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jueves, 15 de noviembre de 2012

El Jefe de la CIA, su mujer y otras cosas de meter




   Tras la primorosa declaración pública de amor de Obama a su mujer en la celebración de la victoria electoral (“No sería el hombre que hoy soy sin la mujer que quiso casarse conmigo.  Michelle, nunca te he querido más ni me he sentido más orgulloso que al ver al resto de los Estados Unidos enamorado de ti”),  que de alguna forma lo vincularía a las “bárbaras” palabras de Boadella que el otro día espolvoreábamos aquí –excepcionales hombres de teatro ambos- , el revelado lío del generalote americano Petraeus, nada menos que ex –jefe de la CÍA, con su hatajo de suripantas, nos devuelve de bruces al Sálvame nuestro de cada día en este Reinado de la Mugre
     
   Es por un lado la historieta más vieja del mundo: tío de 60 años, casado y en prominente puesto de Poder; arribista tiparraca de 40 tacos y de buen ver, casada también, que con la excusa de querer hacerle una biografía lo que le hace es… casi una biopsia. Vamos, que se le arrima, le roza un par de veces como el que no quiere la cosa los pechos contra la espalda y… tiarrón que muerde el polvo. Aparecen luego en el cacao más rabizas, y más generalotes salidotes, pero the essential ahí está, como la Puerta de Alcalá.
    
   Esas armas letales de algunas mujeres fatales y esa vulnerabilidad extrema de todo varón que se precie de serlo. Qué patéticos monigotes debemos resultar los tíos, vistos desde el punto de vista supremo de estas sabias hurgamanderas. Ya se sabe, el sexo, tan fascinante, que diría Elisa Beni, bueno no, que ella me diría que es que se lo pasan de cuyóns y tal. ¿El que haya por medio cónyuges traicionados y acaso sufrientes? Bah, resabios moralistas del conservadurismo más caduco. Bah, pelillos a la mar de la post-modernidad, bizarras pleitesías a lo que Tom Wolfe llamaba “la marea del Sexo”, auténtica divinidad de nuestra Era ante la que todos nos postramos. Hablamos de sexo, claro, pues a ningún sentimiento hondo, de esos que engrandecen a las personas, arribamos tras estas vulgares historietas. Descubierto el fregao,  sin dignidad ni grandeza alguna, cada figurante escapa por su lado, y si te he visto… maldita sea la hora.
     
   Claro, si uno de los generales más laureados del ejército de EE UU, si la principal cabeza de los servicios secretos más poderosos del Planeta, con toda su ejemplarísima trayectoria a la espalda, con las ingentes capacidades de autodominio y de madurez emocional que la crucial responsabilidad de su puesto le requiere y exige, resbala y hoza, a las sesenta castañas, en ese banal lodazal, entonces… es que los del Sálvame cada tarde tienen razón y son ellos los mejores cronistas de estos tiempos bajos y desdichados en los que está ya todo y del todo perdido. 
  
    (Y MAÑANA, fiel lector, mientras el mundo a nuestro alrededor pareciera derrumbarse,  como para Armstrong aquel día en la Luna, como para Félix Baumgartner en el espacio interestelar ayer, mucho, mucho más que para el general Petraeus con su hetaira en su  punto G, ha de ser para mí un gran día. Y creo que a estas alturas del blog, tú ya sabes por qué. Ven, anda. Gracias a todos y a cada uno de vosotros, amigos)