madrid ponerle una bien grande y hasta ofrecióse con ella a marcarse un inolvidable vals de las mariposas, adminículo este último hoy de moda en todo esponsal que se precie. De ahí el triste careto de viudo consorte que a Lissavetzski le ha quedado. Pero tanta sonrisa, por espléndida que sea la misma, no debe ocultar al observador perspicaz el muy real fracaso que en el fondo de la misma, como una caries sólo entrevista, se agazapa. De fracaso en fracaso hasta la victoria final, gracias sólo al favor zetapeico.
    
     Veamos: fueron primero los ciudadanos madrileños quienes a Trini J y a su chupa de cuero para la alcaldía rechazaron, prefiriendo a su faraónico primo, que ya es preferir. Luego se fue a dirigir iberoamericanos asuntos, y en su línea, de decidida oposición  al primate Chávez, vióse entonces relegada por los simiescos compadreos con el ínclito de Moratinos, ministro de la cosa, que váyase ahora a saber sin en ello seguía o no otro de los sabios consejos zetapeicos. Entregada hasta el quicio a ZP accedió a la orden de éste para pelear más tarde por la batuta del socialismo madrileño: bueno, pues incluso entre sus propios conmilitones, pese al regalo trinitario de millones de sonrisas –a mí, lo reconozco, amado lector, me viene de frente Trini, me sonríe, me regala una rosa encima, aún con espinas y todo, no te digo ya si además me besa, y es que hasta mi blog se lo regalo-, hubo de verse desautorizada, optando ellos, que tampoco es moco de pavo, por un señor de Parla. Sentenció entonces ZP,  a quien, ya se ve, también en asuntos nacionales  la suma sabiduría  alcanza, que es “el que gana es el mejor”.
    
     Entonces, si uno no tiene siquiera el beneplácito de los “queridos compañeros”, si, como el presidente sostiene, demostrado está que los hay mejores que uno, si sólo puede uno apoyarse  en el personal favor de aquél, cómo con sentido común, si no es por la pura apetencia de Poder aceptar el regalito –que todos, otra vez ay, sufragamos- del más de los más poderosos. ¿Resulta acaso injusto concluir, a la vista de los desnudos hechos, que sólo es Trini, emperifollada de sonrisas, poco más que la favorita del Presidente?
    
     Imagínate, querido lector, qué sonrisa en verdad íntegra y honda, sobre todo para sí misma, que es lo más importante, hubiera podido enarbolar Trini J, si ante el presidencial ofrecimiento, hubiérale dicho ahora… NO. No, majo, hasta aquí ha llegado mi abyección. Y hubiérase alejado entonces hacia el fondo del escenario Trini J, de espaldas a los focos y a los flashes, sí, pero con el afecto sincero, aunque anónimo, de millones de observadores, del Barsa, del Madrid, y hasta de la Cultural leonesa.
    
    Vemos, pues, en el caso Trini, una parábola más de la verdadera religión hoy dominante: la del éxito, y como sea. Trinidad Jiménez es ya Ministra de Exteriores. Ya tiene, como diría Empar, el cromo que buscaba ella desesperadamente. Cuenta ya con el Mundo entero como ideal platea para lucir su –esta sí que sí- sonrisa planetaria. Alabado sea ZP. Pero se sabe también que en esto de reír, el último de la fila a veces es, como si hubiera ganado de verdad unas elecciones en las más íntimas urnas del alma, quien mejor sonríe.

jueves, 21 de octubre de 2010

Furtivas lágrimas de Moratinos

    
     Cuentan los cronistas de la cosa que ayer en el Palacio del Congreso, cuando cercioróse al cabo de que se confirmaban los más aciagos rumores en torno suyo, de que no se trataba entonces ya de simples infundios propalados por la Derechona, -que siempre/siempre desea el mal y la perdición de las más altruistas almas-, y que por tanto su destitución por obra y gracia –y qué gracia- del Señor de los Vientos era ya una realidad inapelable, cuentan que en ese momento al canciller Moratinos de súbito se le humedecieron mucho los ojos, que comenzaron a destellarle con un muy sentimental fulgor.  Cómo no sería la cosa que un condottiero del grupo socialista, en viendo el muy triste drama gestándose en el tembloroso semblante, normalmente facundo, jocundo y hasta rubicundo, del ya ex-canciller, por tratar sin duda sólo de aliviarle el trago, ordenó ipso facto que un subalterno del grupo se encaramara al atril y en sede soberana proclamara desde allí bien alto y claro que por jamás de los jamases habíase visto un más logrado ministro español de los Exteriores Asuntos que el que en aquel mismo momento cesaba en su cargo.
    
     Mas ocurrió entonces que el lenitivo de urgencia ideado, como era por otro lado  previsible, lejos de amainar nada, sólo sirvió para arreciar la tempestad ya desatada sobre el rictus soliviantado del ex-ministro. Al ver su altísimo mérito tan aquilatado, al escuchar en la más principal tribuna de la Nación sus gestas tan parangonadas, sin duda vencido por la emoción de hallarse delante de su propia y mayúscula exaltación, y acaso también por la rabia de cavilar a la misma vez que, si eran sus logros tan enormes, cómo era entonces posible que el Señor de los malos Vientos así se los pagase, mandándole ahora precisamente a tomar vientos, y a tomarlos por do más amargan los pepinillos. Cuán desatinado talante era ése, debió acaso Moratinos en ese minuto fatal maliciarse.
     El caso es que entonces, tal era la agitación que en su fuero interno se revolvía, mezclados allí los aplausos unánimes de sus conmilitones con la pena indecible del cargo cesante, la emoción no pudo ya por más tiempo contenerse. De pronto llenáronsele a Moratinos, y hasta el desbordamiento, las cuencas de sus ojos de muy abundantes y copiosas lágrimas, y hasta en un tris hallóse incluso de ver escapársele de la suya boca, ajeno al propio control, algún hipido y todo. Se le vió a Moratinos a duras penas enjugar unas muy amargas lágrimas.
     
     Y también en ese momento, al contemplar al ex-canciller en tan grande tribulación, el ver a un hombre de humanidad tan inmensa ganado por la derrota y el fracaso, de repente poco más que un jubilado cesante atravesado por el desconcierto y el llanto, qué quieres que te diga, lector mío, toda la animosidad que a uno le pudiera indisponer contra Moratinos y sus hazañas, también al punto cesaron, y algo parecido a la compasión noté brotar en mí hacia él. Un hombre capaz de verter lágrimas verdaderas meréceme a mí respeto y afecto. ¿No dice  algo bueno de él el ser capaz de expresar con esa civilidad un sentimiento? ¿No es acaso mucho mejor, en la sima misma de la derrota, una furtiva lágrima que un rodillazo, como el que el otro día Evo Morales propinó a un rival futbolístico que le ganaba? ¿Qué hubiera sido del garboso ZP, y de su partes, si al conocer su defenestración, hubiera Moratinos reaccionado igual que el rabioso adorador de la Pacha Mama?
    
     Así es que, lector mío, al contemplar al ex-canciller Moratinos allí, tan abatido, como un viejo junco tronchado por la corriente, de haber  tenido uno verdaderos poderes, con el mismo Viento habría salido disparado hasta Shanghai, en volandas me hubiera traido al bebé gigante de la Expo, que hasta en la foto de aquel día la propia expresión de la criatura y el círculo que coronaba la chola del canciller eran ya muy fúnebres augurios,  y con gusto le hubiese ofrecido el muñecote a nuestro ex-canciller, para que por largo rato a Miguelín se hubiese abrazado y  entre esos brazotes hallado alivio seguro, que  debe una cosa así cauterizar mucho las puñaladas traperas que las ventoleras de la vida deparan. Tanta era su aflicción.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Moratinos y Castro, las afinidades electivas


¿Dónde estabas el día en que el hombre pisó por primera vez la Luna? ¿Al lado de quien te hallabas cuando los terroristas embistieron las Torres Gemelas? ¿Con quien compartiste la inolvidable final del Mundial de fútbol que por vez primera en la vida habría de ganar la selección española? Existen, qué duda cable, fechas señaladas, muy concretos días destinados a perdurar por siempre en el imaginario colectivo como rotundos quicios de inesquivable presencia.

La playa inacabable de este verano abrasador nos deja, como la picadura de una medusa rabiosa, como un pecio de arrebujadas algas viscosas en torno nuestro, la sensacional revelación de que el ministro Moratinos, de entre todos los posibles, fue a elegir como ideal partenaire junto al que compartir la histórica final al cubano dictador. Elegir, sí, porque a esa final se llegó tras una ardua clasificación, y por tanto, el vivir tan especialísimo momento al lado de quien uno quiso tuvo para casi todos –no digamos para un señor ministro- mucho de personal opción. De la opción preferencial por el Tirano, en este caso. ¿Qué habrán pensado al enterarse de la francachela moratina con el dictador los miles de cubanos que luchan y sufren por la democracia?

Le preguntaron hace unos años a A Guerra que con quién le gustaría a él compartir una cena muy íntima. Estuvo esa vez el sevillano a la altura de la leyenda del gracejo que le adorna y con mucha guasa contestó… que no estaba ya él para esos trotes. El caso es que Moratinos, a la vista está, anda sobrado de ánimos para el trote, y se inclinó así por el dictador cubano como la persona junto a la que respirar y agitarse en tan excepcional ocasión. ¿Es temerario entonces deducir de ello que el ministro de exteriores español y el dictador cubano son íntimos?

Cuesta mucho imaginarse la escena. ¿Vestían el rollizo Moratinos y el asténico Raúl C pantalones cortos y calcetinitos blancos para la ocasión? Y es que experimentar el cúmulo de sentimientos que como un ciclón desatado a todos nos atravesaron el ánimo durante aquellas horas mano a mano con la tiránica momia no sé qué debió resultar más, si extravagante o estomagante. Y dado el triunfal desarrollo de la final, ¿se abrazarían y se palmotearían los dos hasta casi fundirse en uno, como hicimos todos con nuestros más próximos en aquel momento? ¿Se les caería a ambos la baba al unísono cuando Iniesta fusiló al arquero de los tulipanes? ¿Y no sobrevolaría al fondo de aquella estancia, sobre la menguada excitación de ambos, la entrecortada respiración asistida del Tiranosaurus Rex, el Gran Enmano de Raúl, puede que desplomado sobre algún camastro? Fidel C, sabido es, apostó por la Argentina de Maradona, ese castrista enjoyado a quien Alemania puso en su sitio.

Parece en todo caso indudable que lo que sí revela el asunto que nos ocupa son las nítidas afinidades electivas del ministro Moratinos, como decía Goethe, la misteriosa e irresistible atracción que igual que los metales los hombres entre sí conocen. Y puede que por eso -él mismo se ha encargado de revelar la peripecia- de entre las innúmeras flores del jardín, para vivir y morir en la inolvidable final, Moratinos a Raúl Castro ha escogido.