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lunes, 4 de junio de 2012

Perros de paja y del Deseo



      
    No sé, lector, si fue buena idea acordarme de Dustin Hoffman para graduarnos en la asignatura del Deseo. Los ultimísimos planos de El graduado (1967), con el trepidante happy end final, revelan al cabo, si te fijas, un rictus sombrío en las caras de la pareja enamorada. Vale, escapan juntos y libres, dejan atrás las convenciones y las turbaciones, se quieren, tienen la aventura del futuro compartido por delante y en las manos… pero… eso, qué les deparará ahora la vida en común. ¿Se conocen en realidad tanto como creen conocerse, o en ese momento de vértigo sospechan –y eso les nubla el éxtasis- que a la postre es siempre el Otro un desconocido?
   Y no sólo ya eso. Es que el recuerdo de Dustin Hoffman me arrastró a otra película suya, sólo en cuatro años posterior (1971), cuya visión, a los efectos de la asignatura que ya creíamos superada, resulta devastadora. Es de repente como si el cine te escupiera a la cara: sobre la brutalidad del Deseo nunca nadie sabe nada de nada, cretino. Me refiero a Perros de paja. ¿La recuerdas?
   
    Un matrimonio –cobardica profe de mates él, exhibicionista jovencita de buen ver ella-, huyendo de las agobiantes convenciones sociales –como los mismos tortolitos de El graduado- se mudan a vivir a la idílica campiña inglesa. Un plano de los pechos de ella, con los pezones en puntas bajo el jersey, y la subsiguiente mirada de deseo voraz que esa visión suscita en los lugareños, nos ponen en antecedentes. Tras una discusión con su marido, se deja ella ver medio desnuda por los gañanes –extremadamente atractivo alguno de ellos- que reparan el tejado de su casa. El follón está servido, claro.
   Peckinpah nos narra entonces una muy polémica violación, de la que diríase que al principio la mujer provoca e incluso disfruta, y que deviene luego en salvaje humillación sexual. Se desencadena luego un infierno de violencia en el que el apocado Hoffman da rienda suelta, sí, a su inteligencia y a la extrema ferocidad que descubre en sí mismo, como único modo de salvar la vida ante los asesinos. Resulta una obra en conjunto a mi juicio brillante y vibrante, de un nervio y de una tensión interna logradísimos que sacude al espectador con los profundos y desoladores interrogantes que abre.
   
    Claro, con relación al negociado que nos traemos, lector, los móviles que el director propone en el actuar de los humanos son de una turbiedad máxima: provocación, exhibición y estallido incontenible del Deseo, que es violencia y posesión primitiva en su grado sumo, bárbaro instinto despojado del más mínimo solapamiento. Eros y Tánatos disparados, disparatados, y a la postre fundidos y confundidos.
   Y el final, en tanto que diagnóstico sobre la relación de pareja, resulta aquí de una negrura incomparable: tras la trágica vivencia de ese Infierno, el superviviente Hoffman, que conoce ya al depredador que también se agazapaba en él, sonríe irónico, ajeno del todo en ilusiones acerca también de quien suponía él era su mujer -ha revelado ella lo peor de su propia condición animal de hembra- y literalmente confiesa no conocer ya el camino de regreso a casa. Es decir, ese sórdido viaje ha triturado todo su plácido mundo anterior, recusado como falso, dejando en cueros la estricta animalidad que a los humanos compete.
   Acabáramos, lector: es como si el mismo Hoffman en persona nos arrancara los entorchados adquiridos en El Graduado y nos degradara a la misma inmundicia de estos Perros de paja. Estamos  apañados.   


Post/post: gracias a Winnie0, a Jack Sparragoss, a Bego, a CSPeinado, a NVBallesteros -ánimos-, a Javir, a Vicente Rubio, por graduarse un poco en Deseo ayer conmigo, por bloggear a mi lado, GRACIAS.