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domingo, 21 de febrero de 2016

Había gato encerrado



  AMIGAS Y AMIGOS, FELIZ DOMINGO: ¿TE GUSTA ECHAR UNA MANO A LOS ESCRITORES SIN NOMBRE A QUIENES LEES? Adelante, entonces... 
GATO ENCERRADO
Hay un relato de Carver, sin alma, como casi todos los suyos, (pues el dirty realism refleja hasta acabar proponiendo unos modelos humanos grises y planos hasta decir basta) en el que cuenta, sin ninguna emoción, una episódica relación adúltera. El detalle a mi juicio potente del mismo es que la mujer tiene en su casa un gato, que por allí ronronea y trastea, testigo mudo del casi sórdido -por rutinario, por frío, por soso- forcejeo de los cuerpos. Bueno, pues llega el tío, mira al gato, y sin protesta ni comentario alguno de la mujer aquella, va y lo encierra en el cuarto de baño antes de proceder a la triste coyunda. No pasa nada más -o al menos no lo recuerdo yo ahora, porque el dirty realismo va de eso, de esa desolación aplanada en la que nunca pasa nada salvo la insoportable grisura de sus "héroes", pero el detalle del gato encerrado -pobre gato castigado, tristón y azulón en aquel wc confinado, mientras al lado bufan un poco los otros- no deja de cargar de tensión, de turbulencia emocional, e involuntariamente de mil expresivas significaciones, entre poéticas y prosaicas, la cosa. Y como hablábamos de gatos, aquí te lo pongo yo, mon ami.



(No te pierdas el video de abajo, please, pínchalo y verás)


LAS HISTORIAS DE UN BOBO CON ÍNFULAS  
   A Armando, un cuarentón de clase media, un buen día su mujer le señala la puerta de salida de casa. Ella ha encontrado a otro más alto, más fuerte y más guapo que él. “Aprende a quererte y los demás te querrán”, le sentencia. Descubre entonces Armando, de golpe, su minusvalía emocional: un paria en la tierra de los afectos. Ha de salir y abrirse al mundo, a un mundo que, por temperamento, le es ancho y ajeno. Cómo superar su desconcierto, cómo sobrellevar esa zozobra, cómo suturar la herida… cómo aprender a re-armarse como persona. En las asombrosas peripecias humorísticas, librescas y sentimentales que le suceden -discotecas dudosas, fatales mujeres, rollizas peluqueras, un sofá misterioso y abrazador, un buzón en el que ya no figura tu nombre, el fiasco de una noche de verano, una chinita que hace como que toca el violonchelo en el metro, una niña que juega en el patio a la rayuela mientras otro niño la observa tras las cortinas, las Navidades agridulces, risas y humo, ginebra y música, un amigo fiel, una mujer bella y propagandista, los malentendidos en que consiste a veces la existencia, alguien del pasado que reaparece para bien y para mal, el lío de un sms enviado por error, una Venecia imaginaria, un vikingo fenomenal, la memoria de la emigración, un juego de dardos al límite, un padre y un hijo paseantes y ofuscados, un ascensor y una comunidad de vecinos estrafalarios, un cumpleaños insólito cantando a lo Sabina entre polacos… En todo ese cúmulo de emocionantes encuentros y desencuentros… ¿hallará siquiera a medias Armando su lugar al sol?
10 euros por correo ordinario en España. Personalmente dedicadas. Pídelas en  josemp1961@yahoo.es



sábado, 2 de junio de 2012

Amor constante más allá de la Vida


    
    Es como si el cuco Kubrick hubiese querido ofrecer una manierista visión porno/light de la maravillosa historia de Joyce que John Houston ilustrara primorosamente en “Los muertos”.  Todo lo que en ese Kubrick destella manierismo sensacionalista rezuma contención y hondura en este Houston. La médula de “Los muertos” es la misma que la de Eyes Wide Shut, idéntica a la de la “Catedral” de Carver: la íntima revelación de una mujer que sume en el más completo abatimiento a su marido.
    Sólo que, lo que era urgente comezón sexual en Kubrick, es en Houston genuina pasión amorosa, dotando así al relato, a mi juicio, de un incomparable calado ético y estético, de una plena coherencia narrativa y de una significación artística y humanística mucho más profunda y radical que los numeritos efectistas de Kubrick.
   
    Es el Día de Navidad (también lo de Kubrick transcurre en Navidades) y, tras una grata velada entre amigos, ya en el ritual de las despedidas, al escuchar los compases una antigua balada romántica, queda la mujer paralizada y en suspenso. Es pues el incontenible poder evocador de la música el lógico detonante que destapa el arcón de los más acendrados recuerdos, hasta entonces hibernados. Su marido, levemente achispado, que la contempla con admiración, ignora el volcán interno que en ella se está removiendo.
   Al llegar a casa, al arrimarse ebrio de deseo él a su amada esposa, galvanizado también por los licores recién libados, persiste ésta en su ausente frialdad. Le confiesa justo entonces ella haber vivido siempre irremisiblemente enamorada de un novio –de su recuerdo más bien- que  tuvo, cuyo amor truncó la tisis que acabó con la vida de aquel joven, mucho antes de conocer a quien ahora es su marido. La intensidad de la confidencia anonada y tritura al protagonista, claro. Una copiosa nevada precipitándose sobre toda Irlanda sirve a Joyce de soberbio marco emblemático –el corazón helado del marido y a la vez la levedad de los copos, trasunto de la propia levedad de la existencia- sobre el que cerrar la muy triste historia.   
    
   Y si en lo de Kubrick veíamos cómo una realidad mental –una fantasía sexual que nunca ocurrió- cobraba más peso de realidad que la misma que con los propios sentidos percibimos, desbaratando con su expresión el status quo sentimental de esa boba aunque muy moderna pareja, aquí observamos cómo el pasado y los muertos, corporeizados a través de la música-el recuerdo-las palabras, redimensionados a cada paso en esa cadena explosiva de significaciones como sucesivas lupas de aumento, obstruyen, como una redonda Utopía insuperable, la celebración de la feliz, aunque nunca perfecta, realidad circundante y al alcance de la mano de esta pareja sensible e instruida.
   Fantasías, recuerdos, sombras, que, volcadas en palabras, pueblan la imaginación de las personas, interfiriendo, aturdiendo o embelleciendo con su indiscutible presencia y pujanza la existencia de esas otras sombras errantes que todos somos, lector. 





Post/post: gracias de verdad a Alijodos, a Winnie0, a NVBallesteros por no dejarme del todo a solas ayer y bloggear a mi lado, gracias también a poeta Carlos Gargallo por hacerse seguidor de este blog, alicientes todos inapreciables para seguir remando en aguas cibernéticas, GRACIAS.

jueves, 31 de mayo de 2012

Catedral del tacto


    
    Hay un relato portentoso de Raymond Carver –autor hoy idolatrado, cuyos relatos, de un estilo estreñido,  suelen más bien dejarme frío, con la excepción de éste, “Catedral”,  al que sin duda elegiría entre los diez mejores de cuantos uno haya leído- que ilustra como pocos el extraordinario universo propio que puede por sí mismo inaugurar el sentido del tacto.
   Gira en un momento dado el relato alrededor de los absurdos celos que, sin él siquiera reconocérselo, carcomen a su tosco protagonista acerca de un antiguo amigo de su mujer, que viene a visitarlos. Este amigo es ciego. ¿Celos de un ciego? ¿No suena a algo perfectamente absurdo? Trata el zafio protagonista durante toda la velada, de forma consciente e inconsciente, de mortificar y dejar en evidencia al ciego. Sólo revela de esta manera su pobreza de espíritu y el complejo de inferioridad y la rastrera envidia que le corroen ante el amigo de su mujer, y la sospecha de que ésta quizás, sin reconocérselo ella tampoco, estuvo muy enamorada del ciego.
    
   El desencadenante de todo este infierno no revelado de celos arranca de una confesión que, acerca de un hecho que con su amigo ciego le ocurriera, ella le hace al patán.  Resulta que ella había trabajado para el ciego, como asistente en su despacho. Saboreemos ahora como el talento genial de Carver, por boca del protagonista, nos lo cuenta:
   “Mi mujer y el ciego se hicieron buenos amigos. ¿Que cómo lo sé? Ella me lo ha contado. Y también otra cosa. En su último día de trabajo, el ciego le preguntó si podía tocarle la cara. Ella accedió. Me dijo que le pasó los dedos por toda la cara, por la nariz, incluso por el cuello. Ella nunca lo olvidó. Intentó escribir un poema. Siempre estaba intentando escribir poesía. Escribía un poema o dos al año, sobre todo después de que le ocurriera algo importante.
   Cuando empezamos a salir juntos, me lo enseñó. En el poema, recordaba sus dedos y el modo en que le recorrieron la cara. Contaba lo que había sentido en esos momentos, lo que le pasó por la cabeza cuando el ciego le tocó la nariz y los labios. Recuerdo que el poema no me impresionó mucho. Claro que no se lo dije. Tal vez sea que no entiendo la poesía. Admito que no es lo primero que se me ocurre coger cuando quiero algo para leer.”
    
   ¿Absurdos entonces esos celos? En modo alguno, incluso aplastantemente lógicos, creo, pues la hermosa escena recreada, su desbordante sensualidad, pese a tratarse de simples dedos en punta acariciando los contornos de un rostro, posee un potencial afectivo e imaginativo mil veces mayor que las contorsionistas y rastreras cópulas con que sin venir casi a cuento quieren atraparnos la atención las más infames películas hoy. 


Post/post: gracias a Jose Antonio, a Alijodos, a Alp, a Juante, a Mónica, a Kayla por dejarme poemas, ideas, el tacto de su escrituta, bloggeando ayer a mi lado, mejorando este blog así, GRACIAS.