No sé, lector, si fue buena idea acordarme de Dustin Hoffman para graduarnos en la asignatura del Deseo. Los
ultimísimos planos de El graduado (1967),
con el trepidante happy end final, revelan al cabo, si te fijas, un rictus sombrío en las
caras de la pareja enamorada. Vale, escapan juntos y libres, dejan atrás las
convenciones y las turbaciones, se quieren, tienen la aventura del futuro
compartido por delante y en las manos… pero… eso, qué les deparará ahora la
vida en común. ¿Se conocen en realidad tanto como creen conocerse, o en ese
momento de vértigo sospechan –y eso les nubla el éxtasis- que a la postre es
siempre el Otro un desconocido?
Y no sólo ya eso. Es que el recuerdo de Dustin Hoffman me arrastró a otra película suya, sólo en cuatro
años posterior (1971), cuya visión, a los efectos de la asignatura que ya
creíamos superada, resulta devastadora. Es de repente como si el cine te
escupiera a la cara: sobre la brutalidad del Deseo nunca nadie sabe nada de nada, cretino. Me refiero a Perros de paja. ¿La recuerdas?
Un matrimonio –cobardica profe de mates él, exhibicionista jovencita de
buen ver ella-, huyendo de las agobiantes convenciones sociales –como los
mismos tortolitos de El graduado- se
mudan a vivir a la idílica campiña inglesa. Un plano de los pechos de ella, con
los pezones en puntas bajo el jersey, y la subsiguiente mirada de deseo voraz
que esa visión suscita en los lugareños, nos ponen en antecedentes. Tras una
discusión con su marido, se deja ella ver medio desnuda por los gañanes
–extremadamente atractivo alguno de ellos- que reparan el tejado de su casa.
El follón está servido, claro.
Peckinpah nos narra entonces
una muy polémica violación, de la que diríase que al principio la mujer provoca
e incluso disfruta, y que deviene luego en salvaje humillación sexual. Se
desencadena luego un infierno de violencia en el que el apocado Hoffman da rienda suelta, sí, a su
inteligencia y a la extrema ferocidad que descubre en sí mismo, como único modo
de salvar la vida ante los asesinos. Resulta una obra en conjunto a mi juicio
brillante y vibrante, de un nervio y de una tensión interna logradísimos que
sacude al espectador con los profundos y desoladores interrogantes que abre.
Claro, con relación al negociado que nos traemos, lector, los móviles
que el director propone en el actuar de los humanos son de una turbiedad máxima:
provocación, exhibición y estallido incontenible del Deseo, que es violencia y posesión primitiva en su grado sumo,
bárbaro instinto despojado del más mínimo solapamiento. Eros y Tánatos disparados, disparatados, y a la postre fundidos y confundidos.
Y el final, en tanto que diagnóstico sobre la relación de pareja,
resulta aquí de una negrura incomparable: tras la trágica vivencia de ese Infierno, el superviviente Hoffman, que conoce ya al depredador
que también se agazapaba en él, sonríe irónico, ajeno del todo en ilusiones
acerca también de quien suponía él era su mujer -ha revelado ella lo peor de su
propia condición animal de hembra- y literalmente confiesa no conocer ya el
camino de regreso a casa. Es decir, ese sórdido viaje ha triturado todo su
plácido mundo anterior, recusado como falso, dejando en cueros la estricta
animalidad que a los humanos compete.
Acabáramos, lector: es como si el
mismo Hoffman en persona nos
arrancara los entorchados adquiridos en El
Graduado y nos degradara a la misma inmundicia de estos Perros de paja. Estamos apañados.
Post/post: gracias a Winnie0, a Jack Sparragoss, a Bego, a CSPeinado, a NVBallesteros -ánimos-, a Javir, a Vicente Rubio, por graduarse un poco en Deseo ayer conmigo, por bloggear a mi lado, GRACIAS.


