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domingo, 29 de julio de 2012

Paso de cebra, paso de abubilla


    


   Llegué hoy con el coche, lector, temprano en la mañana y medio adormecido aún, al cruce mío de las amapolas volanderas que ya tú sabes (ver post 18-6-2012). El semáforo en rojo. Esa primorosa desolación de la calle vacía en la mañana dominical ya del todo encendida. Como en simple acto reflejo, la sonámbula nostalgia de ese edén. Giré hacia allá la mirada con la tenue esperanza en ristre de que volvieran allí a acampar las amapolas, la cazoleta de su luz púrpura.
   Rien du rien, of course. ¿Qué quimera le demandas a las postrimerías del Julio aniquilador? Se apuntaba ya el mazo de otro día de fuego. Empezó entonces a pitar el distintivo intermitente que avisa a los peatones.  Y en ese momento, para mi incredulidad más plena, pude verlo. Al límite mismo del bordillo, posado sobre él, un pequeño pájaro silvestre, con frenético oscilar de cabeza, avizoraba nervioso los dos sentidos de la calle. Como si temiera que de cualquier lado pudiera aparecer un trolebús que lo espachurrara al cruzar la vía. Me quedé hechizado, claro, ante su imagen.
    
    No sé de pájaros, así es que no podía ponerle entonces su nombre más adecuado: si era un pinzón, un pardillo (como yo), un verderón… ni flores. Si pude fijarme en que, a pesar de su reducido tamaño, no carecía ese pájaro sobre el bordillo posado de una digna esbeltez. Tenía, en relación con el cuerpo, las patas largas y estiradas como una vicetiple, y el pico prominente como un puñal. Un color naranja parecía además investirle como una Mata Hari aviada para una gala, y sobre todo, el penacho de vivas motas negras y anaranjadas, a juego con el vestido, que definitivamente confería a aquel ave unos aires de grandeza.
   Entonces, lector, como si adrede buscara esa abubilla (la wiki más tarde me sopló su nombre) que por completo yo absorto me quedara, a pesar de que el luminoso de los peatones había virado ya a rojo y estaba perpetrando ese ave una clamorosa ilegalidad, de un salto se apeó de la acera a la vía, y con pasitos pizpiretos y todo el rato mirándome, fue, delante de mi coche, como una miss sobre la pasarela, atravesando ella el paso de cebra, que era entonces paso de abubilla.
   
    Tenía mi coche preferencia de paso, claro, pero cómo atropellar entonces tanta gracia. Llegó al fin la abubilla al otro lado, y de otro aéreo salto ganó ese bordillo sin por un instante perderme el ojo. Aplaudí el desfile de la abubilla e incliné la cabeza ante ella. Elevó entonces ella el vuelo y voló por un instante en círculos olímpicos sobre mi coche, como si batiera sus alas en mi honor. Alguien pitó tras de mí y tuvimos la abubilla y yo que ahí mismo despedirnos rápido.
   Y antes de que la minucia se me olvide, vengo corriendo yo a contarlo al blog, a contártelo, lector, a ver si así de alguna forma a todos un poco nos alcanza esa gracia, ese vuelo.    


Post/post: gracias a Anónimo, a Lobo Solitario, a Mari Paz Burgos, a Mónica por concertar a mi lado, por bloggear conmigo ayer. GRACIAS 
             

lunes, 18 de junio de 2012

¿Adónde volaron las amapolas?


      
    John Ford, la memoria de sus secuencias más líricas, tan frescas a pesar de ser ya bien antiguas, me inspiraron de nuevo – en esa especie de sesión continua, a despecho de la posmoderna existencia, que se rompe en mil fugaces instantes sin sentido ni concierto, que uno en vano le busca a la vida- un apremiante deseo por volver a contemplar las amapolas del descampado de mi barrio que a mi modo te canté (post mío de 21-5-12), el clamor de su color arrebatado. Llegué al semáforo, que estaba en verde.
   Era igual, pues a esas horas tempranas por allí nadie circula. Detuve el coche. Busqué ilusionado el punto de fuga que ellas el otro día llenaban… Ni rastro de ellas ahora. Me bajé entonces, como si de un alto de la Diligencia me apeara, inspeccioné ese suelo, pateé ese edén imaginario, esperando al menos descubrir las corolas por allí desparramadas, como finísimos rubíes entre la maleza… Nada. Esfumadas las amapolas, desaparecidas, por completo disipadas. El hueco intolerable de su ausencia. También los hierbajos verdes que las daban soporte raleaban y aparecían agostados ya en junio. Un erial en fragmento ante mis ojos fordianos.
    
   Será normal, será que es todo así de fugitivo y gaseoso, pero no dejó la novedad de contrariarme. El sesudo analista político que en mí habita encontró en el matinal desencanto toda una alegoría de mucho mayor calado. Fue él quien me sermoneó entonces: “Sí, miré los muros de la Patria mía, si un tiempo fuertes …ya de las amapolas abandonados… Frau Merkel, España está lista para ser intervenida”.
   Sólo el dudoso poetastro que también a veces me recorre puso a salvo mi desconcierto. Como un ángel no esperado, me susurró él bajo la bóveda soberbia de la mañana estival: no han desaparecido tus jodidas amapolas, so bobo… Como las aves, es sólo que han volado ellas en busca de más suaves climas, allá donde puedan, como bailarinas encarnadas, en toda su plenitud deslumbrarse y deslumbrar. Y si te hubieras levantado justo al despuntar del día, bloguero camastrón, hubieras podido ver, atravesando los cielos aurorales, el vuelo en bandadas de los cálices emprendiendo su viaje de supervivencia, ese remonte de purpurados pétalos pintando a trallazos de rojo la amanecida y los horizontes, y hubieras tenido delante de ti entonces, indolente bloguero, muy abundante acopio de belleza, a tu alcance  para tus contumaces poessías,  y así podrías...       
    Le interrumpí yo entonces al ángel, ¡vale-ya!, que para eso habría que ser John Ford. Y eso son ya palabras mayores.



Post/post: gracias a Shikilla, a Mónica, a Winnie0, a MAMUMA, a NVBallesteros por su gentileza en johnfordear conmigo incluso en domingo, por bloggear ayer a mi lado, GRACIAS.
    

martes, 22 de mayo de 2012

Amapola (Poessía veintiseis)





Amapolas son tus labios
de finura nunca usada,
Utopía de mis dedos limpios
a distancia solo esbozando
esos tules bermellones,
amapola la copa de tu mano
que  en su cámara acoge
 la vibrante luz del día,
que la trasluce y la prende
reverberándola encarnada
en sangre no cruenta
por la dársena en llamas de mis ojos,
amapola el vitral de tu vientre
ese jade no rasgado
un violín más que sagrado
una música de claridad,
el arrope de una miel,
amapola mi corazón,
en mil rojos velos deshojado
abriéndole paso al temblor
ante esa púrpura arrebatado,
amapola la promesa de un color
en el cáliz luminoso y preso
el júbilo de tanto rubor
ni en sueños avizorado,
ese talle tan liviano
de bailarina balinesa
en lo más alto coronado,
milagro de la maleza
prodigio del vertedero
nunca jamás sospechado.
Amapolas son tus labios…




Post/post: gracias a Pury, a Mónica, a Mariola, a Juan Carlos, a Xad Mar, a Winnie0, a Helio, por dejarme ayer la amapola de su compañía en mi blog, y así bloggear a mi lado, GRACIAS