Cuando llegue la hora propicia
y por sorpresa, sí, házlo,
vélame los ojos con tus besos
ciégalos de tu ternura,
así inerme, vendado,
házme respirar sólo
la desnuda penumbra de tu aura,
que te adivine yo
presente como nunca.
Deja entonces de tu mano
una a una
y sólo muy lentamente
sobre el magma de mi boca
en la brasa viva de la lengua
las uvas y mi suerte,
el racimo de tus yemas
que a la vez embadurno,
rebozo y bebo,
confundidos los frutos
las salivas enredadas
el jugo de tus dedos
con las moras de tu pecho
más la selva de tu pelo.
Que en ese silencio ardiente
en esta íntima liturgia
de uvas prendidas en amores,
de rituales no del todo escarchados,
oh, discreto júbilo de néctares,
la prima hora del año nuevo
para mi suerte
a ti y a mi nos encuentre.

